13/5/16

RESCATANDO A LUBICZ MILOSZ        
POESÍA Y PENSAMIENTO    

Por Héctor J.Freire  (Buenos Aires - Argentina)

hectorfreire@elpsicoanalitico.com.ar
A la memoria del poeta y traductor Lysandro Z.D.Galtier

"Sóplame la palabra envuelta de sol, la palabra
grávida de cólera de este peligroso tiempo."

O.W. de Lubicz Milosz



  
                                                                         


Oscar Wladislas de Lubicz Milosz nació el 29 de mayo de 1877 en Cereja, dominio de Mehilev perteneciente a su familia desde el siglo XVIII, en la Lituania histórica. Los Milosz (cuyos nombres heráldicos son: Lubicz-Bozawola, quiere decir “Voluntad de Dios”), y se remontan al siglo XIII. Estas tierras legendarias, que la revolución rusa del año 1917 y las particiones territoriales del 19 habrían de arrancarle para siempre.

El padre del poeta fue un hombre de una inteligencia vivaz y  “trastornada”; despótico, caballeresco, generoso, violento y romántico a la vez. Antiguo oficial de un regimiento de la Guardia que abandonó tempranamente el ejército para explorar las selvas africanas y dedicarse luego, sucesivamente, a la alquimia y a la aeronáutica.

La infancia de Milosz en el espacioso castillo de sus antepasados, está encuadrado entre un preceptor y una gobernanta. Sólo los domingos y a la hora del almuerzo, se le permitía a Milosz ver a sus padres; e inevitablemente, cuando esa fecha llegaba, su sola presencia en el amplio comedor provocaba las iras del padre y las réplicas hostiles de la madre.

Es tal la exasperación y tan amargo el sinsabor que aquellas escenas dramáticas le deparan que, en 1909 y ya en París, a raíz de una discusión con su padre, Milosz intenta suicidarse de un tiro de revólver. Entre ese padre tiránico y esa madre siempre azorada, el poeta creció en un clima de constante estupor, parecido al sueño.

A la edad de 11 años sus padres lo llevaron a París y lo inscriben en el Liceo de Janson de Sailly, donde termina sus estudios superiores obteniendo la gran medalla de plata de la Alianza Francesa. En 1896 ingresa en la Escuela de Lenguas Orientales y en la Escuela del Louvre, donde estudia, durante tres años, la epigrafía hebraica, aramea y asiria, bajo la dirección del célebre traductor de la Biblia, el profesor Eugene Ledrain. Entre 1902 y 1906 pasa una temporada en sus tierras de la Rusia Blanca para regresar luego a París.

Muertos sus padres, y poseedor de una cuantiosa pero efímera fortuna, se consagra durante varios años a realizar viajes de estudios filosóficos y literarios en Alemania, Rusia, Polonia, Inglaterra, Austria, Italia, España y en el norte de Africa.
En 1916 entra en la Oficina de Estudios Diplomáticos dependiente del Ministerio de Relaciones Exteriores. En 1918 es designado para llenar las funciones de redactor diplomático de la delegación lituana en la Conferencia de la Paz. En 1919 es destacado como representante diplomático de Lituania en París, cargo que desempeña hasta su muerte.

En 1931 se naturaliza francés. Ese mismo año se le otorga la Cruz de la Legión de Honor de Francia y poco más tarde es condecorado por su país con el título de Gran Oficial de la Orden del Gran Duque de Gediminas.
Su obra múltiple y diversa, sustenta una calidad y densidad interior siempre extraordinaria. Comprende, entre 1899 y 1938, unos treinta títulos, entre los que se destacan:

 Las siete soledades (1906)Los elementos (1911)Miguel de Mañara (1912)obra de teatro, misterio en seis cuadros. – Mefiboset (1913)tragedia bíblica en tres actos. – Poemas (1915) – Adramandoni (1918) – La confesión de Lemuel (1922)Los libros de poemas metafísicos: Ars Magna (1924) – Los Arcanos (1917), y los de ensayo Los orígenes ibéricos del pueblo judío (1932) – Las claves del Apocalypsis (1938).

Milosz pertenece a esa categoría de hombres y de poetas como Proust, Rilke, Pessoa o Machado, seres que en cierto modo sobreviven a su expresión y la sobrepujan. Figuras en quienes se encarna una realidad ignorada. Una especie de “milagro” une sus personas, sus vidas, su presencia y lo que hay de más sutil y de más extraño en sus obras. Son algo más que poetas: se diría que son la revelación misma de la poesía.

