15/6/15

El escritor y el fotógrafo
Fotografía de Rulfo

Por Fabio Jurado Valencia

(Tomado de Oralidad y escritura en la obra de Rulfo, Común Presencia Editores)

Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, es el nombre de pila del escritor mexicano Juan Rulfo, autor de El llano en llamas (1953), Pedro Páramo (1955) y El gallo de oro (1980); póstumamente conocemos de su autoría también Los cuadernos de Juan Rulfo (1994), dos libros de fotografía (2000, 2002) y Aire de las colinas (2000); este último libro es una recopilación de las cartas que le dirigiera a la novia –y después esposa–, Clara Aparicio, mientras recorría la geografía mexicana o vivía en Ciudad de México, estando ella en Guadalajara.
Nos confunde su nombre de pila: tres nombres y tres apellidos; y él mismo nos confundirá con su lugar de origen: a veces decía que era de Apulco; otras, de San Gabriel, pero también de Zapotlán, y muy pocas veces decía que era de Sayula. Nació en Sayula pero nunca vivió allí, le confesó el mismo Rulfo a Luis Harss. En sus apuntes de cuaderno escribe que “nació en Jalisco, México, el 16 de mayo de 1918”. Pero Jalisco es el Estado, no es un pueblo ni una ciudad. Y no nació en 1918 sino en 1917. Es Juan Ascencio (su consultor jurídico) quien finalmente esclarecerá el asunto en su libro Un extraño en la tierra. Biografía no autorizada de Juan Rulfo (2005); de acuerdo con sus indagaciones notariales Juan Rulfo nace en Sayula, Jalisco, el 16 de mayo de 1917.
En 1917 ocurre el desenlace de la revolución agraria (iniciada en 1910) y, en consecuencia, se inicia el proceso de distribución de la tierra, como resultado de la reforma a la constitución nacional. Juan Rulfo proviene de una familia de hacendados que, progresivamente, luego del asesinato del padre, es objeto de expropiaciones hasta quedar sólo con lo necesario. En el año 1926 sobreviene la revolución de los cristeros, movimiento promovido por la iglesia como respuesta a las leyes que prohibían la propiedad eclesiástica y el libre ejercicio sacerdotal y religioso; la revolución cristera duró hasta el año 1929 y Rulfo señalará en muchas entrevistas la impronta en su conciencia de este evento; el cuento “La noche que lo dejaron solo” y algunas escenas de la novela Pedro Páramo, muestran las singularidades de este movimiento ideológico-religioso liderado por curas conservadores bajo los gritos de ¡Viva Cristo Rey! y ¡Obre Dios! La condensación literaria de dicho episodio aparece en el cuento “La noche que lo dejaron solo” y la parodia al espíritu religioso acendrado, radical, es registrado de manera cómica en el cuento “Anacleto Morones”.
La coyuntura histórica de la revolución de los cristeros limitó en gran parte el desarrollo académico de Juan Rulfo, quizás para bien si consideramos que frente a la situación de las escuelas cerradas y el aislamiento y el miedo propiciado por la revolución el niño Juan tendrá que encerrarse entre los libros que el cura del pueblo había trasladado a su casa. Permanecía durante horas, dice Ascencio, leyendo las novelas de Dumas, Víctor Hugo, las historias de Buffalo Bill… pues no salía a la calle por las continuas balaceras. Tenía diez años de edad y la lectura constituía el mejor modo de afrontar los miedos y el acallamiento, que permanecerá en el trayecto de toda su vida.
Ante la situación difícil para estudiar en San Gabriel, en donde viven, la madre lo envía, junto con el hermano mayor, al orfanatorio de Guadalajara. Es el año 1927. Rulfo le dirá en una entrevista a Elena Poniatowska (1985) que “en ese tiempo los orfanatorios eran como correccionales, la gente rica de Guadalajara mandaba a sus hijos allí para castigarlos cuando se portaban mal, allí los archivaban…” Estando en el orfanatorio, en el año 1930, la madre de Rulfo muere. En los borradores que Clara Aparicio e Ivette Jiménez recuperaron leemos este fragmento:

Recogió sus cosas y volvió a sentarse bajo la sombra de un naranjo, a mitad del atrio. Simplemente no funcionaba su cabeza. Sentía deshilvanado el cerebro. Vio los altos muros del orfanatorio, allí donde dos ventanas altas y enrejadas le habían impedido tantas veces asomarse al mundo. Llegó a no importarle esto, pues el mundo y el tiempo estaban dentro. De acá afuera se veían insignificantes e inútiles, mudas, ya que desde allá apenas transmitían un poco de luz. Nunca les encontró otro fin. Viéndolo bien, nada allá dentro tenía explicación alguna; solamente que, y a pesar de todo, aquello había sido su único refugio. (1994: 17)

