28/3/14

Hotel La Fonda



por Arístides Vega Chapú,
(Santa Clara, Cuba)


Parecería levantado con la arena del río Bravo
o una simulación de cenizas de un fuego muy antiguo
apagado por sí solo.
El hotel La Fonda, en Taos,
semeja esa forma que adquiere la arena amasada por
un niño
que por su edad no supone pueda su obra despeñarse
en cualquier momento.
Instante para amasar de nuevo la arena y volverlo a intentar,
tantas veces como el sol le permita.
Lo sucedido de este lado está por contarse
mientras el imperceptible viento levanta con sutileza
un polvo arenoso que se restriega con fruición
contra las paredes del hotel y contra mis ojos.
Nadie duda han sido levantadas con arenas de un río
cuyo nombre se asocia a sucesivas crucifixiones.
Nadie me dijo lo que  pareció obvio.
A pesar de que la arena sigue compacta
como si el edificio hubiese sido sembrado en la aridez
de una tierra en la que se sostienen algunos arbusto.
Protegido quizás por los cerros distantes,
ocultos tras nubes muy bajas,
extendidos con aparente ingravidez hasta donde la vista alcanza.
Pese al calor no se deshacen de la nieve,
caída meses atrás, cuando todos abandonaron sus casas
para dar fe de su bonanza y traer sobre sus hombros
los animales desvanecidos,  ya sin sangre,
con el tufo de las resinas de los legendarios árboles
crecidos a esa distancia del cielo.
Siempre he visto la nieve desde muy lejos,
en lo más alto de los cerros a los que no he podido llegar.
Nunca caer sobre mí, como ha sido mi deseo.
Los cazadores llegan de sitios distantes y ocupan cualquier lugar,
sin que nadie precise saludarse.
Sin levantar la vista
como si no existiese nada posible de identificar
entre ellos y el cielo donde Dios suele ocultarse.
Alguien pregunta por la reserva india
y con parquedad se le hace saber
que hoy no admiten la entrada de turistas.
Celebran una fecha sagrada, esgrime como rotundo argumento,
palabras que muy pronto pierden su sonido
en tan desolado paisaje.
En las noches frías de Taos sólo se escucha el aullido de los lobos.
Pelambre gris, ojos blancos y una expresión de tristeza
de la que me he compadecido.
Algunos han sido domesticados y se muestran junto a sus amos
sujetos del arreo,
con el que han doblegado su ancestral fiereza.
Alzo la lámpara y lo que escasamente queda expuesto parpadea,
como si todo fuese efímero y nada estuviese
al alcance de mi mano.
Como si Taos fuese otra de mis invenciones.


8/3/14

Que la tierra te sea leve

Por Amparo Osorio



El siguiente texto, poético homenaje al epitafio, pertenece al libro Cronistas bogotanos, 
publicado por La Colección Los Conjurados y ya distribuido en las más importantes librerías de Colombia.

