30/8/15

Imaginemos la Tierra como un vasto desierto…

Ha sido unos de los principales escritores argentinos del siglo XX  uno de cuyas obras, Rosaura a las diez, tuvo enorme repercusión. Sobre su estilo se ha dicho que era un ”ejercitador de letras” siempre admirablemente construidas, aunque con personajes o situaciones que bordean lo estrafalario, con predominio de la intriga y también el humor que tiende al negro.
 
Imaginad que un día estalla una guerra atómica. Los hombres y las ciudades desaparecen. Toda la tierra es como un vasto desierto calcinado. Pero imaginad también que en cierta región sobreviva un niño, hijo de un jerarca de la civilización recién extinguida. El niño se alimenta de raíces y duerme en una caverna. Durante mucho tiempo, aturdido por el horror de la catástrofe, sólo sabe llorar y clamar por su padre. Después sus recuerdos se oscurecen, se disgregan, se vuelven arbitrarios y cambiantes como un sueño. Su terror se transforma en un vago miedo. A ratos recuerda, con indecible nostalgia, el mundo ordenado y abrigado donde su padre le sonreía o lo amonestaba, o ascendía  (en una nave espacial) envuelto en fuego y en estrépito hasta perderse entre las nubes. Entonces, loco de soledad, cae de rodillas e improvisa una oración, un cántico de lamento. Entretanto la tierra reverdece: de nuevo brota la vegetación, las plantas se cubren de flores, los árboles se cargan de frutos. El niño, convertido en un muchacho, comienza a explorar la comarca. Un día ve un ave. Otro día ve un lobo. Otro día, inesperadamente, se halla frente a una joven de su edad que, lo mismo que él, ha sobrevivido a los estragos de la guerra nuclear. Se miran, se toman de la mano: ya están a salvo de la soledad. Balbucean sus respectivos idiomas, con cuyos restos forman un nuevo idioma. Se llaman, a sí mismos, Hombre y Mujer. Tienen hijos. Varios miles de años más tarde una religión se habrá propagado entre los descendientes de ese Hombre y de esa Mujer, con el padre del Hombre como Dios y el recuerdo de la civilización anterior a la guerra como un Paraíso perdido.

Fuente: gracus/babeuf 
http://www.gracus.com.ar/?p=4018#more-4018

20/8/15

Una gallega universal: Rosalía de Castro (1837-1885)

 

Escritora indispensable en el panorama literario del siglo XIX,  protagonista  emblemática del Rexurdimento gallego,  la escritora gallega Rosalía de Castro es considerada junto con Gustavo Adolfo Bécquer, como la precursora de la poesía española moderna.  Aquí un cálido recuerdo del escritor Rodolfo Alonso.


