26/8/14

Cortázar a través del cine

Homenaje a 100 años de su nacimiento

Por Héctor J. Freire - Publicado en Julio 2014
Copyright © 2014 Revista y Editorial Topía, All rights reserved.
 
                               ……porque soy capaz de caminar una hora bajo el agua si en
                              algún barrio que conozco pasan Potenkin y hay que verlo aunque
                              se caiga el mundo…   
                                                                            (Rayuela)

Literatura-Cine (un matrimonio “¿mal avenido?”)
Desde aquella versión del texto de Emile Zola, que en 1902 hiciera Ferdinad Zecca para el film Víctimas del alcohol, o desde la trasposición de la famosa novela de Julio Verne, 20.000 leguas de viaje submarino (1907) del “mago” Georges Méliès , pasando por David Griffith y Sergei Eisenstein (momento en el que el cine-invento de los Hnos. Lumière adquiere autonomía, y comienza a independizarse de su pasado teatral y literario) hasta las más actuales absorciones literarias hechas por el cine, se ha recorrido más de un siglo. En esta relación “mal avenida” –se llevan mal, pero permanecen juntos-, ambos discursos se han enriquecido: la literatura, en especial los cuentos y las novelas, han prestado al cine su condición narrativa, y el cine ha cedido a la literatura parte de sus elementos constitutivos (montaje-continuidad, flash back, yuxtaposición de planos, elipsis, etc.). Además, el cine ha contribuido a la evolución formal de la novela, y sus vanguardias.

Históricamente el cine comienza pidiendo permiso, sobre todo a la literatura, y contando con tal prestigioso aval, entra en los dominios del arte y llega a ser, el último de ellos, precisamente: “el séptimo”. Siendo el más totalizador, ya que no es solo literatura, sino también pintura, música, fotografía, etc. Y como totalidad, algo distinto a la suma de sus partes.

Con respecto a su relación con la literatura, tuvo dos formas de acercamiento: una que podríamos llamar servil y la otra creativa. La primera mantiene frente a la literatura una actitud obsecuente que confunde con respeto. La segunda, conserva del texto literario, lo que Umberto Eco denomina homologías entre fenómenos pertenecientes a distintos órdenes y, sin embargo, descriptibles e interpretables.

Ahora bien, en la relación entre el cine y la obra de Julio Cortázar, puede determinarse al menos una especie de homología estructural sobre la que se puede investigar: y es que ambas son artes de acción. Que después esta acción en los relatos de Cortázar sea “narrada” y en el cine “representada”, no invalida el hecho de que en ambos casos se estructure una acción aunque sea con medios distintos.

El cine, entre otras cosas,  es una “fábrica de sueños” como lo es también la literatura. El cine es básicamente narrativo, una narración visualizada.

En tal sentido, el discurso cinematográfico casi siempre es considerado únicamente desde el punto de vista de la imagen, y no desde la heterogeneidad de sus materiales de expresión (palabras, imágenes, actuación, música).

En S/Z, Roland Barthes nos dice: Toda descripción literaria es una vista. Se diría que el enunciador, antes de escribir o leer, se aposta en “la ventana”, no tanto para ver bien como para fundar lo que ve por su mismo marco: el hueco hace el espectáculo. Describir es por lo tanto colocar el marco vacío que el autor lleva consigo delante de una colección o de un continuo de objetos que, sin esta operación estratégica serían inaccesibles a la palabra. Dicha operación es utilizada por Cortázar, en su emblemático y circular relato Continuidad de los parques, afín a la estética del pintor surrealista René Magritte, definida como “el absurdo cotidiano”, y plasmado en su cuadro La condición humana I (1933). En esta pintura, como en el relato de Cortázar, hay un paisaje enmarcado por una ventana. Y otro paisaje, igual a éste pintado. Cortázar-Magritte-el cine, nos preguntan: ¿cuál sería la diferencia entre la ilusión y lo real? La representación y lo representado no son idénticos. Pero la conciencia del observador identifica la imagen similar con lo real.

El observador toma la imagen similar, y sólo ésta, en forma natural, por lo real mismo. Dicho proceso realizado por Magritte, y por el fenómeno cinematográfico, es el mismo que utiliza Cortázar para desarmar el marco y la estética realista.

La otra relación que podemos establecer entre el cine y los relatos “neo-fantásticos” de Cortázar, es la cuestión de la temporalidad como estructura de la existencia. La función narrativa y la experiencia del tiempo. “La historia verdadera” y “el relato de ficción”. Esto lo estoy tocando mañana…..Esto ya lo toqué mañana, es horrible, Miles, esto ya lo toqué mañana. Grita con desesperación Johnny (Charlie Parker), en el relato El perseguidor. El conflicto consiste en no poder comprender, que el tiempo mental no coincide con el que marcan los relojes. O cuando se toma conciencia del paso del tiempo, se constata como lo hacen los personajes de La autopista del sur, la paradójica y contradictoria quietud que encarcela a los automovilistas, entre máquinas creadas por el capitalismo consumista, para correr.

Algo similar ocurre en Las babas del diablo: ….esta Rémington se quedará petrificada sobre la mesa con ese aire de doblemente quietas que tienen las cosas movibles cuando no se mueven.
En cuanto a la relación del escritor con el cine, pueden plantearse al menos dos acercamientos: los films, cortometrajes, documentales, y spot publicitarios sobre su obra. Y otro, la relación que como espectador atento, Cortázar entabló con el cine.

La experiencia local
La obra narrativa de Julio Florencio Cortázar Descotte (Ixelles, Bélgica, 26.8.1914/París, 12.2.1984), una de las más importantes y representativas  de la Literatura Hispanoamericana, incluida “la arbitrariedad” que caracterizó al famoso boom, ha cobrado una insoslayable trascendencia global, de ahí el interés que despertaron sus relatos en directores de la talla de Michelángelo Antonioni, Luigi Comencini, Jean-Luc Godard, Claude Chabrol, y Manuel Antín en el cine argentino.

Cortázar siempre rechazó la falsa e ilusoria eficacia de los reflejos cotidianos y rutinarios, y buscó minuciosamente descolocar y extrañar esos reflejos. Cortázar desconfiaba de lo real, sin embargo, utilizaba esa dimensión como plataforma de despegue hacia otra dimensión, que los críticos llamaron neo-fantástico. Una grieta, una fisura que surge de lo insólito e inexplicable dentro del muro de la vida cotidiana. Una simple “mancha de humedad” que crece hasta invadirlo todo, como los ruidos que hacen inhabitable La casa tomada.
Es que su concepción del fenómeno cinematográfico está muy próxima a su estrategia narrativa como escritor: Creo que al espectador no hay que halagarlo, pero hay que darle las claves suficientes para que entre en la cosa. Si al público le tendés algunas perchas fáciles, entonces después te podés permitir las máximas audacias, las audacias más monstruosas, pero él ya está adentro…ahí podés apuntar por encima del techo si te da la gana.
Pero no es el Córtazar espectador de cine lo que nos interesa tratar en este artículo, sino de sus textos que fueron llevados al cine. Sobre las adaptaciones y/o trasposiciones. El autor tenía incluso, sus propias opiniones, cabe resaltar la diferencia que éste establece entre la adaptación de un cuento y una novela: Yo haría una diferencia entre la adaptación cinematográfica de una novela o de un cuento. Porque una novela, si es buena, contiene siempre un gran número de temas, de desarrollos, de análisis psicológicos, de situaciones que el cine no puede más que reducir. Se trata entonces de un empobrecimiento. En general el cine no supera a la novela. Por el contrario, el cuento –precisamente por su forma- se presta eventualmente al guion, porque aun cuando comporte muchas peripecias se centra en una sola acción y los personajes son en general menos numerosos. Muchos cuentos pueden crecer en el cine. Tal es el caso del cuento Las babas del diablo, llevado al cine por Antonioni, bajo el título de Blow Up (1966).
En argentina, el “adaptador serial” de los cuentos de Cortázar fue Manuel Antín, y si bien hubo varias adaptaciones en Europa, ninguno guardó la sistematicidad que tuvieron sus films, más allá del valor intrínseco de las mismas.