Al pasear por sarcófagos, sepulturas, sepulcros, tumbas, mausoleos, lápidas, panteones o criptas... nombres que al pronunciarlos en cualquier idioma traen un viento frío y parecen inventados por la terrible imaginación de Edgar Allan Poe o por H.P. Lovecraft, es posible encontrar sentencias consagratorias, alegóricas o irónicas, esculpidas para resumir los pasos del difunto.
Esta voz de piedra de la muerte que existe en las más diversas culturas es conocida como Epitafio, del latín tardío Epitaphium (que se hace sobre una tumba), y es tan antigua que no se tiene una cronológica adopción de su uso, presumiéndose que fue asimilada por la mayor parte de los pueblos del mundo como último eslabón con sus seres desaparecidos.
Y así como los dioses también mueren y de algunos se conservan sus tumbas, en la del dios Osiris, ubicada en Sais en el Bajo Egipto, existen signos del período ptolomeico, que a manera de epitafio cuentan la vida del imponente personaje mítico: Esta es la forma de aquel que no puede ser nombrado, Osiris el de los Misterios, que brota de las aguas que retornan.
La Antigua Grecia y la reciente Italia, a pesar de la costumbre de incinerar a sus muertos, son culturas en las que el epitafio es imprescindible, extendiéndose a galerías, claustros, obeliscos y medallones que no necesariamente contienen las cenizas del viajero. Así, sobre la tumba vacía construida por el pueblo de Florencia en honor a su más digno hijo: Dante Alighieri (1265-1321) y que está ubicada en la Basílica de Santa Cruz, se lee la inscripción: Onorate l'altissimo poeta («Honrad al más alto poeta»). Sin embargo el cuerpo de Dante permanece en su tumba en Rávena, provincia de la Emilia-Romaña al nororiente de Italia, donde sucedieron sus últimos días.
Los romanos que incluían casi siempre una deprecación en favor del muerto comenzaban así su temible adiós: Sit tibi terra levis (Que la tierra te sea leve) o Siste, viator (Deténte, caminante) inscripción ésta última que fue durante siglos una de las más usadas, debido a que los entierros se efectuaban en la orilla de los caminos. Luego de alguna de estas frases, se procedía a la exaltación del fallecido.
El cuerpo de Dionisos (o Baco el Perfecto), enterrado en Delfos junto a la estatua de Apolo, contenía sobre la tumba la leyenda: Aquí yace muerto Dionisos, hijo de Semele, frase comprobatoria de que estas exaltaciones no sólo eran propias de hombres sino que frecuentaban las esferas inmortales.
En Esparta se concedía el honor del epitafio sólo a los guerreros que morían luchando por la patria. Sobre la tumba de Leonidas, caído en la batalla de las Termópilas, reza la siguiente inscripción: Pasajero, ve y di a Esparta que sus hijos han muerto por obedecer sus leyes.
Recaen sin embargo dentro de los epitafios toda suerte de adjetivos, desde íntimos, amorosos, despreciativos, poéticos, altruistas, metafóricos, etc., y cuyo memorable inventario podría hacerse infinito por esos lazos de eternidad que se tejen con la muerte, sin distingo de credo, profesión o raza.
Así, uno de los más evocados que no realza los atributos del difunto, es el escrito sobre la tumba de Richelieu: Aquí yace el Cardenal Richelieu que hizo mucho bien y poco mal, pero el mucho bien lo hizo mal y el poco mal lo hizo bien...
La Enciclopedia Británica para ejemplificar lo que era un epitafio epigramático y satírico, refiere estas líneas sobre el rey Carlos II: Él nunca dijo una cosa tonta, pero tampoco dijo una cosa sabia.
Como culto al amor podríamos citar la sentencia que reposa sobre la tumba de Antínoo, amante favorito del emperador romano Adriano, en cuya lápida los embalsamadores egipcios esculpieron: Obedeció a la orden del cielo. O aquel perteneciente al inmortal verso de Quevedo que a lo largo del mundo ha sido adoptado para innumerables tumbas: Polvo serás, más polvo enamorado.
El mismo Adriano, fallecido en el año 139, cuyos restos reposan en el célebre castillo de Sant Angelo, ubicado en la orilla derecha del Tíber en la ciudad de Roma y construido bajo su reinado, escribiría para ser grabada en su tumba la siguiente irónica frase: Turba medicorum perit (He muerto a manos de una turba de médicos).
El epitafio de William Shakespeare cuyos restos se encuentran en la Iglesia de la Santísima Trinidad en su natal Stratford-upon-Avon surgió de su propia pluma y contiene una advertencia: Bendito sea el que respete estas piedras y maldito el que mueva mis huesos. Hubiera sido sin embargo más preciso al autor retomar las últimas palabras del príncipe Hamlet en su agonía: Lo demás es silencio
De una admirable elementalidad podemos decir que es la inscripción sobre la lápida del genio alemán Goethe: Era un hombre; o aquella de letras azules que surge emotiva sobre la tumba de Miguel Hernández, ubicada en el cementerio de Nuestra Señora del Remedio, en Alicante: Aunque bajo tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra que yo te escribiré.
El escritor francés Stendhal autor de Rojo y Negro aseguró su memoria en la piedra con las siguientes palabras: Vio, escribió, amó. Y el poeta chileno Vicente Huidobro, cuyo deseo fue ser enterrado en una colina frente al mar de Cartagena (Chile), escribiría también su propio recuerdo: Aquí yace el poeta Vicente Huidobro/ Abrid la tumba/ Al fondo de esta tumba se ve el mar.
Ejercitado también por los sajones, nórdicos y escandinavos, se han encontrado diseminados por el mundo innumerables epitafios tallados por los vikingos en sus piedras rúnicas.
Extrañamente tomado de la Völsunga Saga (Cantos de la Edda Mayor) que relata los rasgos de las culturas germánicas medievales, María Kodama decidió para la tumba del oracular Borges que reposa en el Cimetière des Rois en Ginebra, la casta frase: Empuña su espada y la pone entre sus desnudeces.
