20/7/13

LA RUTA DEL AIRE

por Argenis Osorio Sánchez
Santiago de Cuba, Cuba




Hay un ángel en la tierra, señor,
que tocó a mi puerta y abrió mi corazón

con una sonrisa inderrotable
,
hay un ángel en la tierra, mi señor.

Un ángel travieso de alas vivas

y canciones
,
un ángel que me ataca despiadadamente

y no me deja respirar
,
que se roba mis pulmones para llenarlos

de la música celeste que sale de su boca.


Hay un ángel en el cielo, señor
,
antiguo como un coro medieval

que canta en la iglesia abandonada

una canción desconocida.


No sé como reaccionar mi señor,

apiádate de mí, de mi atontado corazón

y de las estrellas que este ángel sembró cerca de mi boca

cuando entró a mi casa y a mi alma.

Qué hago, mi señor, qué hago,

siento deseos de morir, y de amar hasta morirme

a este ángel que me mira, que me sabe poca cosa,

que robó para siempre el corazón de mi corazón, señor.


Bienaventurados los que no han sentido

dentro de sí la desgranada sorpresa

de este ángel en la tierra
,
en mi casa, en mi alma, adueñándose de todo
,
deteniendo el tiempo, haciendo añicos la ruta de los aires

y dejando para siempre este sabor

a muerte y esperanza aquí en mi boca…



26/6/13

Los 50 años de Rayuela

Amamos tanto a julio


Por Amparo Osorio*

Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura,
y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua
 Rayuela (1963)

Discurrían los años sesenta, esa maravillosa y convulsionada década que marcó profundos e innegables derroteros de libertad, y que con su carga de rebeldía nos legaba los ideales de una transformación revolucionaria, postulado que nos conduciría también hacia diversas manifestaciones artísticas y vivenciales.
Tal vez París era “otra” fiesta aludiendo a la célebre novela de Hemingway aparecida en 1964. Y ese mismo París, antecesor de múltiples literaturas, cuna y sepulcro de fundamentales movimientos en todas las esferas de la creación, y a su vez emblema y bastión de algunos jóvenes escritores latinoamericanos, sería una vez más redescubierto en la libertaria imaginación de Julio Cortázar, quien nos invitaba desde su pluma lúdica a recorrer una Rayuela sin fin (contranovela) —diría el propio autor—, en un raro tejido de complejidades donde el exilio y la diáspora que enlazaban al París de Oliveira y la Maga, “Del lado de allá”, y a Buenos Aires con Traveler y Talita “Del lado de acá”, nos iban heredando trágicamente el desarraigo espiritual de pertenecer a todo sin pertenecer finalmente a nada.
Bajo su lectura tejíamos íntimamente Europa y el Sur. Su Sur, el nuestro. No importa que ya se dijera metafóricamente que los argentinos “era hijos de los barcos”. Cortázar simbolizaba Buenos Aires, y siguiendo su huella nos perdíamos en otras músicas, en otras literaturas, en otras latitudes que nos heredaban una nostalgia contenida, propiciatoria de nuestro gran eclecticismo y de la que comenzaron a hacer parte Borges y su misterioso Aleph, Gardel con su melancolía porteña, los hermanos Discépolo que secretamente ahondaban nuestras cavilaciones nocturnas; Mercedes Sosa con sus telúricas y conmovedoras canciones de protesta y Ástor Piazzola con su magistral bandoneón sinfónico.
Latinoamérica era un fortín de juventudes ávidas de sueños y desde esa perspectiva queríamos que el mundo fuera una comuna. Woodstock se convirtió en ícono de muchos de estos anhelos y su antecesor Verano del Amor de 1967 nos entronizaba cada vez más con esa Rayuela leída a tironazos y a veces a trozos. Su compleja propuesta continuaba marcándonos con su simbología de cielo inalcanzable y se instalaba cada vez más entre nosotros como una de nuestras grandes utopías.
Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto…
Pero muchos lo dimos a su nombre y en pie de amor sobre la hierba, Cortázar y su ternura se nos fueron convirtiendo en uno de nuestros grandes amores platónicos, porque en sus páginas fuimos los héroes de su propia historia. Sintiéndonos la Maga parisina o la Talita sureña, tejimos el insomnio de las noches esperando el regreso de Oliveira o las notas que se desgajarían de la guitarra de Traveler. Lloramos la muerte de bebé Rocamadour y silenciosamente hicimos el duelo perdiéndonos en esa conjura de amor que propiciaba la novela, mientras Charlie Parker y Louis Armstrong algunas veces, discurrían en nuestra monologante penumbra, arrullando las emotivas lecturas entre blues y jazz.
No importa que Oliveira hubiera sentenciado que después de la guerra la visión poética del mundo había concluido: Quedan poetas, nadie lo niega, pero no los lee nadie. Rayuela sin embargo, contraria a este pésimo pronóstico, nos continuaba dando los elementos necesarios para una búsqueda temeraria de nuestra propia voz, porque en ella se encontraban las atmósferas de imaginación y rebeldía, de deseo y amor, de cotidianidad y filosofía, de abandono y muerte, de viaje y exilio; en síntesis, de realidad real que contenían esas dialécticas imprescindibles de la palabra poética que perseguíamos.
Bajo sus páginas, íntimamente fusionábamos literaturas y músicas, imágenes y ciudades en ese nuevo surrealismo que nos propiciaba el autor y que junto a otras novelas capitales de América Latina a la vanguardia, nos dejaban conmovedoras emociones que se fueron constituyendo con el paso del tiempo en gran parte de nuestro fervoroso acervo.
Era el despuntar de aquellos “años maravillosos” como los llamarían luego algunos historiadores, pero era también nuestro despertar a una secreta educación sentimental con sus ansiosas puertas esperándonos. Era, en contrapunto con la nostalgia bonaerense, el descubrimiento de la Bohemia absoluta en el espíritu de la Chanson francesa, y así, a nuestra manera, bebiendo de los diversos cántaros, tejíamos nuestra propia rayuela barajando el ocho cortazariano que lúdicamente representábamos con las novelas del recién nacido Boom Latinoamericano (célebre a partir de 1963 con la aparición de la Ciudad y los perros), imaginando cuál de estas magistrales obras llegaría primero a la cuadrícula del cielo.
Será fácil para muchos decir que la leyeron, afirmar que carecía de argumento, que eran dos novelas en una, que el eje central era el estado psicológico de cada uno de los personajes, escudarse en las palabras del mismo Cortázar quien la definió como: «La experiencia de toda una vida y la tentativa de llevarla a la escritura», pero para centenares de hombres y mujeres de mi generación es innegable afirmar que nos legó su ternura, que bajo su égida fundamos, no el Club de la Serpiente, pero sí el de cazadores de crepúsculos, que en su magia circense recorrimos manicomios e infiernos, buscando esa quimera perdida que quizás ya aguardaba en nuestros bolsillos y que, definitivamente, por su culpa, nos volvimos Cronopios.