Al terminar la educación básica e iniciar la preparatoria y frente a la dificultad de hallar una institución educativa para continuar los estudios (las preparatorias están cerradas y la Universidad de Guadalajara suspendida), Rulfo, que ya es un apasionado por los libros, tiene que optar entre el seminario y el colegio militar. Elige el primero, con la ilusión de “recorrer el mundo”, si bien el seminario era por entonces una institución de cierto modo clandestina.
Se presume que en el año 1933 Rulfo está por primera vez en Ciudad de México, hecho que determinará en gran parte su destino de escritor, pero tendrá de nuevo que afrontar la opción del Colegio Militar como un modo de complementar sus estudios y de justificar la estancia en la capital; sin embargo, como señala Ascencio, sólo pudo permanecer por breve tiempo porque reconoce que la vida militar no es lo suyo. No logra revalidar los estudios parciales de la preparatoria y asiste, como anota Vital (2003), al Colegio de San Ildelfonso. Entre 1935 y 1952, Rulfo trabaja en varios oficios (archivista, agente de migración, agente viajero…), con el apoyo de un tío militar que tiene vínculos con los gobiernos, según anota Ascencio. Quizás la tranquilidad de estos trabajos haya propiciado el tiempo para escribir los cuentos a la vez que se dedica a la fotografía.
La etapa intensa de Rulfo, transcurre entre 1946 y 1952, años en que como vendedor de llantas viaja a distintas regiones del país y explota al máximo sus intereses por la fotografía. En 1945 en la revista Pan, de Guadalajara, se publican sus primeros cuentos “Nos han dado la tierra” y “Macario” y en América, dirigida por Efrén Hernández, publica de nuevo “Macario” en 1946, “Es que somos muy pobres” en 1947, “La cuesta de las comadres” en 1948, “Talpa” y “El llano en llamas” en 1950 y “Diles que no me maten” en 1951; en la misma revista se publican las primeras fotografías suyas, lo cual constituye un índice de los propósitos estéticos con el arte de la imagen.
En 1953 es becario del Centro Mexicano de Escritores y es cuando publica el libro de cuentos El llano en llamas. La beca se extenderá hasta 1955, con renovaciones anuales, cuando publicará Pedro Páramo.
En su juventud, Juan Rulfo es un escalador de montañas y un viajero por las provincias mexicanas. Es aficionado a la fotografía y en sus registros se percibirán las geografías rurales, sugerentes de las antropologías de las comunidades campesinas y de los pequeños pueblos. La experiencia como caminante y viajero le permite asimilar las voces, aprehenderlas, de hombres y mujeres del campo y de los pueblos del centro y nor-occidente de México. Conoce pues el otro México, el México profundo, aquel México que después de la revolución agraria (1910-1917) y de la revolución cristera (1926-1928) permanecerá en el misterio y en la ambivalencia política. Los conocimientos empíricos del escritor se complementarán con los resultados de sus indagaciones en los archivos de inmigración, primero, y en las lecturas que hará de los cronistas de Indias, después, para asegurar la calidad de un proyecto artístico/literario y artístico/fotográfico.
Entre los manuscritos rescatados por Ivette Jiménez (1994) sobresalen los apuntes sobre la situación de los indios desde la conquista hasta el siglo XX. Se ubica aquí el reconocimiento que Rulfo hace a la obra de fray Bernardino de Sahagún, de quien nos dice que “inicia su tarea evangelizadora en Tlamanalco, población distante 50 kilómetros de la capital. Cuatro años más tarde cambia su residencia al Colegio de Tlatelolco, donde enseña lengua latina además de otras materias y comienza a interesarse en las ‘cosas’ del México antiguo”. Rulfo referencia asimismo la figura de fray Toribio de Benavente “Motolinía” quien contribuye junto con Bernardino de Sahagún a levantar la historia de una sociedad organizada y majestuosa, como lo fuera la gran ciudad de Tenochtitlan; sin embargo, “para desgracia de ambos, el obispo Juan de Zumárraga, primer inquisidor de la Nueva España, y un auxiliar de éste, fray Andrés de Olmos, experto en demonología, y autor de un ‘Tratado de hechicerías y sortilegios’ se habían encargado unos años antes de la destrucción casi total de documentos e imágenes en poder de los indios”. Y presupone Rulfo que “fueron coautores del sacrificio de sacerdotes y nobles, así como de los ‘tlacuilos’ que tenían a su cargo el dibujo de los códices donde se describía la trayectoria del pueblo azteca, ya que al ser capturado y destruido el Calmécac, lugar donde se formaba y transmitían los conocimientos rituales del imperio teocrático mexicano, todo fue incendiado para desarraigar para siempre lo que se suponía eran las fuentes del paganismo”.
Rulfo redondea este resumen, muy expedito a mi parecer para los estudiantes de secundaria, destacando las ansias de Sahagún por el saber en torno a la cosmogonía de los antiguos mexicas; el fraile, con la mirada del etnógrafo, se traslada fuera de la ciudad y en un pueblo cercano (hoy Tepeapulco), acompañado de sus alumnos indígenas, reúne “a un grupo de ancianos, así como dibujantes o tlacuilos, quienes van trazando sobre el papel e interpretando la narración de aquellos viejos supervivientes”. De dicha labor etnográfica ha quedado, insinúa Rulfo, el conocimiento sobre los significados cosmogónicos, la cotidianidad, la astronomía, los cantos poéticos y la filosofía prehispánica. Sin duda estos conocimientos son remanentes de la memoria y se traslapan en los universos ficticios de las obras de Rulfo y es lo que permite comprender también su obsesión por retener a través de la cámara las ruinas de pirámides y de iglesias, así como de los habitantes del campo y su desolación.

Fabio Jurado Valencia. (Buga-Florida, Valle, 1954). Licenciado en Literatura (Universidad Santiago de Cali); Maestría en Letras Iberoamericanas (UNAM, México); Doctor en Literatura (UNAM, México). Profesor del Departamento de Literatura y del Instituto de Investigación en Educación, de la Universidad Nacional de Colombia. Autor de los libros: Investigación, escritura y educación: El lenguaje y la literatura en la transformación de la escuela; Posadas, México en la poesía colombiana (compilación); La escuela en el cuento (compilación); Rosario Castellanos, esa búsqueda ansiosa de la muerte; Ray Bradbury, literatura fantástica; «El hombre» de Rulfo, polifonía y sociolecto narrativo; Evaluación, conceptualización, experiencias, prospecciones (memoria y compilación); Pedro Páramo de Juan Rulfo: murmullos, susurros y silencios. Coordinador y coautor de los libros: Juguemos a interpretar, Interacción y competencia comunicativa; La escuela en la tradición oral; Culturas y escolaridad; La formación docente en América latina; Competencias y proyecto pedagógico; Trazas y miradas. Participante por Colombia en el Segundo Estudio Regional Comparativo de la Evaluación de la Calidad de la Educación, convocado por el LLECE-UNESCO. 