Sobre la lápida de Copérnico encontramos una de las más poéticas y escalofriantes inscripciones: Sta, Sol, ne moveare (Deténte, Sol, no te muevas) y sobre la de Alejandro Magno impresa por sus contemporáneos: Esta tumba debe bastar a aquel a quien no podía bastar el mundo.
Recorriendo el Cementerio de Rarogne Churchyard, de Canton Valais en Suiza hallamos la más romántica de las tumbas para uno de los mayores poetas alemanes. En la piedra esculpida bajo la que reposan los restos de Rainer Maria Rilke se lee: Sublevación o pura contradicción/ amaría ser el sueño de nadie/ bajo tantos párpados cerrados.
En el cementerio de Swan Point en Rhode Island, cualquier visitante puede leer con perplejidad la inscripción funesta, escrita por uno de los mayores maestros del terror: H.P. Lovecraft, verdadero deleite para los seguidores de Los Mitos de Cthulhu: No muere lo que puede eternamente descansar aunque muera mi muerte.
No menos impactante podríamos decir que es el epitafio que acompaña al francés André Breton, el Papa del Surrealismo (1896-1966), cuyos despojos reposan en el cementerio de Batignolles en París: Yo busqué el oro del tiempo.
El pintor y fotógrafo surrealista Man Ray fue definido con la siguiente inscripción sobre el mármol: Despreocupado pero no indiferente, y William Butler Yeats, premio Nobel de Literatura, versificó su propio epitafio al escribir: Mira fríamente en vida a la muerte, mientras pasa su jinete...
Bajo una luna blanca al lado de la tumba de su última esposa (Carol Dunlop) en el Cementerio de Montparnasse en París, los restos del escritor argentino Julio Cortázar (1914-1984) permanecen acompañados de leyendas, piedritas para jugar a la Rayuela, dibujos infantiles y flores que los lúdicos adoradores depositan, al lado de una temblorosa frase seguramente escrita por alguno de sus lectores latinoamericanos para señalarnos lo que hubiera sido su mejor epitafio: Aquí yace el Cronopio Mayor.
En el Zentralfriedhof (Cementerio central de Viena, Austria), se encuentra la imponente tumba de uno de los inmortales genios de la música: Ludwing van Beethoven, cuya inscripción recogió las últimas palabras del genio alemán: Que los amigos aplaudan. La comedia ha terminado.
El caminante que recorra el Lincoln Cemetery en Kansas City, puede observar el simbolismo impreso sobre la lápida del jazzista Charlie Parker que a manera de epitafio imaginario representa un pájaro sobrevolando un saxofón, con la única y modesta inscripción: Bird.
No obstante la importancia de un lugar físico para el reposo del ausente, las frases del adiós nos conmueven porque sintetizan el alma de inmortales o anónimos seres cuyas obras y vidas fueron una leyenda. De esta forma podemos deducir que algún día es posible leer sobre una ola el ruego del poeta inglés John Keats, cuyo último deseo fue: Pido que mi epitafio sea escrito sobre el agua.
Por su parte Juan Rulfo el incomparable narrador mexicano que escribió una de las más totalizantes novelas sobre la muerte titulada Pedro Páramo, definida por algunos críticos como un epitafio de 120 páginas, donde los muertos más antiguos hablan con voz más queda y más lejana que los recientes, termina su novela con lo que quizá pudo haber sido su epitafio mayor: Y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras.
En la Quinta de San Pedro Alejandrino, ubicada en Santa Marta (Colombia), monumento histórico donde falleció Simón Bolívar, el 17 de diciembre de 1830, se lee a manera de epitafio la célebre y triste frase: Aré en el mar y edifiqué en el viento, palabras pronunciadas en su agonía, por este romántico Libertador de América
El escritor norteamericano Edgar Lee Masters (1869-1950) en Los Poemas de Spoonriver, recrea la historia de los moradores de un pueblo, sus costumbres, sus amores y sus oficios a través de epitafios escritos en primera persona, oscuro oficio que no le impidió crear su propio recuerdo pétreo: Yo soy un soñador de la muerte bendita. Caminemos y escuchemos la alondra.
La lápida funeraria de Ray Douglas Bradbury (1920-2012) uno de los mayores escritores de ciencia ficción de todos los tiempos, ubicada en el Westwood Village Memorial Park de California, lleva como epitafio y a petición del propio Bradbury, la frase: Autor de Fahrenheit 451
Malcolm Lowry, el novelista inglés, eterno ebrio, autor de la magistral novela Bajo el volcán, dejó escrito en verso igualmente su epitafio: Difunto del Bowery/ su prosa era florida/ a veces brillante/ vivió de noche y bebió de día/ y murió tocando el ukelele.
También el gran ensayista y poeta mexicano Octavio Paz imaginó en uno de sus primeros libros su bello epitafio: Quiso cantar, cantar/ para olvidar/ su vida verdadera de mentiras/ y recordar/ su mentirosa vida de verdades.
Otros sin embargo, desposeídos de la tragedia de la muerte, continúan recibiendo la celebración póstuma a su vida. Así, sobre la tumba de la superestrella del rock Jim Douglas Morrison (1943-1971) ubicada en Le Père Lachaise en París, se congregan frecuentemente fanáticos de todas las latitudes, para entonarle sus propias canciones y beber en su memoria, mientras escriben infinidad de grafitis como el siguiente: Eres la reencarnación de un gato, lectura que es rápidamente sustituida cuando se lee su lapidaria sentencia: Cancelo mi pasaporte a la resurrección.
Y después de esta suma de frases del adiós, no es necesario agregar que el epitafio, la voz de la piedra, la tentativa de inmortalizar un gesto, un oficio, un amor, una victoria, una religión o una utopía, es una constelación que nos evoca, un signo que fija el rostro, el sueño inmóvil de alguien que un día fue de carne y hueso, y que hoy apenas habita en el viento.


