24/5/14

 
Lima: "como quien pela una fruta"


De LA CIUDAD DEL POETA
Por Carlos Fajardo Fajardo
Lima gris, bárbara, seductora; Lima de bruma y mar, costera y bien andina. Allí su Plaza Mayor, allá su híbrido barrio de Barranco; he aquí el centro de la ciudad desordenado y bullicioso, la extensa alameda y sus canciones. Los días de Chabuca Granda ya pasaron, ahora queda el mito, el sueño, sólo el sueño.

En Lima, Carlos Oquendo de Amat me esperaba con sus 5 metros de poemas. Tuve la fortuna de toparme con él en la Librería Ibero, en una calle del Barrio Miraflores. Me habló de sus 5 metros de poemas:

—Fue el único libro de poemas que escribí. Tenía 19 años y una mujer parecida a un canto. Lo publiqué en el 27. Luego me dediqué a liberar a mi pueblo, a luchar por el socialismo, su destino. En vida fui torturado, encerrado en oscuros calabozos, desterrado de mi patria pobre. Adquirí la tuberculosis en la prisión de El Frontón. Viajé deportado hacia Costa Rica, México, Francia, hasta que no resistí más y en el hospital de Navacerrada de Madrid cesaron mis horrores un 6 de marzo del año 36. Vaya ironía. Mi libro ahora se lee, se estudia, se nombra.

—Si quiere conocer a Lima, me insinuó, recórrala como leyendo un libro, es decir como quien pela una fruta. Así deseo también que lea mis 5 metros de poemas, donde mi palabra es primitiva como la lluvia o como los himnos.

Caminamos y conversamos un buen rato, tanto que me acompañó hasta mi casa del amor y se ha quedado el sinvergüenza a vivir en ella.

Luego vi el mar, el extraño mar de este sur andino. Se diría que Lima no es nada marina, más bien respira un espíritu andino. De manera que su mar es ornamental; se está físicamente frente a él, pero espiritualmente en la montaña. Qué extraña es Lima: ciudad costera andina.

Por la Avenida Abancay mi mujer y yo tomamos un microbús hacia el centro de la ciudad. Fuimos testigos de los ritos que se ejercitan debido a la pobreza en nuestras ciudades latinoamericanas: el grito de un hombre en la puerta del micro anunciando las rutas, y de tanto en tanto vendedores ofreciendo sus confites. Afuera las calles rodaban como piedras de loco. Contrastes de contrastes. Entre el caos vehicular y la gritería, descubrimos el silencio en el barroquismo de la Iglesia de la Merced, y en la sobrecogedora Plaza Mayor, abarrotada de turistas, vimos pasearse el hambre, la miseria de una gran parte de este pueblo milenario. En la noche, la casa de Chabuca y las calles de Barranco convertidas en barrio-museo para despistados viajeros.

He aquí a Lima con su garúa; la que rodeada de mar canta a la montaña. Bajo la llama del sol esperamos a que nos acogiera su delirante recuerdo. Escuchamos la ciudad. Hojas caían de los árboles. Detenidos en las calles, buscamos palabras para nombrar esta tierra de cultura profunda donde aún se siente un fuerte poderío. Sur del Sur. Ciudad Inca donde se quedó mucho de nosotros. Recordamos al grande de Oquendo, sus amorosos versos: Tu nombre viene lento como las músicas humildes y de tus manos vuelan palomas blancas. Mi recuerdo te viste de blanco.

Ah, Lima, déjanos al menos encontrarte en tu incaica memoria; déjanos tus ojos para ver mejor los duros y antiguos caminos; regálanos tus ancestrales y múltiples rostros; danos tus pupilas para llegar a contar lo que hemos visto a través de ti.

- Con-fabulación Nº 323 - Colombia
- E-mail: confabulacion33@gmail.com
 

10/5/14

ARS POETICA

por Juan Carlos Céspedes (Siddharta) 



Ejerzo el más peligroso de los oficios;
la querella contra el viento y la manipulación del fuego.
Juego con serpientes que se disfrazan de palabras,
tengo los brazos marcados de los colmillos de la noche
y escribo cuando el día destila su agonía.
Sé que los poetas han gastado su vida intentando definir la poesía,
pero nunca asumiré este reto por saber que ello es imposible.
Si esto sucediese, no habría salvación para el hombre
ni lugar dónde guarecerse.
Vivo del milagro diario de mis manos y espero paciente al caminante
con mi daga en cualquier esquina de una hoja en blanco. 





2/5/14

Desde la Argentina nos visita nuestra amiga, poeta Lina Caffarello

 

RONDÓ  DE  PARÍS

                                                     París es una enorme metáfora.
                                                                                    Julio Cortázar
                                                                                                              RAYUELA, Cap.26


París de la Cité profunda y celta,
de isla de Saint Louis,
gótica de Notre Dame y gárgolas perpetuas.

París, mapa de caracol,
de calles envueltas en llanto de caballos,
con casas coronadas de plomo y caravanas de conductos
que respiran tristes amarillos en la niebla.

París del Montparnasse que ahoga catacumbas.
Del albo Sacré Coeur en lo alto de Montmartre.
De la Bastille de muros invisibles.
Del túrbido Saint Jacques.
D'Orsay, andén devenido impresionista.
Del arco iris que eriza el Pompidou.

París de la Étoile,
de Champs-Élysées enfilados hacia el Louvre,
a su glasé de humo y humedad.

París de torre Eiffel, hierro y laberinto,
candelabro hueco que enciende la fiesta noche a noche
para pintar de vida, al fin, la Ciudad Luz.


* Ensayista, poeta, pianista y fotógrafa artística: Lina Caffarello de Buenos Aires, Argentina. 