Durante la primera mitad de los años sesenta, Antín realizó la “trilogía cortazariana”, basada en cuatro cuentos del autor:

La cifra impar (1961), sobre el texto Cartas de mamá. Circe (1963), sobre el cuento del mismo nombre. Intimidad de los parques (1964), trasposición de dos relatos: Continuidad de los parques y El ídolo de las Cícladas.
Estos films  están impregnados de la atmósfera estética de la nouvelle vague, dentro del choque entre cine de expresión y cine espectáculo, tal como lo definiera Leopoldo Torre Nilsson, que postulaba la generación del 60.

La cifra impar (con la actuación de María Rosa Gallo, Milagros de la Vega, Lautaro Murúa y Sergio Renán), fue el primer largometraje de Antín, y quizás el mejor film del director. Con un estilo depurado, fragmentación en el discurso, fusión –al igual que la estrategia empleada por Cortázar-  de temporalidades, uso dramático del sonido, mezcla de los planos ficción-real/pasado-presente, y lo terrible de la repetición. Logra deconstruir  la gramática lineal de un cine “supuestamente realista”. Según David Oubiña lo  fantástico (yo diría lo neo-fantástico), en Cortázar,  es expresión de una brecha que se abre en lo real y que instala un doble desplazamiento: por un lado fuga de lo conocido y del sentido convencional; por el otro, invasión de lo inexplicable, lo sórdido o lo deseado.
La segunda adaptación, tuvo la estrecha colaboración del mismo Cortázar, quien se ocupó de escribir los diálogos. En Circe, recreación de la hechicera clásica de la Odisea, desdoblada en Delia, una introvertida muchacha de barrio (protagonizada por Graciela Borges, y acompañada por Walter Vidarte, Alberto Argibay y Sergio Renán), la cuestión del tiempo, la iluminación y los juegos de cámara son claves. Por momentos, el film alcanza una atmósfera asfixiante que resulta fiel a la del cuento, en especial los juegos espaciales: interior y exterior de la casa de la joven. Junto a la naturalidad de un mundo reconocible y cotidiano, convive otro inquietantemente ambiguo. La genialidad de Cortázar, apenas esbozado en el film de Antín, consiste en fisurar un orden racional sin romperlo, de tensionar la coherencia realista sin destruir su verosimilitud. Incluso, lo insólito, lo extraño, ocurre desde las primeras líneas junto a lo ordinario.

También hay en este film, un tratamiento cuidado de la memoria de Delia-Circe, que justifica la reiteración constante del número tres y la repetición (logrado trabajo del montaje) de las escenas en que pierde sucesivamente a sus novios: primero a Rolo (Renán), luego a Héctor (Vidarte); estas imágenes que son al principio datos de la interioridad de Delia-Circe se proyectan sobre el último, Mario (Argibay).

Sin embargo, el film, no así el relato de Cortázar, tiene momentos más que flojos. Justamente las escenas en las que se hacen presentes los padres: meramente decorativas y sin intensidad, en comparación con los juegos de seducción, o las actitudes ostensiblemente perversas de la protagonista.

La última experiencia de Antín con la narrativa de Cortázar es la más fallida. Tanto la combinatoria de los dos textos adaptados en un mismo film, como las actuaciones poco creíbles, convierten a Intimidad de los parques, en un film decididamente olvidable. Algo esencial se ha quedado en el intento, y es ese clima de “sugestión surrealista” enmarcado por la máxima brevedad que caracteriza al relato Continuidad de los parques, que no parece compatible con El ídolo de las Cícladas, y que Antín traslada del Mar Egeo al Machu Picchu. Aunque ambos textos compartan el mismo libro: Final del juego.
Otro film para el olvido es la adaptación que hace Osías Wilenski de El perseguidor (1965), uno de los mejores cuentos de Cortázar. El film no consigue desplegar el complejo fenómeno psíquico que presupone Johny Carter (Charlie Parker), sin olvidar el hecho de que Sergio Renán haya cumplido el papel del genial saxofonista negro. El resultado: una falencia estructural insoslayable, a pesar de haber transmitido esa relación especial que une al músico con su música.

También tenemos los films experimentales Sin Fin (1986), de Cristian Pauls, sobre el emblemático cuento Casa Tomada. Y El río (1972) de Arturo Balassa, cuento incluido en Final del juego. Y a un nivel, si se quiere más informativo y de divulgación, el documental Cortázar (1994), de Tristán Bauer, donde el escritor narra su propia vida.

La experiencia internacional
Fuera de la argentina, hay dos films, que si bien no están basados directamente en El perseguidor, son muy recomendables, ya que recrean de forma magistral, la vida y  el mundo del jazz en el que se movía Charlie Parker: uno es el “biopic” del director Clint Eastwood, Bird (1988), sobrenombre del músico, protagonizado por Forest Whitaker. Y el otro es el legendario film del director Bertrand Tavernier, Round Midnight (1986), título de un estándar de jazz, firmado en 1944 por el pianista Thelonious Monk. El film está protagonizado por Dexter Gordon, con música de Herbie Hancock, y filmada entre las ciudades de París y New York. ¡Imperdibles!

También, debemos tener en consideración, que los textos de Cortázar y el cine de Alain Resnais, en especial Hace un año en Marienbad (1961) o Hiroshima mon amour(1959), comparten más que un motivo, en especial la problemática del tiempo.

El propio Luis Buñuel, en el año 1964 se interesó por el relato Las ménades, pero su viaje a México abortó el proyecto. Otros dos grandes directores del cine francés se ocuparon de adaptar textos de Cortázar: Jean-Luc Godard estrena en 1967 el largometraje Week End, basado en el cuento La autopista del sur. Y el otro fue Claude Chabrol que lleva al cine el cuento Los buenos servicios, bajo el título Monsieur Bébé, en 1974.

Además, hay que tener en cuenta muchas adaptaciones, y “ejercicios de ficción cinematográfica” y televisiva, que no han tenido difusión y trascendencia más allá de determinados círculos cinéfilos-literarios. Pero que terminan conformando el gran corpus “Cine-Cortázar”. Algunas de estas “experiencias” internacionales, de una larga lista son:
Las puertas del cielo (Alemania 1988) de Nina Grosse. Diario para un cuento (Checoslovaquia-Argentina 1998) de Jana Bokova. Capital Rayuela (Chile 1987) de Percy Matas. Sueños (Paraguay 2006) de Juan Manuel Salinas, sobre La noche boca arriba. Autobus (Lituania 1994) de Vytautas Palsis, basada en el cuento Omnibus. Instrucciones para John Howell (España 1982) de José Antonio Páramo. House Taken Over (Australia 1997) sobre Casa Tomada, de Liz Hughes.
Sin embargo, y sin lugar a dudas, los dos mejores largometrajes llevados al cine sobre textos de Cortázar, por su impacto mundial, su calidad estético-visual, y su significativo y actual mensaje, pertenecen a los veteranos y ya clásicos directores italianos: Michelangelo Antonioni y Luigi Comencini. Y a sus respectivos films: Blow-up (1966), con guión de M. Antonioni y Tonino Guerra, libremente inspirados en el relato Las babas del diablo, con música de Herbie Hancock. Y el film L´ingorgo, una storia impossibile (El embotellamiento, como se la conoció en Argentina) de 1978, trasposición del texto La autopista del sur.