Amparo Osorio nació en Bogotá. Poeta, narradora y ensayista. Ha publicado los libros: Huracanes de sueños (1983); Gota ebria (1987), Territorio de máscaras (1990); La casa leída (Antología de autores universales sobre el tema de la casa, 1996); Migración de la ceniza (1998); Omar Rayo, Geometría iluminada (entrevista 2001); Antología esencial (2001); Memoria absuelta (2004), Estación profética (2010) y Grandes entrevistas de Común Presencia (coautora, Premio Literaturas del Bicentenario del Ministerio de Cultura, 2010). Es Editora General de la Revista Literaria Común Presencia, y codirectora de la colección Internacional de literatura Los Conjurados. Varios de sus poemas han sido traducidos al inglés, árabe, francés, italiano, portugués, húngaro, alemán, rumano, ruso y sueco. Obtuvo la primera Mención del concurso Plural de México (1989) y la beca nacional de poesía del Ministerio de Cultura (1994). Es co editora del periódico virtual Con-Fabulación. 

Con-fabulación Nº 315  - Colombia
E-mail: confabulacion33@gmail.com

12/2/14

Centenario Cortázar




  Tal vez nos mire burlón desde el otro lado, investigando aún qué sitio es ese en el que está, sintiéndose extraño y muy despierto, alegre porque la búsqueda no termina, porque las certezas no son absolutas tampoco allí, donde canta un pájaro de cabeza albina que anda sobre dos patas con una forma que ninguno de nosotros ha visto nunca, que ninguno de nosotros jamás verá. 

3/2/14

La Idea del Lunes / 3 de febrero de 2014



LA BONDAD ES SIMPLE; LA MALDAD, MÚLTIPLE


                                                                                   Por Reynaldo García Blanco


Quiero hablar de un acto íntimo. Muchos ya saben que se puede hacer de pie, de rodillas, acostado en la cama de un tren en marcha o en un diván tibetano. Cuando se descubre se convierte en un verdadero vicio, en pecado perdonable, en lujuria que se lleva a lo largo de la vida como un estigma. Cuando se aprende bien y se comparte, tiene la rara combinación de lo infame y maravilloso. Cuando entramos a este misterio estamos a un paso de convertirnos en unos malvados encantadores.
Los primeros designios del vicioso y depravado que llevamos dentro pasan por este acto y no hay autocensura. El adolescente descubre la magia de ser diferente, deja a un lado los juguetes de la reciente infancia y los amigos pasan a un segundo plano. Aquí comienzan a sospechar algunos padres.
Los que entran por estos caminos se vuelven corruptos, forman cultos y cofradías con su propio ángel o demonio. Hablo de un acto monstruoso y degenerado que sólo comulga con la entera libertad, que viola fronteras, derrumba las murallas de los castillos, las rejas de los cuarteles.
Entrar por estos caminos es descubrir el valor del silencio, regodearse en la sonrisa cómplice de Maquiavelo o ser el eterno niño, subversivo y sacrílego.
Son unos libertinos, dicen los más conservadores. Son unos siniestros, dicen los críticos más feroces, pero lo cierto es que estoy hablando de un acto salvador que tiene mucho de disoluto y amoral. Es un acto raro y portentoso que abre puertas secretas. La gente se vuelve admirable y famosa, domina varios prodigios. Para entonces todo puede percibirse de manera sobrenatural y fantástica.
Es quimérico, sobrehumano y por su carácter inusitado es dable al asombro, a la locura es el autoplacer, el orgasmo, el éxtasis. Es elevación, rapto y delirio.
El apóstol Pablo hablaba de que la Ley escrita da muerte, mientras que el Espíritu da vida. Aquí se pierden las fronteras y a cada instante otro mundo está por comenzar.
Se puede hacer a cualquier hora y en cualquier sitio. Se puede hacer antes o después del fragor de una batalla. Se puede hacer en la cárcel o el desierto minutos antes de morir de sed o de espanto. Se puede hacer a contra luz o con todo el sol de frente.
Se puede hacer de pie mientras el Pontífice hace su discurso. Se puede hacer de rodillas mientras a nuestro lado alguien se confiesa. Se puede hacer en la habitación más calida de nuestra casa mientras los mayores están de vacaciones o en el mercado.
Tal vez haya que buscar el misterio en Aristóteles cuando dijo que la bondad es simple, la maldad múltiple.
Demos loas a este maldito acto hereje, inconoclasta, terrible. Demos loas a este acto sugerente, liberador, tan lleno de matices y sobresaltos.
Yo los convido a ustedes, amantes de los libros a brindar por el inmenso placer que es la lectura.