Cuando yo era un niño, Rosalía de Castro podía ser en nuestra casa, un modesto hogar de inmigrantes gallegos en el centro-sur de Buenos Aires, tan cotidiana como el pan y la sal. Su presencia y su palabra aparecían vivas, de repente, sin haberlo previsto, casi como si formara parte del aire que se respiraba, y en una casa donde no había demasiados libros nunca faltó uno suyo. Y sus versos emergían de pronto, citados sin pensarlo, de manera espontánea, como se escucha casi inconscientemente el arrullo de una fuente muy conocida, bien cercana, límpida y habitual.
Pero era también la presencia de una inmensa mujer, casi mítica, siempre de transida sonrisa melancólica, doliente (a la cual llegaría a identificar con la de mi madre, tan similar) que, de una honda tragedia personal: ser hija natural de un sacerdote, en el ámbito aldeano de una Galicia rural enclaustrada en la España decimonónica, milagrosamente sublimada, había llegado a convertirse en paradigma del renacimiento de su pueblo. Porque gracias a sus Cantares gallegos, en 1863 el idioma de Galicia volvió a erguirse y a resurgir, después de siglos de censura y oscurecimiento.
Pero no sólo eso consiguió Rosalía de Castro, nacida en 1837 y de quien, el 15 de julio, se cumplen 170 años de su muerte. Sino también acaso lo imposible: ser íntima y hondamente ella misma, y ser también la voz misma de su gente, y ser (al mismo tiempo, de modo inescindible) una gran figura universal, universalmente reconocida y admirada. Y también uno de los pocos románticos españoles que valga la pena.
Pero en mi infancia, como dije, ella era algo más fuerte que ningún convencimiento intelectual. En una de mis primeras actividades sociales, al salir del patio de mi casa para pisar el amplio vestíbulo de entrada al Centro Gallego de Buenos Aires, la presencia (para un niño, imponente) de su estatua no me la volvió fría, lejana o inaccesible. Podía ser ella misma y ser los otros, los suyos y los de todas partes.
Por eso me emocionó tanto ser invitado a traducirla. Una editorial argentina me propuso seleccionar una antología bilingüe, dejándome entera libertad. Traducir a Rosalía fue para mí una auténtica catarsis. Y así me dejé fluir de uno a otro de los dos idiomas en que me crié simultáneamente, tratando sin forzarlo de que el canto de Rosalía fluyera también –con sonido y sentido– en esta otra lengua castellana que, después de todo, ella también empleó. No sin tomar conciencia de sus límites y de sus riesgosas similitudes. Nadie puede, humanamente, traducir nunca del todo eso tan bien encarnado, ricamente expresivo, bello y logrado en sólo tres palabras: “Cómo chove miudiño”. Y logré que el título mismo del libro quedara en gallego.
Rosalía era, en mi infancia, como el pan y la sal, compartidos en la mesa familiar, en la mesa de todos. De algún modo, ahora también lo sigue siendo. Y eso resiste hasta a una traducción.


Fuente: gracus/babeuf
http://www.gracus.com.ar/?p=3312#more-3312

10/8/15

Hermann Broch o la poesía como "pensamiento lírico"


Ophelia, de John Everett Millais, 1851-1852.
Ophelia, de John Everett Millais, 1851-1852.
Imagen obtenida de: https://en.wikipedia.org/wiki/Ophelia_(painting)

Por Héctor J. Freire
hectorfreire@elpsicoanalitico.com.ar

Nunca reconozco el lenguaje en mi boca ni las palabras escritas,
Y lo que digo sucede en un discurso perdido o en un futuro,
No es sino seducción, seducción y ser seducido,
Y ese miedo que invade al hombre cuando descubre
Que grito y eco, gesto y comprensión, todo lo habitual,
Es como algo regalado para siempre que de repente puede
Extinguirse, y que él está solo
En mitad de la vida. [*]          
H.B.













La obra de Hermann Broch solo puede estar en el corazón de la poesía  manteniéndose indefinidamente en su límite. Y al contrario de lo que expresara Italo Calvino, para quien filosofía y poesía son “aguerridos adversarios”, revelándose en cada uno de sus dominios un tipo de realidad específica, una manera diferente de mirar el mundo. Los textos de Broch, junto a los de otros autores como Thomas Mann,  Musil o Rilke, anuncian una realidad que no es tan uniforme, ni diáfana. Sino el resultado de la aproximación de distintos universos a la vez.

En este sentido, Broch poeta-filósofo-novelista, acaba poniendo en extrema tensión y conflicto la distinción de los géneros, descomponiendo cualquier límite, incluso haciendo coexistir distintos tiempos: la tradición grecolatina y la vanguardia moderna. Ya que para Broch su época propia le resulta insuficiente para construir un sistema pertinente de formas (lírico-reflexivo)  capaz de dar sentido a la experiencia creativa del arte. Acción, que en esencia, estaría ligada a la pretensión del poeta, de proponer un nuevo diseño del mundo real. Tanto su “poema novelado” La muerte de Virgilio, como sus “poemas filosóficos” que componen En mitad de la vida, son como una simbólica cartografía donde están trazadas las distintas líneas de acción a lo largo del tiempo. Aunque siempre desconfiando de la Historia (como memoria rígida y cristalizada) y de la apología del “progreso” moderno.