Blow up, es un film que cobró una autonomía casi absoluta en relación al cuento. Antonioni que había comprado a Cortázar los derechos del cuento, por la irrisoria suma de 5000 dólares, toma sólo la idea de la ampliación de la fotografía, y despliega a partir de ahí una historia que va adquiriendo las características de una investigación policial. Esta investigación es llevada a cabo por el solitario y aburrido fotógrafo de modas Thomas, que accidentalmente, en un parque, decide fotografiar las actitudes de una supuesta pareja. Pero al realizar el re-velado de las fotos, des-cubre al ampliar ciertos detalles, que un hombre escondido entre el follaje, apunta con un revólver, y ve algo parecido a un cadáver sobre el césped. Todo indicaría que en esa apacible mañana de abril, se ha cometido un crimen. A la mañana siguiente, de vuelta en el parque, Thomas comprueba que el cuerpo ha desaparecido, como han desaparecido sus negativos y ampliaciones, excepto una, que separada del resto, ya no tiene ningún valor testimonial. Dejando de lado lo anecdótico, éste “primer film mudo del cine sonoro”, como lo definiera la crítica francesa, respeta lo esencial del mundo de Cortázar: “des-cubrir la grieta de lo real en el seno de la ilusión”. El film de un ojo antes que el de un cerebro, ante la intersección de dos universos: el de las apariencias y el de lo real. La narración que narra la búsqueda de un sentido (fotografiar es fijar un sentido). Antonioni al igual que Cortázar, se plantean la cuestión de la verdad, como representación y adecuación a lo exterior, o como convención social. El fotógrafo sin darse cuenta, ha captado la escena del crimen, incluyendo al asesino, el arma y el cadáver. Sin embargo nadie le creerá. Un hecho real que ocurrió, pero nadie salvo la cámara ha captado. También se indaga sobre la soledad del hombre actual, la expresión de la imposibilidad de comunicación con los otros. Blow up: una puesta en discusión sobre la función receptora. Y el acto, a través de la fotografía y la escritura, de fijar un sentido. Voyeurismo cinematográfico y narcisismo textual. Thomas está solo en su universo “vaciado”. Leemos en el cuento: Entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es sacar fotografías….recuerdo petrificado, como toda foto, donde nada faltaba, ni siquiera y sobre todo la nada, verdadera fijadora de la escena. Relato de la mirada=film de la mirada. El intento por fijar un sentido: Pensé que eso lo ponía yo, y que mi foto, si la sacaba, restituiría las cosas a su tonta verdad. Y donde la fotografía es una forma de muerte: fija la movilidad de la vida.

Por último, tenemos el film de Luigi Comencini, L´ingorgo: en tono de comedia italiana grotesca, se traslada la Autopista del sur a Roma. Un gran atasco de tráfico afecta a una interminable caravana con miles de conductores que se dirigen a Nápoles. Rodada íntegramente en los estudios de  Cinecittá, el film es una road movie inmóvil, una alegórica denuncia sobre el absurdo de la sociedad capitalista contemporánea. Y donde a través de una red de historias y sub-tramas,  se pone en tensión y conflicto a una supuesta “sociedad moderna y civilizada”, mostrando sus lados más oscuros, salvajes y mezquinos. Como en el cuento de Cortázar (aunque éste no figure en los créditos) se desmonta, entre los pliegues narrativos, las implicancias de pertenecer a distintas clases sociales, identificables por la marca y modelo del auto. En medio de un paisaje desolado y caluroso, miles de personas que han perdido la noción del tiempo cronológico, para entrar en otro más personal y subjetivo, se enfrentan incómodos a sus propios dramas que ya no son personales sino públicos. L´ingorgo: una sátira despiadada sobre la condición humana. Una yuxtaposición de soledades que por causa de una situación límite comparten un mismo tiempo y lugar. Están juntos, pero cada uno representando una soledad demasiado acorde con el sistema de consumo capitalista. En el que los objetos son tratados como sujetos y los sujetos como objetos. Al final del film, todo “vuelve a la normalidad”, o como leemos en las últimas líneas del relato de Cortázar: ....sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante.


·         Ya se cumplieron 50 años de la publicación de la novela Rayuela. Y el 26 de agosto del 2014, se cumplirán 100 años del nacimiento de Cortázar. Vaya este artículo como un humilde recordatorio. A quien es, junto a Borges y Arlt, uno de los escritores más representativos de la literatura argentina del siglo XX.

Fuente: Boletín Topía - Buenos Aires - Argentina
http://www.topia.com.ar/articulos/cort%C3%A1zar-trav%C3%A9s-del-cine
Copyright © 2014 Revista y Editorial Topía, All rights reserved.