Con-fabulación Nº 375 - Colombia
 

1/6/15

Giuseppe Ungaretti




Con-Fabulación conmemora los 45 años del fallecimiento del gran poeta de la lengua italiana, con unos bellos textos traducidos ejemplarmente por el escritor argentino Rodolfo Alonso, pertenecientes al libro Poemas escogidos, de Común Presencia Editores.

Giuseppe Ungaretti (Alejandría, Egipto, 1888 - Roma, Italia, 1970). Vivió en África su infancia y adolescencia y posteriormente se trasladó a París donde entró en contacto con Apollinaire, Péguy y Valéry. Participó en la Primera Guerra como soldado de infantería; cruenta experiencia que exorcizó creando en las trincheras: El puerto sepulto (1916) y La guerra (1919). Regresó después a Roma donde escribió La alegría (1931) y su obra más reconocida Sentimiento del tiempo (1933). En 1936 se radicó en Brasil y durante siete años fue profesor universitario. En 1947 apareció su magistral libro: El dolor.
De regreso a Italia asumió la cátedra de literatura moderna y contemporánea en la Universidad de Roma. Publicó La tierra prometida (1950). Y de manera consagratoria en 1964 Editorial Mondadori lanzó su obra completa bajo el título Vida de un hombre. Murió en Roma el 2 de junio de 1970.


EL PUERTO SEPULTO

Aquí llega el poeta
y después vuelve a la luz con sus cantos
y los dispersa

De esta poesía
me queda
esa nada
de inagotable secreto


ETERNO

Entre la flor que tomo y la que doy
la inexpresable nada


LA NOCHE BELLA

Qué canto se levantó esta noche
que teje
de un cristalino eco del corazón
las estrellas

Qué fiesta surgía
de corazón en bodas

He sido
un pantano de sombra
Ahora muerdo
el espacio
como un niño el seno
Ahora estoy ebrio
de universo


CLAROSCURO

Hasta las tumbas desaparecieron
Espacio negro infinito caído
desde este balcón
al cementerio
Me ha venido a buscar
mi compañero árabe
que se mató la otra noche
Regresa el día
Vuelven las tumbas
escondidas en el verde tétrico
de la última oscuridad
en el verde turbio
del primer albor


Con-fabulación Nº 377 - Colombia
 

22/5/15


Ida Vitale 
Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2015


La poeta, ensayista y traductora uruguaya Ida Vitale (Montevideo, 1923) fue reconocida esta semana con el Premio Reina Sofía.
Vitale había obtenido el premio Alfonso Reyes en 2014 y el Octavio Paz en 2009. Es autora de los poemarios: La luz de esta memoria, Palabra dada, Cada uno en su noche, Paso a paso, Oidor andante, Jardín de sílice, Elegías en otoño, La luz de esta memoria, Reducción del infinito… Y de los libros de ensayos: Léxico de afinidades, Donde vuela el camaleón, De plantas y animales; entre otros.


PATRIMONIO

Sólo tendremos lo que hayamos dado.
¿Y qué con lo ofrecido y no aceptado,
qué con aquello que el desdén reduce
a vana voz, sin más,
ardiente ántrax que crece,
desatendido, adentro?
La villanía del tiempo,
el hábito sinuoso
del tolerar paciente,
difiere frágiles derechos,
ofrece minas, socavones, grutas:
oscuridad apenas para apartar
vagos errores-
El clamor, letra a letra,
del discurso agorero
no disipa ninguna duda;
hace mucho que sabes:
ninguna duda te protege.



LA MENTIRA

Vuelan fronteras de un país
cuyo falso centro está en nosotros
que quién sabe dónde estemos.
El norte está en el sur,
este y oeste se confunden,
el sur se pierde entre la bruma
y dentro lo más vivo es la mentira.
¿Quién no tiene un cachorro de mentira?
¿Quién no le da su fiesta acostumbrada,
lo impone en campo imaginario?
¿Quién no draga o airea
su mínima mentira, sea gris o grandiosa,
y la lleva
donde los pájaros, las mariposas vuelan,
verdaderos, cada uno a lo suyo?
Y cuántos
celan la mentira del otro
mientras sin malicia los mira
la honestísima muerte.

Con-fabulación Nº 375 - Colombia
 

15/5/15

(INTERFERENCIAS Y RELACIONES)

                                                                              La pintura es poesía; siempre se escribe
                                                                              en verso con rimas plásticas.
                                   
                                                                                                                        Pablo Picasso      


                                                                              ¡Oh cristalina fuente,
                                                                              si en esos tus semblantes
                                                                              plateados 
                                                                              reflejases de repente                   
                                                                              los ojos deseados
                                                                              que tengo en mis entrañas
                                                                              dibujados! 

                                                                                                                 San Juan de la Cruz

                  
Desde el origen de la civilización más antigua, el hombre se ha interesado por la problemática de entablar una relación de parentesco entre las artes, las mutuas influencias, interferencias y relaciones comparativas, por ejemplo entre los colores utilizados en las  pinturas y los sonidos de las palabras; la musicalidad y el ritmo propio de un poema y su paralelismo con un cuadro. Las afinidades entre determinados poetas y pintores. Cuadros que “nacen” (y no sólo ilustran) de un poema; poemas que son el resultado de un fuerte estímulo a la imaginación a partir de una pintura.

En principio, la poesía y la pintura son dos expresiones, quizás –junto con la música- las más consustanciales con la naturaleza humana. Su relación desde tiempos remotos, fue de complementariedad y fraternidad, más que de confrontación o conflicto (como sí ocurrió con la aparición del cine en 1895, entre éste y las demás artes). La relación entre la pintura y la poesía fue y es una relación más bien horizontal (democrática), que vertical (jerárquica). En la posibilidad (junto a los límites) por establecer una “homología” entre las dos artes,  hay una actitud  de respeto que nunca se confundió con obsecuencia. En suma una relación decididamente creativa. A tal punto, que es muy difícil separar esta relación, como lo podemos comprobar por ejemplo, en el caso del surrealismo. Al respecto, no es casual la denominación “pictopoemas”, empleada por el pintor-poeta  Víctor Brauner (1903-1966), para  ciertos “productos estéticos”.