1/5/14

ORO 18/ EL ESPACIO DEL POETA /
 Yannis Ritsos 
(Monemvasiá, Grecia,
1 de mayo de 1909 - 11 de noviembre de 1990)

Selección y Notas: Reynaldo García Blanco

Este 1º de mayo, a la par de estar celebrando el Día del Trabajo, debiéramos al menos brindar por el aniversario 105 del nacimiento de ese otro trabajador de la palabra que fue Yannis Ritsos. Por ahí andan fotos de su visita fugaz a La Habana, en 1966.
Poesía de claridad atravesada por un humanismo a toda costa. Criticado por algunos por su estancia en una izquierda dura y poética que le llevó a la prisión, a la vez es elogiado también por la asunción que hizo de la obra de otro grande de la literatura griega  con Doce poemas para Kavafis.
Por aquí está el mundo y la atmósfera que nos han legado figuras como Yorgos Seferis, Odysseas Elytis o Nikos Kszanzakis: La palabra como placer. El poema como vía de resurrección.
___________

EL ESPACIO DEL POETA
(Traducido por Nina Anghelidis)
El negro y tallado escritorio, los dos candelabros de plata,
su pipa roja. Está sentado, casi invisible, en el sillón,
con la ventana siempre a sus espaldas. Tras sus gafas,
enormes y cautas, observa a su interlocutor
bañado en luz, él oculto en sus palabras,
en la Historia, en personajes suyos, distantes, en invulnerables,
captando la atención de los demás en los delicados reflejos
de un zafiro que lleva en el dedo; siempre sispuesto a saborear
las expresiones de los ingenuos efebos en tanto que,
admirativamente, humedecen sus labios con la lengua. Y él,
astuto, voraz, sensual, el gran inocente,
oscila entre el sí y el no, entre el deso y el arrepentimiento,
como si fuera balanza en manos de Dios,
mientras la luz de la ventana detrás de su cabeza
le coloca una corona de perdón y santidad.
“Si la poesía no absuelve – murmuró para sí mismo-
pues no esperemos misericordia de nadie “.

- Reynaldo García Blanco - Stgo.de Cuba, Cuba 
- E-mail:  regabla@cultstgo.cult.cu

30/4/14

Elena Poniatowska, una Sancho Panza para los sin tierra

La primer mujer en recibir el Premio Cervantes de Literatura


Contar… contar… contar… Eso hace Elena Poniatowska (escritora y periodista mexicana)  desde hace 60 años. Y eso mismo hace tras subir cinco escalones, dar siete pasos, otros ocho escalones, dos pasos y un escalón más, para convertirse en la primera mujer en subir al púlpito del paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares para dar su discurso de aceptación del 38º Premio Cervantes de Literatura. Y rompe doblemente la tradición: su traje autóctono y sus palabras, donde más que el autor de El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha o el mismo Quijote, anduvo Sancho Panza.

No apareció cabalgando como Sancho Panza pero lo recordó, se comparó a él: “Soy una Sancho Panza femenina. (…) Una escritora que no puede hablar de molinos porque ya no los hay y en cambio lo hace de los andariegos comunes y corrientes que cargan su bolsa del mandado, su pico o su pala, duermen a la buena ventura y confían en una cronista impulsiva que retiene lo que le cuentan”.

La vida se escribe todos los días. Recuerda. Recalca.

Poniatowska, creadora de una obra que conjuga diferentes registros para ver la vida. El resultado, según el jurado del Cervantes, es “una brillante trayectoria literaria en diversos géneros, de manera particular en la narrativa y en su dedicación ejemplar al periodismo. Su obra destaca por su firme compromiso con la historia contemporánea. Autora de obras emblemáticas que describen el siglo XX desde una proyección internacional e integradora. Elena Poniatowska constituye una de las voces más poderosas de la literatura en español de estos días”.


Por Winston Manrique Sabogal
  (Fragmento)
Fuente: El País - Madrid - 24-6-2014 
http://cultura.elpais.com/cultura/2014/04/22/actualidad/1398195340_185168.html
 

29/4/14

El soñador 

 

Lo que hemos hecho en estos días no es despedir a un hombre sino saludar a un mito.

Por: William Ospina


Cuando García Márquez empezaba a perder la memoria, un diario del continente tituló: “¿Y ahora quién recordará por nosotros?”. Gabo no sólo nos dio toda su memoria personal: la convirtió en un instrumento para nombrar y descifrar su mundo, y, a la cabeza de una generación admirable, cambió para el planeta la idea de América Latina.
En esa tarea lo habían precedido, entre otros, un nicaragüense: Rubén Darío; un mexicano: Alfonso Reyes; un chileno: Pablo Neruda; un argentino: Jorge Luis Borges, y otro mexicano: Juan Rulfo. Habían traído el ritmo, el rigor, el reconocimiento del territorio, la perplejidad creadora, el pensamiento mágico. García Márquez aportó la diablura, el colorido, la sensualidad, la exuberancia, la fiesta de las palabras, y un sentido realista de la fantasía que hizo que los sueños se parecieran a la vida y podría hacer que la vida se parezca a los sueños.
Toda felicidad verdadera es colectiva, y la obra de Gabriel García Márquez es el más feliz de los sueños que hayamos compartido. Pero no sólo nos hizo sentir a los latinoamericanos habitantes de la misma casa, sino que nos unió con el mundo.
Habíamos crecido como huéspedes tardíos de la historia, habíamos llegado tarde al diseño de la civilización, todas las metrópolis se creían con derecho a disponer de nuestro presente y a dictar nuestro futuro. Esa generación fue la primera que definitivamente les dijo a aquellos mandarines que ahora éramos los dueños de nuestro destino y los inventores de nuestros propios sueños.
Y si algo le añadió García Márquez a ese mosaico de ritmo, de rigor, de originalidad, de lucidez y de honda humanidad fue una alegría caribeña, una nitidez de las imágenes, una audacia de la imaginación, un dominio del canto y una fe en la vida tan elocuente que América Latina se sintió renacer en su voz, y el mundo entero la vio brotar como una flor desconocida entre las selvas de la historia, como un polen fecundo para las viejas culturas cansadas, y como una promesa.
Fue largo el camino para llegar a creer en nosotros: ahora comienza, ya ha comenzado, el camino, más largo aún, para reinventar la vida en este planeta en peligro. Después de Borges, después de Rulfo, después de Neruda, después de García Márquez, ya tendrán que contar con nosotros para el rediseño de la civilización.
García Márquez no quiso ya ser un hombre de perfil nacional; fue, como Bolívar, un luchador continental, un hombre del mundo, y un hombre de su época. Lo saludamos ante todo como un alto creador en el lenguaje, como lo que principalmente fue, como un poeta, pero nadie quiere olvidar al ser humano amistoso y mágico, al cantor de las fiestas, al amigo personal de quienes lo vieron así fuera una sola vez, al amigo personal de todos los que lo leen, al hombre comprometido con los cambios históricos, con la justicia y con la generosidad, a un maestro del buen vivir y del buen soñar, que no será jamás ceniza, porque está en el recuerdo vivo de miles de seres que le trasmitirán su memoria a las generaciones, y porque está siempre esperándonos en esas páginas que cambian corazones y que despiertan mundos.
El fervor que queremos en la tierra es el fervor que vive en sus páginas. También en ellas hay dolor y muerte, guerras y desastres, trenes que nos traían el progreso y que se alejaron cargados de muertos, pueblos errantes que llevan la cultura de un lado a otro, gitanos que polinizan el tiempo. También en ellas está ese coronel cuya carta no llega, el luchador que no tiene patria que le agradezca, el servidor al que los Estados y las sociedades olvidan, y barcos que se quedaron atrapados tierra adentro, que no tuvieron mar para el viaje, y seres que no pudieron escapar a la soledad, pero también gentes que no se mueren antes de alcanzar el amor, mujeres que centran el mundo, hombres atados para siempre a los árboles, y guerreros feroces que terminan sus días haciendo pescaditos de oro.
Rimbaud dijo que había que inventar el amor, y es cierto que al mundo hay que inventarlo continuamente. Hay quien dice que García Márquez inventó a América Latina, así como alguien dijo que Hokusai inventó al Japón. El mundo no es verbal, de modo que nombrarlo es de todas maneras inventarlo, pero una vez que se lo nombra ya es parte de la memoria de todos.
Él nos invitó a que propusiéramos desde la América Latina “una nueva y arrasadora utopía de la vida”. El nuestro es el continente donde se dio cita el mundo. Los humanos tenemos que aprender a respetar este planeta, pero para ello los poderes tienen que aprender a respetar a la humanidad. Porque no queremos un mundo en el que estorbe la humanidad.
Alguna vez le dije: “Gabo, a ti ya te leen más que al Espíritu Santo, y eso es pecado. Dime, ¿cuál es tu secreto?”. Y él me contestó: “La verdad es que sí tengo un secreto y te lo voy a revelar: todo consiste en impedir que el lector se despierte”.
Gabo: sigue impidiendo que nos despertemos, y nosotros nos encargaremos de que tú no dejes de soñar.

