9/10/15

Patricia Highsmith. Literatura en 13 mandamientos                                                


por Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz el 16-03-2015
Donostia-San Sebastián-España



Ésta es la lista arbitraria de mandamientos que propone Patricia Highsmith, publicada por  el diario “El País” en su edición del 3 de marzo de 2015, en un artículo firmado por Berna González Harbour:

1.- Un secreto para el éxito
. No hay fórmulas mágicas ni secretos, salvo la individualidad y la personalidad. Solo al individuo le corresponde expresar lo que le diferencia de los demás. Es “la apertura de espíritu”, pero no es nada místico. Es una especie de libertad, de libertad organizada.

2.- Objetivo: la diversión
. La primera persona a la que deberías complacer es a ti mismo. Si eres capaz de divertirte escribiéndolo, divertirás a los editores y a los lectores.

3.- Planificación, la justa
. Un argumento nunca debe ser rígido ni estar terminado. Tengo que pensar en mi propio entretenimiento y a mí me gustan las sorpresas. Si sé todo lo que va a pasar, escribirlo no será tan divertido. Es más importante que los personajes se muevan y tomen decisiones como personas de carne y hueso, que se les dé la oportunidad de deliberar, de elegir, de volverse atrás, de tomar otras decisiones, como en la vida real. Los argumentos rígidos, aunque perfectos, pueden hacer que los personajes parezcan autómatas.

4.- Así empieza todo
. Los gérmenes de una idea pueden ser pequeños o grandes, sencillos o complejos, fragmentarios o completos, quietos o móviles. Yo los reconozco gracias a cierta excitación que siento enseguida, la misma que produce una sola línea de un poema. El mundo está lleno de ideas germinales y si no las tienes es por fatiga física o mental. Entonces hay que viajar, pasear, el cerebro exige vacaciones. A veces nos rodean personas que no nos convienen.

5.- Claves para una buena atmósfera
. Se consigue poniendo en marcha los cinco sentidos.

6.- El diálogo, con moderación
. Tres líneas de prosa son suficientes para transmitir lo esencial de una conversación. El diálogo es dramático y debe usarse con moderación.

7.- Sin trucos
. Los trucos proporcionan un entretenimiento endeble y no divertirán al lector inteligente. Son ideas ingeniosas que no tienen nada que ver con la literatura.

8.- No hablar con escritores
. No se me ocurre nada peor o más peligroso que comentar mi trabajo con otro escritor. Los escritores nadan unos junto a otros en la misma profundidad, dispuestos a hincar los dientes en el mismo plancton que flota a la deriva. Me llevo mucho mejor con los pintores.

9.- Cuidado con el amor
. Las personas que nos atraen o de las que estamos enamorados son como una especie de caucho que nos aísla de la chispa de la inspiración.

10.- El lugar de las dificultades
. Están en la mente del escritor, no en el papel.

11.- El dinero
. El escritor hará bien en tener otro trabajo.

12.- Sin juicios morales
. Las personas creativas no hacen juicios morales. Hay tiempo para ello después, en lo que crearán, pero el arte no tiene nada que ver con la moral, los convencionalismos ni los sermones.

13.- El arte de escribir
. Lo que hace difícil escribir sobre el arte de escribir es la imposibilidad de establecer reglas.

ser
escritor

30/9/15

Origen y evolución de la novela hasta el siglo XVIII

 

por Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz el 26-09-2015 

Donostia-San Sebastián-España

 


Las novelas, esos libros que tanto nos han hecho vibrar a lo largo de nuestra vida, han tenido un largo devenir. Se le considera el más tardío de todos los géneros literarios, puesto que no logró implantarse hasta la Edad Media.
En cuanto a su etimología, proviene de la palabra italiana novella (relato de ficción intermedio entre el cuento y el romanzo o narración extensa); ésta, a su vez, de la forma femenina latina novellus, cuyo significado sería “novedoso”. El término novela, que en tiempos de Cervantes mantuvo su acepción original de “relato breve”, posteriormente servirá para designar la narración extensa (en francés, roman), mientras que el relato breve será denominado novela corta.
El origen de lo que luego denominaremos novela lo encontramos entre los siglos II a.C. y III d.C. en Grecia y Roma, aunque existen, con anterioridad, largos relatos narrativos en verso propios de tradiciones orales como la sumeria y la hindú. Las primeras manifestaciones de muchos de los géneros literarios que más tarde aparecerían en Occidente se dieron en la literatura oriental, en especial, en lengua sánscrita.
El primer texto indio que cabe considerar como precursor de la novela es, quizá, Cuentos de diez príncipes, un romance en prosa de Dandin, escritor en sánscrito de finales del siglo VI d.C. La primera novela psicológica más antigua de la literatura universal y la más importante de la literatura japonesa clásica es el relato Genji Monogatari (siglo XI), de la escritora Murasaki Shikibu.
En Grecia con Homero y en Roma con Virgilio ─autor de la Eneida─ se puede hablar de las primeras ficciones en prosa; la ficción, uno de los ingredientes de la fórmula mágica de la literariedad, ese elemento indispensable que convierte un texto en literatura.
En la época del imperio romano aparecen las inaugurales manifestaciones escritas en latín y dignas de tal nombre son el Satiricón, la primera novela gay de la historia, atribuida a Petronio (siglo I d.C.) y el Asno de oro de Apuleyo (siglo II d.C.), considerada como una de las joyas de la literatura universal.
Pero es en Grecia donde encontramos las primeras narraciones de verdaderas aventuras épicas, como las creadas por Homero (la Iliada y la Odisea) y que dan origen al género. Después de esto, la épica ha evolucionado en dos direcciones. Primero de una forma estructural, puesto que de ser un género narrativo escrito en verso pasó a ser un género escrito en prosa, la novela. Segundo, en cuanto al contenido, ya que deja de centrarse en los mitos y valores del mundo antiguo (el valor, la virtud, el heroísmo) para ser reemplazado por el mundo novelesco, cargado de otros valores (libertad, individualidad, subjetividad).
En definitiva, la unión de la épica y la novela se manifiesta en la representación de un mundo repleto de elementos (ideas, personajes, valores, tipos de mundo, etc.), con una perspectiva temporal que favorece la narración en pasado y cuyo contenido se alimenta de los recuerdos contados y transmitidos por la tradición sobre los héroes legendarios y sus proezas.
Ya desde los griegos nos viene la clasificación de la novela en cuatro tipos básicos: novelas de viajes (Vida y Hazañas de Alejandro de Macedonia de Pseudo-Calístenes), amorosas (Dafnis y Cloe de Longo), satíricas (Satiricón de Petronio o El Asno de oro de Apuleyo) y bizantinas (Historia de Apolonio rey de Tiro).
Llegamos pues a la Edad Media donde podemos encontrar, junto a relatos de novela corta, nuevos modelos de narración extensa, como la novela sentimental y la caballeresca. Esta última surgió con afán de aventuras y como alternativa fantasiosa para aquellos que no podían recorrer la geografía descubriendo aventuras. Los libros de caballerías son las primeras obras puramente novelescas, escritas en prosa y ficcionales.
La narrativa medieval fue poesía épica cantada por los juglares. A partir del siglo XIII se fue creando en Europa la narrativa en prosa. Quizás las tres primeras obras que se pueden llamar novelas aparecieron en España: el Libro de Buen Amor, La Celestina y El Conde de Lucanor, aunque la primera está escrita en verso, y la segunda, escrita en 1499, es de difícil catalogación: ¿obra dramática o novela dialogada?
A comienzos del XVI, aparece uno de los libros más famosos de caballerías: Amadís de Gaula. También germinan otros géneros novelescos a mediados de este mismo siglo como la primera novela pastoril Los siete libros de Diana, publicada en España hacia 1559 que fue, continuación de la novela sentimental; y la primera novela morisca: Historia del Abencerraje y de la hermosa Jarifa (1551). Estas obras, típicamente españolas, narran las peripecias entre cristianos y moros durante la Reconquista.
Pero el género más importante nacido en España, es el picaresco. Se dice que La vida de Lazarillo de Tormes (1554) es el comienzo de una crítica de los valores dominantes y que contiene características de la novela moderna: narra una vida que va haciéndose contada por el propio personaje.
Y finalmente, llegamos a la obra cumbre de la literatura universal. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha (1615) está considerada como la primera novela moderna, mezclando realismo y ficción para desmitificar la tradición caballeresca mediante un tratamiento burlesco. Y también como la primera novela polifónica, dando voz a distintos narradores que interpretan la realidad desde distintos puntos de vista.
Hasta el siglo XVIII la novela constituye un género literario desprestigiado en todos los aspectos. Aunque el arte de narrar era conocido desde mucho antes, la novela se conceptuaba como frívola, se la consideraba un peligroso elemento de perturbación pasional y de corrupción de las buenas costumbres, cultivada por espíritus inferiores y apreciada por lectores poco exigentes en materia de cultura literaria.
Comienza a afirmarse un nuevo público (nuevos gustos, nuevas exigencias espirituales) y la novela experimenta una metamorfosis y un desarrollo muy profundo. A partir del siglo XVIII se habla de una tradición novelística, se revestirá de nuevas formas, nuevos contenidos…