Pero recordemos que, estas manifestaciones, tienen un nexo ya en los albores de la creación: por ejemplo, el color –aún antes de ser pintura- rodea la existencia del hombre; los objetos, la casa, los vestidos, viven en una atmósfera coloreada a la que el hombre no podría renunciar. Lo mismo ocurre con los sonidos y los primeros cantos poéticos. Por otro lado, la Naturaleza, a la  que el hombre procuró siempre más bien emular que copiar, dominar y superar más bien que asimilar; es toda ella exaltación de sonido y color.

A propósito, el crítico de arte Gillo Dorfles, refiere una antigua leyenda china, según la cual los sonidos de las palabras y luego las doce notas de la escala musical fueron sugeridas a un artista por dos pájaros de variados colores. Esta simple anécdota, encierra todos los elementos que conforman la base del arte primitivo: color, las plumas de esos pájaros mágicos, sonido, su canto poético, y la naturaleza, que sugiere y estimula al hombre para la creación artística.

Como podemos ver, en estos primeros signos cargados de potencia expresiva,  ya  hay algo de recíproco y de intercambiable,  elementos que “interfieren” en sus lenguajes y en sus respectivos medios expresivos. Es decir ciertas homologías estructurales: acuerdo. Simetría. Conexión y concordancia de estructuras sin consideración a su función. Semejanza que existe entre los compuestos que forman parte de la estructura de distintos discursos. Umberto Eco utiliza el mismo término para designar el procedimiento o método por el cual se determinan equivalencias (analogías) entre fenómenos pertenecientes a distintos órdenes, y que, sin embargo, pueden ser descriptos e interpretados. Por ejemplo: los estudios en Historia del Arte realizados por Panofsky sobre las homologías entre el modo de organizar los elementos en la planta de una catedral gótica y la organización de los electos de un tratado teológico. Pensemos también, en los estudios de Lévi Strauss sobre homologías entre las estructuras de la familia y las estructuras lingüísticas en determinadas civilizaciones, o en las homologías de estructura entre ciertos minerales y los cristales de nieve. Las homologías son en este sentido, “herramientas que permiten al lector atento, hallar criterios operativos en el ámbito de un mismo proceso cultural, para describir los diversos fenómenos y establecer sus conexiones. Que no pasan por buscar asimilaciones de orden mecánico, físico o fisiológico. Sino en promover la indagación de los elementos constitutivos de las artes en su naturaleza esencialmente expresiva, y en su cualidad formativa.

Por eso es más productivo hablar de ritmo y de espacio, de proporción y de repertorio de imágenes, de perspectiva y punto de vista poético, de tono y de timbre. No considerados sólo en su aspecto materialista y científico, sino en su aspecto morfológico y creativo. El análisis de los parentescos aparentes o efectivos entre poesía y pintura, desde este enfoque integrador, debería ser útil para mejorar el conocimiento de cada arte en particular.

El poeta Goethe (que también escribió una curiosa teoría del color) tenía razón cuando nos advertía: Color y sonido no se dejan comparar entre sí de ninguna manera; pero es posible reducir a ambos a una fórmula más alta…Como dos ríos que nacen de un mismo monte pero que, en condiciones completamente distintas, corren por dos comarcas…así son sonido y color”. Así son poesía y pintura.

De un carácter distinto son las homologías que Kandisnsky ha hecho entre música y pintura a propósito del componente temporal ínsito, según él, en la línea. Con lo que, en un cierto sentido, también se justifica la analogía por él observada entre los distintos instrumentos y las distintas proyecciones lineales. La continuidad o la discontinuidad del sonido tienen, en la expresión gráfica del punto y de la línea, un equivalente muy eficaz. Como lo podemos observar en la poesía concreta, en el núcleo de la poesía brasileña agrupados en la revista Noigandres (1958), donde los poetas Augusto y Haroldo de Campos firmaron el manifiesto Plano-piloto para la poesía concreta,  o más explícitamente en los “calligrammes” de Apollinaire, el Horizonte Cuadrado  de Vicente Huidobro, el Quelques –uns des mots de Paul Éluard, los desconocidos poemas simultáneos y visuales de Herbert, la serie de losanges de Vision and Prayer de Dylan Thomas , o el paradigmático poema precursor Un Coup de Dés de Mallarmé.

Ahora bien, y volviendo al ya citado Gillo Dorfles: podemos  hablar, a lo sumo, de las imágenes cromáticas que despierta en nosotros una palabra, un sonido, un grupo de metáforas; y viceversa, de imágenes sonoras que vienen a impactar nuestro oído frente a una pintura. No se trata nunca de atribuir a un sentido lo que pertenece a otro. Porque eso significaría reducir a pura sensorialidad “fisiológica” lo que es, en cambio, un acto complejo del pensamiento, en el que intervienen cualidades de sensaciones tan complejas que no se limitan a ser  sólo de naturaleza material.

Sin embargo, no es posible prescindir, en el cruce entre pintura y poesía, de un elemento importante y que constituye el “primer movimiento” de la obra pictórica: la urgencia por transmitir, con el dibujo, la mancha, el color, las palabras y los sonidos, una imagen, ya sea del “mundo externo” o del “mundo interior” del artista, cargada siempre de un significado implícito o explícito, semántico o simbólico.