 - La Idea del Lunes/ 3 de febrero de 2014 - Santiago de Cuba, Cuba 
- E-mail:  regabla@cultstgo.cult.cu
 

27/1/14

La Idea del Lunes / 27 de enero de 2014


LA PIANISTA Y EL CAPITÁN DE NAVÍO

                                                                       Por Reynaldo García Blanco


Acabo de recibir una carta. Digo carta con cierta nostalgia y el cartero que no ha tenido que llamar tres veces, lo sabe. De una docena que solía traerme a la semana, ahora acaso me deja con cierto desgano y tristeza, una o dos. La misiva es del poeta y narrador Otilio Carvajal Marrero. Este fraterno amigo sigue a la usanza de los viejos tiempos. Quiere venir a Santiago de Cuba tras el rastro de la pianista, pedagoga, crítica e investigadora musical Ñola Sahig y del capitán de navío de la Armada española Domingo Montes y Regüeiferos.
Otilio Carvajal pretende unir a estos personajes de verdad en una historia ficticia que comienza en Santiago de Cuba en enero de 1863, pasando por la Academia Teresiana y el Conservatorio Raffols, y termina a bordo del yate real Giralda, anclado en el puerto de Gijón, España. Acá le tengo programas de conciertos, fotos, cartas originales y otras minucias epocales que espero le sirvan para continuar dando cuerpo a su manuscrito que ya va por unas cuantas páginas.

Ñola Sahig por sí misma merece una novela. Nació hacia 1925. Tuvo su primera presentación de carácter profesional en la Sociedad de Música de Cámara de La Habana. Corría el año 1947. Comenzó sus estudios en dos ciudades del interior del país: Ciego de Ávila y Camagüey. Con ansias de mundo llegó a La Habana y se le puede encontrar en el mítico Conservatorio Orbón. Luego sería los Estados Unidos tanto en el Curlis Institute de Filadelfia o la Julliard School of Music de Nueva York donde perfeccionó sus estudios de piano, música de cámara, armonía y composición. Dicen, los que la conocieron personalmente, que tenía un ardor mágico. Tal vez su descendencia de árabes y libaneses ayudaba a esa energía. En septiembre de 1988 fallecía esta mujer que estuvo en Santiago de Cuba por tres ocasiones y que ahora comienza a ser tema en una novela.

Cuando en 1914 moría Domingo Montes y Regüeiferos, su entierro fue presidido por el rey don Alfonso XIII. Un santiaguero que a la par de una novela merece una biografía. Ayudante personal del príncipe de Mónaco. Estudió la carrera militar y pasó buena parte de su vida en el mar. Así lo testifican sus cartas y mensajes fechados en Santander, Islas Filipinas, Cádiz, Port-Saidz, Ismalia, Suez, Adem, Punta de Gales, Singapur, Manila. Sitios donde hizo escala, tuvo amores, besó y volvió a tomar el barco, como en el poema de Pablo Neruda. Se cuenta que al comenzar el bloqueo a Cuba por la Armada americana, Montes y Regüeiferos combatió contra el torpedero Winston. A propósito de ese combate ganó la placa de 1ra. Clase de la orden de María Cristina. Casado con doña María del Carmen Castañeda, este santiaguero olvidado, al morir dejaba dos hijos y en su pecho once condecoraciones donde no faltaba la de Legión de Honor.
Otilio Carvajal Marrero también es una novela. Por un buen tiempo vivió en un estadio de béisbol. En Caracas fue confundido con un malandro que el día anterior había asaltado un supermercado. Tres días después, el malandro de marras lo sacó bajo fianza de la penitenciaría municipal. Este trotamundos nació en Chambas, Ciego de Ávila el 13 de agosto de 1968. Ya decía que es Poeta, dramaturgo y narrador, ha obtenido varios premios nacionales y provinciales, tanto en teatro como en poesía. Ha publicado los poemarios, Thanks givins day (Premio América Bovia) en ediciones Vigía, 1998; y El libro del profanador (Premio de la Ciudad de Santa Clara, 1999) editado por Editorial Capiro; Oda al pan, Los navíos se alejan, Prohibido soñar en esta casa, entre otros que atesoro como joyas en mi biblioteca personal.

Ñola Sahig y Domingo Montes y Regüeiferos no coincidieron en espacio y tiempo. Pero vivieron, respiraron y sintieron geografías similares. En mis manos programas de conciertos, unas fotos tomadas en Bulgaria, dos cartas manuscritas fechadas a bordo del crucero Alfonso XIII y otras menudencias marcadas por el tiempo, los viajes y la permanencia.

Otilio Carvajal se sumerge en la historia y comienza a dar vida a una pianista llamada Ñola Sahig y a un capitán de navío que respondía al nombre de Domingo Montes y Regüeiferos. Dios le guarde en esta aventura.

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20/1/14

La Idea del Lunes / 20 de enero de 2014

El ASESINATO DEL SIRIO NICOLÁS DAMIÁN

                                                                                          Por Reynaldo García Blanco

¿Qué sucedía en Santiago de Cuba un día como hoy hace cien años? Hay que recurrir a los cronistas locales, un oficio que sospecho se ha perdido para siempre.

