23/9/14

El ombligo como centro erótico


Título: The Midnight Sun II, Francesco Clemente, 1982.
Título: The Midnight Sun II, Francesco Clemente, 1982.
Imagen obtenida de: http://francescoclemente.net/1980s/5.html
El ombligo como centro erótico.
La Onfalofagia*
Selección Héctor J. Freire
hectorfreire@elpsicoanalitico.com.ar


Leo en un ensayo que trata sobre la Turquía moderna:
El turco ama las flores y no satisfecho de aspirar su aroma las come en mermelada. Ama la mujer y por nostalgia de una imposible comunión la degusta con pequeñas dentelladas en los pastelitos que se llaman “labios de guapa”, “dedos de muchacha” y “ombligo de mujer”.

 
Comer ombligo de mujer: no es prerrogativa turca. Los boloñeses llegan más allá y se alimentan de ombligos femeninos hechos a imagen y semejanza del de la propia diosa de la gracia y del amor.


Bolonia no se llamaba todavía Bolonia, sino Félsina. Al pasar por ella Venus probó su aprecio a los futuros boloñeses en forma muy singular, al permitir que tomaran la medida exacta de su ombligo, sin duda el más perfecto del mundo.
El propósito de la gente de Félsina era conocer la divina proporción en su plato apoteótico: los tortellini, parecidos a los ravioles pero en forma de anillo. Cada tortelín es un ombligo de Venus.


Han pasado muchos siglos. Bolonia tiene el dictado de la “la docta”; ahí floreció una de las primeras universidades de Europa. Docta también en la ciencia culinaria. Su cocina es tan rica y refinada que hace palidecer a la inocente sollastría de Síbaris.

Desde luego sabios y estetas como los emilianos y romañolos siempre han venerado a Venus, desde la época etrusca hasta Stecchetti y Fellini: lo que es justo. No se ha perdido el lazo misterioso que una los tortelines con la diosa del amor. Aquí: en boloñés, en romañolo en general, tortelín es ombligo. La madre dirá a la hija: cúbrete el tortelín. El tortelín es una marca más de la hermosura femenina.
Su forma y su tamaño, obtenidos con la punta del dedo medio, corresponden al ombligo perfecto. La Venus de Milo y sus compañeras, ideales de belleza mujeril; Onfalia, “la del precioso ombligo”, reina de Lidia y amante de Hércules, tenía un ombligo parecido al tortelín de Bolonia; o viceversa.
 

En noviembre de 1977 pasé por Bolonia y en casa de un viejo amigo comí un plato de tortelines: uno por uno, con fruición; casi diría con unción. ¿Y la salsa? A la altura de los banquetes olímpicos. Pero el condimento principal fue mi imaginación. Estaba deglutiendo símbolos.
Este plato de tortelines fue para mí una comunión visual, olfativa, gustativa, táctil con el ombligo de Venus.


* Del libro El ombligo como centro erótico, de Gutierre Tibón. Ed. Fondo de Cultura Económica, 1979. México.


Otras Leyendas
El origen de los tortellini está rodeado de varias leyendas; una de ellas, la más difundida, cuenta que este plato nació en Castelfranco Emilia, provincia de Módena.
Una noche, durante un viaje, Lucrecia Borgia se hospedó en una taberna del pueblo y el propietario se vio cautivado por su belleza. No pudo resistir a la tentación de espiarla por el ojo de la cerradura. Pero el erotizado tabernero sólo pudo ver el ombligo de Lucrecia.
Esta visión fue suficiente para producirle un éxtasis que le inspiró la creación de los tortellini esa misma noche.
En otra versión muy similar, el origen se atribuye a un cantinero que, también por el ojo de la cerradura, pudo ver el perfecto ombligo de Venus, mientras la diosa esperaba en la habitación a su amante Adonis.



Fuente: el psicoanalítico - Boletín Nº 18 - Buenos Aires, Argentina

15/9/14

Cien años de Bioy Casares, exquisito memorialista de nuestra literatura 

Fue Premio Cervantes, autor de ficciones fundamentales y dejó el legado de los diarios de su amistad con Borges.

 

 Por Ezequiel Martínez  - Argentina

     

       


Coincidencias del almanaque le tocaron a ABC. Contemporáneo de su gran amigo Jorge Luis Borges, maestro mayor de obras de la literatura argentina, su vida transcurrió al calor, y bajo la sombra, de esa figura enorme a pesar de haber creado él mismo una narrativa contundente con títulos imprescindibles – La invención de More l, El sueño de los héroes y Dormir al sol. Y el centenario de su nacimiento continúa inmediatamente al de otra figura emblemática de las letras nacionales, Julio Cortázar, homenajeado hasta el vértigo.