19/8/14

La supersticiosa ética del pseudolector


Por Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz*

Leer es una artesanía ejecutada con palabras, un extraño conjuro en el que, por lo menos, dos espíritus se comunican, así nunca se hayan conocido de manera física. Un manto tejido con los finísimos hilos de las palabras, entre dos potencias convocadas: el escritor, que sonsaca de su interior mensajes cifrados, remanentes de su psiquismo creador, y los pone en circulación: savia, magma, sangre, óvulo, esperma, sístole y diástole, de algo vivo, vibrante, hondamente significativo. Del otro lado, el lector: alerta, vigía, puros ojos, como atarrayas a la caza de un botín pleno de insinuaciones y sentidos.
Por eso leer se vuelve una tarea delicada, paciente, crítica y generosa, a la vez, porque de alguna forma, hay una intromisión permitida, pactada de antemano entre dos protagonistas.
No quiero referirme a la antropofagia lectora que circula en los medios, desde las burdas frases que salpican el internet, los juicios descalificadores y prejuiciosos que se sueltan al garete. Tampoco amerita un mínimo comentario el opúsculo venenoso que destila hiel y envidia cuando se trata de descalificar obras y autores sin previo examen. A esto ayudan los lectores de solapa, esos personajes que entran en la acción de gracias emitida por Borges: (gracias) por el lenguaje que puede simular sabiduría.
En un país de excesos e intolerancias, se sueltan palabras como flechas envenenadas; también se escribe por encargo: francotiradores que asustadizos de cuanto se mueve, se atrincheran en el anonimato y recogen, como carroñeros, toda la escoria que los espíritus mediocres van abandonando en los caminos.
Lector de solapa que repite fórmulas, que reduce la literatura a un club de malas conciencias, porque es más fácil garrapatear diatribas que tomarse el trabajo de leer los textos completos y hacer glosas, revisar elementos de estilo, de ritmo, de imagen; examinar el tejido verbal, sus fibras íntimas, en suma, sopesar el lenguaje, materia prima y esencial del arte poética, su eficacia fonética, semántica y pragmática.
En la supersticiosa ética del pseudolector no existen temas, ni tratamiento de los mismos, tampoco motivos, intertextos, mensajes cifrados, insinuaciones e intuiciones, sólo vaguedades, a lo sumo, opiniones sueltas, impresionísticas y sesgadas. Seguramente descalifique a Whitman y a Borges por enumerativos, a Rubén Darío por musical y exotista, a Gonzalo Rojas, por escribir poquito y a Neruda, por escribir muchito, otra vez a Borges por erudito y ladrón de versos (Cfr. El Amenazado y El Eclesiastés, cap. 12, 3 a 5), a Huidobro por romántico al principio y hermético al final (Altazor), a Teillier, por lárico, a Arturo, por lo mismo, a Quessep por anacrónico, a Mutis por reiterativo en la desesperanza, a la Carranza por prosaica, a Eduardo, su padre, por edulcorado, a Paz, por su abanico multiforme, a Lezama por ilegible, a Lêdo Ivo y Eliseo Diego, por provincianos, a Cortázar por cosmopolita, a García Márquez por macondiano, a Rulfo por comaleño, a Onetti, por nihilista y desesperanzado, en fin…Qué fácil el intento fallido de destrozar una obra con un adjetivo irresponsable, fruto de una pseudolectura, descuidada, perezosa, mezquina, cuando no, quisquillosa.
Se sabe de un pseudocrítico español, que siempre posó de arbitrario, y se refería a libros que nunca había leído, y de otro, acaso el mismo, que decía sin sonrojarse: estoy a punto de decir que Fulano es el gran poeta de su generación. Majadero, le contestó Sutano, dígalo o cállelo, pero no amague con deleznables reticencias.
Leer es un trabajo, nos señaló Estanislao Zuleta, no un fútil pasatiempo, y para ilustrarlo utilizó la proverbial metáfora del camello, el león y el niño: trabajo, fuerza e inocencia, tríada sobre la que debe reposar un oficio tan noble como la escritura y su connatural actividad, la lectura.
Ahora bien, evocando a Julio Cortázar, en su concepción muy personal sobre la estética del receptor, encontramos: lector alondra, el que no pasa de decir, bonito, categoría superficial, válida para un florero o un gato de porcelana, lector hembra -con el perdón de las feministas- para el que se arredra, escurre el bulto y deja las obras a medio empezar. Lector macho –con el perdón de los varones- todo lo contrario, el que se arriesga, el que cabalga, lanza en ristre, por las praderas del texto, no para hacerle decir sandeces o encuestar categorías gramaticales o recurrencias léxicas. Lector cómplice, cercano al que llamaron los semiólogos el archi-lector, valga decir, el que se compromete con el universo de significados y sentidos, el que aguza ojos e intelecto para horadar la cáscara y saborear el fruto, el que no cuenta el canto, más bien canta el cuento y bucea en el mar de los signos, los símbolos y sus múltiples ramificaciones. Conocí a un extravagante pseudolector, oficiante de una extraña manía: cazaba escritor con palabras, como si fueran su propiedad privada; así, si un tigre, Borges, si un espejo, Borges, si un camello, Valencia, si una sombra, Silva, si un zopilote, Rulfo, si un conejo, Cortázar, si un tren, Arreola, si un burro, Vallejo, si un búho, De Greiff. Con esa forma tan singular y arbitraria de acercarse a los textos, conceptos como originalidad, intertextualidad, escritura de palimpsesto, influencias, tratamiento, quedaban a la deriva. (En los procesos de selección y combinación, las palabras forman sus propios universos semánticos). Sálvese quien pueda de entrar en esa cofradía, en esa forma velada de la censura, esgrimiendo una chata erudición, una mirada parcial.
¿Dónde se ubica, desocupado lector, empadronador lector, contabilista lector? ¿No sabe, no responde? Ya lo advirtió el poeta Eugenio Montale: la oralidad es un género literario desde antes de la escritura. Su envés, la lectura, merece un sitio preferente.

* Jorge Eliécer Ordóñez. Poeta y ensayista colombiano, nacido en Cali (1951). Ha publicado varios libros de poesía, entre ellos: Ciudad Menguante, Vuelta de Campana, Brújula Insomne, Farallones, La Casa Amarilla, Exiliados del Arca, Manuscrito de Sísifo (V Premio Nacional de Poesía, UIS, 2013), Cuerpos sobre campos de trigo (XV Premio Nacional de Poesía, Eduardo Cote Lamus, 2014), así como ensayos de literatura en revistas especializadas. Su libro, La Fábula Poética en Giovanni Quessep, obtuvo el Premio Jorge Isaacs, Colección de Autores Vallecaucanos, en Crítica Literaria, (1998). En la actualidad es codirector y editor de la revista virtual Rosa Blindada. 

Con-fabulación340 - Colombia

E-mail: confabulacion33@gmail.com

31/7/14

Las plantas sagradas

Título:The Fourteen Station XII, Francesco Clemente, 1981-1982.
Título:The Fourteen Station XII, Francesco Clemente, 1981-1982.
Imagen obtenida de: http://francescoclemente.net/1980s/8.html
Las plantas sagradas y el sentido de su uso en el mundo indígena
Por Carlos Martínez Sarasola
Antropólogo y Autor [*]
csarasola@sinectis.com.ar
 ______________________