En este sentido, es muy interesante la aclaración que nos hace Gilles Deleuze a propósito del pintor Francis Bacon, y que podemos hacer extensivo al tema que nos preocupa, pintura-pintor-cuadro/poesía-poeta-poema: “es un error creer que el pintor está ante una superficie blanca... El pintor tiene muchas cosas en la cabeza, o a su alrededor, o en el taller. Ahora bien, todo eso que tiene en la cabeza o a su alrededor está ya en el lienzo, más o menos virtualmente, más o menos actualmente, antes de que comience su trabajo. Todo ello está presente en el lienzo antes de que comience su trabajo. Todo ello está presente en el lienzo, en calidad de imágenes, actuales, pasadas o virtuales. De manera que el pintor no tiene que rellenar una superficie blanca, antes bien, tendría que vaciar, limpiar. No pinta, pues, para reproducir en el lienzo un objeto que funcionara como modelo, pinta sobre imágenes que están ya ahí, para producir un lienzo cuyo funcionamiento va a invertir las relaciones del modelo y de la copia. En pocas palabras, es preciso definir todos esos “datos” que están en el lienzo antes de que comience el trabajo del pintor. Y entre esos datos, definir los que son un obstáculo, los que son una ayuda, o incluso los efectos de un trabajo preparatorio”.

El poeta y crítico de arte Ives Bonnefoy, en su ensayo Pintura, Poesía: vértigo, paz, complementa la cuestión planteada por Deleuze: “Escribir, aunque no sea nada más que una palabra: y, en ese mismo instante, una lengua está ahí, y se agita afanosa, y con ella todas las ambigüedades, los espejismos-todo el pasado- del lenguaje. Para el poeta nunca existe lo inmediato…En cuanto a pretender crear en las palabras su densidad infinita, o su puro vacío, sólo puede ser un deseo, insensato desde que aparece, la poesía que vive gracias a él tiene que ir apartando según va pasando las páginas”.

Los textos seleccionados que componen esta “pequeña e incompleta muestra poética” (confeccionar una antología completa sobre la relación entre pintura y poesía sería casi imposible), son ejemplos significativos del intento por cristalizar la aproximación y  el intercambio entre ambas manifestaciones artísticas. Poemas ekfrásticos, donde tanto el poeta como el lector, tienen que enfrentarse con el “nombrar” y “romper” simultáneamente los límites artísticos de ambos discursos.

La ékfrasis entendida como la transformación de un arte visual en otra forma verbal, causando así una confrontación única entre el tiempo y el espacio, entre la palabra y la visión, dentro de una sola experiencia sensorial. “Poemas intertextuales”, que intentan reconciliar un medio artístico con otro. Los poetas seleccionados intentan poner en yuxtaposición dos códigos distintos que aparentemente son irreconciliables. Los poetas reconocen lo pictórico de su obra y el código del otro artista cuya obra se refleja en el texto poético. De esta forma, al acercarse y separarse del pintor, del cuadro precursor, el poeta y el poema alcanzan su originalidad propia.

Para finalizar, me gustaría adicionar a este artículo, una anécdota muy ilustrativa sobre la riqueza que nos puede proporcionar este acercamiento y complementariedad  entre la pintura y la poesía.

La misma es referida por Ernesto Schoo, en su libro Pasiones Recobradas.” Henry James tuvo sus ínfulas de crítico de pintura, aunque rara vez alude a ella en sus relatos. Todo lo contrario de Proust: alguien se encargó de comprobar que en su obra En busca del tiempo perdido se cita a 250 pintores reales y a varios ficticios. No sólo eso. Toda la arquitectura imponente de la Recherche se sostiene, además de la famosa magdalena ensopada en una tisana, en un diminuto fragmento pictórico, el petit pan de mur jaune, el pedacito de pared amarilla, contemplado por el autor y por su personaje, el novelista Bergotte, en un cuadro del holandés Vermeer, la Vista de Delft, habitualmente exhibido en el museo Mauristshuis de la Haya. Está a la derecha del espectador; un techo amarillo situado a la izquierda de la entrada de la ciudad, guardada por dos torres, e iluminado por un rayo de sol que se abre camino entre las nubes eternamente tendidas sobre Holanda. Proust lo vio por primera vez en La Haya, en octubre de 1902, en compañía de Bertrand de Fénelon. En mayo de 1921 volvió a verlo, esta vez en París, cuando se hizo en el Jeu de Paume una exposición de maestros holandeses. Sufrió entonces un vahído. Jean Louis Vaudoyer, que lo acompañaba, debió conducirlo del brazo ante el cuadro. Fue la última salida de Proust, recluido desde entonces en su dormitorio para terminar En busca…y su vida. Simbólicamente, hace morir a uno de sus personajes, el novelista Bergotte, frente a la Vista de Delft. ¿Qué veía Marcel en ese mínimo trozo de pintura amarilla? La respuesta la da él mismo, simple y aterradora: la felicidad, ese instante de atención perfecta, tan similar al orgasmo, y que tan sólo el arte puede dispensar a quienes hacen de él una mística.

Fuente: Topia -Un sitio de psicoanálisis, sociedad y cultura- 

            Revista Nº 73 - Buenos Aires, Argentina
http://www.topia.com.ar/ 

28/4/15

EL DISCRETO ENCANTO DE LOS SEUDÓNIMOS

            Por Reynaldo García Blanco

Dicen los que saben, que un concurso literario para que sea respetado de verdad, ha de convocar por el sistema de plica y seudónimo o lema.
Hace unos meses estuve de jurado en un concurso de carácter nacional en el que precisamente se participaba por el sistema de seudónimos. Allí pude encontrarme con algunos muy simpáticos, curiosos e intrigantes. Estaban los que evidentemente daban posibles pistas sobre la persona en concurso:
El bardo de calle K
Perezguemi
Bamel Peloz
Orjopi 

Es posible que alguno de los jurados pueda determinar de una primera instancia de quién se trata. Simple combinación de letras, descifrar el anagrama o una simple instuición y puede saber que el libro de marras es de la señora Melba López y que lleva como veinte años concursando en el mismo certámen.
Están los seudónimos con una clara referencia literario-cultural que abre un amplio abanico y de algún modo indica la filiación o perfíl del  autor en concurso:
Safo
Crono
John Donne
Trocadero
Heredia