*Poeta, narradora y ensayista colombiana

- Con-fabulación No 283 - Colombia 

31/5/13

Los libros desdeñados por sus autores


                                                               Por José Luis Díaz-Granados*

Cuando Borges publicó Otras inquisiciones en 1952, algunos lectores y admiradores, sorprendidos por la belleza, la perfección formal y el contenido inusitado de sus textos, preguntaron intrigados si el adjetivo del título obedecía a que ya existían "unas" inquisiciones. Muchos años después, el controvertido autor porteño declaró al respecto a Antonio Carrizo en entrevista recogida en Borges el memorioso (México, D. F., Fondo de Cultura Económica, 1982):
–Sí, este libro, Otras inquisiciones, presupone un libro que yo he dejado caer... (Se refería a Inquisiciones, publicado en 1935), un libro realmente bochornoso, pero que sin embargo me fue necesario. Por eso éste se llama Otras inquisiciones, pero no para recordar el otro, sino para taparlo, para anularlo.
Ya antes había hecho algo similar con Luna de enfrente, publicado en 1925. Los libros iniciales de Borges fueron tres poemarios: Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929), pero siempre que tuvo oportunidad, el propio autor suprimió el segundo de las antologías preparadas por él mismo y de sus compilaciones personales.
Sin embargo, aparece en las sucesivas ediciones de sus Obras completas.
"Es el libro que yo quería omitir, pero mis editores no me dejaban ---decía---. Yo creo que sería mejor pasar de Fervor de Buenos Aires a Cuaderno San Martín y omitir ese mal paso que yo di... bueno, sin necesidad, como dijo la costurerita de (Evaristo) Carriego".
Algo similar le ocurrió a Neruda cuando conoció en España la hondura dulce de la solidaridad y la esperanza. Entonces renegó de su libro Residencia en la tierra (1933-1935), considerada por muchos su obra capital, donde se expresa en verbalidades hasta entonces desconocidas en la poesía americana y donde altera para siempre el idioma español.
Neruda había tenido noticias de que un joven chileno se había quitado la vida y en sus manos le hallaron un ejemplar de Residencia en la tierra.
Para su autor, este episodio fue una de las experiencias más amargas de su vida y desde ese momento no quiso saber más de "aquel libro desdichado". Cuando visitó Hungría a comienzos de la década del 50 y los traductores le pidieron autorización para vertir dicho libro a su idioma, Neruda rechazó de plano la solicitud: "Es poesía de la desesperanza ---expresó---poesía que no ayuda a vivir sino a morir".
Sin embargo, pocos años después, en sus Obras completas, publicadas por Editorial Losada, de Buenos Aires, Neruda dio la absolución y apareció en su totalidad el libro ninguneado.
Y así, el desfile de las criaturas literarias desdeñadas por sus propios padres, se hace interminable. Sólo hasta muy avanzada su vida, Julio Cortázar reconoció a regañadientes que antes de su primer libro oficial, Los reyes (1949), había publicado una colección de sonetos titulada Presencia (1938), firmada con el seudónimo de "Julio Denis".
De la misma manera, tuvieron que pasar muchos años y llegar mucha gloria sobre la parábola vital y literaria de Gabriel García Márquez para que aceptara la publicación de sus primeros cuentos escritos entre 1947 y 1954. Sólo dos décadas después, dio su autorización para que esos relatos fueran recogidos en libro, bajo el título de Ojos de perro azul (1974).
Pero no todos los casos de auto-omisión de una obra obedecen a menosprecio estético. En 1971, el peruano Mario Vargas Llosa publicó un voluminoso estudio titulado García Márquez. Historia de un deicidio, en el cual abordó por primera vez la raigambre profunda de la narrativa del colombiano.