25/9/15

Borges y la ficción                                        

Luis Rico Chávez

Aunque cause un poco de pena confesarlo, reconozco que raras veces tengo la oportunidad de abandonar el agujero libresco en que vivo recluido. Así que cuando recibo una invitación, como en días pasados, para charlar con un público cautivo, no desaprovecho la oportunidad. Mi entrañable amiga y cómplice Atzimba Mondragón me invitó a su “Abadía” de la Preparatoria 12 de la Universidad de Guadalajara, para hablar sobre Ficciones de Borges. Pretexto más que suficiente para matar varios pájaros de un tiro: en primer lugar, desempolvar una serie de extensas y añejas notas de un autor que cautiva a todo lector de respeto. Compartir la fascinación que una de las obras de mayor genio y brillante imaginación ha despertado en varias generaciones no solo de lectores, sino también de creadores (aquéllos, a fin de cuentas, complemento necesario de éstos). Invitar, sobre todo a los lectores jóvenes, deslumbrados muchas veces por los temas de moda, los cuales solo revelan el cinismo y egoísmo material (poco propicio a los juegos de imaginación borgeanos), a que se acerquen a una obra de un profundo valor humano y por tanto de perdurabilidad más allá del fárrago informativo virtual y de otras viles y turbias naturalezas. Me limitaré a organizar y tratar de dar un poco de coherencia a tales notas, apegado a la sugerencia temática que sirvió de guión para la charla con los bachilleres. Como es natural, no puede sintetizarse a un autor como Borges, por lo tanto pongo entre comillas las citas correspondientes, tomadas del libro Ficciones, obra abordada durante la velada. Por su extensión, divido mis notas en varias partes; esta es la primera entrega.

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El libro de Ficciones incluye El jardín de senderos que se bifurcan (con los cuentos “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, “Pierre Menard, autor del Quijote”, “Las ruinas circulares”, “La lotería de Babilonia”, “Examen de la obra de Herbert Quain”, “La biblioteca de Babel”, “El jardín de senderos que se bifurcan”) y Artificios (“Funes el memorioso”, “La forma de la espada”, “Tema del traidor y del héroe”, “La muerte y la brújula”, “El milagro secreto”, “Tres versiones de Judas”, “El fin”, “La secta del Fénix”, “El Sur”).

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¿Por qué el título Ficciones?

Toda literatura es ficción, y toda realidad es susceptible de volverse fantástica, una vez filtrada por el tamiz de la literatura. En particular, los cuentos finales de Artificios (“El fin”, “La secta del Fénix”, “El Sur”) enfatizan este rasgo: bajo un velo de supuesto realismo se cuela el concepto de literatura del autor: la fantasía (la ficción) es un pretexto para reflexionar sobre la realidad.

Todos sus temas (el laberinto, lo circular, la metafísica, la filosofía…) no son más que un viaje de ida y vuelta de la realidad (la vida) a la fantasía (la literatura). La realidad es fantástica, y las especulaciones sobre mundos posibles, sobre fauna, flora, la invención del lenguaje, las reflexiones filosóficas, no son más que otra manera de pensar la realidad.

La ambigüedad de la existencia de Tlön juega con este concepto de ficción: se dan pruebas tanto de la existencia como de la irrealidad del planeta (Orbis Tertius): “Al principio se creyó que Tlön era un mero caos, una irresponsable licencia de la imaginación; ahora se sabe que es un cosmos y las íntimas leyes que lo rigen han sido formuladas, siquiera en modo provisional”; hay “tigres transparentes” y “torres de sangre”. “Tal fue la primera intrusión del mundo fantástico en el mundo real”, cuenta el narrador para enfatizar el flujo de vasos comunicantes de la realidad y la ficción. “De las diversas felicidades que puede ministrar la literatura, la más alta era la invención”.

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Los “cuentos” sobre los cuentos de Ficciones

Sin duda, una de las razones del fanatismo que despierta Borges en cierta clase de lectores (aquellos que se consideran, con arrogancia, por encima de la medianía) se debe a las sugerencias que da sobre “argumentos” de historias. Tal es otra de las muchas virtudes del argentino: la lectura de sus textos despierta, estimula, enriquece la imaginación, a tal grado que mientras lo leemos no dejamos de imaginar un sinfín de historias.

Estas sugerencias narrativas aparecen de manera explícita en el prólogo de “El jardín de senderos que se bifurcan”: “Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario”.