En el mundo indígena americano, la ingesta de ciertas plantas en contextos de ceremonias dirigidas por chamanes [1] y con estrictos fines medicinales, produce estados ampliados de consciencia que permiten tanto al chamán como al paciente encarar juntos el proceso de curación. Son las llamadas plantas sagradas.
Las más conocidas son la ayahuasca; el cebil; el san pedro o wachuma; el toé o floripondio; el chamico; el canelo; la epena y la coca (Sudamérica); el peyote y los hongos psilocibios (Norteamérica y Mesoamérica) y el tabaco (en todo el continente). [2]
Estas plantas, cuyo uso es de una antigüedad milenaria, se distinguen de las otras plantas medicinales porque permiten alcanzar aquellos estados que permiten el viaje a otros planos y/o dimensiones de la realidad, ese mundo invisible que está poblado por espíritus, seres, entidades y fenómenos que están más allá de la realidad ordinaria
Es que la idea de realidad que da sustento a las cosmovisiones de los pueblos indígenas, es más compleja y múltiple que aquella en la que nosotros, occidentales, fuimos enseñados y acostumbrados a entender como la única posible.
La ingesta ceremonial y ritual de estos vegetales posibilita tanto al chamán como al paciente tomar contacto con el mundo invisible y los seres y situaciones que en él habitan; en el caso particular del chamán se agrega la capacidad para viajar por esos mundos y tomar de ellos los poderes, la información y las claves  que necesitará – una vez de regreso- en el proceso de diagnóstico y curación de la enfermedad. Una de las máximas habilidades del chamán es precisamente la de regresar, porque no sólo es importante transitar por las otras realidades, sino el saber regresar desde ellas a este mundo.  
El descubrimiento de estas poderosas plantas por parte de Occidente, así como el sentido de su utilización y su eficacia como parte sustantiva de la  medicina indígena, puso en evidencia la existencia de otras formas de sabiduría y de conocimiento, insertas en los contextos más amplios de las complejas cosmovisiones originarias.
Cuando decimos la existencia de otras formas de conocimiento, nos referimos a  que tenemos que hacer el esfuerzo de dejar de lado los parámetros de nuestros modelos cognitivos o las leyes de la ciencia occidental con que habitualmente nos movemos y tratar en cambio de entender que existen otras maneras diferentes de concebir el mundo, la vida y el universo y que esas maneras pueden ser tan valiosas como las nuestras. Tal es lo que sucede con las cosmovisiones indígenas.
Es en este marco de análisis que desde hace ya muchos años he dejado de utilizar el término alucinógeno para definir a estas plantas. Lamentablemente ese término aún se sigue utilizando en ciertos círculos académicos y, a mi entender, en forma equivocada ya que confunde “la connotación patológica que tiene con el sentido espiritual, ceremonial y curativo que, por el contrario, el uso de estos vegetales tiene entre los indígenas”. (Martínez Sarasola 2010:146; ver también Llamazares y Martínez Sarasola 2004: 260) 
Me parece importante en esta dirección reafirmar la utilización de la expresión “plantas sagradas” (de uso extendido en el mundo indígena), así como también “plantas psicoactivas” (que actúan sobre la psique), “plantas maestras” (porque ellas  enseñan) o “enteógenos”.  Este último vocablo, muy utilizado en los últimos años, fue creado en 1979 por Gordon Wasson, Carl Ruck, Jeremy Bigwood, Dany Staples y Johnattan Ott para reemplazar precisamente al cuestionado “alucinógeno”; “enteógeno” significa “que genera a Dios en nuestro interior” y creo que es un término que transmite con bastante precisión el sentido y función de estos vegetales.
Este último aspecto, el de ser instrumentos de comunicación con los planos sagrados, es más que importante porque completa el profundo sentido que ellas tienen para las concepciones indígenas y chamánicas al generar la posibilidad del contacto directo y personal de las personas con lo sagrado, con la divinidad. Y esta conexión espiritual cobra una relevancia aún mayor porque para los pueblos originarios el concepto de salud tiene que ver precisamente con el estar en equilibrio espiritual, mientras que por el contrario, la enfermedad es producto de un desequilibrio del espíritu. La función del chamán es colocar al paciente, restaurar su equilibrio, devolverlo a su eje, ese que conecta firmemente a la persona con la Tierra y el Cielo.
Todo este extraordinario y ancestral conocimiento se transmite de generación en generación y “con las restricciones propias de los saberes reservados” (Llamazares y Martinez Sarasola 2004), debiendo el chamán mantener a lo largo de su vida una disciplina casi ejemplar, detalladamente pautada, lo que le permitirá ejercer su oficio en el marco de la seriedad y el respeto que la cosmovisión y las plantas requieren.  
Hay que tener siempre presente que, para la concepción chamánica, la planta sagrada es un ser vivo que durante la ceremonia ingresa en el cuerpo del paciente. Una vez allí, el espíritu de la planta dialogará con el espíritu de esa persona, acción que será guiada por el chamán, con sus cánticos, tambores, sonajas, el humo del tabaco y/o alguna de las distintas técnicas extáticas que le ayudarán en la curación.  Todo este delicado proceso, en que dos espíritus de distintas especies interactúan para la curación, es parte central de estas ceremonias, denotando una vez más “lo serio de esta cuestiones” como los mismos indígenas definen a ciertos temas centrales de sus culturas.  
En los últimos años, las plantas sagradas han salido de sus lugares de origen y están “viajando” por distintas partes del mundo, muchas veces de la mano de chamanes que convidan en ceremonias ecuménicas a personas de distintos orígenes. También muchas de estas personas han accedido a estas experiencias en el propio ámbito de los indígenas. En muchas ocasiones estas sesiones tienen el sentido curativo, medicinal y trascendente que explicamos anteriormente, pero en otros casos se realizan por el mero hecho de experimentar o con fines puramente recreativos.  En muchos casos también estos encuentros son guiados por personas no capacitadas y, por lo tanto, que no están en condiciones de llevar adelante los mismos y menos aún implementar fines medicinales.
Creo que estos conocimientos, tan antiguos como valiosos, hoy se están abriendo a muchas personas más allá de las fronteras del mundo indígena e incluso posibilitando el desarrollo de muy destacados proyectos vinculados con la salud [3].  Es auspicioso que estos conocimientos puedan extenderse a cada vez más personas, pero es clave también que ello se haga atendiendo a los marcos ceremoniales y rituales que constituyen una complementariedad ineludible. Tener en cuenta estos marcos; contar con la guía de chamanes reconocidos y/o personas de conocimiento debidamente capacitadas y autorizadas y, muy especialmente, no olvidar el sentido profundamente espiritual de estas experiencias son algunos de los aspectos a considerar para que los procesos curativos con esta otra medicina, sean cuidados, efectivos y respetuosos.
________________________

Notas
[*] Especializado en la etnohistoria y los estudios de la frontera como metáfora de la construcción de la Argentina, sus libros son de referencia en la temática indígena. Profesor en Universidades nacionales y del exterior, investiga también sobre las cosmovisiones originarias, la idea de realidad que las sustenta y el chamanismo, en el marco de los procesos de reetnización y espiritualidad emergentes. En la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF) se desempeña como docente e investigador de la Maestría y el Instituto en Diversidad Cultural. Es miembro de la comunidad günün ä küna mapuche Vicente Catrunao Pincén (contacto: www.cmartinezsarasola.com)
[1] El termino “chamán” (de la lengua tungus de Siberia “saman”: “el que se mueve”) fue universalizado por la antropología y hace referencia a aquellas personas que en las comunidades indígenas tienen no sólo la tarea de curar sino la de comunicarse con los distintos planos de realidad. Cada pueblo indígena tiene su propia denominación para estas personas sumamente destacadas en la organización social.
[2] El tabaco está considerado entre los indígenas la principal planta sagrada. Es originaria de América y su uso fue desacralizado por Occidente luego que los conquistadores lo llevaran y difundieran por Europa. Cuando nos referimos aquí al tabaco lo hacemos en relación al vegetal ancestral (y su uso) que no tiene nada que ver con el nocivo producto “cigarrillo” o tabaco industrializado que tanto perjuicio ha traído.
[3] En Tarapoto, Perú, existe desde hace muchos años el Centro  Takiwasi que, con el Dr. Jacques Mabit al frente de un equipo de especialistas occidentales e indígenas, se dedica a la curación de adictos utilizando plantas sagradas.
_______________________
Bibliografía
Llamazares, A. y Martínez Sarasola, C. Reflejos de la cosmovisión originaria. Arte indígena y chamanismo en el Noroeste argentino prehispánico. En: Tesoros precolombinos del Noroeste argentino. pp. 63-91, Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco y la Fundación Ceppa, Buenos Aires, 2006
Llamazares, A., Martínez Sarasola, C. y Funes, F. Principales plantas sagradas de Sudamérica. En: El lenguaje de los dioses. Arte, chamanismo y cosmovisión indígena en Sudamérica. Biblos, Buenos Aires, 2004, pp 259-25
Martínez Sarasola, C. Reality, Invisible World and Shamanism. An Outlook from the Indigenous Worldview. En: ReVision. A Journal of Consciousness and Transformation. Sebastopol, California. Vol 31, Nros 2 y 3; Julio/Agosto. En  prensa Martínez Sarasola, C. De manera sagrada y en celebración. Identidad, cosmovisión y espiritualidad en los pueblos indigena, Biblos, Buenos Aires, 2010
Martínez Sarasola, C. El círculo de la conciencia. Una introducción a la cosmovisión indígena americana. En: El lenguaje de los dioses. Arte, chamanismo y cosmovisión indígena en Sudamérica, Biblos, Buenos Aires, 2004, pp 21-65
Wasson, R. Gordon, S.Kramtyrisch, J.Ott y C. Ruck. La búsqueda de Perséfone. Los entéogenos y los orígenes de la religión,  FCE, México, 1996
Wasson, R. Gordon. El hongo maravilloso: Teonanácatl. Micolatría en Mesoamérica, FCE,  México, 1983
_________________________

Fuente: el psicoanalítico - Boletín Nº 18 - Buenos Aires, Argentina
  

30/7/14

El libro de la Tierra – Antología Mayor

 Publicamos a continuación el prefacio de Antología Mayor: El libro de la Tierra, que contiene 101 geniales textos, fuentes primarias traducidas exclusivamente para esta obra, notable summa del pensamiento y la imaginación del ser humano en tributo a nuestra Madre Cósmica.