Milosz fue un verdadero precursor, uno de los iniciadores y propulsores del movimiento literario que erigió a Apollinaire en jefe de escuela. Más de un eco de ese acento inalienable, de su tono, resuena en los poemas del autor de Alcoholes. Sus meditaciones y pensamientos, esencialmente metafísicos sobre el movimiento, lo conducen, poco antes de 1916, al descubrimiento de la ley espiritual y física de la relatividad universal. “Al descubrimiento de la materialidad del espacio vuelto sinónimo de relación de los móviles”, adelantándose así a la revelación que hiciera un año más tarde el genio de Einstein.

Desde 1927 Milosz no ha de escribir más poemas. No obstante lo cual, a fines de 1936, da a conocer un último texto: “Salmo de la estrella del amanecer”, traducido por primer vez en la Argentina, por Lysandro Galtier.

Consagrado desde su juventud a la exégesis, a la filología y a la prehistoria, Milosz se entregó de lleno durante sus últimos años a la “construcción” de un puente entre lo visible y lo invisible. En este sentido, Milosz es uno de los grandes solitarios del arte, que a través del camino de la soledad permaneció fiel a la “ley de la luz”. Recorrió el mismo camino transitado antes por poetas-filósofos-visionarios como: Pitágoras, Dante, Novalis, Hoelderlin, Swedenborg o Blake. Y como ellos, supo que hay mucho más de lo que sospechan nuestros sentidos. Al decir de Adolfo de Obieta “toda su obra es la de un lúcido hijo del misterio”.

Milosz murió de un ataque de angina al pecho en su retiro de la rue Chateubriand, al promediar la noche del 2 de marzo de 1939. Sus restos fueron inhumados en el cementerio de Fontainebleau. Así lo recordó Galtier, miembro fundador de la “Association Les Amis de Milosz”, en el artículo “Reencuentro con Milosz en Fontainebleau”, publicado en el Diario La Nación el 11 de agosto de 1957: “....La casa donde murió Milosz está actualmente cerrada. Los que compraron ese inmueble no han vuelto. Y quizás es mejor que así sea. Un grave silencio la habita, sin embargo. Yo he tirado de su llamador para decir ¡presente! a sus fantasmas, y el alambre gastado del llamador, al romperse, hizo que éste quedara en mi mano. Es sólo un tosco llamador de hierro forjado..... Yo lo he traído conmigo y cuando lo tomo entre mis dedos siento que la mano de Milosz está en la mía.”

El mundo que describe Milosz en la mayoría de sus poemas, es un mundo donde el hombre no es ya el solitario sino la soledad, ni el abandonado sino el abandono, ni el condenado, sino la condenación. Así en su “Sinfonía de Septiembre” nos dirá:

“¡Bienvenida seas, oh tú, que el eco de mis propios pasos,
desde el fondo del oscuro y frío corredor del tiempo,
sales a mi encuentro!
¡Bienvenida seas, soledad, madre mía!

Soledad-Madre, una hipótesis deslumbrante que Novalis y Rilke no hubiesen desechado. Y como uno de los tantos “poetas de Dios”, Milosz –según expresó en su “Canto del Conocimiento”-, veíael mundo de los arquetipos y los describía a través de la palabra poética: “la palabra envuelta de sol”, precisa y luminosa del lenguaje del pensamiento.

Milosz, confería a la imagen poética, en su realidad específica, un dinamismo que proviene de una ontología propia. Las imágenes poéticas que creó Milosz, nos dan siempre un tono exacto y la medida propia de su ser. Así adquiere sentido la ambición afirmada del poeta de reconciliar el arte, la filosofía y la religión con la ciencia. Al respecto cabría señalar que el movimiento general de la poesía francesa durante el siglo pasado puede verse como una rebelión contra la versificación tradicional silábica. Esa rebelión coincide con la búsqueda del principio dual que rige al universo y a la poesía: la analogía.

Lo que el crítico Jean Bellemin – Noël llamó: Milosz y “el demonio de la analogía”. No olvidemos que la historia de la poesía moderna es una sorprendente confirmación del principio analógico.

El poema es un sistema de equivalencias, como ha dicho Roman Jakobson: rimas y aliteraciones que son ecos, ritmos que son juegos de reflejos, identidad de las metáforas y comparaciones. En la poesía de Milosz la analogía concibe al mundo como ritmo, y todo se corresponde porque todo es esencialmente ritmo. La analogía como una sintaxis cósmica: si el universo es un texto o tejido de signos, la rotación de esos signos está regida por el ritmo.

El mundo es un poema nos dice Octavio Paz, y a su vez, el poema es un mundo de ritmos, pensamientos y símbolos.
Correspondencia y analogía no son sino nombres del ritmo universal.

