10/9/14


El erotismo del Yo                                                    

por José Chalarca                                     

Narciso es una figura secundaria de la riquísima y deslumbrante mitología de los griegos. Era hijo del río Cefiso y la ninfa Liriope, deidades menores del orden acuático; sus creadores le dieron como nota característica a su existencia una extraordinaria belleza física.
A la hora de su nacimiento Tiresias, el vidente, el arúspice, el que estaba en posesión del más oscuro de los secretos: el futuro, vaticinó a los padres que Narciso viviría eternamen­te, pasaría con éxito la prueba de la muerte, si nunca cono­ciese su propia figura.
La belleza que es el más fatal de los dones con que los dioses regalan a sus criaturas, hizo de Narciso el imán de las miradas de todos los que cruzaban por su frente y el objeto ansiado en el que concretaban sus sueños de amor aquellos que fueron alcanzados por el he­chizo de su hermosura. De él estuvo enamorada la ninfa Eco, condenada por la celosa Hera a decir sólo las palabras finales de cualquier discurso que intentara y a quien Narciso desdeñó precisamente por su falta de palabras.
También lo estuvo el joven Aminio quien tampoco fue correspondido y buscó en la muerte el paliativo final a su pesar de desamor. Aminio suplicó a los dioses vengaran el desprecio de que le había hecho objeto el cruel Narciso; fue oído en su petición por Artemisa. La diosa enamoró al hui­dizo joven y cuando lo tuvo presa de la más encendida pasión, se desentendió de él.
Narciso entonces, sumido en la desesperación y la angus­tia, se dio a vagar por campo abierto, por jardines y por bosques. Un día, cansado y sediento, llega a la orilla de un manantial de aguas frescas y cristalinas; se tiende entonces a su orilla para beber pero ve su imagen reflejada en el agua y queda prendado de ella. Y en adelante no puede amar a otro ser que no sea él mismo.
Frente al espejo que le brinda la superficie limpia del agua empieza a descubrir su cuerpo, a recorrer con la mirada cada palmo de su piel, a distinguir uno a uno los accidentes geo­gráficos de su anatomía: la suave pendiente del empeine, las protuberancias de los tobillos, el talón que se afirma como base de columna y los cinco dedos que parecen adherirse al suelo como raíces a flor de tierra; las piernas que florecen en sus caderas y en el resto del tronco, el montículo del sexo sobre la planicie ondulada del vientre; el pecho, la breve caverna de la axila, su cabeza, su rostro. Se mira de abajo arriba, de arriba abajo, del principio al fin, del este al oeste, de norte a sur. Se palpa con la mirada y verifica el dato con las manos.
Nada le saca del asombro que le causa la visión de su figura; nada supera la maravilla de verse, de respirarse, de escuchar el latido del corazón; eco torrencial de la sangre que fluye por venas y arterias. Ningún fuego produce el ardor de la pasión que le desata su propia figura.
No cesa de contemplarse y es entonces presa de la tentación de poseerse. Empieza a vislumbrar la posible razón para que hubiera rechazado a la preciosa Eco. No existe otro objeto de amor distinto del propio cuerpo, es imposible la trascendencia.
Se abraza otro cuerpo en la ilusión vana de abrazar el propio; se acaricia en él lo que no es posible acariciar en el propio cuerpo; en él miramos la espalda nuestra que no podemos ver y tocamos la que no nos permiten tocar nuestras propias manos; penetramos en otra entraña pues no nos podemos­ penetrar; engendramos los hijos que no nos podemos engendrar, y nunca salimos de nosotros mismos.
El otro es un pretexto; el hombre está condenado a la prisión estrecha de la aseidad, a moverse dentro de los límites intangibles del yo, sentenciado a la cadena perpetua de la identidad.
No existe ni es posible más amor que el de sí mismo; el amor a los otros es una perífrasis. Buscamos en los otros labios un contorno real de los nuestros, en los otros ojos el brillo, el color y la intensidad con que miran los nuestros, en los otros sexos la potencia y el ardor del nuestro, o lo que creemos le falta para completar el ciclo que le permita concretar su unidad. El viaje hacia los otros no es otra cosa que el recorrido desesperante del círculo vicioso que envuelve el nosotros mismos.
Dice la leyenda que Narciso, preso del encanto de la ima­gen suya que le devolvía el agua, pasó horas y horas y días mirándose, hasta que la muerte lo acabó por inanición. Que fue deshaciéndose lentamente y de sus despojos, como de una crisálida gigante, abrió sus ojos una flor con sus pétalos orlados por una franja roja.
Hubiera sido una salida fácil y hermosa. Pero nada en el hombre tiene salida; la esencia de su existencia es estar siempre en la encrucijada. Los dioses eternos que forjó su imaginación desesperada, determinados por la lógica impla­cable le han decretado eternidad a sus destinos. 
(...)
  
(Fragmento). Del libro EL BIBLIONAVEGANTE: Viaje por la cultura del mundo, colección de textos donde el escritor José Chalarca recoge gran parte de su producción ensayística publicada desde el año 1961 en varios periódicos y revistas nacionales y extranjeras. 
 
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