Aquí los textos y los autores incluidos:
Rig Veda, La Biblia, Gilgamesh, Hesíodo, Ovidio, Popol Vuh, Kogui, Guaraní, Tuareg, Cofán, Rimbaud, Frazer, Matta, Anaximandro, Heráclito, Pármenides, Demócrito, Platón, Aristóteles, Aristarco, Eratóstenes, Schopenhauer, Nietzsche, Rousseau, Heródoto, Plinio El Joven, Marco Polo, Colón, Alvar Núñez, Pigafetta, Humboldt, Bolívar, Esopo, Luciano, Swift, Wilde, Lagerlöf, Kafka, Saint-Exupéry, García Márquez, Da Vinci, Copérnico, Bruno, Galilei, Kepler, Huygens, Newton, Darwin, Marx, Engels, Boltzmann, Planck, Einstein, Freud, Perse, Chuang Tsu, Li Po, Tu Fu, Li Shang Yin, Wang Wei, Nezahualcóyotl, Whitman, Baudelaire, Maeterlinck, Rilke, Ramos Sucre, Rabearivelo, Martinson, Neruda, Guillevic, Ritsos, Gamoneda, Buonarroti, Basho, Defoe, Hölderlin, Cacique Seattle, Gauguin, Van Gogh, Machado, Barrett, Trakl, Rivera, Lovecraft, García Lorca, Hernández, Libro Egipcio De Los Muertos, Homero, Virgilio, Alighieri, Paracelso, Nostradamus, Verne, Juan De Patmos, Schwob, Schiller...
La imagen de portada fue realizada por el artista italo-colombiano Gastone Bettelli.