Tanto lo visible como la literatura son infinitos. El estilo es visión. En la filosofía y en la literatura, las “ideas” crecen lateralmente, brotando de raíces ocultas. Una obra literaria lograda significará que nada puede ser como era antes. Como la metafísica (y Rilke), nos manda cambiar nuestra vida. El arte nos enseña la más enigmática de las propuestas: el hombre es una cuestión para el propio Dios. De esa cuestión no somos nosotros los dueños. Comenta George Steiner, en su libro de ensayo La poesía del Pensamiento (del helenismo a Celan).
Lo cierto es que el poeta del pensamiento Milosz y el físico-matemático Einstein, por distintos caminos, estaban preocupados por “el secreto de la cosa”. Es así que el mismo Einstein declararía luego que “ningún camino lógico conduce al descubrimiento de las leyes elementales, y que solamente hay el camino de la analogía, ayudado por el sentimiento de un orden que yace detrás de la apariencia”.

El pensamiento y la analogía, en la poesía de Milosz, vuelve habitable al mundo. A la contingencia natural y al accidente opone la regularidad; a la diferencia y la separación, la semejanza. En su poesía de pensamiento, la analogía sería el puente verbal que permite al poeta, sin suprimirlas, reconciliar las diferencias y las supuestas oposiciones. Esta concepción, supone que la analogía es el efecto de una acción voluntaria del espíritu, como si el “verdadero poeta”, al considerar indispensable una comparación en un momento dado de su discurso, buscara en la serie virtual de comparables el que le conviene. Así adquiere sentido, el tratamiento especial que Milosz da a conceptos tales como “imagen”, “símbolo”, “metáfora”, “correspondencias”, “conocimiento” y “pensamiento”, así como las consecuencias de esa actitud en el campo de su escritura poética. Analogía sobre la que se basan los conceptos expuestos en sus poemas “metafísicos”, articulados con una teoría poética: como la suma entre el nivel filosófico y el nivel literario. Milosz autoriza esa “operatoria” cuando afirma en su gran poema Cántico del Conocimiento (1918), con el que inaugura sus preocupaciones filosófico-poéticas, que algunos “sustantivos no son ni los hermanos ni los hijos sino los padres de los objetos sensibles”.Hay pues un doble registro de signos: el que relaciona nuestro lenguaje corriente con lo que por comodidad llamamos “lo real” (real ilusorio, fenomenismo, como lo llama Milosz) y el que en el más allá de este mundo fenoménico convertido en signos, vincula la apariencia material a un “proto-lenguaje” (que en cierto modo para Milosz, sería “la palabra de Dios”, la palabra poética).

Ambos lenguajes se relacionan el uno con el otro por medio de un “referente” pero que es todo lo contrario de un absoluto: ya que Milosz pretende instaurar un verdadero pensamiento poético de la Relatividad. En este sentido, recupera el vocabulario de Swedenborgpara relacionar un mundo “celeste”, un mundo “espiritual” y un mundo “natural”. Esta construcción, facilita el establecimiento de juegos y correspondencias entre los distintos niveles de significación. No es casual que las palabras claves del pensamiento de Milosz sean: Lugar, Movimiento, es decir Relación y Nada (que no tiene que ver con el vacío, que es anterior a la noción misma de espacio). Etimológicamente, aná/logo significa: lo que se obtiene remontándose al “logos” es decir al motivo, al patrón, al modelo. A Los Arcanos (1927), en el decir poético de Milosz.

En este sentido, el poeta Raúl Gustavo Aguirre señalaba a propósito de Heráclito que no resulta fácil discernir entre lo poético y lo filosófico y se preguntaba si “no será, acaso, una señal de que (…) la poesía está volviendo a los orígenes, allí donde el lenguaje de la belleza, el de la verdad y el de lo sagrado son uno solo”. [*]
La analogía es la ciencia de las correspondencias, su principio poético. Incluso, el “pensamiento analógico poético” podría describirse entonces como la estrategia (la astucia) de Milosz para con la trascendencia. El recurso de la poesía para enfrentarse a la alteridad. Dentro de este esquema, escribir un poema es descifrar al universo sólo para cifrarlo de nuevo.  El juego propuesto por Milosz es infinito: el lector repite el gesto del poeta: la lectura es una traducción que convierte al poema del poeta en el poema del lector.

De ahí que el “pedido poético” con que abre este doble recordatorio, al poeta Milosz y a Lysandro Galtier, su traductor, también sea el nuestro:

                 sóplame la palabra envuelta de sol, la palabra
                  grávida de cólera de este peligroso tiempo”.


[*] Osvaldo Picardo, Poesía de Pensamiento (Palabras e ideas), ensayo preliminar al libro Poesía de Pensamiento. Una antología de Poesía Argentina. Ediciones Endymion, Madrid, 2015.