Me place en lo sumo encontrarme con aquellos Seudónimos-Lemas:
Al polvo voy. Al fuego impuro (Octavio Paz)
Quien escoge a ciegas, será cegado por el humo del sacrificio (Kosptolk)
Tampoco estaba el mundo y estaba
Más que nunca (Pere Gimferrer)
En otro momento me gustaría ocuparme de las dedicatorias en los libros tanto en concurso como los ya publicados, que van desde esta muy campechana:
Este libro va dedicado a
Los que quieren
Para que me conozcan más
Y a los que no me conocen
Para que aprendan a  quererme

Pasando por esas dedicatorias que citan a todo el canon familiar incluyendo a las mascotas de la casa o las que tuvieron en su ya lejana infancia, pasando por aquella, bellísima, en que el gran Ángel Escobar escribió para su libro Viejas palabras de uso (1978):
A Marina Cultelli.
Por ser la otra mitad
De mi esperanza.

En una de las entradas de uno de los Cuadernos de apuntes, del brasileño Carlos Drummond de Andrade he leído:
Economía en las dedicatorias. Siempre habrá tiempo para enfatizarlas, y todo el tiempo será escaso para corregirlas.
Así discurre la vida en los corrillos de los concursos literarios.  Lo mismo nos podemos encontrar una Serpiente emplumada que un Plátano sonante. Aunque en realidad, más allá de todo seudónimo, lo que se ha de tener en cuenta es lo que está dentro.
En el año que acaba de pasar envié a dos concursos utilizando como lema sendos versos de Eugenio Montale. Ni mención me dieron. Así es el discreto encanto de los seudónimos.

Reynaldo García Blanco
© La Idea del Lunes - Santiago de Cuba 

13/4/15

Triste adiós a Eduardo Galeano, el más latinoamericano de los escritores latinoamericanos.


Eduardo Germán María Hughes Galeano, nació en Montevideo, Uruguay, el 3 de septiembre de 1940.
En 1960 inició su carrera periodística como editor de la que sería la mítica revista "Marcha".
Tras el golpe de Estado de 1973 fue encarcelado y tuvo que exiliarse a Argentina. Publicó "Las venas abiertas de América Latina", libro que marcaría a varias generaciones, y que fue censurado por las dictaduras militares de Uruguay, Argentina y Chile. Esta obra proponía una historia de América Latina en clave de descolonización, lo que en ese entonces era impensable en los discursos dominantes. En Argentina fundó la revista cultural "Crisis".

En 1976 fue añadido a la lista de los condenados del escuadrón de la muerte de Videla por lo que tuvo que marcharse de nuevo, esta vez a España, donde escribió la trilogía "Memoria del fuego" (un repaso por la historia de Latinoamérica).
Regresó a Montevideo en 1985. Con otros escritores, como Mario Benedetti, y periodistas de "Marcha", fundaron el semanario "Brecha".
En 2007 superó una operación para el tratamiento del cáncer de pulmón, que le ganaría la batalla en 2015.
Junto su obra como periodista desarrolló una obra más narrativa, siempre comprometida y llamada a la reflexión. Destacan la novela corta "Los días siguientes" (1963) a los relatos contenidos en "Vagamundo" (1973). "El libro de los abrazos" fue uno de los libros más exitosos y logrados de Galeano.
La obra de Eduardo Galeano nos llama a establecer un frente común contra la pobreza, la miseria moral y material.
Sus trabajos trascienden géneros ortodoxos, combinando documental, ficción, periodismo, análisis político e historia.
Fue investido Doctor Honoris Causa de la Universidad de La Habana, de El Salvador, la Universidad Veracruzana de México, la Universidad Nacional de Córdoba y la Universidad de Buenos Aires -Argentina-, y la Universidad de Guadalajara -México-.
Murió el 13 de abril de 2015, en Montevideo.

Qué mejor que recordarlo a través de sus propias palabras.


¿Qué tal si deliramos por un ratito?
    -Extracto de "El derecho al delirio", de Eduardo Galeano-    
 
¿Qué tal si clavamos los ojos más allá de la infamia para adivinar otro mundo posible?

El aire estará limpio de todo veneno que no provenga de los miedos humanos y de las humanas pasiones.

En las calles los automóviles serán aplastados por los perros.

La gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por el ordenador, ni será comprada por el supermercado, ni será tampoco mirada por el televisor.

El televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia y será tratado como la plancha o el lavarropas.

Se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez que cometen quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir no más, como canta el pájaro sin saber que canta y como juega el niño sin saber que juega.

Nadie vivirá para trabajar pero todos trabajaremos para vivir.

Los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas.

Los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas.

Los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos.

Los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas.

La solemnidad se dejará de creer que es una virtud, y nadie nadie tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo.

La muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes y ni por defunción ni por fortuna se convertirá el canalla en virtuoso caballero.

La comida no será una mercancía ni la comunicación un negocio, porque la comida y la comunicación son derechos humanos.

Nadie morirá de hambre porque nadie morirá de indigestión.

Los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura porque no habrá niños de la calle.

Los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero porque no habrá niños ricos.

La educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla y la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla.

La justicia y la libertad, hermanas siamesas, condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda.

La Santa Madre Iglesia corregirá algunas erratas de las tablas de Moisés y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo.

La Iglesia también dictará otro mandamiento que se le había olvidado a Dios, “amarás a la Naturaleza de la que formas parte”.

Serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma.

Los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados porque ellos se desesperaron de tanto esperar y ellos se perdieron por tanto buscar.

Seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de belleza y voluntad de justicia, hayan nacido cuando hayan nacido y hayan vivido donde hayan vivido, sin que importe ni un poquito las fronteras del mapa ni del tiempo.

Seremos imperfectos porque la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses.