* William Ospina
- de EL ESPECTADOR - 28-4-2014 - Colombia 
 

26/4/14

Crónica de un desencuentro con García Márquez                             

 

JAIME CABRERA GONZÁLEZ [mediaisla] Me dediqué a la lectura de las obras de García Márquez sin proponerme acercarme a la persona como sí lo intentó un escritor de mi ciudad que acudió a quienes los podían relacionar hasta que alguien le dijo que para qué quería que le presentaran a alguien que nunca iba a ser su amigo…

Hay a la entrada de muchos establecimientos en Key West o Cayo Hueso, Florida, una placa que dice que ahí estuvo Ernest Hemingway aunque se sabe que asistía todos los días al Sloopy Joe’s Bar; sólo en un sitio leí un letrero que afirmaba, más bien advertía a sus clientes, que ahí nunca estuvo el autor de Por quién doblan las campanas. Ahora que proliferan los que mencionan por todos los medios que conocieron personalmente a Gabriel García Márquez; que muchos de mis amigos escritores recuerdan haber tenido algún encuentro con él; que tantos allegados me han mostrado una foto en que están con el autor de Cien años de soledad, yo tengo que anotar, que no lo conocí, ni lo vi nunca en mi vida (con excepción de las entrevistas en la tele o en fotografías). No tuve esa fortuna —tampoco lo intenté ni siquiera en mis días de fiebre macondiana— que en este momento me hubiera permitido titular estas líneas como “Mi encuentro con Gabito”. Así con esa confianza con que llaman a cualquier Gabriel en la Región Caribe colombiana y no con el Gabo de mis compatriotas del interior del país (que fue también el hipocorístico que caló en el resto del mundo) ni el GGM de la prensa.

Pero de tanto verlo (y leerlo) a veces creo haberlo conocido. Se volvió tan cercano como el tío Reynaldo, el único intelectual de mi familia. Me contaba Virginia Bennett, una amiga fotógrafa, que en la sala de su casa había tres imágenes debidamente enmarcadas: la del Sagrado Corazón de Jesús, la del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán y la del cantante de tangos Carlos Gardel. En mi casa, además del Sagrado Corazón y una Última Cena por lo menos en mi cuarto de adolescente había un enorme afiche con la cara de Gabriel García Márquez que me acostumbré a ver junto a los carteles de Marilyn Monroe y Brigitte Bardot y, más tarde, mucho más tarde, uno de Nastassja Kinski con una serpiente pitón enroscada en su cuerpo desnudo. Además, el haber crecido en pleno estallido del llamado Boom literario latinoamericano hizo que la figura del creador de Macondo estuviera todos los días en los periódicos y se convirtiera en parte de la conversación en la mesa o en las mecedoras de la terraza a la hora de las tertulias casi como un pariente más al que se le alaba o se le censura cualquier actuación.

Acudo al poeta Raúl Gómez Jattin y hago una paráfrasis de uno de sus poemas: los escritores son para leerlos y hay que dejar de hacerle caso a lo que hagan con sus vidas. Me dediqué a la lectura de las obras de García Márquez sin proponerme acercarme a la persona como sí lo intentó un escritor de mi ciudad que acudió a quienes los podían relacionar hasta que alguien le dijo al calor de unas cervezas frías que para qué quería que le presentaran a alguien que nunca iba a ser su amigo; quizás hoy al fallecimiento de García Márquez mi amigo escritor cuente mejor esa anécdota que cabe en la antología de los que no lo conocimos. En un correo electrónico me recuerda el profesor Livingston Crawford, un amigo que vive en Lima, que existe una praxis cultural en decir que hubo algún tipo de encuentro cercano cuando un personaje reconocido fallece y agrega en su email el caso del citado poeta cuando, por cierto, un trabajador de García Márquez dijo a la prensa que el día anterior a la muerte de Gómez Jattin éste le había regalado un hipocampo. Y Crawford termina diciendo que no sabe de dónde sacó esto, no el animalejo (que debe de haberlo extraído del mar cartagenero), sino la palabreja. Nadie en esas tierras ni sus alrededores se refería a un caballito de mar por otro nombre así labore en la casa de un Premio Nobel de Literatura. Todo para justificar que había conocido al poeta muerto.

Mi único  y verdadero encuentro

Existe una pregunta que a menudo se formula cuando pasa un hecho sin precedente que marca un hito, de esas del tipo de qué hacías cuando el apagón de Nueva York; en Colombia, en dónde estabas cuando mataron a Gaitán; o más recientemente, qué estabas haciendo cuando te enteraste que dos aviones acababan de impactar las Torres Gemelas y la TV empezó a trasmitir las incidencias de los ataques de aquel 11 de septiembre de 2001. Una de esas sería: cuándo o en qué circunstancia leíste la primera obra de García Márquez. Para algunos la respuesta será sencilla y quizás no haya detrás anécdota alguna. A mí, por diferentes razones, me cambió la manera de ver la realidad, marcó mi gusto y me motivó a contar.