El irreverente, sustancial y amigo poeta Oscar Cruz tuvo a bien en regalarme hace unos días un ejemplar de Crónicas de Santiago de Cuba (II), del periodista e historiador Carlos E. Forment Rovira. Este volúmen estuvo inédito hasta que en el 2006 salió a la luz por Ediciones Alqueza, de la Oficina del Conservador de la Ciudad de Santiago de Cuba. Forment dividió sus crónicas en dos tomos. El primero de ellos abarcó desde 1902 hasta 1911 y se publicó hacia 1953. El segundo tomo, éste que tengo en mis manos, incluye lo acontecido entre 1912 y 1920. 

Por pura curiosidad, este lunes levemente nublado, tomando té verde de Ceilán traido de Italia, por la historiadora de arte Carmen Lorenzetti y con música de José Aquiles de fondo, me asomo a lo que pasó por estos lares el martes 20 de enero de 1914, es decir, hace cien años.

Ese día comienza con una nota mortuoria. Fallece la Sra. Teófila Garcés, esposa del coronel Alfredo Lora, presidente del Consejo Provincial.

Otro suceso que marcó a los santiagueros un día como hoy hace un centenar de años fue el esclarecimiento del crimen cometido en la persona del Sr. Nicolás Damián, honrado comerciante, natural de Siria. Tema interesante para una novela de Leonardo Padura. El autor resultó ser el campesino Nicolás Revilla aunque había establecido acusación en contra de su enemigo Nicolás Silva, alias El Ñato. Forment nos hace saber que el descubrimiento de este crimen se debió al abogado, licenciado Gonzalez Manet y al capitán de la Guardia Rural Arsenio Ortíz quienes atendiendo a varias confidencias y acompañados ambos por un juez, un fiscal, dos médicos forenses y un grupo de comerciantes sirios, paisanos de la víctima, partieron a través del monte firme y por caminos accidentados y peligrosos, llegaron hasta la finca Santa Bárbara, propiedad del Sr. Revilla, donde en la falda de una montaña advirtieron un pie enterrado, cuyo zapato estaba a flor de tierra, por lo que excavaron el lugar y descubrieron el cadáver en estado de putrefacción.

Así lo ha contado Carlos E. Forment Rovira. Agrega además que la sociedad santiaguera aplaudió el feliz éxito del empeño en que se distinguió el celo del entonces capitán Arsenio Ortíz quien años después fuera el tema de los cintillos de primera plana de todos los periódicos cubanos por su sangrienta actuación en el gobierno del presidente Gerardo Machado.

¿Fue un crimen pasional? ¿Un crimen político? Tal vez sea el tema para una novela de Leonardo Padura. Novela que bien pudiera titularse El asesinato del sirio Nicolás Damián. 

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16/1/14


Un minuto de palabras por Juan Gelman



El poeta, traductor y periodista argentino Juan Gelman (1930-2014), quien padeció la tragedia de un hijo desaparecido por la dictadura y la búsqueda durante dos décadas de su nieta nacida en cautiverio, dueño de una voz poética con resonancias vitales, falleció el pasado 14 de enero en la Ciudad de México. A continuación uno de sus poemas tomado del libro Violín y otras cuestiones.   


         EPITAFIO

         Un pájaro vivía en mí.
         Una flor viajaba en mi sangre.
         Mi corazón era un violín.
         Quise o no quise. Pero a veces
         me quisieron. También a mí
         me alegraban: la primavera,
         las manos juntas, lo feliz.
         ¡Digo que el hombre debe serlo!
         (Aquí yace un pájaro.
                                             Una flor.
                                                             Un violín.)

   

- Con-fabulación Nº 310 - Colombia
DIRECTOR: Gonzalo Márquez Cristo. EDITORES: Amparo Osorio, Iván Beltrán Castillo. COMITÉ EDITORIAL: Fabio Jurado Valencia, Carlos Fajardo. CONFABULADORES: Óscar Collazos, José Chalarca, Marcos Fabián Herrera, Maldoror, Sergio Trujillo Béjar, Fabio Martínez, Fernando Maldonado, Gabriel Arturo Castro, Guillermo Bustamante Zamudio. EN EL EXTERIOR: Alfredo Fressia (Brasil); Antonio Correa, Iván Oñate (Ecuador); Rodolfo Häsler (España); Marco Antonio Campos, José Ángel Leyva (México); Luis Alejandro Contreras, Benito Mieses, Adalber Salas (Venezuela); Renato Sandoval (Perú); Efer Arocha, Jorge Torres, Jorge Najar (Francia); Marta L. Canfield, Gabriel Impaglione (Italia); Luis Bravo (Uruguay); Armando Rodríguez Ballesteros, Osvaldo Sauma (Costa Rica).