HONOR A LA RAZA HUMANA (Prólogo)
Por Gonzalo Márquez Cristo

«Nuestro amigo el Sol ha muerto, ¿retornará?» pregunta Stéphane Mallarmé en Los dioses antiguos, y este conmovedor y poético interrogante, que alude a nuestro inevitable funeral cósmico descrito en el hinduismo (Día de Brahma) y en el calendario Maya donde nuestra estrella cumple ciclos categóricos, se ha convertido también en una pesadilla de la astrofísica desde cuando científicos como Ludwig Boltzmann y otros alucinados investigadores de la termodinámica decretaron el fin del Universo.
Del origen estelar acaecido hace 14.500 millones de años hasta nuestra consumación cósmica que ocurrirá con la colosal agonía de nuestro amigo el Sol dentro de 5.000 millones de años si antes no improvisamos nuestro apocalipsis, obedeceremos los designios de la física que según los últimos descubrimientos se vislumbran cada día más aciagos.
La presencia protagónica del ser humano en la Tierra: en una pequeña «mota de polvo» –para usar la metáfora de Christiaan Huygens–, evidencia que este prepotente engendro, que antes se creía elegido por los dioses, aunque sabe todavía muy poco de su origen, ya deletrea el alfabeto de su aniquilación. Y al iniciar este tercer milenio, humillado por la ciencia, intentando fundamentarse en la nueva mitología legada por la Cuántica y la Relatividad, vemos cómo se encuentra condenado a un ínfimo rincón de la Vía Láctea (Camino de Leche), que debe su nombre al instante en que la bella diosa Hera alejó intempestivamente de su seno a su hijastro Heracles, quien siendo aún un infante ávido, intentó furtivamente amamantarse con el propósito de conquistar la inmortalidad; y así, según la perturbadora imaginería griega, de aquella lluvia de leche divina, se formarían las más de 200.000 millones de estrellas que conforman nuestra casa mayor.
Del caos al cosmos, del desorden del Big Bang a la armonía galáctica cuyo primer soñador fue Pitágoras; de nuestro origen estelar a la compleja vida en esta esfera imperfecta en la cual viajamos con celeridad por el universo –tal vez hacia ningún lugar– y que gira sobre sí misma a una velocidad más rápida que la del sonido (1.600 km/hora); de las cosmogonías forjadas por los pueblos primigenios hasta las inferidas por la ciencia, que no son menos fantásticas si contemplamos las teorías que involucran nuevas dimensiones, viajes en el tiempo y mundos paralelos –fuentes incesantes de perplejidad–; y si a lo anterior adicionamos las extravagantes explicaciones propuestas por las religiones con el fin de sustentar sus dogmas, pareciera incuestionable que el universo tiene más de fantasmagoría que de realidad, como lo vio Platón en el Mito de la Caverna y algunos cultores de la ciencia ficción.
Debido a esta multiplicidad de visiones y hallazgos que afloran de las arduas disciplinas del conocimiento, y sin la odiosa pretensión de ser exhaustivos, pero sí con la entereza de configurar un mapa diminuto –aunque esencial de nuestro vínculo con la Madre Magna que conjunte deslumbrantes creadores, desenfrenados vigías cósmicos y acuciosos investigadores–, nos propusimos acopiar un archipiélago de voces que comenzaron a construir hace milenios en distintas regiones del planeta, en innumerables lenguas y proveniente de diversas culturas, esta Antología Mayor: legado de la imaginación que honra a la Tierra y que ilumina nuestro acontecer cósmico.
Al rastrear en lo más sublime del arte y la ciencia aquella fenomenología irradiada por nuestro planeta, al seleccionar pruebas decisivas, no sólo de la «imaginación de la materia» (derivada de los elementos) sino de la «imaginación cósmica», el objetivo es plasmar un pequeño lunar (recuérdese el origen estelar de esta palabra), que no desvirtúe la extensa arqueología del asombro, que se ha venido configurando siglo a siglo, mientras afinamos nuestra conciencia planetaria.
Es oportuno mencionar que debido a su magnitud evidente, esta es una de las pocas antologías que tiene licencia para ser incompleta, porque el señalamiento de todo autor aquí excluido (por motivos inherentes a la incompletud humana o derivados de insalvables restricciones patrimoniales), deberá ser considerado por el lector como un hecho feliz, pues eso constata que tenemos otro paradigmático ser a quien elevar una acción de gracias, en concordancia con el epitafio de Isaac Newton, enterrado en la Abadía de Westminster en Londres, que reza en su parte culminante: Dad las gracias mortales porque este ser tan grandemente ha existido: ¡Honor a la raza humana!
Por tanto los textos aquí compilados, elegidos no sólo por su importancia testimonial sino por su magnitud poética, apenas pretenden rendir tributo a un planeta magnífico y a los sabios que los originaron, fieles a su arduo trabajo carente de motivaciones personales. Grandes cultores de diversas disciplinas: astrónomos, filósofos, físicos, poetas, biólogos, geógrafos, ecologistas, historiadores, psicólogos, antropólogos y químicos, que han dejado su huella determinante en nuestra cultura, expresan aquí en sus propias palabras –sin falaces interpretaciones académicas–, las más audaces tentativas por comprender los enigmas de la naturaleza y develar la convulsa existencia en nuestra única casa galáctica.
Es también pertinente referir que en el Libro de la Tierra, integrado por un centenar de escritos de geniales figuras, reconocidas por reflexionar en contra de los dogmas filosóficos, religiosos, políticos o estéticos; es ejemplar la obsesión de algunos de ellos para enfrentar las estructuras de poder que tantas veces controlan, retardan o aniquilan la necesaria sabiduría; y emprender una de las pocas luchas donde ha salido victoriosa la libertad: en el escenario del pensamiento.
Sabemos que estos aventureros de la develación que se propusieron franquear los límites, sin declinar, a pesar de la prisión y el escarnio (Wilde), de persecuciones inclementes (Galileo), de la locura (Nietzsche), del exilio (Da Vinci), de la expoliación (Cacique Seattle), del tormento que los llevaría a la consumación del suicidio (Van Gogh y Ramos Sucre) y de la hoguera como en el caso de Giordano Bruno; parecieran comprobar que la historia del conocimiento es también la historia de la persecución.
La sistemática quema de libros emprendida por el emperador chino Shih Huang Ti en el siglo III a.C.; las bibliotecas incendiadas como la de Alejandría en el 48 a.C. por los romanos y posteriormente a causa del dogmatismo cristiano (obispo Teófilo en el siglo IV) que contenía medio millón de libros en su época florida y donde reposaba lo más luminoso de la cultura de la antigüedad; la doble destrucción de la Biblioteca de Constantinopla (en 726 y 1453) que llegó a tener 100 mil obras; el incendio de la biblioteca de Trípoli a manos de los cruzados en 1099; la ignominiosa acción liderada por el obispo franciscano Diego de Landa quien en 1562 ordenó la quema de numerosos códices mayas; y las afrentas más recientes al pensamiento del hombre como las ejecutadas por los Nazis en 1933 y por los serbios cuando aniquilaron la biblioteca de Sarajevo en 1992, demuestran que habita una sedición en todo conocimiento, y que para subyugar a los pueblos los tiranos conocen desde hace milenios la importancia de arrasar lo más sublime de su imaginación cultural. El escritor norteamericano Ray Bradbury en Fahrenheit 451 da su incandescente testimonio novelístico al respecto, tramando una metáfora donde los cada vez más escasos –y peligrosos– defensores de los libros, deben escapar a un bosque y memorizarlos para impedir que las ficciones, las reflexiones y la luz de los descubrimientos científicos, sean exterminadas de la faz de la Tierra.
Honrando entonces el cúmulo verbalizado de la aventura humana, desde cuando los mitos intentaban explicar los fenómenos naturales, se avanzará en estas páginas por los senderos que fueron extendiendo nuestro universo para poder considerar (recordar la etimología latina de esta palabra: «estar con las estrellas») los parajes maravillosos engendrados en la Tierra alterna del sueño, los artilugios de la fantasía destinada en principio a sobrepasar la realidad, las indagaciones filosóficas y las manifestaciones sublimes provenientes de la fatal y dulce diosa creadora, de nuestra gran fuente natural: Gea, Ceres, Deméter, Cibeles, Ninhursag, Astarté, Coatlicue, Ishtar, Ixmucané, Inanna, Amalur, Atabey, Dana, Pacha Mama...
Seguiremos las crónicas de los desterrados, de las hecatombes, de las invasiones y de la expoliación y la usura que ha determinado nuestro acontecer; y también veremos pruebas de los exilados de sí mismos –de los trasterrados interiores–; y en el capítulo final contemplaremos los vestigios de la colosal pirotecnia geológica, de famosos viajes al inframundo y a otros mundos, y de las más radicales ensoñaciones apocalípticas, aunque no obstante, como siempre, haya un lugar irracional para la esperanza. 
La antología ha sido dividida arbitrariamente en ocho capítulos: El libro del origen (compilación de algunas cosmogonías), El libro de las preguntas (contiene el pensamiento de algunos filósofos sobre la eclosión del ser y las pugnas existenciales), El libro de los vigías (testimonio de conquistadores y exploradores al llegar a tierras ignotas), El libro de los prodigios (muestra al artista como hacedor de reinos maravillosos), El libro de las respuestas (señala determinantes descubrimientos científicos), El libro de la naturaleza (brindis poético por la Tierra), El libro del destierro (testimonio del exilio interior o colectivo) y El libro de las visiones (viajes extraordinarios y profecías sobre el destino de nuestra especie).
Luego de la intromisión atómica y sus conocidas catástrofes, la responsabilidad del hombre en la supervivencia de la naturaleza impone una lectura de estas revelaciones compiladas desde su perspectiva telúrica y enfatizando la entrañable relación existente entre los seres que la pueblan, en el sentido que señaló Ernst Haeckel al crear el término ecología, proveniente de Oikos (casa), porque como dijo Nietzsche: «El hombre es algo que debe ser superado».
Y debido a que no podemos fracasar en esta magna tentativa, y que la consecuencia de ultrajar nuestro origen será devastadora, si el sueño de Zarathustra no encuentra su destino, sólo nos queda emprender el regreso propuesto por Rousseau y Gauguin, a eso que peyorativamente denominan salvajismo: el retorno a aquella edad básica en que teníamos como amigos a los árboles y las estrellas, y aún era posible acostarnos en la hierba para escuchar el corazón de la Tierra. Pues no podemos olvidar la experiencia trágica de los mayas, que advierte categóricamente sobre el fracaso inexorable que acecha a las grandes ciudades, y el nuevo despotismo impuesto en nombre del conocimiento –cuyos abusos hemos padecido desde la Revolución Industrial hasta la herida de Hiroshima–, y tampoco las subyugantes tecnologías que están creando un desierto interior sin precedentes, donde el habitante común, despojado de la naturaleza, padece una tiranía impuesta por estructuras formales superfluas, alejado de lo esencial, mientras es gobernado por fantasmas, como Kafka y Orwell lo denunciaron.
¿Hace cuánto no admiramos la Luna? ¿Quién puede señalar alguna de las cien mil millones de constelaciones que componen el Universo? ¿Quién sabe llamar hoy por su nombre a cinco flores o pájaros? ¿Quién diferencia una estrella de primera magnitud? Nadie de este mundo ilusorio que nos ha sido impuesto; pero si olvidamos a la Tierra ella terminará por olvidarnos y perderemos con eso nuestra posibilidad cósmica.
Como un talismán nos queda, sin embargo, la resistencia interior que vislumbra el poeta René Char, quien aseguraba distinguir el ruido de las estrellas, en esta incomparable estrofa de Aromas cazadores, donde hace un recuento de nuestro detestable destino, pero que pese a todo conserva su lumbre prodigiosa: «Durante milenios hubo el vuelo silencioso del tiempo, mientras el hombre se adaptaba. Vino la lluvia desde el infinito; luego el hombre caminó y actuó. Nacieron así los desiertos; el fuego se alzó por segunda vez. Entonces el hombre, con el apoyo de una alquimia sin cesar renovada, dilapidó sus riquezas y masacró a los suyos. Siguieron el agua, la tierra, el mar, el aire. Entre tanto, un átomo resistía. Esto sucedió hace unos minutos». 