Entré en la obra de Gabriel García Márquez por la puerta de Cien años de soledad cuando ya Macondo llevaba cuatro novelas y el libro más de dos años de publicado. Yo tenía 12 años y cursaba Primero de Bachillerato en el que sería el colegio de toda mi vida: el Colegio Americano de Barranquilla. Recuerdo que el profesor Rodrigo Ebrath, un hombre que estaba al día en materia literaria y bibliográfica, dijo un día en la clase a manera de información general —aunque lo escribió en el pizarrón— que existía una novela titulada Cien años de soledad, escrita por un escritor de Aracataca, Gabriel García Márquez; en su breve exposición del argumento citó la gota que llenaría el vaso de mi interés: la masacre llevada a cabo en Ciénaga y en la zona aledaña conocida como Matanza de las Bananeras. No sé si otros de los compañeros tuvieron en cuenta aquella invitación a la lectura, de lo que sí puedo dar fe es que para mí de inmediato la hubo y vencí mi timidez para hacer un par de preguntas. Yo debía leer ese libro simplemente porque entre esas páginas debería estar mi abuelo.

Desde pequeño escuché la historia de mi abuelo materno, Juan González, de qué manera se había salvado de morir el 6 de diciembre de 1928, día en que el gobierno de Miguel Abadía Méndez, con el general Carlos Cortés Vargas a la cabeza, reprimió con balas (muchas dum-dum) la huelga que llevaban a efecto los trabajadores de la United Fruit Company (también llamada Compañía Frutera de Sevilla) y en donde hubo mucho más muertos que los declarados de forma oficial. Ni mi hermana Beatriz ni yo nos cansábamos de oír aquel relato y esperábamos una nueva oportunidad para escucharlo aunque abuelo no agregara nada nuevo a la narración ni sobre las dos balas que recibió, una en la muñeca y otra en el abdomen, fuera de hacer que las tocáramos porque aún reposaban en su cuerpo y que fotografió Gaitán en su investigación para el debate que llevaría al Congreso. Por eso cuando supe que existía un libro que se refería al tema, me propuse leerlo y encontrar más sobre esa historia. Y como, además, conocía la palabra “Macondo”, no sólo por lo que abuelo decía de cierto árbol, sino porque se refería a una finca con ese nombre y no a un pueblo como había expresado el profesor.

Mi primera búsqueda fue en la biblioteca del colegio en donde no encontré el nombre del libro en el fichero; y cuando le pregunté a la señora que hacía las veces de bibliotecaria que si tenía Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, se quedó mirando como dicen los campesinos miran las gallinas a los sapos. Como en mi casa no había las condiciones económicas para pedirle a mi papá que, además de la ya costosa lista de libros de mi hermana y mía, sacara dinero para un nuevo libro (que nadie me había pedido leyera ni era obligatorio adquirir), ni siquiera lo mencioné. Mi papá que era un gran lector compraba los libros en Pica-Pica, un callejón del mercado en donde vendían libros de segunda mano o compraba y memorizaba cuadernillos de poesía que vendían a muy bajo precio que luego declamaba cuando se tomaba algunos tragos. Así que nuestra biblioteca estaba conformada por libros viejos y poemarios deshojados. Entonces se me ocurrió la idea de consultar a los amigos de mi papá, aquellos con los que no jugaba dominó sino que hablaba de Literatura.

Tuve la suerte de que en mi primer intento de conseguir Cien años de soledad prestado sólo tuve que acudir a la puerta del vecino más cercano, don Aníbal Mendoza, un empleado de una línea aérea que estaba al tanto por la prensa de los nuevos títulos editoriales y que compraba libros cada semana, que estaba suscrito a Círculo de lectores y que recibía a los vendedores de enciclopedia que tocaban a su puerta. Cuando le pregunté si tenía el libro, me dijo que sí y que después de la siesta lo buscaría y me lo llevaría a casa. Aguardé el momento de tener el libro en mis manos para empezar a leerlo y llegar al capítulo que en realidad me interesaba; el de la Matanza. Resulta que un poco antes de la hora convenida apareció por casa una abogada entrada en años y solterona, una de esas vecinas que tiene una opinión para todo y se creen con un poder especial para censurar, criticar y ordenar con acento militar. Así que cuando don Aníbal apareció con Cien años de soledad, la mujer puso el grito en el cielo. Que cómo era posible que me fuera a dar a leer un libro lleno de vulgaridades, que esa no era lectura para un niño y ahí se explayó en términos y reproches como si la hubieran ofendido. Y hubiera convencido a todos, al vecino y a mi familia, si yo no hubiera mentido —aún a costa de que la mujer hubiera ido al colegio a censurar al profesor y a la actual enseñanza— y dije que se trataba de una tarea. Entonces supe que antes de que la vecina volviera de descruzarse de brazos y atacara tenía que leer la novela a toda prisa. Antes había leído a paso de tortuga El Quijote, María de Jorge Isaacs y La vorágine de José Eustasio Rivera, todas por recomendación de mi papá.

Leí Cien años de soledad en el baño de mi casa entre un viernes por la tarde y la noche del domingo en que mi mamá pensó en que tendría que llevarme a primera hora del lunes al consultorio de nuestro médico si no se me componía el estómago, que era mi excusa para entrar tantas veces al retrete. Me bastó la primera página para no querer detenerme, ya no me importaba la historia de mi abuelo, ni las que había oído en esos viajes por la zona bananera en que acompañaba a Inocenta Daza, mi abuela, en un tren de madera que iba de pueblo en pueblo entre plantaciones de banano y se detenía en estaciones como la de Aracataca. Ahí estaba todo junto que podía leer como si se tratara de un cuento infantil en que tenía la potestad de entrar y hacer parte. Era el mundo en que había crecido cada vez que llegaban las vacaciones e iba a Ciénaga y estaban los nombres, que como también en mi familia, se repetían; había cada aventura que ni siquiera muchos años después frente a los llamados libros clásicos juveniles habría de borrarse de mi memoria.