Pero en este mundo, en este mundo chambón y jodido seremos capaces de vivir cada día como si fuera el primero y cada noche como si fuera la última.-


EDUARDO GALEANO, escritor uruguayo.

-Extracto de “EL DERECHO AL DELIRIO”-

https://textosparalaindignacion.wordpress.com/2011/06/10/el-derecho-de-sonar-eduardo-galeano/

 

6/4/15

Fernando Pessoa (1888-1935): Una vida, tantas vidas
                                                                                  
                                                                  Por
Héctor J. Freire
Luca Signorelli, The Resurrection of the Flesh. Detail. 1499-1502. Fresco, Chapel of San Brizio, Duomo di Orvieto.
Luca Signorelli, The Resurrection of the Flesh. Detail. 1499-1502. Fresco, Chapel of San Brizio, Duomo di Orvieto. Imagen obtenida de: http://www.advocate.com/arts-entertainment/artistspotlight/2012/05/01/golden-age-denial-gay-bible-porn#slide-1


     
Por Héctor J. Freire
hectorfreire@elpsicoanalitico.com.ar






Dios no tiene unidad.
¿Cómo la tendré yo?


Pessoa, “ese desconocido de sí mismo” 

Desde su muerte, el 30 de noviembre de 1935, cada vez ha sido más celebrado su cumpleaños. Murió prácticamente inédito y desconocido, incluso en su patria. Pero hoy a 127 años de su nacimiento su obra poética llega mucho más allá de las fronteras de la lengua portuguesa.

Fernando Pessoa, como dijo Octavio Paz fue “un ser insignificante, y nada en su vida llamó la atención, salvo sus poemas. Su secreto, por lo demás, está escrito en su nombre: Pessoa quiere decir persona en portugués y viene de persona, máscara de los actores romanos, personaje de ficción, ninguno: Pessoa. Su historia podría reducirse al tránsito entre la irrealidad de su vida cotidiana y la realidad de sus ficciones. Estas ficciones son los poetas Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis y, sobre todo, el mismo Fernando Pessoa. Así, no es inútil recordar los hechos más salientes de su vida, a condición de saber que se trata de las huellas de una sombra. El verdadero Pessoa es otro”.

Sin embargo, esta “miniatura” de Pessoa, y su exceso de anonimato, ese “hombrecito gris” que inventó las biografías para sus obras, y no las obras para las biografías, se convirtió en lo que Antonio Tabucchi llamó metafóricamente un baúl lleno de gente, que supo almacenar grandeza. Y ésta desde la rutina más banal, y su mediocre cotidianidad de oficinista, se transformó en vasta a su modo, inmensa. Como quedó expresada en los primeros versos de su ya inmortal, y máximo poema, Tabaquería:  

                       No soy nada.
                       Nunca seré nada.
                       No puedo querer ser nada.
                       Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.

“Fernando Antonio Nogueira Pessoa, hijo de Joaquín e Madalena Pinheiro Nogueira, empleado a media jornada como traductor de cartas comerciales en empresas lisboetas de importación y exportación. En las horas libres, Poeta.”

Pessoa mismo, en 1931, se definirá como una paradoja, como un oxímoron (figura retórica más que emblemática, que atraviesa toda su obra). ¿Fernando Pessoa, alter ego del propio Fernando Pessoa?: El poeta es un fingidor/ finge tan completamente/ que llega a fingir que es dolor/ el dolor que de verdad siente.

A propósito, conviene remarcar que Pessoa, no creaba personajes, sino poetas completos, incluso a uno de ellos se debe el demoledor y fragmentario Libro del desasosiego. Un dato increíble, “esotérico”: Se tardaron 47 años en publicar el libro, los mismos años que vivió el poeta.

Se calcula que en su corta vida Pessoa inventó 136 autores ficticios, algunos de estos heterónimos, aparte de los tres más conocidos son: Alexander Search, Charles J. Search, Chevalier de Pas, Charles Robert Anon, A.A. Crosse, Baron de Teive, Bernardo Soares, Vicente Guedes, Antonio Mora, Federico Reis, Abilio Quaresma, Thomas Cross, Raphael Baldaya, C. Pacheco, Mr. Dave, Jean Seul de Méleuret, F. Summan, Pêro Botelho, Erasmus, y sigue la lista de esta
Galaxia heteronómica.

Es imprescindible pues, incluir definitivamente el nombre de Pessoa, en la lista de los grandes artistas del siglo XX junto a: Picasso, Joyce, Le Corbusier, Stravinski, Eliot, Vallejo, entre otros.

En sus Ensayos de Poética, Roman Jakobson incluye a Pessoa entre los grandes poetas de la estructuración, y comenta: “la obra del poeta portugués es un arte esencialmente dramático, cuya complejidad se halla sometida a una estructuración integral. Y las pretendidas incoherencias y contradicciones en los escritos de Pessoa reflejan en realidad el diálogo interno del autor, que éste trata incluso de transformar en una complementariedad de los tres poetas imaginarios (heterónimos): Caeiro, Reis y Álvaro de Campos, que transforman a Pessoa en un verdadero “desconocido de sí mismo”. Incluso el tema de la enajenación y de la búsqueda, es algo más que un tema: es la esencia de su obra. Durante su corta vida y a lo largo de toda su inmensa producción poética, Pessoa se buscará y tratará dramáticamente de inventarse. Una labor que desarrolló con intensidad, especialmente en sus últimos seis años, en los que escribió muchas páginas del Libro del desasosiego, de su Fausto, y de Mensaje.