Dos poemas en traducción de Lysandro Z.D. Galtier

DESPERTAR
En un país de infancia recuperada entre lágrimas,
En una ciudad con latidos de corazones muertos
(todo un arrullador surco de latidos de latidos de vuelo,
De latidos de alas de los pájaros de la muerte;
De chapaleos de alas negras sobre el agua de muerte),
En un pasado fuera del tiempo, enfermo de arrobamiento,
Los gratos ojos dolidos del amor arden todavía
Con un fuego manso de mineral rojizo, con un triste encanto,
En un país de infancia recuperada entre lágrimas….
Sin embargo, el día llueve sobre el vacío absoluto.
¿Por qué me has sonreído en la gastada luz,
Y por qué y cómo me has reconocido,
Extraña muchachita de angélicos párpados,
De reidores, azulados, suspirantes párpados,
Hiedra de noche estival sobre la luna de las piedras?
¿Y por qué y cómo, no habiendo jamás entrevisto
Ni mi rostro ni mi duelo, ni la miseria de los días,
Me has reconocido tan de pronto,
Cálida, musical, brumosa, pálida, amada?
¿Por quién morir en la noche inmensa de tus párpados?
Sin embargo, el día llueve sobre el vacío absoluto.
¿Qué palabras, qué músicas terriblemente caducas
Se estremecen en mí con tu presencia irreal,
Sombría paloma de los días lejanos, tibia, bella?
¿Qué músicas en eso se estremecen durante el sueño?
¿Bajo cuáles frondas de soledumbre antiquísima,
En qué silencio, en qué melodía o en qué
Voz de niño enfermo volver a encontrarte, oh bella,
Oh casta, oh música escuchada en el sueño?
Sin embargo, el día llueve sobre el vacío absoluto.


CUANDO ELLA LLEGUE…
Cuando ella llegue, ¿habrá gris o verde en sus ojos,
Verde o gris en el río?
La hora será nueva en este porvenir tan viejo,
Nueva pero tan poco novedosa… ¡Antiguas horas en las que se ha dicho todo, visto
Todo, soñado todo:
No os imagináis cómo os compadezco…!
Habrá entonces otro hoy y ruidos de ciudad
Tal como los de hoy y siempre – ¡duras experiencias!-
Y olores –según la estación- de septiembre o de abril.
Y un falso cielo, y nubes sobre el río.
Y palabras –según la ocasión alegres o sollozantes
Bajo cielos que se regocijan o que lluevan,
Porque nosotros habremos vivido y simulado
-¡ay!- ¡tanto y tanto
Cuando ella llegue con sus ojos de lluvia sobre el río!
Y habrá también (voz del hastío, risa de la impotencia)
El viejo, el estéril, el seco momento presente,
Pulsación de una eternidad hermana del silencio;
El momento presente, tal como este momento.
Ayer, hace diez años, hoy, dentro de un mes,
Horribles expresiones, pensamientos muertos,
Pero, ¡qué importa!
Bebe, duerme, muere, es preciso liberarse de sí mismo
De una u otra manera…

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28/4/16

Claves para escribir un buen cuento                 

 

por Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz el 28-04-2016


Escribir un cuento no es difícil siempre que se tenga una historia que contar y cierto conocimiento de los recursos narrativos. Pero si se trata de escribir un “buen” cuento…, eso ya es harina de otro costal. Qué mejor que ir pasito a pasito, dando pautas.

El cuento como tal tiene vida propia; los personajes en
él inmersos deben, al menos, dar la ilusión de tener
una voluntad ajena de la del autor o del mismo lector.
Ese es el signo de un gran cuento, un microcosmos
encerrado en las hojas de papel (J. Cortázar).

1.- Selección. En primer lugar hay que tener una noción del tema, de lo que queremos contar. En este punto destacamos como primer requisito esencial: la selección. La regla de oro del arte literario es omitir, decía Stevenson. Es primordial elegir aquellos datos que son relevantes para la historia. En nuestra cabeza bullen muchas ideas, grandes temas, pero no vale todo; sólo aquello que llegue, incluso, a obsesionar. El conjunto de elementos que el autor tendrá que volcar sobre el papel (los personajes, los eventos y la atmósfera…) puede provocar molestia y angustia. Por eso afirma Cortázar que escribir es de alguna manera exorcizar.

2.- Unidad. Una vez que tenemos claro este punto, hay que centrarse en contar una única historia, un único tema, y hacerlo de manera concentrada ―ya que disponemos de muy poco espacio― para conseguir que cada descripción, cada escena aporte un nuevo dato que, a su vez, genere la intensidad narrativa que necesitamos.