Sin embargo, en la biografía de Adolfo Bioy Casares, nacido el 15 de setiembre de 1914 en la alcurnia de una familia de estancieros, y muerto el 8 de marzo de 1999, tan luego en el Día Internacional de la Mujer, con 84 años, al cabo de una vida dedicada con énfasis desmesurado a la literatura, se amontonan más datos de los que puedan acomodarse en una enciclopedia convencional. En desorden de aparición: en 1990 le otorgaron el Cervantes, máximo premio de las letras hispanoamericanas; tuvo dos seudónimos compartidos con Borges – H. Bustos Domecq, el más famoso– bajo el que sellaron algunos magistrales cuentos policiales. De hecho, en la imagen de esta página resuena la película Invasión, dirigida por Hugo Santiago y cuyo guión escribió con Borges.

Fue un artesano del género fantástico –en su obra cuentística, con títulos como “La trama celeste” y “El lado de la sombra”–, que transitó acompañado de fantasmas, monstruos e invenciones tridimensionales con una precisión narrativa cincelada hasta la perfección; en 1940 se casó con la hermana de la enfática Victoria Ocampo, Silvina, con quien mantuvo un matrimonio a toda prueba que no desbarrancó por las persistentes infidelidades de Bioy: los unía un amor más allá de las convenciones; tuvo una hija, Marta, que murió quince días después de Silvina en un accidente de tránsito en la avenida Las Heras, y un hijo, Fabián, al que reconoció cuando ya era un adulto. Justo él, que en sus Memorias publicadas en 1994 dijo ser “el último Bioy”, sembró las ramas de un árbol genealógico que desató grandes litigios judiciales.

No es la única zancadilla que le hizo el destino. En 2006 se publicó su Borges, esa obra monumental que reúne en 1600 páginas parte de sus diarios inéditos curados por el estudioso Daniel Martino. Ese volumen reveló a Bioy como un memorialista excepcional, más allá de las adhesiones y debates que surgieron a partir de la aparición del libro. No sólo es la cartografía de una amistad, con el diálogo que comenzó en 1931 en la casa de Victoria Ocampo y se prolongó por décadas, sino también un mapa de lecturas, autores, personajes y hechos que atravesaron las inquietudes y obsesiones de Borges y Bioy con una alta dosis de ironía, mordacidad y franqueza políticamente incorrectas. Esa proximidad confesional entre ambos se resume en una frase que encabeza muchas de las entradas en sus diarios y que ya ingresó en la mitología de la literatura argentina del siglo XX: “ Come en casa Borges ”, en verdad tomada de las Conversaciones con Goethe, de J.P. Eckermann.
(...)
Quizás para eso sirvan también los centenarios: para recuperar del olvido las imágenes, dichos y textos de un argentino exquisito, dandy seductor y narrador universal.
 
Revista de Cultura Ñ - Argentina
http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Cien-Bioy-Casares-memorialista-literatura_0_1202280200.html
http://mediaisla.net/revista/2014/08/letras-vueltas-7/