Al vuelo, podemos pescar frases como la siguiente: “Mientras dormimos aquí, estamos despiertos en otro lado y que así cada hombre es dos hombres” (“Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”). Antes de Adán de Jack London, Avatar y un montón de libros y películas aprovechan este argumento para fascinar al lector-espectador.

“Examen de la obra de Herbert Quain” expone el proyecto de una novela; “El milagro secreto”, de una obra de teatro; al hablar de los sorteos de “La lotería de Babilonia” se sugiere el argumento de un cuento de Ray Bradbury, convertido en película y parodiado por los Simpson: ¿Cómo se alteraría el futuro si, al viajar al pasado, lo afecto con un acto tan insignificante como matar una mariposa?

“El prólogo de Quain prefiere evocar aquel inverso mundo de Bradley, en que la muerte precede al nacimiento y la cicatriz a la herida y la herida al golpe”; “los Hijos de la Tierra, o Autóctonos que, sometidos al influjo de una rotación inversa del cosmos, pasaron de la vejez a la madurez, de la madurez a la niñez, de la niñez a la desaparición y a la nada. También Teopompo, en su Filípica, habla de ciertas frutas boreales que originan en quien las come, el mismo proceso retrógrado. Más interesante es imaginar una inversión en el Tiempo: un estado en el que recordáramos el porvenir e ignoráramos, o apenas presintiéramos, el pasado”: Tales ejemplos, semillas para creativas historias, hacen pensar en el cuento “Viaje a la semilla” de Alejo Carpentier.

En este mismo cuento se define a los lectores como “una especie ya extinta”, pues todos son escritores “en potencia o en acto” (“imperfectos escritores”); para ellos Quain redacta relatos que “prefigura o promete un buen argumento, voluntariamente frustrado por el autor”. Borges, convirtiéndose en blanco de su propia ironía, señala que comete “la ingenuidad” de extraer de aquí “Las ruinas circulares”. “El lector, distraído por la vanidad, cree haberlos inventado” (eso es lo que pasa con sus malos imitadores).

En otra parte (“La biblioteca de Babel”, un universo de libros infinitos) leo: “Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita”. Esta imagen me trajo a la memoria un cuento de Bradbury, de unos astronautas a la deriva en el espacio oscuro e infinito; vagarán hasta que cesen sus funciones vitales, muertos de inanición o de sed o de quién sabe qué otra muerte espantosa e inimaginable.

“Yo he visto dos [vindicaciones] que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias”; al traducir parte de la novela del abuelo del narrador de “El jardín de senderos que se bifurcan” se mencionan dos historias análogas, de un ejército victorioso, en el que solo se modifican algunas circunstancias, es decir, más argumentos para el escritor estéril, desesperado por hallar historias para narrar.

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Delimitación de la literatura fantástica

Difícilmente podrá conseguirse este propósito (la delimitación). Nos enfrentamos al problema de los géneros, el cual, por definición, es complicado y casi imposible de dilucidar. Los críticos nunca se han puesto de acuerdo (y nunca lo harán). Más bien me sugieren un sinnúmero de interrogantes: ¿Por qué, por ejemplo, en su Antología de literatura fantástica Borges incluye un cuento realista de Saki? ¿Es más fantástico “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” que “El Sur”? ¿Qué diferencia hay entre un relato netamente fantástico y otro de tono realista que solo de manera incidental incluye un elemento fantástico? Otro aspecto que dificulta la cuestión: distinguir, diferenciar los conceptos de “ficción” y “fantástico”: ¿un cuento que incluye elementos como el sueño es fantástico aunque el sueño se genera en el cerebro de un sujeto? ¿El enfoque metafísico o esotérico, temas de Borges en cuentos “realistas”, no es fantástico por sí mismo? Según ciertas percepciones, ¿la intervención de una divinidad no pertenece al reino de lo fantástico?

Fuente: Revista Ágora número 11 - Guadalajara, México 

20/8/15

Una gallega universal: Rosalía de Castro (1837-1885)

 

Escritora indispensable en el panorama literario del siglo XIX,  protagonista  emblemática del Rexurdimento gallego,  la escritora gallega Rosalía de Castro es considerada junto con Gustavo Adolfo Bécquer, como la precursora de la poesía española moderna.  Aquí un cálido recuerdo del escritor Rodolfo Alonso.


Cuando yo era un niño, Rosalía de Castro podía ser en nuestra casa, un modesto hogar de inmigrantes gallegos en el centro-sur de Buenos Aires, tan cotidiana como el pan y la sal. Su presencia y su palabra aparecían vivas, de repente, sin haberlo previsto, casi como si formara parte del aire que se respiraba, y en una casa donde no había demasiados libros nunca faltó uno suyo. Y sus versos emergían de pronto, citados sin pensarlo, de manera espontánea, como se escucha casi inconscientemente el arrullo de una fuente muy conocida, bien cercana, límpida y habitual.
Pero era también la presencia de una inmensa mujer, casi mítica, siempre de transida sonrisa melancólica, doliente (a la cual llegaría a identificar con la de mi madre, tan similar) que, de una honda tragedia personal: ser hija natural de un sacerdote, en el ámbito aldeano de una Galicia rural enclaustrada en la España decimonónica, milagrosamente sublimada, había llegado a convertirse en paradigma del renacimiento de su pueblo. Porque gracias a sus Cantares gallegos, en 1863 el idioma de Galicia volvió a erguirse y a resurgir, después de siglos de censura y oscurecimiento.
Pero no sólo eso consiguió Rosalía de Castro, nacida en 1837 y de quien, el 15 de julio, se cumplen 170 años de su muerte. Sino también acaso lo imposible: ser íntima y hondamente ella misma, y ser también la voz misma de su gente, y ser (al mismo tiempo, de modo inescindible) una gran figura universal, universalmente reconocida y admirada. Y también uno de los pocos románticos españoles que valga la pena.
Pero en mi infancia, como dije, ella era algo más fuerte que ningún convencimiento intelectual. En una de mis primeras actividades sociales, al salir del patio de mi casa para pisar el amplio vestíbulo de entrada al Centro Gallego de Buenos Aires, la presencia (para un niño, imponente) de su estatua no me la volvió fría, lejana o inaccesible. Podía ser ella misma y ser los otros, los suyos y los de todas partes.
Por eso me emocionó tanto ser invitado a traducirla. Una editorial argentina me propuso seleccionar una antología bilingüe, dejándome entera libertad. Traducir a Rosalía fue para mí una auténtica catarsis. Y así me dejé fluir de uno a otro de los dos idiomas en que me crié simultáneamente, tratando sin forzarlo de que el canto de Rosalía fluyera también –con sonido y sentido– en esta otra lengua castellana que, después de todo, ella también empleó. No sin tomar conciencia de sus límites y de sus riesgosas similitudes. Nadie puede, humanamente, traducir nunca del todo eso tan bien encarnado, ricamente expresivo, bello y logrado en sólo tres palabras: “Cómo chove miudiño”. Y logré que el título mismo del libro quedara en gallego.
Rosalía era, en mi infancia, como el pan y la sal, compartidos en la mesa familiar, en la mesa de todos. De algún modo, ahora también lo sigue siendo. Y eso resiste hasta a una traducción.