3.- Tensión interna. Esa intensidad crea una cierta atmósfera y la tensión interna hace que el lector se pregunte qué sucederá a continuación. Hay que evitar la mala intriga, esa que proviene de la sucesión absurda y accidental de acontecimientos. Cada línea tendrá que añadir información, será necesario seleccionar los acontecimientos, disponerlos en el sentido que más convenga a la trama para acceder al resultado final; ese del que, en palabras de J. Cortázar, se sale como de un acto de amor, agotado y fuera del mundo circundante, al que se vuelve poco a poco.

Pero antes hay que escoger el punto de vista narrativo adecuado al desarrollo de la historia, analizar cómo se puede contarla, las distintas posibilidades disponibles, fijar dónde se coloca el narrador y qué puede expresar desde esa posición. Pensar en el tiempo, cuándo se van a desarrollar los hechos: en presente o tal vez convenga que el narrador lo cuente desde el pasado, conozca toda la historia y haya sido testigo de los acontecimientos. Y también tener en cuenta el espacio narrativo en el que se mueven los personajes y que aparecerá más o menos descrito en función de la importancia de la vida que practican.

Recordé que siempre me han irritado los relatos donde
los personajes tienen que quedarse como al margen
mientras el narrador explica por su cuenta (J. Cortázar).

4.- Prefiguración. La prefiguración nos prepara, sin saberlo, para el final, nos insinúa lo que va a suceder, pero escatimándonos el desenlace. Son pequeños hilos que el escritor va tirando. Aquí entra en juego la importancia de las repeticiones que dan continuidad a la trama. Para conseguir que la historia se proyecte en la mente del lector de un modo ligado y continuo, las repeticiones harán que la atención del lector se deslice de una frase a otra y de una acción a otra, sin un especial esfuerzo por su parte.

5.- Verosimilitud. Es necesario detallar con precisión cada escena para crear dentro del cuento un marco espacio-temporal reconocible o al menos muy bien definido, con el fin de persuadir al lector de que la historia es posible y, por lo tanto, de que el conjunto de la trama adquiere verosimilitud.

6.- Mostrar en lugar de decir. Los buenos escritores pueden decir casi todo lo que tiene lugar en la ficción que escriben, salvo los sentimientos de los personajes. Esta cita de Gardner expresa muy bien la idea de que los sentimientos no hay que explicarlos, sino que deben ser sugeridos mediante acciones de los personajes para que el lector los perciba sin filtros.
En resumen, un buen cuento debe ser breve, de intensidad creciente, debe producir en el lector una gran impresión y todo, en él, ha de ser significativo y verosímil. Esas son las cualidades que califican a un buen relato para que resulte inolvidable, para que el lector se adentre en él y le deje huella.

serescritor

18/3/16


La fiesta imaginada



Por Gabriel Arturo Castro*

I.