Durante este período escribió también variados poemas inolvidables, tanto atribuidos a los heterónimos de su Drama en gente, como poesías ortónimas. Estos poemas ortónimos han sido agrupados y traducidos por Ángel Crespo en el libro Noventa poemas últimos (1930-1935), publicados en Madrid en 1993, y de escasa difusión en Argentina. Al decir de Crespo, se trata, en efecto de un diario escrito en verso, llenos de espontaneidad,  incluso en rima. Estos noventa poemas, son paralelos al representado por el Libro del desasosiego, y constituyen verdaderos documentos poéticos, imprescindibles para la exégesis de la obra total de Fernando Pessoa. A los temas ya clásicos del desasosiego, del tedio, de la creación de los heterónimos, vienen a sumarse el del rompimiento con Ofelia Queirós, y el del presentimiento de la muerte que llegará muy pronto. Vayan como muestra de su profundidad, estos tres sintéticos textos:

Más triste que lo que acontece
Es lo que nunca aconteció.
Mi corazón ¿quién lo entristece?
¿Quién me lo dio?

La nube trae lo que oscurece
Al campo que el cielo alumbró.
¿Memorias? Ninguna aparece.
La vida es cuanto se perdió
¡Y hay gente que nunca enloquece!
¡Ay de lo que en mí llamo yo!

                 *

El río que pasa dura
En las olas al pasar,
Y cada ola figura
El instante de un lugar.

Puede ser que el río siga,
Mas la ola que pasó
Es otra cuando prosiga.
No continúa: duró.

¿Cuál es el ser que subsiste
Bajo estas formas de estar?
¿La ola que ya no existe
O el río que es un pasar?

                 *

Basta pensar al sentir
Para sentir al pensar.
Mi alma es la que hace reír
A mi misma alma al llorar.
Después de parar y andar,
Después de quedarse e ir,
He de ser quien va a llegar
Por ser quien quiere partir.

Vivir es no conseguir.


Es preciso remediar la contradicción entre el yo (Pessoa) y el mundo. El camino lo señaló Spinoza, hace cuatro siglos, en su Ética concebida en forma geométrica. El filósofo estableció, en su panteísmo acósmico, que de los infinitos modos de Dios sólo podemos conocer dos: el pensamiento y la extensión; la res cogitans y la res extensa, dos formas de una misma realidad. La extensión en la cual se inserta el pensamiento y el pensamiento capaz de pensar esa extensión.

Pessoa en su poética nos propone una sustancia única, la única sustancia del Uno, cuyos infinitos modos componen las múltiples formas donde el Uno se refracta: el uno y lo múltiple. En otras palabras Martín Buber nos dice: el uno y el todo, no indica dos términos unidos copulativamente, sino una equivalencia y, también una dialéctica. La cópula más que unir, marca confrontaciones que alcanzan su ápice, en el violento ejercicio que hace Pessoa del lenguaje, y que además alcanza su más alta temperatura, o grado de intensificación dramática en el uso casi excesivo del oxímoron dialéctico. En estos oxímoron se cumpliría y condensaría la idea de Hegel:
El das ganze (“¡la verdad está en el todo!”).

El ascético monismo de Spinoza reaparece en las poesías de Pessoa revestido por el inesperado esplendor elocutivo, el uno y el todo, el yo y el universo. Es como dijéramos, lo uno y lo múltiple: variaciones en torno a un mismo tema, o un mismo tema y sus distintos modos. Lo que varía es el enfrentamiento, la contradicción, la inter-locución. En Pessoa, nada es más impreciso que los límites. En el momento de llegar, se constatan nuevos límites o nuevas lejanías. Como la línea del horizonte, cuanto más nos acercamos a ella, más se aleja.

La obra de Pessoa es una estructura dinámica y en plena acción. Pues en el mundo de la acción es donde el alma se halla realmente a sí misma. (Hegel)
Por consiguiente, los textos de Pessoa, resultan ser un lugar, un espacio de ideas: un laberinto repleto de encrucijadas.

Pero, como expresara Octavio Paz, en su libro Cuadrivio: “el mundo poético de Pessoa, es un mundo de pocos seres y muchas sombras. Falta la mujer, el sol central. Sin mujer, el universo sensible se desvanece, no hay tierra firme, ni agua ni encarnación de lo impalpable. Faltan los placeres terribles. Falta la pasión, ese amor que es deseo de un ser único, cualquiera que sea. Hay en el poeta, sin embargo, un sentimiento de fraternidad con la naturaleza: árboles, el mar, las nubes y las piedras, máquinas, todo fugitivo, todo suspendido en un vacío temporal. Irrealidad de las cosas y realidad del sueño, reflejo de nuestra irrealidad”.

También hay en Pessoa, negación, cansancio y desconsuelo. En el Libro del desasosiego, el poeta describe su “paisaje moral”:
“Pertenezco a una generación que nació sin fe en el cristianismo y que dejó de tenerla en todas las otras creencias, no fuimos entusiastas de la igualdad social, de la belleza o del progreso, no buscamos en orientes y occidentes otras formas religiosas (“cada civilización tiene una filiación con la religión que la representa: al perder la nuestra, perdimos todas”).

Algunos de nosotros, se dedicaron a la conquista de lo cotidiano, otros de mejor estirpe, nos abstuvimos de la cosa pública, nada queriendo y nada deseando, otros se entregaron al culto de la confusión y el ruido: creían vivir cuando se oían, creían amar cuando chocaban contra las exterioridades del amor, y otros RAZA DEL FIN, LÍMITE ESPIRITUAL DE LA HORA MUERTA, vivimos en negación, descontento y desconsuelo”.

Este retrato no es el de Pessoa pero sí es el fondo sobre el que se destaca su figura y con el que a veces se confunde. Límite espiritual de “La Hora Muerta”: el poeta es un hombre vacío que, en su desamparo, en su desasosiego, crea un mundo para descubrir su verdadera identidad perdida.

   - El amor no realiza al yo mismo: abre una posibilidad al yo para que cambie y
   se convierta. En el amor no se cumple el yo sino la persona, el deseo de ser otro.
   El deseo de ser.-

El deseo de ser Fernando Pessoa.

 Fuente: el psicoanalítico - Boletín Nº 21 - Buenos Aires, Argentina
 http://www.elpsicoanalitico.com.ar/num21/autores-freire-fernando-pessoa-vida.php