Fuente: gracus/babeuf
http://www.gracus.com.ar/?p=3312#more-3312

10/8/15

Hermann Broch o la poesía como "pensamiento lírico"


Ophelia, de John Everett Millais, 1851-1852.
Ophelia, de John Everett Millais, 1851-1852.
Imagen obtenida de: https://en.wikipedia.org/wiki/Ophelia_(painting)

Por Héctor J. Freire
hectorfreire@elpsicoanalitico.com.ar

Nunca reconozco el lenguaje en mi boca ni las palabras escritas,
Y lo que digo sucede en un discurso perdido o en un futuro,
No es sino seducción, seducción y ser seducido,
Y ese miedo que invade al hombre cuando descubre
Que grito y eco, gesto y comprensión, todo lo habitual,
Es como algo regalado para siempre que de repente puede
Extinguirse, y que él está solo
En mitad de la vida. [*]          
H.B.
















La obra de Hermann Broch solo puede estar en el corazón de la poesía  manteniéndose indefinidamente en su límite. Y al contrario de lo que expresara Italo Calvino, para quien filosofía y poesía son “aguerridos adversarios”, revelándose en cada uno de sus dominios un tipo de realidad específica, una manera diferente de mirar el mundo. Los textos de Broch, junto a los de otros autores como Thomas Mann,  Musil o Rilke, anuncian una realidad que no es tan uniforme, ni diáfana. Sino el resultado de la aproximación de distintos universos a la vez.

En este sentido, Broch poeta-filósofo-novelista, acaba poniendo en extrema tensión y conflicto la distinción de los géneros, descomponiendo cualquier límite, incluso haciendo coexistir distintos tiempos: la tradición grecolatina y la vanguardia moderna. Ya que para Broch su época propia le resulta insuficiente para construir un sistema pertinente de formas (lírico-reflexivo)  capaz de dar sentido a la experiencia creativa del arte. Acción, que en esencia, estaría ligada a la pretensión del poeta, de proponer un nuevo diseño del mundo real. Tanto su “poema novelado” La muerte de Virgilio, como sus “poemas filosóficos” que componen En mitad de la vida, son como una simbólica cartografía donde están trazadas las distintas líneas de acción a lo largo del tiempo. Aunque siempre desconfiando de la Historia (como memoria rígida y cristalizada) y de la apología del “progreso” moderno.

“-El arte genuino rompe los confines, los atraviesa y va por nuevos, hasta entonces desconocidos, ámbitos del alma, de la vista, de la expresión, penetra en lo originario. En lo inmediato, en lo real…-Muy bien, ¡y tú quieres realmente hallar todo esto en esa poesía de amor, pretendidamente tan honesta…, como si en cada verso de la Eneida no se pudiera hallar mucha más realidad verdadera!”, leemos en la Muerte de Virgilio.
Al decir de Hanna Arendt, Broch fue poeta, contra su propia voluntad, esta contradicción “de ser poeta y no querer serlo” constituye el rasgo más importante de su personalidad, y así parece haber quedado reflejada en su compleja obra. Sin embargo, Broch nunca dejó de ser poeta, incluso en sus textos ensayísticos y narrativos. A propósito, comenta Clara Janés en el prólogo de En mitad de la vida: La muerte de Virgilio, lo situó pronto entre los grandes escritores del siglo XX. Precisamente el tema de dicha obra es la duda sobre la validez de la poesía, y en ella La Eneidadebe ser quemada en aras del conocimiento empírico. Con todo, el conocimiento digno del arte, el verdadero conocimiento, es para Broch aquel que la poesía puede desvelar….como vieron los pitagóricos y también Galileo, quien afirmó: la naturaleza está escrita en caracteres matemáticos, pero el fondo motor del poema es la totalidad. Broch parte de las matemáticas, pues considera que la razón científica y la imaginación creadora se sustentan por constituir dos ramas de un solo árbol, el del conocimiento; pero lo importante, para él, es expresar ese árbol.” Su poesía es el intento de saltar por encima de la dualidad, ya que “la verdad está en el todo” (das ganze), de ahí la utilización en sus poemas, del oxímoron, como figura retórica más emblemática. En cierta forma Broch sigue el camino abierto por Goethe, en cuanto a la concepción de la poesía como una síntesis de lo racional y lo poético. El resultado, como lo podemos observar en los poemas seleccionados, es una especie de pensamiento lírico, y que en el caso de otros grandes novelistas como Joyce (Poemas manzanas) y Faulkner (El fauno de mármol), -quienes antes de sus grandes novelas, editaron poesía- se suele llamar “la poesía de la prosa”. En este sentido, Broch, junto a Joyce, Faulkner, Eliot (La tierra yerma, Cuatro Cuartetos), Milosz (Cántico del Conocimiento) y el Pessoa del Libro del desasosiego, y el poema Tabaquería, contribuyó aedificar esa gran poesía filosófica de nuestro siglo que ya no admite Homeros, Virgilios o Dantes.

Es justo e imprescindible incluir el nombre de Hermann Broch en la lista de los grandes poetas del siglo XX. Cuyo mínimo común denominador, a pesar de las grandes diferencias estilísticas es: la capacidad extraordinaria de estos “descubridores” para superar sus propios límites, unida a un talento para captar, apropiar y rehacer no importa qué tradición antigua, qué modelo extranjero, sin sacrificar su autonomía personal en el mar de voces de creaciones siempre nuevas. Y que en el plano formal, está íntimamente ligado a su sentimiento único del conflicto dialéctico entre las partes y el todo unificador, así como entre los fragmentos conjugados. Broch debe ser incluido entre estos grandes poetas de la “estructuración”. Su complejidad está dada por esta marca, ya que se expresan construyendo.

Leemos en el poema Recordando la infancia:

Irreconocible pero más constante y más permanente que

Todo lo demás,
Entretejido en toda imagen pasajera, inmerso en el hombre,
El prado, el animal,
Tejía el morir, tejía la muerte,
Lo real desconocido en lo irreal.

La de Broch es una poesía de “indagación metafísica”, una escritura aparentemente intelectual, que opera mediante paradojas y un tono reflexivo, para acuciar con preguntas al lector. En este sentido Broch, rescata la tradición clásica y la idea de considerar al discurso de la historia, la filosofía, la ciencia, como un verdadero estímulo a la imaginación artística.Broch suma crítica más poesía, reflexión y pasión; razón e intuición, mente y corazón. Es como si el poeta “pensara con el corazón y sintiera con la cabeza”. Y como dijera el propio Broch en uno de sus versos: Isla del alma, mi corazón.