Carnaval, palabra italiana (carnevale, derivada del latín "carnem le vale", alteración de "carne levare" -suprimir la carne- evoca, a su vez, la expresión latina de idéntico significado "carnes tollendas" relativa al ayuno cuaresmal) con la que originalmente se designaba a las fiestas populares que se celebraran los tres días anteriores al miércoles de ceniza y que consistían en bailes, procesiones y mascaradas que expresaban la alegría y júbilo anterior, previo al retiro ascético de la inminente cuaresma.
Dicha tradición carnavalesca, cuyos antecedentes habría que buscar en la cultura grecolatina (Fiestas de Dionisio en Grecia y las fiestas lupercales que en el mes de febrero celebran los romanos en honor del dios Pan, originario de la Arcadia de Grecia, a quien se le solía representar con barba y pequeños cuernos, dotado también de unas patas de macho cabrío, dios de la vida animal y de la fecundidad, a veces se le confundía con un sátiro), adquiere nuevo vigor en la Edad Media (las llamadas fiestas de locos y del Asno, o las mascaradas de disfraces con pieles de animales, como la del Ciervo) y en el Renacimiento (carnavales de Venecia y Roma).
El carnaval siempre dispuso de un nuevo ordenamiento y constante interrogación de las jerarquías presentes en la sociedad, lo mismo que de sus costumbres y convenciones. Las más sagradas prácticas religiosas o políticas se cuestionaban o ridiculizaban a través de la sátira, la parodia y el juego. La pirámide de los valores quedaba invertida, la creación y la crítica social revelaban la intención del poder, la fantasía concebía alternativas tajantes frente a la disposición de la vida, permitía al hombre relacionarse con la alegría y la experiencia de generaciones pasadas. Era posible una visión desenfadada de la vida, la ruptura de tabúes, la exaltación de los goces de la existencia corporal, del ánimo de existir, la espontaneidad en el comportamiento y en el hablar, por lo tanto el despliegue de un lenguaje sin inhibiciones, el carnaval como un "antisistema", según Eugenio Trías.
Origen y destino se entrelazaban desde la práctica del juego, imaginación y festividad, creatividad y rito de celebración, como lo afirma Octavio Paz en su ensayo Risa y Penitencia, donde subraya la subsistencia en todo rito del elemento lúdico vivificador, lleno de sentido:
La frontera entre lo profano y lo sagrado, coincide con la línea que separa al rito del trabajo, a la risa de la seriedad, a la creación de la tarea productiva. En su origen todos los juegos fueron ritos que obedecían a un ceremonial. El trabajo rompe todos los rituales.
Era el tiempo inesperado, alianza de espíritus, explosión de júbilo y de color, el hombre que se reencarnaba sucesivamente, el Eros que bajaba a emprender una revuelta o una subversión en el estado de las cosas. Marcuse señala que si un orden político, ideológico o social impone restricciones al principio del placer, éste se rebela continuamente, pues el Eros se resiste a ser domesticado, luchando por impedir el sometimiento de la imaginación y el juego a los imperativos del rendimiento, la productividad y la eficiencia. Por encima de estos criterios de orden moral y utilitarista, el juego, el carnaval y la fiesta responden a demandas profundas.
En el Homo Ludens, el historiador holandés Johann Huizinga, expuso el postulado del juego como origen de la cultura (considerada por él como la armonización de los valores materiales y espirituales de la sociedad), ya que sus fuerzas esenciales (el mito, la ley, el arte, la religión), hunden sus raíces en el juego. Lo lúdico le da ánimo y significado al hecho creador, lo fundamenta al conectar lo real con lo imaginario, al marcar la densidad del tiempo y hacer del espacio una experiencia sentida, la humanización del mundo.
La imaginación lúdica no tiene un orden fijo, por el contrario, posee una dinámica y una movilidad que facilita la unión de lo disperso, brindándole cauce, plasmando formas y proyectándose en sustancias o contenidos.
"La imaginación no es la facultad de formar imágenes de la realidad, sino es la facultad de formar imágenes que sobrepasan la realidad", escribe Bachelard.
Así, el hombre se reinventa a sí mismo con la fiesta que imagina: la pluralidad, la diferencia, el hallazgo, la evocación, puentes para su emancipación y trascendencia. La fantasía, la conjetura y el sueño, rescatan o reconquistan "la memoria de los tiempos futuros", confluencia de todo lo que hemos perdido y de todo lo que esperamos. Es la lucha contra la somnolencia y el olvido, la pugna entre la máscara y el rostro de la que hablaba Lezama.
Quien no se transmuta se encarcela tras el espejo, no inquieta ni influye, se repite y con el tiempo muere, banalidad del injerto, insustanciabilidad del capricho. Así lo afirma Eugenio Trías:
"La idea de "persona" debería sustituirse por la idea de "máscara" o "disfraz", pues la persona o el yo esconde bajo su aparente unidad una multiplicidad. Bajo el yo indiviso se esconde multitud. Cada uno de nosotros encierra, por tanto, una multitud de máscaras. No hay unidad sino desdoblamientos y travesti".

 

II.


La desaparición o el ocaso de la actitud lúdica ha señalado un debilitamiento de la capacidad de nuestra civilización para la fantasía y la fiesta. Sobre la historia de la aventura espiritual del hombre yace un abismo, la predicción fácil de las acciones, la impotencia para la crítica, la venia ante el poder cada vez más irresistible dentro de una sociedad orientada al éxito y al dinero, arbitrariedad del pensamiento que dividió la política de la imaginación y reprimió la segunda como una actividad improductiva bajo las leyes del mercado, la lógica occidental, la epistemología, la mass media y la cultura capitalista de esta larga época.
Es que la mentalidad planificadora sólo acepta la presencia de lo útil, el rendimiento y el récord, tal como señala Jean Duvignaud:
El pensamiento de nuestro siglo rehuye lo lúdico, se empeña en establecer una construcción coherente donde se integran todas las formas de la experiencia reconstituidas y reducidas mediante sus categorías. Se ha emprendido un enorme esfuerzo por escamotear el azar, lo inopinado, lo discontinuo y el juego. La función, la estructura, la institución, el discurso crítico de la semiología sólo tratan de eliminar lo que les aterra.
Antes el realismo cartesiano había identificado la imaginación con maleables fantasías. Pascal la llamó la amante del mundo, engaño del hombre, error y duplicidad, "este soberbio poder, el enemigo de la razón".
Años después, Sartre, escribiría que la imaginación pertenece al campo irreflexivo, el lugar donde no es comunicable el pensamiento. Los objetos son para Sartre seres irreales que escapan a las leyes del mundo y a toda medida del mundo, magia, decía el filósofo francés, creencia, vacío, no ser, ausencia, desequilibrio, fetiche, antimundo. Semejante postura, llamada por Peña Vial como "primitivo enfoque respecto a la imaginación", sin embargo, tras su fondo de fobia y fijación ideológica, y sin proponérselo, le concede a la actividad imaginaria los elementos para ahondar radicalmente en lo real y decirnos lo primordial, el origen de las cosas, el cauce, la comunión muy lejos de la evasión y la huida, más allá del caos y la dispersión.
La imaginación ilumina la realidad, no la sustituye, ya que siendo una labor creadora intenta determinar ese espacio "concentrado en el corazón de las cosas", inventando, según Bachelard, "una nueva vida, un espíritu nuevo, un nuevo tipo de visión".