A partir de aquella lectura empezó mi búsqueda de qué más había publicado de García Márquez, indagación que coincidió con el libro que había recomendado el profesor y que yo no le había prestado atención obnubilado con lo que había contado de Cien años de soledad porque se había referido a esta obra sólo a guisa de referencia del libro que había programado para nuestra lectura: El coronel no tiene quien le escriba. Y ahí vino mi segundo gran encuentro. Cómo era posible mantener mi atención con una historia tan sencilla que creo leí en una tarde y que abría aún más mi apetito de lector. De ahí fui hacia atrás, hacía las primeras novelas: La hojarasca y La mala hora y los cuentos de Los funerales de la Mama Grande. Y ya casi al final del bachillerato, puesto al día, como una feliz coincidencia una joven pensionada que vivía en mi casa se ganó en una rifa que hicieron en la universidad en donde estudiaba biología el libro La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada y como ella veía que yo leía el tomito Ojos de perro azul me regaló su premio con una dedicatoria escrita con su letra de maestra de escuela enamorada.

El tercer gran sobresalto llegó con El Otoño del Patriarca. La estructura del libro, esa espiral poética me Cien años de soledad y siempre encontraba nuevas cosas como si el autor —en palabras del novelista Álvaro Cepeda Samudio— entrara por la noche a mi alcoba y pusiera más páginas, acción que según el creador de La casa grande, no sucede en las bibliotecas públicas porque están muy vigiladas. O escuchaba a mi tío Luis Lino Torregrosa hablar de Gabito y luego ser capaz de recitar varias páginas de Cien años de soledad como si se tratara de un poema, uno más de aquella colección de la poesía piedracielista que tanto le gustaba y que soltaba sin aviso y sin descanso.
arrastró por varios días en que no paré de leerlo sin medir las consecuencias por las clases a las que dejé de asistir en la Universidad y el riesgo de perder el semestre por estar próximo a los exámenes finales… La novela me abrió nuevos horizontes y aunque para entonces mi universo literario se había ido ampliando y enriqueciendo con otros autores, seguir a García Márquez me devolvía aquella sensación inicial de gozo. No sé cuántas veces leí Cien años de soledad y siempre encontraba nuevas cosas como si el autor —en palabras del novelista Álvaro Cepeda Samudio— entrara por la noche a mi alcoba y pusiera más páginas, acción que según el creador de La casa grande, no sucede en las bibliotecas públicas porque están muy vigiladas. O escuchaba a mi tío Luis Lino Torregrosa hablar de Gabito y luego ser capaz de recitar varias páginas de Cien años de soledad como si se tratara de un poema, uno más de aquella colección de la poesía piedracielista que tanto le gustaba y que soltaba sin aviso y sin descanso.

Y siguió Crónica de una muerte anunciada y el Premio Nobel y El amor en los tiempos del cólera y todos los títulos harto conocidos de sus novelas y su vasta obra periodística a la par que se escribían ensayos, estudios y biografías y anécdotas y aparecieron los gabólogos y de tanto verme reflejado en mi sobrino Richard (una nueva generación) que empezó a leerlo a la misma edad de mi descubrimiento de Cien años de soledad, de tanto tanto, Gabriel García Márquez se convirtió en alguien que ya creía conocer, que no necesitaba salir a buscar, que lo podía encontrar por ahí y saludar como se saluda uno con un viejo amigo de la familia, con un antiguo vecino: “Ajá y qué hay de nuevo en Macondo…” Por eso cuando me enteré que había muerto, en un principio me asaltó aquella frase suya de que no había que creer todo lo que aparecía en las noticias, luego se derrumbó la idea de que estaría toda la vida, que era inmortal y, finalmente, tuve la misma sensación de orfandad infinita del día que mi hermana menor, Margarita, me llamó a Miami Beach desde Barranquilla para decirme que se nos había ido mi papa. Sí, fue como si mi papá se hubiera muerto por segunda vez.

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JAIME CABRERA GONZÁLEZ (Barranquilla, Colombia, 1957). Estudió en el Colegio Americano; obtuvo el título de arquitecto en la Universidad del Atlántico, profesión que abandonó para vivir del cuento. Desde 1993 viven en los Estados Unidos en donde ha ejercido el periodismo; ha ganado varios concursos de cuento en Colombia y otros países. Ha publicado Como si nada pasara (1996) y Miss Blues 104°F (mediaIsla, 2014).

Fuente:  http://mediaisla.net/revista/2014/04/cronica-de-un-desencuentro-con-garcia-marquez/

21/4/14


Los dos Gabos

(1927-2014)

Gabriel García Márquez, retrato de la autoría de Fernando Maldonado

Por Gustavo Adolfo Quesada Vanegas*
Ahora es la hora de recostar un taburete a la puerta de la calle y empezar a contar desde el principio los pormenores de esta conmoción nacional, antes de que tengan tiempo de llegar los historiadores.  Gabriel García Márquez. Los funerales de la mama grande.

La generación de colombianos que en los años sesenta y los setenta del siglo XX abrió los ojos políticos, estéticos y científicos en este país flagelado por toda clase de despropósitos, se encontró con un pacto político, el Frente Nacional, que a través de componendas de los partidos tradicionales aplazaba todas las reformas y autorizaba la expresión política solo a los liberales y a los conservadores. El perdón y el olvido fueron las consignas para ocultar y acallar la culpa de 300.000 campesinos asesinados en menos de 15 años. Mientras tanto en el horizonte despuntaban la Revolución Cubana y la Revolución China, la Guerra Fría, el conflicto ruso-chino, la insurgencia por toda América del Sur y el Caribe, los movimientos por los derechos civiles en Estados Unidos, el hipismo, el rock y la contracultura, la Guerra de Vietnam y Mayo del 68 en Francia. La modernización imperialista de nuestro país campeaba a sus anchas y el FMI imponía, sin resistencias, sus dictados. Era obvia la inconformidad y diaria la protesta. La música, la pintura, la poesía, el teatro buscaban nuevos caminos de expresión. En el fondo, dando tonos y visos al lenguaje y sentido a la sensibilidad, con Cortázar, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Lezama Lima, José Donoso, Augusto Roa Bastos, Fernando del Paso, Gabriel García Márquez y otros, emergía una generación de escritores que desarticulando las formas tradicionales del lenguaje y experimentado con los tiempos y los espacios, el sueño y la vigilia y la lucidez y el delirio,  afirmaba con la narrativa su profundo compromiso social. Por supuesto no eran unánimes ni uniformes y algunos no persistieron en su compromiso, pero con independencia de los ciclos personales, bautizaron otra vez nuestro continente, poniendo nombre a las cosas y redescubriendo la historia, lo que quiere decir contándola de nuevo. Nosotros devorábamos,  La hojarasca, Los funerales de la mamá grande, La mala hora, El coronel no tiene quien le escriba, Cien años de soledad y El otoño del patriarca para no mencionar sino algunas de las obras de García Márquez que más circularon en su momento, y las convertíamos en artillería pesada de nuestra visión de América Latina y Colombia, de nuestro humor y nuestra ironía.
Ahora mientras todos los medios y las personalidades de la farándula política publican su foto al lado de nuestro Nobel y todos juran haber sido sus confidentes y amigos, ocultando que auparon la persecución o la suscitaron, sobre un escritor comprometido con las causas sociales, es bueno recordar que García Márquez mantuvo una irreconciliable posición antiimperialista y radicalmente crítica frente a las oligarquías colombianas y latinoamericanas que no han vacilado ni siquiera en pagar la deuda externa con el mar como en El otoño del patriarca:

Salga a la calle y mírele la cara a la verdad, excelencia, estamos en la curva final, o vienen los infantes o nos llevamos el mar, no hay otra, excelencia, no había otra, madre, de modo que se llevaron el Caribe en abril, se lo llevaron en piezas numeradas los ingenieros náuticos del embajador Ewing para sembrarlo lejos de los huracanes en las auroras rojas de sangre de Arizona, se lo llevaron con todo lo que tenía dentro, mi general, con el reflejo de nuestras ciudades, nuestros ahogados tímidos, nuestros dragones dementes (…) sólo dejaron la llanura desierta de áspero polvo lunar que él veía pasar por las ventanas con el corazón oprimido.

Más allá de la validez de los innumerables estudios producidos y por producir sobre la obra de García Márquez, todos válidos por la profundidad de su obra, resaltamos en este momento su poética de la historia. Esta poética permitió el paso a la literatura de nuestras guerras civiles, épicas del fracaso, le dio verdad a la Matanza de las Bananeras, hizo de todos los dictadores un solo dictador y a los “amores contrariados” una disculpa para penetrar en nuestra cultura y nuestra sensibilidad, en las que la imaginería popular construye realidades más reales que la propia realidad y por lo tanto más actuantes y definitivas. ¿Cuál mejor Bolívar que el general navegando aguas arriba por el Magdalena llevando sobre los hombros todo el fracaso de una guerra de quince años? Esta poética denuncia, además, página tras página y en medio de los exabruptos de la naturaleza y las locuras de los hombres, la tragedia de un país asolado por señores de la tierra, embajadores, curas que levitan y marcan con ceniza a quienes se debe ajusticiar, abogados y militares que no vacilan en ordenar la muerte de cientos de trabajadores para defender los intereses de las multinacionales. Bastaría con releer la enumeración de los “bienes morales” de la Mamá Grande para encontrar de cuerpo entero a nuestras elites, así ahora se disfracen de modernas e informáticas y asistan a sus homenajes, callando que hasta hace poco movían los servicios de inteligencia para “demostrar” su complicidad con los insurgentes, al igual que lo hicieron con Feliza Bursztyn y Luis Vidales. Este es el García Márquez que pertenece a los colombianos y a las aguas profundas de nuestra historia. La desmesura del asesinato de los hijos de Aureliano Buendía es la desmesura de los paramilitares coludidos con curas, políticos y dueños de la tierra que siguen devastando nuestra patria. En García Márquez los desafueros de la imaginación son metáforas de las atrocidades de la realidad.

* Escritor y catedrático colombiano
- Con-fabulación Nº 324 - Colombia 

28/3/14

Hotel La Fonda



por Arístides Vega Chapú,
(Santa Clara, Cuba)


Parecería levantado con la arena del río Bravo
o una simulación de cenizas de un fuego muy antiguo
apagado por sí solo.
El hotel La Fonda, en Taos,
semeja esa forma que adquiere la arena amasada por
un niño
que por su edad no supone pueda su obra despeñarse
en cualquier momento.
Instante para amasar de nuevo la arena y volverlo a intentar,
tantas veces como el sol le permita.
Lo sucedido de este lado está por contarse
mientras el imperceptible viento levanta con sutileza
un polvo arenoso que se restriega con fruición
contra las paredes del hotel y contra mis ojos.
Nadie duda han sido levantadas con arenas de un río
cuyo nombre se asocia a sucesivas crucifixiones.
Nadie me dijo lo que  pareció obvio.
A pesar de que la arena sigue compacta
como si el edificio hubiese sido sembrado en la aridez
de una tierra en la que se sostienen algunos arbusto.
Protegido quizás por los cerros distantes,
ocultos tras nubes muy bajas,
extendidos con aparente ingravidez hasta donde la vista alcanza.
Pese al calor no se deshacen de la nieve,
caída meses atrás, cuando todos abandonaron sus casas
para dar fe de su bonanza y traer sobre sus hombros
los animales desvanecidos,  ya sin sangre,
con el tufo de las resinas de los legendarios árboles
crecidos a esa distancia del cielo.
Siempre he visto la nieve desde muy lejos,
en lo más alto de los cerros a los que no he podido llegar.
Nunca caer sobre mí, como ha sido mi deseo.
Los cazadores llegan de sitios distantes y ocupan cualquier lugar,
sin que nadie precise saludarse.
Sin levantar la vista
como si no existiese nada posible de identificar
entre ellos y el cielo donde Dios suele ocultarse.
Alguien pregunta por la reserva india
y con parquedad se le hace saber
que hoy no admiten la entrada de turistas.
Celebran una fecha sagrada, esgrime como rotundo argumento,
palabras que muy pronto pierden su sonido
en tan desolado paisaje.
En las noches frías de Taos sólo se escucha el aullido de los lobos.
Pelambre gris, ojos blancos y una expresión de tristeza
de la que me he compadecido.
Algunos han sido domesticados y se muestran junto a sus amos
sujetos del arreo,
con el que han doblegado su ancestral fiereza.
Alzo la lámpara y lo que escasamente queda expuesto parpadea,
como si todo fuese efímero y nada estuviese
al alcance de mi mano.
Como si Taos fuese otra de mis invenciones.


8/3/14

Que la tierra te sea leve

Por Amparo Osorio



El siguiente texto, poético homenaje al epitafio, pertenece al libro Cronistas bogotanos
publicado por La Colección Los Conjurados y ya distribuido en las más importantes librerías de Colombia.