“-El arte genuino rompe los confines, los atraviesa y va por nuevos, hasta entonces desconocidos, ámbitos del alma, de la vista, de la expresión, penetra en lo originario. En lo inmediato, en lo real…-Muy bien, ¡y tú quieres realmente hallar todo esto en esa poesía de amor, pretendidamente tan honesta…, como si en cada verso de la Eneida no se pudiera hallar mucha más realidad verdadera!”, leemos en la Muerte de Virgilio.
Al decir de Hanna Arendt, Broch fue poeta, contra su propia voluntad, esta contradicción “de ser poeta y no querer serlo” constituye el rasgo más importante de su personalidad, y así parece haber quedado reflejada en su compleja obra. Sin embargo, Broch nunca dejó de ser poeta, incluso en sus textos ensayísticos y narrativos. A propósito, comenta Clara Janés en el prólogo de En mitad de la vida: La muerte de Virgilio, lo situó pronto entre los grandes escritores del siglo XX. Precisamente el tema de dicha obra es la duda sobre la validez de la poesía, y en ella La Eneidadebe ser quemada en aras del conocimiento empírico. Con todo, el conocimiento digno del arte, el verdadero conocimiento, es para Broch aquel que la poesía puede desvelar….como vieron los pitagóricos y también Galileo, quien afirmó: la naturaleza está escrita en caracteres matemáticos, pero el fondo motor del poema es la totalidad. Broch parte de las matemáticas, pues considera que la razón científica y la imaginación creadora se sustentan por constituir dos ramas de un solo árbol, el del conocimiento; pero lo importante, para él, es expresar ese árbol.” Su poesía es el intento de saltar por encima de la dualidad, ya que “la verdad está en el todo” (das ganze), de ahí la utilización en sus poemas, del oxímoron, como figura retórica más emblemática. En cierta forma Broch sigue el camino abierto por Goethe, en cuanto a la concepción de la poesía como una síntesis de lo racional y lo poético. El resultado, como lo podemos observar en los poemas seleccionados, es una especie de pensamiento lírico, y que en el caso de otros grandes novelistas como Joyce (Poemas manzanas) y Faulkner (El fauno de mármol), -quienes antes de sus grandes novelas, editaron poesía- se suele llamar “la poesía de la prosa”. En este sentido, Broch, junto a Joyce, Faulkner, Eliot (La tierra yerma, Cuatro Cuartetos), Milosz (Cántico del Conocimiento) y el Pessoa del Libro del desasosiego, y el poema Tabaquería, contribuyó aedificar esa gran poesía filosófica de nuestro siglo que ya no admite Homeros, Virgilios o Dantes.

Es justo e imprescindible incluir el nombre de Hermann Broch en la lista de los grandes poetas del siglo XX. Cuyo mínimo común denominador, a pesar de las grandes diferencias estilísticas es: la capacidad extraordinaria de estos “descubridores” para superar sus propios límites, unida a un talento para captar, apropiar y rehacer no importa qué tradición antigua, qué modelo extranjero, sin sacrificar su autonomía personal en el mar de voces de creaciones siempre nuevas. Y que en el plano formal, está íntimamente ligado a su sentimiento único del conflicto dialéctico entre las partes y el todo unificador, así como entre los fragmentos conjugados. Broch debe ser incluido entre estos grandes poetas de la “estructuración”. Su complejidad está dada por esta marca, ya que se expresan construyendo.

Leemos en el poema Recordando la infancia:

Irreconocible pero más constante y más permanente que

Todo lo demás,
Entretejido en toda imagen pasajera, inmerso en el hombre,
El prado, el animal,
Tejía el morir, tejía la muerte,
Lo real desconocido en lo irreal.