Sin embargo, esta poesía expectante, cuestionadora del ser, el lenguaje y el conocimiento, nunca deja de ser lírica. En definitiva, una poesía que aporta voz al silencio del hombre y luz a los ojos para mirar en la oscuridad de este tiempo marcado por el avance de la insignificancia. Poesía entendida como un “obstinado visor”. Un ejercicio infrecuente de pensamiento poético, dentro del panorama de la poesía actual. Poesía compleja y densa, ambigua y dual: inquietante. Pero ¿no es esta ambigüedad de inquietante dualidad el soporte mismo de la existencia?

En los poemas de Broch, blanco más negro no deviene gris. Se trata más bien de un sistema del género “pre-socrático”: cada ser suscita su contrario. Su no ser está contenido implícitamente en sí mismo. Incluso, podríamos considerar su gran “poema novelado”: La muerte de Virgilio, como un verdadero Arte Poética (¿el final de una ilusión estética?). Allí se postulan dos miradas: una que trata de mantener unido un mundo, y no lo deja caerse por completo, es decir la de las convenciones histórico-culturales que manejamos, y a la vez nos sostiene como una red invisible; y otra mirada, la del poeta (¿Virgilio-Broch?), que trata de soltarse, infiel de la primera y busca el fundamento último de las cosas. La verdadera red. En esa búsqueda su deseo es “ver”, “indagar”, “comprobar” y “saber” algo más. Cada texto de Broch, implica, de modo implícito o explícito, una poética: una apasionada y reflexiva declaración de principios, una determinada filosofía. Desde esta perspectiva, “el pensamiento lírico” de Broch, podría describirse entonces, como una estrategia, una “astucia poética” para con la trascendencia. Asimismo una moral, una estética y una política. Este “pensamiento lírico” se despliega en la obra de Broch en dos direcciones que acaban por unirse: la búsqueda de un principio anterior que hace de la poesía el fundamento del lenguaje (“la casa del ser”) y, por consiguiente, de la sociedad; y la unión de ese principio con la Historia. En este sentido, podríamos afirmar junto al  Broch de La muerte de Virgilio, que toda sociedad está construida sobre un poema: Roma sobre La Eneida, por ejemplo. En síntesis, se trata de una escritura poética no sólo intensa, sino atrevida por su modo de incorporar la inteligencia al lenguaje, ya que es el “interregno del conocimiento terrenal”. Y es también  bellamente evocadora, en tanto que poesía, al decir de Clara Janés.

Y para finalizar este pobre e incompleto acercamiento a la poesía de Hermann Broch, nada más pertinente que recordar uno de los conceptos más inequívocos que sobre la poesía, expresara Broch por boca del gran poeta Virgilio: ante sus ojos había tenido siempre la exigente, la irrealizable imagen del conocimiento, la seria imagen del conocimiento de la muerte, y ninguna profesión podía hacer justicia a esa imagen, pues no hay ninguna que no esté exclusivamente sometida al conocimiento de la vida, ninguna con excepción de aquella única a la que se había visto abocado finalmente y que se llama poesía, la más extraña de todas las actividades humanas, la única que sirve para el conocimiento de la muerte.*

(*)
Hermann Broch, La muerte de Virgilio, Alianza Editorial, Madrid 2000. 

Leer artículo completo en:
http://www.elpsicoanalitico.com.ar/num22/arte-freire-hermann-broch-poesia-pensamiento-lirico.php


27/7/15

Roberto Juarroz, a veinte años


                                                                                                                                               

Roberto Juarroz
(Coronel Dorrego, 1925 - Témperley, 1995; Argentina). Poeta y ensayista. De 1958 a 1965 dirigió la revista Poesía=Poesía. Fue nombrado Miembro de Número de la Academia de Letras de su país en 1984. Ejerció la crítica literaria y cinematográfica en importantes medios de comunicación. 
Además de su fundamental obra Poesía vertical, que fue creciendo con los años y alcanzando innumerables traducciones y un vasto reconocimiento universal, es autor del ensayo: Poesía y realidad (1987) y del libro de conversaciones: Poesía y creación (1980). Obtuvo los premios: Honor de la Fundación Argentina (1984), Esteban Echeverría (1984), Jean Malrieu de Marsella  (1992), y el consagratorio Premio de las Bienales Internacionales de Poesía en Lieja, Bélgica (1992).
Para conmemorar los 20 años de la desaparición del inmenso poeta argentino, publicamos dos de sus textos pertenecientes a la antología Poesía vertical (Común Presencia Editores, Bogotá, 2001).


- 1 -

Tú no tienes nombre.
Tal vez nada lo tenga.
Pero hay tanto humo repartido en el mundo,
tanta lluvia inmóvil,
tanto hombre que no puede nacer,
tanto llanto horizontal,
tanto cementerio arrinconado,
tanta ropa muerta
y la soledad ocupa tanta gente,
que el nombre que no tienes me acompaña
y el nombre que nada tiene crea un sitio
en donde está de más la soledad.


- 2 -

Llegará un día
en el cual no habrá que empujar
los vidrios para que caigan,
ni martillar los clavos para que sostengan,
ni pisar las piedras para que se callen,
ni beber el rostro de las mujeres para que sonrían.
Empezará la gran unión.
Hasta dios aprenderá a hablar
y el aire y la luz
entrarán en su cueva de miedosas eternidades.
Entonces ya no habrá diferencia
entre tus ojos y tu vientre,
ni entre mis palabras y mi voz.
Las piedras serán como tus senos
y yo haré mis versos con las manos,
para que nadie pueda ya confundirse.

Con-fabulación Nº 385 - Colombia

10/7/15

La subliteratura

 

por Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz el 22-05-2015
Donostia-San Sebastián-España

Frente a las preferencias de una clase media cada vez más numerosa que busca la lectura de libros que sólo pretenden divertir ─a los que se ha asignado la ominosa etiqueta de subliteratura─, se opone la opinión de los defensores de una alta literatura que ayuda al hombre a ser más libre y más tolerante. Es una controversia que quizás adolece de un defecto de partida, ya que antes habría que ponerse de acuerdo en lo que cada concepto representa.


Según el Diccionario Enciclopédico Ilustrado Sopena, la literatura tiene por definición la de ser un género de producciones del entendimiento humano que tienen por fin expresar lo bello por medio de la palabra escrita. El término sirve pues para vestir a los dos santos. Entonces, en lugar de hablar de alta y baja literatura, ¿no sería más correcto hablar de buena y mala literatura? Y aun así, ¿quién establece la diferencia y cuáles son los criterios para diferenciarlas?