III.


La imaginación y la ficción deben en la práctica modificar al hombre a través del poder espiritual y cognitivo de la palabra, por medio de su eficacia de liberación. Lo lúdico, la disposición alegre, el modo festivo y carnavalesco de la expresión creadora tiene su lugar en la desmitificación del pensamiento y acciones humanas.
La creación aquí rompe las convenciones y las normas que reprimen toda manifestación y celebración del Eros, de la vida libre. E igual, su elemento de exceso, lo orgiástico, pone de manifiesto los contrastes de la existencia, la crítica de los acontecimientos que la hacen posible.
Se desmitifica lo que antes se había mitificado por medio de la domesticación de las ideas: héroes, juicios, acontecimientos históricos, pintorescas figuras atadas al poder, producto de la inercia y del temor humano y que son transformadas por la fuerza liberadora del elemento lúdico.
Lo carnavalesco, por ejemplo, desde la literatura universal se da  en Aristófanes como la articulación de una comicidad genuina que da cuerpo a su vez a una abstracción crítica. Las Ranas presenta a un débil Dionisio, fanfarrón, dispuesto siempre a acudir donde oiga hablar de banquetes y danzarinas, pero tembloroso ante los seres del Infierno. Y qué decir de la fuerza humorística de Francois Rabelais, su prodigioso dominio del lenguaje, la sátira con aires grotescos anclados en la farsa medieval, la cual cuestionaba el comportamiento eclesiástico, la cultura pedante y la hipocresía social. La sociedad era su objeto de parodia y travestí, motivo de la inversión carnavalesca, ya que ninguna costumbre quedaba libre del ridículo. Los vicios, las tonterías, las estupideces y las injusticias se presentaban para ridiculizarlas y despreciarlas, mezcla de risa e indignación.
La escritura carnavalesca podía burlarse de las leyes, de los políticos, de los asuntos del Estado, de los mediocres, de la seriedad de los hombres y las instituciones, la rigidez y la jerarquía. La risa puede más que la ira, decía Nietzsche.
Lo lúdico y lo festivo poseían la capacidad de subversión de valores y categorías. Incorporaban la blasfemia, la obscenidad, la ensoñación, la realidad trastocada y disfrazada. Recordemos la sexualidad satírica en el episodio de Circe del Ulises de Joyce; los relatos de Swift que desinflan a los héroes, a los impostores y habladores, e igualan a los hombres humillando a los poderosos; el mundo real cuestionado, volcado cabeza abajo en Alicia en el País de las Maravillas y el gusto de Carroll por la paradoja y el absurdo, inspiración, locura y crueldad con los convencionalismos, prejuicios y tradiciones de la sociedad, intención que también podemos encontrar en La Verdadera Historia de Luciano, La Granja de los Animales  de George Orwell; El Tambor de Hojalata o Años de Perro, novelas de Gunter Grass y su empecinado modo del vivir contemporáneo.
Lo grotesco realiza una interrogación a la pretendida racionalidad, armonía y orden de las relaciones sociales en determinadas circunstancias históricas; la parodia enjuiciaba el código de valores ideológicos y estéticos de la sociedad mediante la imitación irónica o burlesca de personajes, afirmando su propia visión del mundo, una nueva estética y un nuevo lenguaje; y el absurdo, el cual fue un concepto clave de la filosofía existencialista, de orden metafísico y moral (Dostoievski, Kafka), o de ruptura de convenciones tradicionales, juego de escarnio que delata las dificultades insalvables de la comunicación (Ionesco, Beckett), herederos de la tradición de Alfred Jarry (Ubú Rey) y su aspecto caricaturesco y de farsa en sus personajes, del onirismo surrealista, de la concepción de Artaud (el efecto repulsivo del espectáculo teatral), de la novela de Kafka, Joyce y Carroll, y del absurdo satírico de Max Frish, Arthur Adamov o del teatro socialmente combativo de Jean Genet. Hoy existen motivos para decir que el talante festivo, lo lúdico, lo carnavalesco y sus dimensiones han quedado restringidas y empobrecidas "en las márgenes de una cultura todavía gregaria, alimentada de la ilusión de identidades y personalismos".
La crítica, la sátira, la sublevación de la palabra ya no existen, se da paso, por el contrario, a la conformidad del creador o a la represión de sus facultades imaginativas y reflexivas. Sólo importa la sobrevivencia, la rutina, el acomodo a las circunstancias, la servidumbre utilitaria, la mirada común que el poder impone, su orden instrumental, sus programas, su tiempo oficial, su administración, su coacción de la necesidad, su "plan de campaña dirigido contra todo lo que queda de taciturno en la existencia".