Este libro se estaba convirtiendo en manual obligado de consulta para los millares de lectores de la obra del fabulista de Macondo, cuando tuvo lugar en México un incidente personal entre los dos escritores. Ello, sumado a una diametral divergencia ideológica, forzó de modo absurdo a Vargas Llosa a desautorizar bruscamente todo tipo de reimpresión, traducción y promoción de este tratado tan juicioso y tan rotundo.
Otros motivos, aparentemente comprensibles llevan a los autores a esconder sus libros y a borrar sus títulos de las bibliografías. Miguel Ángel Asturias publicó en 1923 un ensayo juvenil, El problema social del indio, con el cual había obtenido el doctorado en Derecho en Guatemala. Este libro prácticamente nunca existió, hasta cuando su autor recibió el Premio Nobel en 1967 y los estudiosos escudriñaron en las profundidades de su prehistoria literaria.
Igual ocurrió con el mexicano Carlos Fuentes. Quizás por razones meramente literarias, olvidó que tres años antes de la publicación de su primer libro narrativo, Los días enmascarados en 1954, había dado a la luz un ensayo jurídico titulado La cláusula Rebus Sic Stantibus en el Derecho Internacional.
Pero su compatriota Octavio Paz optó por decisiones más drásticas: sencillamente borró de un plumazo libros enteros de su autoría por razones políticas. En ninguna de sus compilaciones poéticas aparecen sus libros primigenios, Luna silvestre y ¡No pasarán!, en cambio autorizó la inclusión de su "Elegía", dedicada a un compañero muerto en el frente de Aragón, en España, que luego de haberlo llorado en su poema comprobó que se hallaba vivo y saludable en la Ciudad Luz.
Saramago no se quiso acordar de su primera novela, Tierra de pecado, publicada en 1947, y sus curiosos lectores no saben qué hacer para que algún viejo amigo del Premio Nobel portugués lo desentierre de alguna biblioteca privada.
El genial andaluz Juan Ramón Jiménez, con su talante perfeccionista y monomaníaco con respecto a su Obra (así, con mayúscula, como él lo escribía), ordenaba y desordenaba continuamente sus libros. Revolvía las secciones y el orden cronológico y un día decidió arbitrariamente que sus libros publicados antes de 1923 no pasaban de ser "unos borradores silvestres".          
Con la anterior afirmación desdeñaba por lo menos veinticinco libros publicados entre 1900 y 1923, entre ellos Baladas de primavera, La soledad sonora, Platero y yo, Sonetos espirituales y Eternidades, entre otros.
Sería interminable el listado de autores que por razones diversas han desdeñado uno o más libros de su autoría, pero quizás los ejemplos más extremos podrían ser: Franz Kafka, quien no contento con renegar de las pocas obras que logró ver publicadas en su corta vida, ordenó a su amigo Max Brod que a su muerte quemara la totalidad de sus manuscritos, y el poeta norteamericano Ezra Pound, quien luego de haber publicado 50 libros ---poesía, crítica y economía--- declaró poco antes de morir que su vida no había sido otra cosa que "un error".

José Luis Díaz-Granados
 (Santa Marta, Colombia, 1946). Poeta, novelista y periodista. Obras principales: El laberinto (poesía, 1968-1984); Las puertas del infierno (novela, 1985, finalista del Premio Rómulo Gallegos); Rapsodia del caminante (poesía, 1996); Cuentos y leyendas de Colombia (1999); El otro Pablo Neruda (ensayo, 2004); Los años extraviados (novela, 2006) y Fulgor de la Calle Grande (novela, 2012). Sus libros de poesía se hallan reunidos en un volumen titulado La fiesta perpetua, Obra poética 1962-2002.