Veamos lo que piensa  el escritor Javier Marías: Desde hace unos años se reserva el término “literario” para las novelas que antes se llamaban meramente “ambiciosas”. Es decir, para las que no tenían como único propósito el de entretener, sino que, además, pretendían que el lector viera y conociera el mundo mejor, que quizá pensara en cuestiones en las que normalmente no piensa, que reparara en aspectos de los que por lo general se hace caso omiso.

Fijémos nuestra atención en la comparación del filólogo y editor Jaume Vallcorba: Lo que puede diferenciar a la literatura de calidad de la de consumo es, en buena medida, la mayor complejidad de la primera respecto de la segunda. Su mayor densidad y pertinencia significativas, así como el juego constante, paralelo al de la música, entre lo reconocible y la sorpresa. Una complejidad de tipo estilístico y retórico.

Y por último, centrémonos en las palabras de dos personas doctas en la materia, Alicia Correa Pérez  y Arturo Orozco Torre: La literatura es un arte que presenta los muy diversos sentimientos y pasiones del ser humano, con toda la fuerza y la intensidad que concede el poder de la palabra escrita. La subliteratura, en cambio, está formada de clichés y lugares comunes; las historias se repiten pues van dirigidas al sentimentalismo vulgar del lector.

La primera conclusión a la que llegamos es que no hay una definición unánime de lo que es Literatura y, por tanto, tampoco de lo que no es.  Los límites que separan lo literario de lo no literario son difusos, sobre todo si se atiende únicamente a los cambiantes valores estéticos de cada época. Los romances, por ejemplo, fueron considerados como subliteratura en la Edad Media, para consumo de masas, según el Marqués de Santillana; y hasta hace pocos años entraban dentro del mismo concepto las novelas de detectives, la ciencia ficción, el cómic, la literatura erótica y hasta la infantil.

Hay críticos que, en su afán por buscar las huellas en la historia de la subliteratura, afirman que la subliteratura está íntimamente emparentada con el kitsch. Esta expresión se empezó a utilizar para designar ciertas construcciones arquitectónicas, para después referirse a un tipo de literatura sentimental y patriótica, con trama estereotipada y de composición y efectos fáciles. Umberto Eco hace una reflexión interesante acerca de la influencia que ha tenido:

Desde hace algunas décadas, el kitsch, lo cursi y los subproductos artísticos en general han servido como materia prima de elaboración para autores genuinos. Andy Warhol y Costus, en pintura; Manuel Puig y Guillermo Cabrera Infante, en literatura, o Pedro Almodóvar, en cine, han bebido del kitsch, han hecho una lectura crítica deconstructivista, y lo han devuelto al público en forma de nuevas propuestas estéticas de auténtico valor artístico.

Pero, a pesar de la casi indefinición del género, Umberto Eco encuentra unos elementos que ayudan a caracterizar esta baja literatura:
  • Se dirige a un público lector heterogéneo, al que considera como un receptor pasivo de mensajes.
  • Es un fenómeno de puro mimetismo de obras del pasado, degradador, ausente de originalidad y capacidad creadora.
  • No existen renovaciones estéticas ni de sensibilidad: se limita a homologar el gusto existente de modo conservador.
  • Obedece a la ley de la comercialidad.
  • Alienta una visión pasiva y acrítica del mundo.

A esta falta de originalidad creadora y estilística podemos añadir otro problema que nos plantea Horacio para la subliteratura: el de su utilidad. Horacio nos dice que en la naturaleza de la poesía existe una relación entre dolce et utile. “Útil” equivale a lo que no sea malgastar el tiempo, es decir que la literatura como tal, aparte de ofrecer una función “dulce” (horas de esparcimiento), nos ofrece también una serie de datos aprovechables acerca de un conocimiento universal,   “instructivo”.

La baja literatura es “dulce” pero no “útil”,  la ambición de conocimiento queda descartada; el objetivo del lector de este tipo de lecturas es únicamente: la evasión. Y, por lo tanto,  jamás se preocupa si la anécdota es verosímil o no.

En definitiva, podemos afirmar que la subliteratura sacrificó los fines estrictamente estéticos y literarios para buscar la comercialidad y así poder llegar a un público mayoritario. En España tuvieron muchísimo éxito y fueron conocidas como “novelas de quiosco”, “novelas de a duro”… Constituyeron un importante entretenimiento durante muchos años y en la memoria de todos están ejemplos  representativos  como el de la escritora Corín Tellado (una de las más prolíficas que han existido en la historia de la literatura), Marcial Lafuente Estefanía, Silver kane, Curtis Garland y tantos otros.

15/6/15

El escritor y el fotógrafo
Fotografía de Rulfo

Por Fabio Jurado Valencia

(Tomado de Oralidad y escritura en la obra de Rulfo, Común Presencia Editores)

Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, es el nombre de pila del escritor mexicano Juan Rulfo, autor de El llano en llamas (1953), Pedro Páramo (1955) y El gallo de oro (1980); póstumamente conocemos de su autoría también Los cuadernos de Juan Rulfo (1994), dos libros de fotografía (2000, 2002) y Aire de las colinas (2000); este último libro es una recopilación de las cartas que le dirigiera a la novia –y después esposa–, Clara Aparicio, mientras recorría la geografía mexicana o vivía en Ciudad de México, estando ella en Guadalajara.
Nos confunde su nombre de pila: tres nombres y tres apellidos; y él mismo nos confundirá con su lugar de origen: a veces decía que era de Apulco; otras, de San Gabriel, pero también de Zapotlán, y muy pocas veces decía que era de Sayula. Nació en Sayula pero nunca vivió allí, le confesó el mismo Rulfo a Luis Harss. En sus apuntes de cuaderno escribe que “nació en Jalisco, México, el 16 de mayo de 1918”. Pero Jalisco es el Estado, no es un pueblo ni una ciudad. Y no nació en 1918 sino en 1917. Es Juan Ascencio (su consultor jurídico) quien finalmente esclarecerá el asunto en su libro Un extraño en la tierra. Biografía no autorizada de Juan Rulfo (2005); de acuerdo con sus indagaciones notariales Juan Rulfo nace en Sayula, Jalisco, el 16 de mayo de 1917.
En 1917 ocurre el desenlace de la revolución agraria (iniciada en 1910) y, en consecuencia, se inicia el proceso de distribución de la tierra, como resultado de la reforma a la constitución nacional. Juan Rulfo proviene de una familia de hacendados que, progresivamente, luego del asesinato del padre, es objeto de expropiaciones hasta quedar sólo con lo necesario. En el año 1926 sobreviene la revolución de los cristeros, movimiento promovido por la iglesia como respuesta a las leyes que prohibían la propiedad eclesiástica y el libre ejercicio sacerdotal y religioso; la revolución cristera duró hasta el año 1929 y Rulfo señalará en muchas entrevistas la impronta en su conciencia de este evento; el cuento “La noche que lo dejaron solo” y algunas escenas de la novela Pedro Páramo, muestran las singularidades de este movimiento ideológico-religioso liderado por curas conservadores bajo los gritos de ¡Viva Cristo Rey! y ¡Obre Dios! La condensación literaria de dicho episodio aparece en el cuento “La noche que lo dejaron solo” y la parodia al espíritu religioso acendrado, radical, es registrado de manera cómica en el cuento “Anacleto Morones”.
La coyuntura histórica de la revolución de los cristeros limitó en gran parte el desarrollo académico de Juan Rulfo, quizás para bien si consideramos que frente a la situación de las escuelas cerradas y el aislamiento y el miedo propiciado por la revolución el niño Juan tendrá que encerrarse entre los libros que el cura del pueblo había trasladado a su casa. Permanecía durante horas, dice Ascencio, leyendo las novelas de Dumas, Víctor Hugo, las historias de Buffalo Bill… pues no salía a la calle por las continuas balaceras. Tenía diez años de edad y la lectura constituía el mejor modo de afrontar los miedos y el acallamiento, que permanecerá en el trayecto de toda su vida.
Ante la situación difícil para estudiar en San Gabriel, en donde viven, la madre lo envía, junto con el hermano mayor, al orfanatorio de Guadalajara. Es el año 1927. Rulfo le dirá en una entrevista a Elena Poniatowska (1985) que “en ese tiempo los orfanatorios eran como correccionales, la gente rica de Guadalajara mandaba a sus hijos allí para castigarlos cuando se portaban mal, allí los archivaban…” Estando en el orfanatorio, en el año 1930, la madre de Rulfo muere. En los borradores que Clara Aparicio e Ivette Jiménez recuperaron leemos este fragmento:

Recogió sus cosas y volvió a sentarse bajo la sombra de un naranjo, a mitad del atrio. Simplemente no funcionaba su cabeza. Sentía deshilvanado el cerebro. Vio los altos muros del orfanatorio, allí donde dos ventanas altas y enrejadas le habían impedido tantas veces asomarse al mundo. Llegó a no importarle esto, pues el mundo y el tiempo estaban dentro. De acá afuera se veían insignificantes e inútiles, mudas, ya que desde allá apenas transmitían un poco de luz. Nunca les encontró otro fin. Viéndolo bien, nada allá dentro tenía explicación alguna; solamente que, y a pesar de todo, aquello había sido su único refugio. (1994: 17)

Al terminar la educación básica e iniciar la preparatoria y frente a la dificultad de hallar una institución educativa para continuar los estudios (las preparatorias están cerradas y la Universidad de Guadalajara suspendida), Rulfo, que ya es un apasionado por los libros, tiene que optar entre el seminario y el colegio militar. Elige el primero, con la ilusión de “recorrer el mundo”, si bien el seminario era por entonces una institución de cierto modo clandestina.
Se presume que en el año 1933 Rulfo está por primera vez en Ciudad de México, hecho que determinará en gran parte su destino de escritor, pero tendrá de nuevo que afrontar la opción del Colegio Militar como un modo de complementar sus estudios y de justificar la estancia en la capital; sin embargo, como señala Ascencio, sólo pudo permanecer por breve tiempo porque reconoce que la vida militar no es lo suyo. No logra revalidar los estudios parciales de la preparatoria y asiste, como anota Vital (2003), al Colegio de San Ildelfonso. Entre 1935 y 1952, Rulfo trabaja en varios oficios (archivista, agente de migración, agente viajero…), con el apoyo de un tío militar que tiene vínculos con los gobiernos, según anota Ascencio. Quizás la tranquilidad de estos trabajos haya propiciado el tiempo para escribir los cuentos a la vez que se dedica a la fotografía.
La etapa intensa de Rulfo, transcurre entre 1946 y 1952, años en que como vendedor de llantas viaja a distintas regiones del país y explota al máximo sus intereses por la fotografía. En 1945 en la revista Pan, de Guadalajara, se publican sus primeros cuentos “Nos han dado la tierra” y “Macario” y en América, dirigida por Efrén Hernández, publica de nuevo “Macario” en 1946, “Es que somos muy pobres” en 1947, “La cuesta de las comadres” en 1948, “Talpa” y “El llano en llamas” en 1950 y “Diles que no me maten” en 1951; en la misma revista se publican las primeras fotografías suyas, lo cual constituye un índice de los propósitos estéticos con el arte de la imagen.
En 1953 es becario del Centro Mexicano de Escritores y es cuando publica el libro de cuentos El llano en llamas. La beca se extenderá hasta 1955, con renovaciones anuales, cuando publicará Pedro Páramo.
En su juventud, Juan Rulfo es un escalador de montañas y un viajero por las provincias mexicanas. Es aficionado a la fotografía y en sus registros se percibirán las geografías rurales, sugerentes de las antropologías de las comunidades campesinas y de los pequeños pueblos. La experiencia como caminante y viajero le permite asimilar las voces, aprehenderlas, de hombres y mujeres del campo y de los pueblos del centro y nor-occidente de México. Conoce pues el otro México, el México profundo, aquel México que después de la revolución agraria (1910-1917) y de la revolución cristera (1926-1928) permanecerá en el misterio y en la ambivalencia política. Los conocimientos empíricos del escritor se complementarán con los resultados de sus indagaciones en los archivos de inmigración, primero, y en las lecturas que hará de los cronistas de Indias, después, para asegurar la calidad de un proyecto artístico/literario y artístico/fotográfico.
Entre los manuscritos rescatados por Ivette Jiménez (1994) sobresalen los apuntes sobre la situación de los indios desde la conquista hasta el siglo XX. Se ubica aquí el reconocimiento que Rulfo hace a la obra de fray Bernardino de Sahagún, de quien nos dice que “inicia su tarea evangelizadora en Tlamanalco, población distante 50 kilómetros de la capital. Cuatro años más tarde cambia su residencia al Colegio de Tlatelolco, donde enseña lengua latina además de otras materias y comienza a interesarse en las ‘cosas’ del México antiguo”. Rulfo referencia asimismo la figura de fray Toribio de Benavente “Motolinía” quien contribuye junto con Bernardino de Sahagún a levantar la historia de una sociedad organizada y majestuosa, como lo fuera la gran ciudad de Tenochtitlan; sin embargo, “para desgracia de ambos, el obispo Juan de Zumárraga, primer inquisidor de la Nueva España, y un auxiliar de éste, fray Andrés de Olmos, experto en demonología, y autor de un ‘Tratado de hechicerías y sortilegios’ se habían encargado unos años antes de la destrucción casi total de documentos e imágenes en poder de los indios”. Y presupone Rulfo que “fueron coautores del sacrificio de sacerdotes y nobles, así como de los ‘tlacuilos’ que tenían a su cargo el dibujo de los códices donde se describía la trayectoria del pueblo azteca, ya que al ser capturado y destruido el Calmécac, lugar donde se formaba y transmitían los conocimientos rituales del imperio teocrático mexicano, todo fue incendiado para desarraigar para siempre lo que se suponía eran las fuentes del paganismo”.
Rulfo redondea este resumen, muy expedito a mi parecer para los estudiantes de secundaria, destacando las ansias de Sahagún por el saber en torno a la cosmogonía de los antiguos mexicas; el fraile, con la mirada del etnógrafo, se traslada fuera de la ciudad y en un pueblo cercano (hoy Tepeapulco), acompañado de sus alumnos indígenas, reúne “a un grupo de ancianos, así como dibujantes o tlacuilos, quienes van trazando sobre el papel e interpretando la narración de aquellos viejos supervivientes”. De dicha labor etnográfica ha quedado, insinúa Rulfo, el conocimiento sobre los significados cosmogónicos, la cotidianidad, la astronomía, los cantos poéticos y la filosofía prehispánica. Sin duda estos conocimientos son remanentes de la memoria y se traslapan en los universos ficticios de las obras de Rulfo y es lo que permite comprender también su obsesión por retener a través de la cámara las ruinas de pirámides y de iglesias, así como de los habitantes del campo y su desolación.