10/9/14


El erotismo del Yo                                                    

por José Chalarca                                     

Narciso es una figura secundaria de la riquísima y deslumbrante mitología de los griegos. Era hijo del río Cefiso y la ninfa Liriope, deidades menores del orden acuático; sus creadores le dieron como nota característica a su existencia una extraordinaria belleza física.
A la hora de su nacimiento Tiresias, el vidente, el arúspice, el que estaba en posesión del más oscuro de los secretos: el futuro, vaticinó a los padres que Narciso viviría eternamen­te, pasaría con éxito la prueba de la muerte, si nunca cono­ciese su propia figura.
La belleza que es el más fatal de los dones con que los dioses regalan a sus criaturas, hizo de Narciso el imán de las miradas de todos los que cruzaban por su frente y el objeto ansiado en el que concretaban sus sueños de amor aquellos que fueron alcanzados por el he­chizo de su hermosura. De él estuvo enamorada la ninfa Eco, condenada por la celosa Hera a decir sólo las palabras finales de cualquier discurso que intentara y a quien Narciso desdeñó precisamente por su falta de palabras.
También lo estuvo el joven Aminio quien tampoco fue correspondido y buscó en la muerte el paliativo final a su pesar de desamor. Aminio suplicó a los dioses vengaran el desprecio de que le había hecho objeto el cruel Narciso; fue oído en su petición por Artemisa. La diosa enamoró al hui­dizo joven y cuando lo tuvo presa de la más encendida pasión, se desentendió de él.
Narciso entonces, sumido en la desesperación y la angus­tia, se dio a vagar por campo abierto, por jardines y por bosques. Un día, cansado y sediento, llega a la orilla de un manantial de aguas frescas y cristalinas; se tiende entonces a su orilla para beber pero ve su imagen reflejada en el agua y queda prendado de ella. Y en adelante no puede amar a otro ser que no sea él mismo.
Frente al espejo que le brinda la superficie limpia del agua empieza a descubrir su cuerpo, a recorrer con la mirada cada palmo de su piel, a distinguir uno a uno los accidentes geo­gráficos de su anatomía: la suave pendiente del empeine, las protuberancias de los tobillos, el talón que se afirma como base de columna y los cinco dedos que parecen adherirse al suelo como raíces a flor de tierra; las piernas que florecen en sus caderas y en el resto del tronco, el montículo del sexo sobre la planicie ondulada del vientre; el pecho, la breve caverna de la axila, su cabeza, su rostro. Se mira de abajo arriba, de arriba abajo, del principio al fin, del este al oeste, de norte a sur. Se palpa con la mirada y verifica el dato con las manos.
Nada le saca del asombro que le causa la visión de su figura; nada supera la maravilla de verse, de respirarse, de escuchar el latido del corazón; eco torrencial de la sangre que fluye por venas y arterias. Ningún fuego produce el ardor de la pasión que le desata su propia figura.
No cesa de contemplarse y es entonces presa de la tentación de poseerse. Empieza a vislumbrar la posible razón para que hubiera rechazado a la preciosa Eco. No existe otro objeto de amor distinto del propio cuerpo, es imposible la trascendencia.
Se abraza otro cuerpo en la ilusión vana de abrazar el propio; se acaricia en él lo que no es posible acariciar en el propio cuerpo; en él miramos la espalda nuestra que no podemos ver y tocamos la que no nos permiten tocar nuestras propias manos; penetramos en otra entraña pues no nos podemos­ penetrar; engendramos los hijos que no nos podemos engendrar, y nunca salimos de nosotros mismos.
El otro es un pretexto; el hombre está condenado a la prisión estrecha de la aseidad, a moverse dentro de los límites intangibles del yo, sentenciado a la cadena perpetua de la identidad.
No existe ni es posible más amor que el de sí mismo; el amor a los otros es una perífrasis. Buscamos en los otros labios un contorno real de los nuestros, en los otros ojos el brillo, el color y la intensidad con que miran los nuestros, en los otros sexos la potencia y el ardor del nuestro, o lo que creemos le falta para completar el ciclo que le permita concretar su unidad. El viaje hacia los otros no es otra cosa que el recorrido desesperante del círculo vicioso que envuelve el nosotros mismos.
Dice la leyenda que Narciso, preso del encanto de la ima­gen suya que le devolvía el agua, pasó horas y horas y días mirándose, hasta que la muerte lo acabó por inanición. Que fue deshaciéndose lentamente y de sus despojos, como de una crisálida gigante, abrió sus ojos una flor con sus pétalos orlados por una franja roja.
Hubiera sido una salida fácil y hermosa. Pero nada en el hombre tiene salida; la esencia de su existencia es estar siempre en la encrucijada. Los dioses eternos que forjó su imaginación desesperada, determinados por la lógica impla­cable le han decretado eternidad a sus destinos. 
(...)
  
(Fragmento). Del libro EL BIBLIONAVEGANTE: Viaje por la cultura del mundo, colección de textos donde el escritor José Chalarca recoge gran parte de su producción ensayística publicada desde el año 1961 en varios periódicos y revistas nacionales y extranjeras. 
 
Con-fabulación Nº 342 - Colombia 
     E-mail: confabulacion33@gmail.com
 

6/9/14

            
   Un minuto de palabras por Gustavo Cerati        
             
 

Nos queda su alegría, su nostalgia, su Ciudad de la furia, su Poder decir, su Adiós, su Música ligera y tantas otras creaciones que expandieron su voz por el mundo. Cerati ha partido luego de cuatro años de navegar en las inexorables aguas de un coma profundo y ningún homenaje más acertado que recordarlo en sus propias palabras que se volvieron poemas y que fueron canciones.


MÚSICA LIGERA

Ella durmió al calor de las masas 
y yo desperté queriendo soñarla 
algún tiempo atrás pensé en escribirle 
y nunca sorteé las trampas del amor 

De aquel amor de música ligera 
nada nos libra, nada más queda 

No le enviaré cenizas de rosas 
ni pienso evitar un roce secreto 

De aquel amor de música ligera 
nada nos libra, nada más queda



Con-fabulación Nº 342 - Colombia