Con-fabulación Nº 337 - Colombia
E-mail: confabulacion33@gmail.com

6/7/14

Un trovador santiaguero guitarrista de Carlos Gardel
Fuente: CUBARTE



Al trovador Roberto Moya lo conocimos en la Peña de Sirique, en el Cerro, un domingo por la tarde.
Un amigo de ambos, Félix Cobo, me lo presentó como el autor de la guajira Ranchito mío que acababa de interpretar el dúo de Luisito Plá y su esposa. Se trataba de Roberto Moya, que ya tenía 73 años de edad. Luego supe que este trovador santiaguero había sido acompañante de Carlos Gardel en varias actuaciones y películas.

Le pregunté: ¿Cómo un trovador santiaguero llegó a ser uno de los acompañantes en la guitarra del afamado artista Carlos Gardel?

Yo conocí a Gardel en el año 1933 cuando fui al Hotel Anzonia, en Nueva York, en la Avenida Broadway y Calle 72. Allí fui a hospedarme con mi compañero en el dúo, el argentino Carlos Spaventa. El gerente del hotel, que sabía que éramos músicos, me dijo: ahora mismo acaba de marcharse Carlos Gardel y está buscando guitarristas. Ese día no pudimos verlo, pero Eligio Potorosi, muy amigo de él, nos invitó a que fuéramos a conocerlo. Fuimos al día siguiente a un apartamento que Gardel tenía alquilado en el este de la ciudad.

Cuando lo vimos ya sabía quiénes éramos y se comportó con nosotros como si fuéramos viejos amigos. En efecto en ese momento estaba buscando guitarristas de experiencia que supieran interpretar música argentina para que lo acompañaran, ya que los guitarristas de su grupo no habían llegado por problemas con los visados. Nos echó el brazo por los hombros y nos dijo que sacáramos las guitarras, entonces cantamos una samba que él mismo tarareó. Enseguida dijo: “esta bien, no hay problema, mañana a la una nos vemos en los estudios de la Paramount”.

Y así fue como tomamos parte en la primera película que Gardel filmó en Estados Unidos, que se llama Cuesta Abajo. Gardel quedó satisfecho de nuestra actuación en ese filme y nos invitó a participar en otros como Tango en Broadway, El día que me quieras y Tango bar, aunque en esta última no aparezco personalmente, ya que lo que hice fue acompañarlo en la música de fondo. Ya en esos días habían llegado sus guitarristas pero nos dejó actuar con ellos porque Gardel quiso que también participáramos en esas películas. Yo me quedé con Gardel y lo acompañé en algunas actuaciones.

Cuando terminamos los compromisos en Estados Unidos él quería llevarme para la gira por América del Sur pero Lepera, que era el administrador, se opuso porque aumentaría los gastos al incluirnos en la nómina, entonces Gardel comprendió y me dijo: “Esta bien ché, tú te vas para Cuba y el día 24 de junio te embarcas para acá y nos encontraremos en Nueva York el día 1ro. de julio porque vamos a rodar 5 películas más en las cuales pienso mejorarte”. Acepté de mala gana, aunque tenía ganas de venir para Cuba y dejarle algún dinero a la familia.

El día 24 de junio de 1935, tomé el ferri Florida en La Habana y me dirigí a Cayo Hueso para luego coger un tren para Nueva York. Encontrándome en la estación de trenes vi como los vendedores de periódicos vendían enseguida los diarios de ese día. Un amigo me trajo un periódico que en grandes titulares decía: “ACCIDENTE AÉREO EN MEDELLIN. GARDEL CON TODOS SUS ACOMPAÑANTES PERECIERON. EL CUERPO DE GARDEL ESTABA CARBONIZADO. SE IDENTIFICÓ POR LA RASTRA QUE LLEVABA”.

La rastra es un cinturón de cuero que los argentinos llevan pegado al cuerpo para guardar sus monedas, debo aclararte que Gardel era coleccionista de monedas. Desde luego, regresé a Cuba en el mismo barco… ¿para que iba a seguir? Pensé entonces que si hubiera continuado de guitarrista con Gardel también hubiera muerto en el trágico accidente ocurrido en Medellín, Colombia, el 24 de junio de 1935.

Roberto Moya, gaucho transitorio y trovador santiaguero, nació el 26 de septiembre de 1897 en Santiago de Cuba, en una casa de la Calle Santa Lucía entre San Pedro y Santo Tomás.  Falleció en La Habana el 27 de enero de 1971.  Su padre, Francisco Moya Portuondo era profesor de piano y alternaba esa profesión por la de ayudante en una notaría, alguacil, secretario de un juzgado y Procurador Público. (...)

Por Lino Betancourt Molina (fragmento)
Fuente: CUBARTE 
http://www.cubarte.cult.cu/periodico/opinion/25685/25685.html


1/7/14

Premio Nacional de Poesía del Festival de Medellín

Mario Eraso y Hellman Pardo, ganadores del I Premio Nacional de Poesía Festival Internacional de  Medellín.  
El Jurado compuesto por Juan Manuel Roca, Gabriel Jaime Franco y Fernando Herrera otorgó por unanimidad los dos premios 
a los siguientes libros: Amanecer en Lisboa con Oliverio de Mario Eraso  e  Historia del agua de Hellman Pardo. 
A continuación un texto de cada ganador.



Mario Eraso

Nació en Pasto en 1967. Vive en México hace ocho años. Es Doctor en Literatura Hispánica por El Colegio de México. Su tesis consistió en la lectura crítica de la poesía de Roberto Juarroz. Entre 1988 y 1998, ganó en Colombia concursos de poesía y cuento a nivel nacional. Figura en las antologías Quién es quién en la poesía colombiana (1998) y Consejo para la buena muerte (2009). En 2005 publicó con la editorial colombiana Común Presencia su libro, Cementerio. Es también autor de Oro, con la editorial mexicana Sin Nombre.

Así debió ser al principio la vida

Personas
Muchos miles de personas

Caminando sencillamente
Corriendo sencillamente

Bajo la lluvia
Sobre la nieve


Así debió ser al principio

Cuando solamente había personas
Muchos miles de personas

Que salían a pasear con sus hijos
A pasear con sus mascotas

Caminando mientras conversaban
Corriendo mientras reían


Bajo la lluvia
Sobre la nieve.
                                                                                                  - - - - -

Hellman Pardo


Bogotá, 1978. Premio Nacional de Poesía Eduardo Carranza en 2010 por Elementos del desterrado. En 2011 es merecedor del Premio Nacional de Poesía Casa Silva por El falso llanto del granizo. Ese mismo año el Ministerio de Cultura le concede la Beca a la Circulación Internacional de Creadores en New York. Ha publicado La tentación inconclusa (Común Presencia Editores, 2008);  Anatomía de la soledad (Gamar Editores, 2013) y El falso llanto del granizo (El Ángel Editor, 2014). Director de la Biblioteca Comunitaria Imago en Bogotá. Pertenece a los Consejos Editoriales de las Revistas la Raíz Invertida y Ulrika.

RETRATO DEL OLVIDADO

Si volviera el agua a martillar las aceras
traería consigo los recuerdos de mi padre.


Su mano a orillas de mi mano

halándome con fuerza
                                   con cierto temor
de que su hijo mojara su pasado.


Sin embargo

tanto esfuerzo
                                               una espléndida derrota.


Empapado todo

yo entreveía
a ese hombre huir de la lluvia

el rostro lacerado
goteando
ese silencio imperturbable.


Si volviera a caer

                        a manera de prodigiosa lluvia
el agua
traería consigo un largo adiós

                                               adiós
aquí termina todo.


Adiós al recuerdo que perdura
adiós a la orilla de su mano.


Con-fabulación 333 - Colombia
E-mail: confabulacion33@gmail.com