Fabio Jurado Valencia. (Buga-Florida, Valle, 1954). Licenciado en Literatura (Universidad Santiago de Cali); Maestría en Letras Iberoamericanas (UNAM, México); Doctor en Literatura (UNAM, México). Profesor del Departamento de Literatura y del Instituto de Investigación en Educación, de la Universidad Nacional de Colombia. Autor de los libros: Investigación, escritura y educación: El lenguaje y la literatura en la transformación de la escuela; Posadas, México en la poesía colombiana (compilación); La escuela en el cuento (compilación); Rosario Castellanos, esa búsqueda ansiosa de la muerte; Ray Bradbury, literatura fantástica; «El hombre» de Rulfo, polifonía y sociolecto narrativo; Evaluación, conceptualización, experiencias, prospecciones (memoria y compilación); Pedro Páramo de Juan Rulfo: murmullos, susurros y silencios. Coordinador y coautor de los libros: Juguemos a interpretar, Interacción y competencia comunicativa; La escuela en la tradición oral; Culturas y escolaridad; La formación docente en América latina; Competencias y proyecto pedagógico; Trazas y miradas. Participante por Colombia en el Segundo Estudio Regional Comparativo de la Evaluación de la Calidad de la Educación, convocado por el LLECE-UNESCO. 

Con-fabulación Nº 375 - Colombia
 

1/6/15

Giuseppe Ungaretti




Con-Fabulación conmemora los 45 años del fallecimiento del gran poeta de la lengua italiana, con unos bellos textos traducidos ejemplarmente por el escritor argentino Rodolfo Alonso, pertenecientes al libro Poemas escogidos, de Común Presencia Editores.

Giuseppe Ungaretti (Alejandría, Egipto, 1888 - Roma, Italia, 1970). Vivió en África su infancia y adolescencia y posteriormente se trasladó a París donde entró en contacto con Apollinaire, Péguy y Valéry. Participó en la Primera Guerra como soldado de infantería; cruenta experiencia que exorcizó creando en las trincheras: El puerto sepulto (1916) y La guerra (1919). Regresó después a Roma donde escribió La alegría (1931) y su obra más reconocida Sentimiento del tiempo (1933). En 1936 se radicó en Brasil y durante siete años fue profesor universitario. En 1947 apareció su magistral libro: El dolor.
De regreso a Italia asumió la cátedra de literatura moderna y contemporánea en la Universidad de Roma. Publicó La tierra prometida (1950). Y de manera consagratoria en 1964 Editorial Mondadori lanzó su obra completa bajo el título Vida de un hombre. Murió en Roma el 2 de junio de 1970.


EL PUERTO SEPULTO

Aquí llega el poeta
y después vuelve a la luz con sus cantos
y los dispersa

De esta poesía
me queda
esa nada
de inagotable secreto


ETERNO

Entre la flor que tomo y la que doy
la inexpresable nada


LA NOCHE BELLA

Qué canto se levantó esta noche
que teje
de un cristalino eco del corazón
las estrellas

Qué fiesta surgía
de corazón en bodas

He sido
un pantano de sombra
Ahora muerdo
el espacio
como un niño el seno
Ahora estoy ebrio
de universo


CLAROSCURO

Hasta las tumbas desaparecieron
Espacio negro infinito caído
desde este balcón
al cementerio
Me ha venido a buscar
mi compañero árabe
que se mató la otra noche
Regresa el día
Vuelven las tumbas
escondidas en el verde tétrico
de la última oscuridad
en el verde turbio
del primer albor


Con-fabulación Nº 377 - Colombia
 

22/5/15


Ida Vitale 
Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2015


La poeta, ensayista y traductora uruguaya Ida Vitale (Montevideo, 1923) fue reconocida esta semana con el Premio Reina Sofía.
Vitale había obtenido el premio Alfonso Reyes en 2014 y el Octavio Paz en 2009. Es autora de los poemarios: La luz de esta memoria, Palabra dada, Cada uno en su noche, Paso a paso, Oidor andante, Jardín de sílice, Elegías en otoño, La luz de esta memoria, Reducción del infinito… Y de los libros de ensayos: Léxico de afinidades, Donde vuela el camaleón, De plantas y animales; entre otros.


PATRIMONIO

Sólo tendremos lo que hayamos dado.
¿Y qué con lo ofrecido y no aceptado,
qué con aquello que el desdén reduce
a vana voz, sin más,
ardiente ántrax que crece,
desatendido, adentro?
La villanía del tiempo,
el hábito sinuoso
del tolerar paciente,
difiere frágiles derechos,
ofrece minas, socavones, grutas:
oscuridad apenas para apartar
vagos errores-
El clamor, letra a letra,
del discurso agorero
no disipa ninguna duda;
hace mucho que sabes:
ninguna duda te protege.



LA MENTIRA

Vuelan fronteras de un país
cuyo falso centro está en nosotros
que quién sabe dónde estemos.
El norte está en el sur,
este y oeste se confunden,
el sur se pierde entre la bruma
y dentro lo más vivo es la mentira.
¿Quién no tiene un cachorro de mentira?
¿Quién no le da su fiesta acostumbrada,
lo impone en campo imaginario?
¿Quién no draga o airea
su mínima mentira, sea gris o grandiosa,
y la lleva
donde los pájaros, las mariposas vuelan,
verdaderos, cada uno a lo suyo?
Y cuántos
celan la mentira del otro
mientras sin malicia los mira
la honestísima muerte.

Con-fabulación Nº 375 - Colombia