13/1/14

La Idea del Lunes / 13 de enero de 2014


ORDENAR UNA BIBLIOTECA CANSA

                                                                               por Reynaldo García Blanco

Hay un poema del italiano Cesare Pavese que suelo leer de vez en vez titulado Trabajar cansa. Hoy me gustaría glosar y decir: Ordenar una biblioteca personal cansa. El pasado fin de semana me pasé unas horas para adentrarme en ese maremoto que es mi biblioteca personal. En ese caos ordenado, como me gusta llamarlo, hay de todo. Libros que me han acompañado desde mi adolescencia, libros que he comprado a precios prohibitivos o irrisorios, libros que me han enviado allende los mares. Nada. Libros que tiempo y bondad no han permitido borrar de mi memoria.
Los científicos han determinado más de una treintena de  “bichitos” que son capaces de devorar un libro en cuestión de nada. Tal vez esa noticia sea una sorpresa para usted que solamente  conoce a la clásica polilla.
Otros enemigos del libro lo son el polvo y la humedad. Los más avezados en esto de la curaduría de las catedrales de papel recomiendan hojearlo de cuando en cuando aunque no sea para leerlos. Resulta que necesitan aire para respirar y que el viento de la mañana o de las tardes de verano los alcance y por un instante recuerden que son libros y que necesitan del cálido contacto humano.
En otras ocasiones he hablado del olor de los libros. De niño me gustaba en las bibliotecas y librerías de lance. Allí el olor sigue siendo una rara mezcla de misterio y admiración donde también se une el fatigoso polvo de los libros con el perfume de las biblotecarias o los clientes.
En mi biblioteca tengo un aparte para esos libros que con los años me han dedicado de puño y letra, algo que resulta una verdadera joya en el campo de lo afectivo. Guardo con mucho amor casi todos los libros publicados por el caro amigo Ronel Gonzáles Sánches o Lina Caffarello, que con puntualidad inglesa me hacen llegar cuando publican algo. Guardo con sumo celo un poemario de la ya desaparecida escritora para niños Exilia Saldaña. Desde el extremo derecho de uno de los estantes me observa una antología de Ernesto Cardenal firmado con prisa y desgano. Este sagrado lugar de mi biblioteca también tiene libros de mis compañeros de generación: Sonia Díaz Corrales, León Estrada, Teresa Melo, Carlos Alfonso, Alberto Rodríguez Tosca, los inefables Caridad Atencio Mendoza y Rito Ramón Aroche. Otros, muchos otros que en candorosas y sinceras dedicatorias han dejado señales de afecto y razón.
Tomar un fin de semana para ordenar una biblioteca personal es un ejercicio espiritual, físico y psicológico que se une a la gracia de darle a los libros un acto de vida.
Yo te invito a que descubras ese libro que una vez te regalaron en febrero, ese libro que un día de angustia te dio algo parecido a la felicidad o simplemente poner en orden esa catedral de palabras que hace posible afirmar que los libros forman parte del estado natural del hombre. Eso sí. Sin olvidar que ordenar una biblioteca cansa.

- La Idea
del Lunes/13 de enero de 2014 - Santiago de Cuba, Cuba
 
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6/1/14

La Idea del Lunes / 6 de enero de 2014


Salinger que estás en los cielos

                                                                               por Reynaldo García Blanco

J.D.Salinger  (1919-2010)
A finales de los ochenta del siglo pasado, en cualquier librería de Cuba, se podía comprar por ochenta y cinco centavos un Salinger. Recuerdo las tardes de un mes de abril, que no era tan cruel, en la mítica cafetería La Ranchuelera, de Sancti Spíritus donde me sentaba a leer El guardián en el trigal.

Hay libros que son como una enfermedad contagiosa. Comienzan por una fiebre y terminan por dejarnos una lontananza que nos invita a quedarnos en la cama por unas vacaciones parecidas a la eternidad.


El pasado primero de enero hubiera cumplido 95 años de edad. No es lo mismo llamarse Jerome David Salinger  que J. D. Salinger. A veces me he detenido en pensar en los diferentes matices que pudiera haber entre El guardián en el centeno  y El guardián en el trigal. Tal vez estoy a tiempo de averiguar por los verdaderos culpables de que en Cuba tuviéramos el asombro de asomarnos a esa prodigiosa novela o a sus Nueve cuentos, donde Un día magnífico para el pez  plátano nos sigue persiguiendo con amor y escualidez a los furibundos lectores de finales de los ochenta del siglo pasado.

Holden Caulfield, adolescente insurrecto de sí mismo,  novato frente a la cotidianidad aplastante de la vida no es más que la radiografía de un mundo de las mentes ágiles y poderosas de hombres perturbados y la capacidad redentora que los niños pueden esgrimir frente a las duras circunstancias de la vida.

Siempre quisimos tener una foto, una entrevista a Salinger. Nos quedamos con los deseos: "Los sentimientos de anonimato y oscuridad de un escritor constituyen la segunda propiedad más valiosa que le es concedida", declaró en cierta ocasión.

En vano he recorrido el país por sus librerías en busca de El Guardián en el trigal; Nueve cuentos; Franny y Zooey; Levantad, carpinteros, la viga del techo o  Seymour: una introducción. Los pocos que quedaban en bibliotecas se los robaron o se esconden como hizo su autor por decenas de años.

Tal parece que la familia Glass ha encontrado su acomodo en este mundo y que su progenitor Jerome David Salinger más conocido como J. D. Salinger se refugia en el mes de enero que lo vio nacer hace noventa y cinco años y que lo vio morir en el año de gracia de 2010.