- Con-fabulación Nº 279 

- E-mail: confabulacion33@gmail.com
 

30/4/13

El país de las mujeres poetas
Por José Luis Díaz-Granados*
 
 
Cuando alguien nos pregunta por los escritores uruguayos favoritos, de inmediato se nos vienen a la cabeza los nombres de Juan Carlos Onetti, Enrique Amorim, Felisberto Hernández, Mario Benedetti y Eduardo Galeano, narradores de indiscutible talento y rigor estilístico.
Pero hay más: siendo Uruguay un territorio relativamente pequeño (sólo 175 mil kilómetros cuadrados de extensión y una población de 3 millones de habitantes), su bagaje intelectual es considerable.
Allí está, asomando su cabecita entre dos gigantescos vecinos: Brasil y Argentina, que en total suman 12 millones de kilómetros cuadrados y más de 180 millones de habitantes. Y sin embargo, Uruguay tiene una tradición literaria de primera línea con nombres como Juan Zorrilla de San Martín, autor de la epopeya nacional Tabaré, José Enrique Rodó, el pensador de Ariel y Los motivos de Proteo, Florencio Sánchez, padre del moderno teatro y el insuperable maestro del cuento corto, Horacio Quiroga.
Además, dio tres geniales aportes a la literatura de Francia con Isadore Ducasse, “Conde de Lautreamont”, Jules Laforge y Jules Supervielle.
Pero no todo termina ahí. Uruguay se destaca por poseer un extraño y hermoso privilegio: es el país que más mujeres poetas (o poetisas) ha producido en el planeta con respecto a su tamaño geográfico y demográfico, y teniendo en cuenta la alta calidad literaria de sus obras.
El torrente maravilloso se inicia con María Eugenia Vaz Ferreira –contemporánea de los modernistas José Santos Chocano, Leopoldo Lugones, Guillermo Valencia y su paisano Julio Herrera y Reissig–, poeta de melancólico acento. Con su libro La isla de los cánticos, publicada después de su muerte, acaecida en 1924, logró reconocimiento universal.
Delmira Agustini, nacida en 1886, expresó sus sentimientos a través de hermosas imágenes en versos de gran perfección formal. Asesinada a los 28 años por su esposo, celoso patológico que luego se suicidó, la vida y obra de la Agustini de confunde con la leyenda.
La trilogía modernista la completa otra poetisa de audiencia universal: Juana de Ibarbouru (1895-1979), llamada “Juana de América”, y quien con su primer libro, Las lenguas de diamante, publicado en 1919, se consagró tempranamente.
Posteriormente, esa poesía inicialmente ardorosa y erótica, derivó hacia tonos de marcado acento intimista, con predilección hacia los temas domésticos: la infancia, la familia, la maternidad, la naturaleza, etc. Las tres autoras inauguran un ciclo singular, yo diría único, de mujeres poetas que logran capturar al lector hacia insospechadas dimensiones de la lírica.
Sara de Ibáñez (1910-1971), cuyo primer libro, Canto, editado en 1940, está precedido por un entusiasta prólogo de Pablo Neruda. Casada con Roberto Ibáñez –poeta de hondas indagaciones existenciales–, se destacó por su gran riqueza expresiva, en libros como Hora ciega, Artigas y Apocalipsis 20.
La poesía de Clara Silva aparece como un retorno al romanticismo dentro de estructuras de tono más libre. Y aún más vehemente es el tono poético de Idea Vilariño, aunque más inclinada a las expresiones melancólicas, a la angustia existencial y a las más exquisitas depresiones.
Por su parte, otra autora de poemas muy leída por sus contemporáneos y aún por los más jóvenes, es Ida Vitale –nacida el año en que murió María Eugencia Vaz Ferreira–, preocupada por el misterio del tiempo y del ser, que a veces la lleva a inclinar su sentimiento hacia cierta elación mística. Cada uno en su noche, es su libro capital.
Son muchas y diversas las voces líricas del Uruguay, el país más pródigo en mujeres poetas. Algunas de ellas son también narradoras como las muy conocidas Cristina Peri-Rossi, Silvia Lago, Judith Baco, Raquel Martínez, Mercedes Rein y Rosario Peyrou.
No sé si Ana Basualdo sea poetisa, pero el fusilamiento invisible de que fue víctima en el Uruguay de los 70 contado por Eduardo Galeano en sus Días y noches de amor y de guerra, la han convertido a ella no sólo en leyenda viva sino en desgarrador poema.
María Esther Gilio, también periodista y narradora, ganó el Premio “Casa de las Américas” en La Habana, con su vigoroso testimonio sobre la guerrilla tupamara. Otra uruguaya, María Gravina Telechea, también ganó el codiciado galardón cubano con su libro Lázaro vuela rojo, que en opinión del poeta español Ángel González, sorprende “por su dominio pleno del lenguaje y así mismo por la belleza y vigencia del contenido”.
Y la cosecha de belleza lírica sigue creciendo con nuevos libros de la delicada y original Amanda Berenguer –contemporánea de la Vilariño–, Marosa Di Giorgio, Adriana Genta, Sara Larocca y Stella Santos (estas tres últimas más dedicadas al teatro), Esther de Cáceres, Circe Maia, Cristina Carneiro y Martha Canfield, uruguaya que vivió muchos años en Colombia y que actualmente escribe profusamente poesía y crítica en la divina Génova.
Estoy seguro de que en las antologías de la novísima poesía del Uruguay abundan las mujeres con textos maravillosos. En fin, algo muy especial debe tener un territorio tan pequeño para que en él habiten quienes a un mismo tiempo son poetas y poemas.

José Luis Díaz-Granados
(Santa Marta, Colombia, 1946). Poeta, novelista y periodista. Obras principales: El laberinto (poesía, 1968-1984); Las puertas del infierno (novela, 1985, finalista del Premio Rómulo Gallegos); Rapsodia del caminante (poesía, 1996); Cuentos y leyendas de Colombia (1999); El otro Pablo Neruda (ensayo, 2004); Los años extraviados (novela, 2006) y Fulgor de la Calle Grande (novela, 2012). Sus libros de poesía se hallan reunidos en un volumen titulado La fiesta perpetua. Obra poética, 1962-2002 (2003).