Al pasear por sarcófagos, sepulturas, sepulcros, tumbas, mausoleos, lápidas, panteones o criptas... nombres que al pronunciarlos en cualquier idioma traen un viento frío y parecen inventados por la terrible imaginación de Edgar Allan Poe o por H.P. Lovecraft, es posible encontrar sentencias consagratorias, alegóricas o irónicas, esculpidas para resumir los pasos del difunto.
Esta voz de piedra de la muerte que existe en las más diversas culturas es conocida como Epitafio, del latín tardío Epitaphium (que se hace sobre una tumba), y es tan antigua que no se tiene una cronológica adopción de su uso, presumiéndose que fue asimilada por la mayor parte de los pueblos del mundo como último eslabón con sus seres desaparecidos.
Y así como los dioses también mueren y de algunos se conservan sus tumbas, en la del dios Osiris, ubicada en Sais en el Bajo Egipto, existen signos del período ptolomeico, que a manera de epitafio cuentan la vida del imponente personaje mítico: Esta es la forma de aquel que no puede ser nombrado, Osiris el de los Misterios, que brota de las aguas que retornan.
La Antigua Grecia y la reciente Italia, a pesar de la costumbre de incinerar a sus muertos, son culturas en las que el epitafio es imprescindible, extendiéndose a galerías, claustros, obeliscos y medallones que no necesariamente contienen las cenizas del viajero. Así, sobre la tumba vacía construida por el pueblo de Florencia en honor a su más digno hijo: Dante Alighieri (1265-1321) y que está ubicada en la Basílica de Santa Cruz, se lee la inscripción: Onorate l'altissimo poeta («Honrad al más alto poeta»). Sin embargo el cuerpo de Dante permanece en su tumba en Rávena, provincia de la Emilia-Romaña al nororiente de Italia, donde sucedieron sus últimos días.
Los romanos que incluían casi siempre una deprecación en favor del muerto comenzaban así su temible adiós: Sit tibi terra levis (Que la tierra te sea leve) o Siste, viator (Deténte, caminante) inscripción ésta última que fue durante siglos una de las más usadas, debido a que los entierros se efectuaban en la orilla de los caminos. Luego de alguna de estas frases, se procedía a la exaltación del fallecido.
El cuerpo de Dionisos (o Baco el Perfecto), enterrado en Delfos junto a la estatua de Apolo, contenía sobre la tumba la leyenda: Aquí yace muerto Dionisos, hijo de Semele, frase comprobatoria de que estas exaltaciones no sólo eran propias de hombres sino que frecuentaban las esferas inmortales.
En Esparta se concedía el honor del epitafio sólo a los guerreros que morían luchando por la patria. Sobre la tumba de Leonidas, caído en la batalla de las Termópilas, reza la siguiente inscripción: Pasajero, ve y di a Esparta que sus hijos han muerto por obedecer sus leyes.
Recaen sin embargo dentro de los epitafios toda suerte de adjetivos, desde íntimos, amorosos, despreciativos, poéticos, altruistas, metafóricos, etc., y cuyo memorable inventario podría hacerse infinito por esos lazos de eternidad que se tejen con la muerte, sin distingo de credo, profesión o raza.
Así, uno de los más evocados que no realza los atributos del difunto, es el escrito sobre la tumba de Richelieu: Aquí yace el Cardenal Richelieu que hizo mucho bien y poco mal, pero el mucho bien lo hizo mal y el poco mal lo hizo bien...
La Enciclopedia Británica para ejemplificar lo que era un epitafio epigramático y satírico, refiere estas líneas sobre el rey Carlos II: Él nunca dijo una cosa tonta, pero tampoco dijo una cosa sabia.
Como culto al amor podríamos citar la sentencia que reposa sobre la tumba de Antínoo, amante favorito del emperador romano Adriano, en cuya lápida los embalsamadores egipcios esculpieron: Obedeció a la orden del cielo. O aquel perteneciente al inmortal verso de Quevedo que a lo largo del mundo ha sido adoptado para innumerables tumbas: Polvo serás, más polvo enamorado.
El mismo Adriano, fallecido en el año 139, cuyos restos reposan en el célebre castillo de Sant Angelo, ubicado en la orilla derecha del Tíber en la ciudad de Roma y construido bajo su reinado, escribiría para ser grabada en su tumba la siguiente irónica frase: Turba medicorum perit (He muerto a manos de una turba de médicos).
El epitafio de William Shakespeare cuyos restos se encuentran en la Iglesia de la Santísima Trinidad en su natal Stratford-upon-Avon surgió de su propia pluma y contiene una advertencia: Bendito sea el que respete estas piedras y maldito el que mueva mis huesos. Hubiera sido sin embargo más preciso al autor retomar las últimas palabras del príncipe Hamlet en su agonía: Lo demás es silencio
De una admirable elementalidad podemos decir que es la inscripción sobre la lápida del genio alemán Goethe: Era un hombre; o aquella de letras azules que surge emotiva sobre la tumba de Miguel Hernández, ubicada en el cementerio de Nuestra Señora del Remedio, en Alicante: Aunque bajo tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra que yo te escribiré.
El escritor francés Stendhal autor de Rojo y Negro aseguró su memoria en la piedra con las siguientes palabras: Vio, escribió, amó. Y el poeta chileno Vicente Huidobro, cuyo deseo fue ser enterrado en una colina frente al mar de Cartagena (Chile), escribiría también su propio recuerdo: Aquí yace el poeta Vicente Huidobro/ Abrid la tumba/ Al fondo de esta tumba se ve el mar.
Ejercitado también por los sajones, nórdicos y escandinavos, se han encontrado diseminados por el mundo innumerables epitafios tallados por los vikingos en sus piedras rúnicas.
Extrañamente tomado de la Völsunga Saga (Cantos de la Edda Mayor) que relata los rasgos de las culturas germánicas medievales, María Kodama decidió para la tumba del oracular Borges que reposa en el Cimetière des Rois en Ginebra, la casta frase: Empuña su espada y la pone entre sus desnudeces.
Sobre la lápida de Copérnico encontramos una de las más poéticas y escalofriantes inscripciones: Sta, Sol, ne moveare (Deténte, Sol, no te muevas) y sobre la de Alejandro Magno impresa por sus contemporáneos: Esta tumba debe bastar a aquel a quien no podía bastar el mundo.
Recorriendo el Cementerio de Rarogne Churchyard, de Canton Valais en Suiza hallamos la más romántica de las tumbas para uno de los mayores poetas alemanes. En la piedra esculpida bajo la que reposan los restos de Rainer Maria Rilke se lee: Sublevación o pura contradicción/ amaría ser el sueño de nadie/ bajo tantos párpados cerrados.