Salinger que estás en los cielos, acuérdate de nosotros, tus lectores de los ochenta, que todavía estamos en la tierra.

- La Idea del Lunes/ 6 de enero de 2014 - Santiago de Cuba, Cuba.
- E-mail: regabla@cultstgo.cult.cu 
 

18/12/13

Buenos Aires: “Será por eso que la quiero tanto”


     A continuación, un fragmento de una de las crónicas que conforman el libro  

LA CIUDAD DEL POETA, del escritor Carlos Fajardo Fajardo,
recientemente aparecido en la
Colección Los Conjurados, 
ya disponible en las más importantes librerías del país (Colombia) 
y en la vitrina mundial de Amazon.com.

Por Carlos Fajardo Fajardo

Asalta la mirada aquella Buenos Aires con sus barrios viejos y seductoras callecitas, con su gran río de tantas extranjerías y llegadas, testigo de músicas, nostalgias, melancolías.
La primera vez que la visité, sentí la ciudad envuelta en un verano interminable. La vi llena de infinitos papeles arrojados desde altas edificaciones. Alguien dijo: “Hoy es 30 de diciembre”, y explicó el suceso: “Cada oficina lanza desde las ventanas documentos burocráticos, los aburridos memorandos de todo un año”. Era diciembre. En un viejo hotel de la calle Juan Domingo Perón, mi mujer y yo sentimos bajo el sopor de esos días la magia de la extraña y bella Buenos Aires. Ahí estaba con sus leyendas, una y otra vez leídas o escuchadas, sobre sus audaces poetas y cantores de arrabal, de viajeros, exilios y destierros.
Es tan difícil descifrarte Buenos Aires; tan injusto definir tus múltiples olores en frase alguna. Sin embargo, allí están tus barrios: La Boca, San Telmo, El Abasto, Palermo, Belgrano, ambiguos y únicos, con calles que cargan todo tu origen. Todavía se escuchan las voces del recién llegado de ultramar, sus lentos y melancólicos pasos por el empedrado. Aún se oyen los recuerdos de viejos marineros, de mujeres hermosas llegadas de lejanas comarcas. En los míticos lugares del tango y la milonga, en tus arrabales y conventillos, viven legendarios cantores, músicas de tristes patrias, tonadas de ausentes, presencia de un amor en la memoria.
Desde el malecón observo oxidados buques, encallados en un antiguo puerto. ¿De qué soñados y dolorosos países llegaron con su carga de música, sabores y paisajes? Muchos descendieron para vivir, amar y enterrar aquí sus huesos. Su imagen palpita todavía en esta nativa y extranjera provincia, calidoscopio de trágica belleza.
Tan extraña y misteriosa eres Buenos Aires. Así te llamó Manuel Mujica Laínez al descifrar tu secreta historia. Sensual e ingrávida como una danza de tango; real y violenta como tu duro pasado. Y ahora estás ante mis ojos, mirándome en los ojos de todos, paseando conmigo por San Juan y Boedo, por todo el cielo, contorneándote como una muchacha, terrible y seductora igual a un ángel de pie.
Entonces, recuerdo unos versos: No nos une el amor sino el espanto; será por eso que la quiero tanto. Son del viejo Borges, el iluminado. He pronunciado en voz alta el poema de este lúcido ciego, y me he detenido en una esquina de la Calle Corrientes, la misma por la cual Alejandra Pizarnik deambulaba solitaria, padeciendo estos lugares del centro, diciéndose: Es que ¡Oh señor! Yo no soy una muchacha: soy un muestrario de los pecados capitales; repitiéndose una y otra vez, indudablemente el mundo externo es una amenaza, cuando buscaba aquella poesía que dijera lo indecible, un silencio, una página en blanco. (...) Sabías que demasiada angustia hace que las palabras se suiciden. (...) Tú, la siempre rebelde, entendías que la rebelión consiste en mirar una rosa/ hasta pulverizarse los ojos. (...)
Ahora las lilas colorean vientos y todavía hay mucho abismo como el que abarcaste, mucha pesadilla en la luz, sombras muertas petrificadas en los muros. (...)
Con ella me voy por los rinconcitos y los bares ocultos, dejándome guiar por Diego Molinas, un joven amigo porteño que cuenta otras historias de dolor, de torturas y asesinatos. De repente una placa nos recuerda al chico y a la chica desaparecidos en esta esquina por la nefasta dictadura de los militares. (...)
He aquí tu ambigua figura Buenos Aires, dolorosa y fugaz, trágica y hermosa, con esa cicatriz que aún te desangra.
       Dejarse ir por esos rinconcitos del “qué sé yo”, de seducción y peligro. Dejarse ir sin queja alguna y decirte: Buenos Aires, eres nostálgica como una zamba, como un tango, una milonga; así te vivimos desde el primer día; así te sigo cantando cuando te abrazo y poseo.

- Con-fabulación Nº 306 - Colombia
- E-mail: confabulacion33@gmail.com