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8/3/13

El juego metafísico


BORGES Y LAS MUÑECAS RUSAS

                                                                                                            por Alina Diaconú

Dice la leyenda que en el siglo XIX un poderoso señor ruso llamado Alexei Manontov hizo llevar a Moscú una figura de porcelana, proveniente de la isla de Honshú, Japón, para regalársela a su amada.
La figura que representaba a un monje budista, se abría, y adentro había otra figura idéntica, más pequeña.
Tanto gustó esa pieza, que Manontov se la mostró a un artesano ruso y éste, inspirado por la porcelana japonesa, talló en madera de tilo la figura de una aldeana rusa, más ocho figuras idénticas, cada vez más pequeñas, que cabían dentro de la otra, al abrirse todas por la mitad.
Estamos hablando del artesano Vasili Zvezdochkin y de lo que luego serían mundialmente conocidas como las “Matrioshkas”, las muñecas rusas. Ellas representan una suerte de maternidad folklórica rusa, donde esta mujeres-caja, vestidas con el famoso “sarafan” están pintadas con brillantes colores y adornadas con flores, pájaros y estrellas. Cada “matrioshka” es original e irrepetible. Ellas circulan hoy por el planeta, talladas en madera de tilo o abedul, con sus diseños “aggiornados”, llevando siempre esa singularidad de forma y contenido, esos múltiples “secretos” que albergan.
¿Por qué hablamos de la “matrioshka”? Porque, al cumplirse 60 años de la aparición del célebre libro “Ficciones”, se nos hace imperioso asociar la obra de Borges en general, y esas historias en particular, en su construcción, a estas muñecas que se abren a otras muñecas, como los cuentos que contienen otros cuentos, como los poemas que contienen otros poemas.
Así están estructuradas muchas, muchísimas piezas literarias de Borges. Son cuentos de otros cuentos, que a su vez derivan en otros, voces que se multiplican a medida que uno se adentra en el texto.
En Borges es muy frecuente la alusión de un narrador a otras narraciones, de un nombre a otros nombres, de una acción a otra acción. Secretamente se va abriendo su texto, como una “Matrioshka”. Secretamente vamos entrando en el interior y allí se generan cada vez más implicancias, más espejos, más laberintos, más sueños, más desdoblamientos, más juegos con el infinito, uno dentro del otro, hasta llegar a la síntesis, a la muñeca más pequeña, tan pequeña que quizás ya sea invisible: nuestra esencia.
El pensamiento de Borges es un pensamiento metafísico.
La Metafísica fue definida por primera vez por Andrónico de Rodas. Y la conocemos fundamentalmente por Aristóteles, que la consideró “la ciencia primera” y le dedicó un libro, donde dividió a la Metafísica en tres partes: la Ontología que estudia el ser, la Teología que estudia a Dios y la Gnoseología que estudia el conocimiento.
Sabemos, entonces, que la Metafísica es esa parte de la Filosofía que se ocupa del ser. Que estudia el ser como tal, sus causas, sus principios, que contempla sus propiedades.
Se denomina “meta-física”, porque va más allá de lo que puede percibirse con nuestros cinco sentidos. Se ocupa de lo que está más allá de lo que experimentamos en los planos sólido, líquido y gaseoso que conforman el mundo físico.
La Metafísica, según Santo Tomás contempla las causas primeras.Para Kant ella es el estudio del Todo y, en su opinión, se confunde con la Ontología.
La Metafísica es el fundamento de prácticamente todas las filosofías, de todas las religiones y de todas las corrientes de pensamiento.
En gran parte de los planteos de Borges, para no decir en casi todos, aparece el interrogante metafísico, acorde a su agnosticismo. Son preguntas, perplejidades, que aceptan el ingrediente mágico, considerándolo real, pero incognoscible por parte del ser humano y de las limitaciones de su mente.
Por eso Borges es tan complejo. Porque, como decía Vladimir Nabokov, “ningún escritor de talla es sencillo”.
Vemos entonces que igual que en las muñecas rusas, Borges abre y se abre al misterio, más y más y cada vez se encuentra con más misterio, que a su vez engendra otro misterio. Pero al introducirse más y más en el enigma, se dirige hacia el núcleo de la existencia, hacia la semilla, que es el ser en sí.
Cuenta Borges en “El jardín de senderos que se bifurcan” del libro “Ficciones”:
“Ts’ui Pen creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; —sigue Borges— en algunos, existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En éste, que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravesar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma”.
Esta es la red creciente o decreciente de las Matrioshkas, según se las vaya abriendo o cerrando, según se las haga aparecer o desaparecer una dentro de la otra.
Y vamos a concluir este paralelo entre el mecanismo ficcional borgeano y la subdivisión o progresión de las muñecas rusas, con la estrofa primera y la última de ese poema tan conocido, y sumamente paradigmático de Borges en este sentido, que se llama “Ajedrez”, y que dice:


En su grave rincón, los jugadores
Rigen las lentas piezas. El tablero
Los demora hasta el alba en su severo
Ámbito en que se odian dos colores.
(...)

También el jugador es prisionero
(La sentencia es de Omar) de otro tablero
De negras noches y de blancos días.

Dios mueve al jugador y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
De polvo y tiempo y sueños y agonías?