La de Broch es una poesía de “indagación metafísica”, una escritura aparentemente intelectual, que opera mediante paradojas y un tono reflexivo, para acuciar con preguntas al lector. En este sentido Broch, rescata la tradición clásica y la idea de considerar al discurso de la historia, la filosofía, la ciencia, como un verdadero estímulo a la imaginación artística.Broch suma crítica más poesía, reflexión y pasión; razón e intuición, mente y corazón. Es como si el poeta “pensara con el corazón y sintiera con la cabeza”. Y como dijera el propio Broch en uno de sus versos: Isla del alma, mi corazón.

Sin embargo, esta poesía expectante, cuestionadora del ser, el lenguaje y el conocimiento, nunca deja de ser lírica. En definitiva, una poesía que aporta voz al silencio del hombre y luz a los ojos para mirar en la oscuridad de este tiempo marcado por el avance de la insignificancia. Poesía entendida como un “obstinado visor”. Un ejercicio infrecuente de pensamiento poético, dentro del panorama de la poesía actual. Poesía compleja y densa, ambigua y dual: inquietante. Pero ¿no es esta ambigüedad de inquietante dualidad el soporte mismo de la existencia?

En los poemas de Broch, blanco más negro no deviene gris. Se trata más bien de un sistema del género “pre-socrático”: cada ser suscita su contrario. Su no ser está contenido implícitamente en sí mismo. Incluso, podríamos considerar su gran “poema novelado”: La muerte de Virgilio, como un verdadero Arte Poética (¿el final de una ilusión estética?). Allí se postulan dos miradas: una que trata de mantener unido un mundo, y no lo deja caerse por completo, es decir la de las convenciones histórico-culturales que manejamos, y a la vez nos sostiene como una red invisible; y otra mirada, la del poeta (¿Virgilio-Broch?), que trata de soltarse, infiel de la primera y busca el fundamento último de las cosas. La verdadera red. En esa búsqueda su deseo es “ver”, “indagar”, “comprobar” y “saber” algo más. Cada texto de Broch, implica, de modo implícito o explícito, una poética: una apasionada y reflexiva declaración de principios, una determinada filosofía. Desde esta perspectiva, “el pensamiento lírico” de Broch, podría describirse entonces, como una estrategia, una “astucia poética” para con la trascendencia. Asimismo una moral, una estética y una política. Este “pensamiento lírico” se despliega en la obra de Broch en dos direcciones que acaban por unirse: la búsqueda de un principio anterior que hace de la poesía el fundamento del lenguaje (“la casa del ser”) y, por consiguiente, de la sociedad; y la unión de ese principio con la Historia. En este sentido, podríamos afirmar junto al  Broch de La muerte de Virgilio, que toda sociedad está construida sobre un poema: Roma sobre La Eneida, por ejemplo. En síntesis, se trata de una escritura poética no sólo intensa, sino atrevida por su modo de incorporar la inteligencia al lenguaje, ya que es el “interregno del conocimiento terrenal”. Y es también  bellamente evocadora, en tanto que poesía, al decir de Clara Janés.

Y para finalizar este pobre e incompleto acercamiento a la poesía de Hermann Broch, nada más pertinente que recordar uno de los conceptos más inequívocos que sobre la poesía, expresara Broch por boca del gran poeta Virgilio: ante sus ojos había tenido siempre la exigente, la irrealizable imagen del conocimiento, la seria imagen del conocimiento de la muerte, y ninguna profesión podía hacer justicia a esa imagen, pues no hay ninguna que no esté exclusivamente sometida al conocimiento de la vida, ninguna con excepción de aquella única a la que se había visto abocado finalmente y que se llama poesía, la más extraña de todas las actividades humanas, la única que sirve para el conocimiento de la muerte.*

(*)
Hermann Broch, La muerte de Virgilio, Alianza Editorial, Madrid 2000. 

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