En el cementerio de Swan Point en Rhode Island, cualquier visitante puede leer con perplejidad la inscripción funesta, escrita por uno de los mayores maestros del terror: H.P. Lovecraft, verdadero deleite para los seguidores de Los Mitos de Cthulhu: No muere lo que puede eternamente descansar aunque muera mi muerte.
No menos impactante podríamos decir que es el epitafio que acompaña al francés André Breton, el Papa del Surrealismo (1896-1966), cuyos despojos reposan en el cementerio de Batignolles en París: Yo busqué el oro del tiempo.
El pintor y fotógrafo surrealista Man Ray fue definido con la siguiente inscripción sobre el mármol: Despreocupado pero no indiferente, y William Butler Yeats, premio Nobel de Literatura, versificó su propio epitafio al escribir: Mira fríamente en vida a la muerte, mientras pasa su jinete...
Bajo una luna blanca al lado de la tumba de su última esposa (Carol Dunlop) en el Cementerio de Montparnasse en París, los restos del escritor argentino Julio Cortázar (1914-1984) permanecen acompañados de leyendas, piedritas para jugar a la Rayuela, dibujos infantiles y flores que los lúdicos adoradores depositan, al lado de una temblorosa frase seguramente escrita por alguno de sus lectores latinoamericanos para señalarnos lo que hubiera sido su mejor epitafio: Aquí yace el Cronopio Mayor.
En el Zentralfriedhof (Cementerio central de Viena, Austria), se encuentra la imponente tumba de uno de los inmortales genios de la música: Ludwing van Beethoven, cuya inscripción recogió las últimas palabras del genio alemán: Que los amigos aplaudan. La comedia ha terminado.
El caminante que recorra el Lincoln Cemetery en Kansas City, puede observar el simbolismo impreso sobre la lápida del jazzista Charlie Parker que a manera de epitafio imaginario representa un pájaro sobrevolando un saxofón, con la única y modesta inscripción: Bird.
No obstante la importancia de un lugar físico para el reposo del ausente, las frases del adiós nos conmueven porque sintetizan el alma de inmortales o anónimos seres cuyas obras y vidas fueron una leyenda. De esta forma podemos deducir que algún día es posible leer sobre una ola el ruego del poeta inglés John Keats, cuyo último deseo fue: Pido que mi epitafio sea escrito sobre el agua.
Por su parte Juan Rulfo el incomparable narrador mexicano que escribió una de las más totalizantes novelas sobre la muerte titulada Pedro Páramo, definida por algunos críticos como un epitafio de 120 páginas, donde los muertos más antiguos hablan con voz más queda y más lejana que los recientes, termina su novela con lo que quizá pudo haber sido su epitafio mayor: Y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras.
En la Quinta de San Pedro Alejandrino, ubicada en Santa Marta (Colombia), monumento histórico donde falleció Simón Bolívar, el 17 de diciembre de 1830, se lee a manera de epitafio la célebre y triste frase: Aré en el mar y edifiqué en el viento, palabras pronunciadas en su agonía, por este romántico Libertador de América
El escritor norteamericano Edgar Lee Masters (1869-1950) en Los Poemas de Spoonriver, recrea la historia de los moradores de un pueblo, sus costumbres, sus amores y sus oficios a través de epitafios escritos en primera persona, oscuro oficio que no le impidió crear su propio recuerdo pétreo: Yo soy un soñador de la muerte bendita. Caminemos y escuchemos la alondra.
La lápida funeraria de Ray Douglas Bradbury (1920-2012) uno de los mayores escritores de ciencia ficción de todos los tiempos, ubicada en el Westwood Village Memorial Park de California, lleva como epitafio y a petición del propio Bradbury, la frase: Autor de Fahrenheit 451
Malcolm Lowry, el novelista inglés, eterno ebrio, autor de la magistral novela Bajo el volcán, dejó escrito en verso igualmente su epitafio: Difunto del Bowery/ su prosa era florida/ a veces brillante/ vivió de noche y bebió de día/ y murió tocando el ukelele.
También el gran ensayista y poeta mexicano Octavio Paz imaginó en uno de sus primeros libros su bello epitafio: Quiso cantar, cantar/ para olvidar/ su vida verdadera de mentiras/ y recordar/ su mentirosa vida de verdades.
Otros sin embargo, desposeídos de la tragedia de la muerte, continúan recibiendo la celebración póstuma a su vida. Así, sobre la tumba de la superestrella del rock Jim Douglas Morrison (1943-1971) ubicada en Le Père Lachaise en París, se congregan frecuentemente fanáticos de todas las latitudes, para entonarle sus propias canciones y beber en su memoria, mientras escriben infinidad de grafitis como el siguiente: Eres la reencarnación de un gato, lectura que es rápidamente sustituida cuando se lee su lapidaria sentencia: Cancelo mi pasaporte a la resurrección.
Y después de esta suma de frases del adiós, no es necesario agregar que el epitafio, la voz de la piedra, la tentativa de inmortalizar un gesto, un oficio, un amor, una victoria, una religión o una utopía, es una constelación que nos evoca, un signo que fija el rostro, el sueño inmóvil de alguien que un día fue de carne y hueso, y que hoy apenas habita en el viento.


Amparo Osorio nació en Bogotá. Poeta, narradora y ensayista. Ha publicado los libros: Huracanes de sueños (1983); Gota ebria (1987), Territorio de máscaras (1990); La casa leída (Antología de autores universales sobre el tema de la casa, 1996); Migración de la ceniza (1998); Omar Rayo, Geometría iluminada (entrevista 2001); Antología esencial (2001); Memoria absuelta (2004), Estación profética (2010) y Grandes entrevistas de Común Presencia (coautora, Premio Literaturas del Bicentenario del Ministerio de Cultura, 2010). Es Editora General de la Revista Literaria Común Presencia, y codirectora de la colección Internacional de literatura Los Conjurados. Varios de sus poemas han sido traducidos al inglés, árabe, francés, italiano, portugués, húngaro, alemán, rumano, ruso y sueco. Obtuvo la primera Mención del concurso Plural de México (1989) y la beca nacional de poesía del Ministerio de Cultura (1994). Es co editora del periódico virtual Con-Fabulación. 

Con-fabulación Nº 315  - Colombia
E-mail: confabulacion33@gmail.com