En la idea de Borges, como en el juego de las muñecas rusas, siempre hay algo detrás, algo o alguien detrás de la pieza de ajedrez, de la mano del jugador, del jugador y de Dios mismo.
Ese es el misterio, la pregunta que Borges formula en este poema y en prácticamente toda su obra. Y éste es el interrogante mayúsculo, el que quizás todos nos formulemos. Y que se llama Metafísica.

                                                                                 
                                                                                                      
De “Ensayo General”. Reflexiones sobre la Literatura, Borges, los Mitos, los Maestros, las Pioneras, el Más allá. Ed. Fundación Internacional Jorge Luis Borges -Buenos Aires, Argentina-
http://cristinaberbari-fijavertigos.blogspot.com/

28/2/13

¿Plagio, imitación o coincidencia?

Por José Luis Díaz-Granados*

   Dicen que las ideas, como los temas de la buena poesía, están en el aire. Por eso no nos debemos asombrar si un poeta australiano le canta a una mujer mulata de ojos dorados que viste una camisa púrpura y se desmaya cada vez que se pone el sol, y resulta que a una dama con iguales rasgos, colores y vahídos, también le está cantando un vate en Bolivia.
Son los componentes de la atmósfera los que llevan a uno y a otro aquella carga emocional tan detallada.
En épocas muy anteriores al internet, y en otro terreno, el científico colombiano Federico Lleras Acosta murió en El Cairo de física ira, al comprobar que su remedio contra la lepra había sido descubierto y patentado años atrás por un sabio japonés.
Hasta ahí la coincidencia. Otra cosa, necesaria y edificante, es la influencia. El tono elocuente y el ambiente exuberante de Los funerales de la mamá grande de Gabriel García Márquez acusa marcada influencia de El Gran Burundún-Burundá ha muerto, diatriba retórica de su coterráneo Jorge Zalamea, quien a su vez estaba influido por el Elogio de una reina africana de Saint-John Perse.
En materia literaria aparecen a menudo asuntos que no parecen ser muy coincidenciales. El personaje de Don Juan, por ejemplo, fue exprimido hasta la saciedad por Lope de Vega, Tirso de Molina, Corneille, Moliére, Pushkin, Merimés y Byron, hasta que el español José Zorrilla logró darle su real dimensión en su célebre Don Juan Tenorio. Pero hasta mediados del siglo XX, Georges Bataille y Tennessee Williams seguían escudriñando las entrañas de ese individuo amoral y fantoche.
Cuando Pablo Neruda, en los albores de su vida literaria, publicó su famoso libro Veinte poemas de amor y una canción desesperada, fue acusado de plagio por quien después se convertiría en uno de sus más entrañables amigos, y acaso, en su mejor biógrafo: Volodia Teitelboim.
Dejemos que el mismo Volodia nos cuente el episodio: "Un día, en El jardinero de Radindranath Tagore, me sonó en el oído el número 16 de Veinte poemas de amor. Comparé los textos. Eran casi iguales. Sólo que, como dijo años más tarde el poeta mexicano Efraín Huerta, me quedo una y mil veces con la paráfrasis de Neruda".
El texto de Tagore en su poema 30, decía: “Tú eres la nube crepuscular del cielo de mis fantasías. / Tu color y tu forma son los del anhelo de mi amor. / Eres mía, eres mía, y viven en mis sueños infinitos”.
Y el de Neruda en su poema 16: “En mi cielo al crepúsculo eres como una nube / y tu color y forma son como yo los quiero. / Eres mía, eres mía, mujer de labios dulces, / y vives en tu vida mis infinitos sueños”.
Pero bueno, y sobre esto ¿qué dijo el propio Neruda? Cuando el libro estaba ya en la imprenta, el poeta le pidió a un amigo que le recordara incluir una advertencia sobre la paráfrasis de Tagore. El amigo le dijo: "No sea tonto, Pablo. No lo haga. Lo acusarán de plagio. Será una propaganda sensacional y el libro se venderá como pan caliente".
En realidad Neruda escribió la paráfrasis de aquel poema sólo para complacer a Teresa, su musa, que admiraba mucho a Tagore.
Por lo demás, para aprender hay que imitar. Los estudiantes de bellas artes comienzan por copiar los retratos, los paisajes y las naturalezas muertas de los pintores clásicos. El mismo Neruda en sus memorias dice:
"Yo no creo en la originalidad. Es un fetiche más, creado en nuestra época de vertiginoso derrumbe. Creo en la personalidad a través de cualquier lenguaje, de cualquier forma, de cualquier sentimiento de la creación artística (...) Sin embargo, es esencial conservar la dirección interior, mantener el control del crecimiento que la naturaleza, la cultura y la vida social aportan para desarrollar las excelencias del poeta".
Y agrega: "En los tiempos antiguos, los más nobles y rigurosos poetas como Quevedo, por ejemplo, escribieron poemas con esta advertencia: Imitación de Horacio, Imitación de Ovidio, Imitación de Lucrecio".
Los inquisidores policiales del plagio se agradaban en descubrir supuestos calcos en la obra del dramaturgo Bertold Brecht. Éste, haciendo gala de exquisito humor, afirmaba al respecto: "Marx dice que la tierra no es de nadie. Y si la tierra no es de nadie, mucho menos las palabras".
Vargas Llosa ha afirmado más de una vez que cuando un texto ajeno pasa a integrar una obra, ya pertenece a esa obra. Así, el Quijote estaría repleto de párrafos ajenos, pero que ya son definitivamente del Quijote. Lo mismo pasa con la vasta obra de Shakespeare y la de Goethe (especialmente en el Fausto de éste último).
A propósito de Shakespeare, en una escena del acto V de Ricardo II, el personaje clama: "Yo he gastado mi tiempo y me han gastado". Borges en El otro, el mismo, dice tranquila y dulcemente: "Has gastado los años, y te han gastado".
Los ejemplos son infinitos, sobre todo con la llamada "doble columna", en la que se constata un posible plagio.
Sin embargo, a veces el plagio supera lo plagiado. Dicen que el colombiano Porfirio Barba-Jacob calcó su poema "Canción de la vida profunda" de un texto de "En los bordes del jarrón" del francés Alberto Samaín. El de Porfirio es de todas maneras, uno de los más bellos de la lírica latinoamericana: “Hay días en que somos tan móviles, tan móviles, / como las leves briznas al viento y al azar, / tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonría... / la vida es clara, undívaga y abierta como el mar”.
En cambio sí que nos parece grave cosa cuando un autor en la cumbre de la celebridad, como Camilo José Cela, después de haber ganado premios Nobel, Cervantes, Príncipe de Asturias, Reina Sofía y Planeta, a los 85 años, haya plagiado la novela de un anónimo concursante que participaba en un evento del cual Cela era jurado ---según denuncias públicas que estremecieron el mundillo cultural español---, y la haya publicado poco antes de morir con el título de La cruz de San Andrés, con mucho éxito crítico y de ventas. Ni le agregó nada a su gloria y en cambio culminó de manera “non sancta” su controvertida parábola literaria.

José Luis Díaz-Granados
(Santa Marta, 1946). Poeta y novelista colombiano. Su novela Las puertas de infierno (1986), fue finalista del Premio “Rómulo Gallegos”. Sus libros de poesía se hallan reunidos en un volumen titulado La fiesta perpetua. Obra poética, 1962-2002 (2003).


- Con-fabulación Nro.180 
- E-mail: confabulacion33@gmail.com

31/1/13

La Idea del Lunes

Los libros que me quedan por devolver

                                                                 por Reynaldo García Blanco

Tengo dos bibliotecas. La que siempre me ha acompañado en los sucesivos exilios provinciales y esa otra que son los libros que he prestado. Releyendo los Diarios de Lezama Lima me entero que el gordo de Trocadero anotaba los préstamos: Libros prestados a Rodríguez Feo. Trilce; A. Caro; B. Las flores del mal (francés). La Dorotea. Antología de la poesía moderna en Cuba. Garcilaso; Églogas.
 
Una pregunta: ¿El mecenas de Orígenes devolvió en tiempo y forma esos libros? En la biblioteca del monasterio de San Pedro en Barcelona hay una inscripción que dice: “Para aquel que roba, o pide prestado un libro y a su dueño no lo devuelve, que se le mude en sierpe en la mano y lo desgarre. Que quede paralizado y condenados todos sus miembros. Que desfallezca de dolor, suplicando a gritos misericordia, y que nada alivie sus sufrimientos hasta que aparezca. Que los gusanos de los libros le roan las entrañas como lo hace el remordimiento que nunca cesa, y cuando, finalmente, descienda el castigo eterno, que las llamas del infierno lo consuman para siempre…” Palabras duras y precisas que lo mismo sirven para un escritor llamado Rafael Vilches o un grupo de poetas que escriben al borde de la carretera central.


Imagino a Lezama, por el laberinto biblioteca, lamentando el haber prestado a García Vega El Satiricón, El doncel Erasmo o el número de Sur con Cabezas tormentosas.

En cierta ocasión visité la biblioteca de Ronel González y encontré un simpático cartel: HOY NO PRESTO. MAÑANA SÍ.
Recuerdo con cierta fruición un pasaje de La vida está en otra parte, novela de Milan Kundera cuando Jaromil estaba orgulloso de que el pintor le prestara libros de su biblioteca pero con recordatorio reiterado de que nunca se los prestaba a nadie, que era el único que había alcanzado ese privilegio.

Capítulo aparte merecen aquellos que prestan libros que les prestan. Yo también tengo mi lista negra. Recién pude recuperar la primera edición en español del Ulises (Joyce). Extraño los tomitos verdosos de En busca del tiempo perdido (Proust) publicados por Alianza. La metamorfosis (Kafka) duerme su sueño de cucarachón en un pueblo llamado Baire, La montaña mágica (Mann) se ha quedado por Jiguaní, El gran Gatsby (Fitzgerald) tiene a su lado una fecha: (sep/9/2005) y unas siglas que no logro recordar (E.E.R). Dos de mis libros preferidos: Siempre sale el sol (Hemingway) y Luz de agosto (W. F.) se los presté a Vilches que a su vez se los prestó a una rusa que regresó a su Leningrado distante y querido.


He vuelto a comprar La muerte de Virgilio (Broch) en una sobria edición de Arte y Literatura pues Rigoberto Rodríguez Enteza se niega a devolverme la primera edición argentina. A uno de esos talleristas que llegan, besan y se van le presté, de la colección Cocuyo, Un día en la vida de Ivan Denisovich (Solzhenitsin) y ojos que te vieron ir, ojos que no te han visto regresar.

Pero yo no soy un santo. Tengo en mi poder algunos librillos que me da cierto miedo devolver. Es un miedo Borgiano: El aleph (Borges), La invención de Morel (Bioy Casares). Alguien me pide a gritos una edición autografiada de Pedro Páramo (Rulfo) y comprada a precio de usura en la librería Renacimiento. Ayer devolví Gran sertao veredas (Guimaraes Rosa) publicada por Casa. Levanto mi vista y mis dos bibliotecas se dan la mano y se hacen una sola. La escoltan los libros que me quedan por devolver.

- "Ideas" Nº 90, II época - Centro de Promoción Literaria José Soler Puig - Santiago de Cuba. 

19/1/13

La Idea del Lunes

                                                                             por Reynaldo García Blanco

El acto escritural se agota. Convencidos ya de que los discursos que hoy se acumulan acaban por matar la inspiración, a los que ofician con las palabras no les queda más remedio que buscar otros cotos para la creación. Como un guerrero que busca su propio despojo en el campo de batalla donde ha perdido uno de sus combates, el poeta ha de levantarse como Lázaro y caminar por un sendero que ha de tener tantos tropiezos como los de sus progenitores.

Como esas papeleras de reciclaje que terminan por colapsar, la poesía asiste a estertores y pataleos solamente existentes en aquellos días de crisis por guerras mundiales. Aunque los tiempos no han cambiado mucho, las dificultades han llegado por diferentes vías que nos llevan a la percepción de lo que pudiera llamarse géneros híbridos.
Los menos apocalípticos van a Francis Ponge: El amor a las palabras es de alguna manera necesario entonces para el goce de las cosas. En el otro extremo hacen barricadas los que apuestan por el braille, por el eterno vacío pascaliano, por la vasectomía gramatical. Ha de volver el péndulo que todo lo arrastra y la poesía tribuna, la poesía pancarta, la poesía gutural de garrote y sentencia, brote sola y con esplendor.


Hace muy poco en uno de esos espacios de dialogar de la nada y de lo profundo escuchaba este cuento Zen: Na-in, un maestro japonés de la era Meiji (1868-1912),  recibió cierto día la visita de un erudito, profesor en la Universidad, que venía a informarse acerca del Zen. Na-in sirvió el té. Colmó hasta el borde la taza de su huésped, y entonces en vez de detenerse, siguió vertiendo té sobre ella con toda naturalidad. El erudito contemplaba absorto la escena hasta que al fin no pudo contenerse más: “Está llena hasta los topes. No siga, por favor”.
Como esta taza —dijo entonces Na-in, está tú, lleno de tus propias opiniones y especulaciones. ¿Cómo podría enseñarte lo que es el Zen a menos que vacíes primero la taza?
Historia que me parece muy ilustrativa para los efectos poéticos de hoy. La palabra arrasada por ella misma se agolpa en los predios del poema. La espiración, los espacios en blanco, el silencio, la topografía (y no tipografía) sino el terreno movedizo en que se mueve el texto... todos ellos piden una presencia, sea verbal, sea mental, sea fisiológica. Oportunidad única para que el poema sea cuerpo, sea animal crucificado o simplemente un algo que respira, jadea, tiene orgasmo y fertiliza en algunas ocasiones. 


El acto escritural se agota y hay que explorar todos los soportes posibles para que el poema entable el canto o lo que nos rodea, a esos gestos, frases, acciones cotidianas que encierran en sí misma el poema que vendrá. Esa fecha, como el futuro, puede durar mucho tiempo. Pero vale la advertencia: El acto escritural se agota. Salvarlo puede ser una buena idea. Dejar que se destruya puede ser una manera de resurrección.


-Del boletín “Ideas”, publicación del Centro de Promoción Literaria "José Soler Puig", Santiago de Cuba. II época, Nº 74.
 

6/1/13

Antes fue Lilith

                                                                                    por Jorge Luis Borges
                                                                                                   "El libro de los Seres Imaginarios"

"Porque antes de Eva fue Lilith", se lee en un texto hebreo. Su leyenda inspiró al poeta inglés Dante Gabriel Rossetti (1828-1882) la composición de Eden Bower. Lilith era una serpiente; fue la primera esposa de Adán y le dio glittering sons and radiant daughters (hijos resplandecientes e hijas radiantes). Dios creó a Eva, después; Lilith, para vengarse de la mujer humana de Adán, la instó a probar del fruto prohibido y a concebir a Caín, hermano y asesino de Abel. Tal es la forma primitiva del mito, seguida por Rossetti. A lo largo de la Edad Media, el influjo de la palabra layil, que en hebreo vale por "noche", fue transformándolo. Lilith dejó de ser una serpiente para ser un espíritu nocturno. A veces es un ángel que rige la generación de los hombres; otras es demonios que asaltan a los que duermen solos o a los que andan por los caminos. En la imaginación popular suele asumir la forma de una mujer silenciosa, de negro pelo suelto.