*Poeta y narrador colombiano

Con-fabulación No. 400 - Colombia
 

25/2/16


Construir al enemigo
Umberto Eco
                                                                                   

Nacido el 5 de enero de 1932, en Alessandria, Italia y  fallecido en Milán el 19 de febrero de 2016, Humberto Eco, constituye uno de los más grandes legados literarios del presente siglo.
Autor entre otros de exquisitos y polémicos títulos como: El nombre de la rosa, El péndulo de Foucault, Número zero, El cementerio de Praga, Baudolino y La isla del día de antes, Eco Filósofo y Semiólogo, y de célebres frases como: "Cuando consideramos un libro, no debemos preguntarnos qué dice, sino qué significa", ha recibido los más altos honores del gobierno italiano y los más significativos reconocimientos del mundo intelectual. No obstante, como a su entrañable Borges de quien se consideraba uno de los mayores admiradores, tampoco le fue otorgado el tan merecido Premio Nobel de Literatura por parte de la Academia sueca. 


CONSTRUIR AL ENEMIGO
Ensayo de Umberto Eco

Hace algunos años, en Nueva York, me tocó un taxista cuyo nombre era difícil de descifrar y me aclaró que era paquistaní. Me preguntó de dónde era yo y le contesté que italiano. Me preguntó que cuántos éramos y se quedó asombrado de que fuéramos tan pocos y de que nuestra lengua no fuera el inglés.
Por último me interrogó sobre cuáles eran nuestros enemigos. Ante mi «¿Perdone?», aclaró despacio que quería saber con qué pueblos estábamos en guerra desde hacía siglos por reivindicaciones territoriales, odios étnicos, violaciones permanentes de fronteras, etc. Le dije que no estábamos en guerra con nadie. Con aire condescendiente me explicó que quería saber quiénes eran nuestros adversarios históricos, esos que primero ellos nos matan y luego los matamos nosotros o viceversa. Le repetí que no los tenemos, que la última guerra la hicimos hace más de medio siglo, entre otras cosas, empezándola con un enemigo y acabándola con otro.
No estaba satisfecho. ¿Cómo es posible que haya un pueblo que no tiene enemigos? Nada más bajarme, dejándole dos dólares de propina para recompensarle por nuestro indolente pacifismo, se me ocurrió lo que debería haberle contestado, es decir, que no es verdad que los italianos no tienen enemigos. No tienen enemigos externos y, en todo caso, no logran ponerse de acuerdo jamás para decidir quiénes son, porque están siempre en guerra entre ellos: Pisa contra Lucca, güelfos contra gibelinos, nordistas contra sudistas, fascistas contra partisanos, mafia contra Estado, gobierno contra magistratura. Y es una pena que por aquel entonces todavía no se hubiera producido la caída de los dos gobiernos de Romano Prodi, porque le habría podido explicar mejor qué significa perder una guerra por culpa del fuego amigo.
Ahora bien, reflexionando sobre aquel episodio, me he convencido de que una de las desgracias de nuestro país, en los últimos sesenta años, ha sido precisamente no haber tenido verdaderos enemigos. La unidad de Italia se hizo gracias a la presencia de los austriacos o, como quería el poeta Giovanni Berchet, del irto, increscioso alemanno («el híspido y engorroso alemán»); Mussolini pudo gozar del consenso popular incitándonos a vengarnos de la victoria mutilada, de las humillaciones sufridas en Dogali y Adua, así como de las demoplutocracias judaicas que nos imponían sus inicuas sanciones. Véase qué le sucedió a Estados Unidos cuando desapareció el imperio del mal y se disolvió el gran enemigo soviético. Peligraba su identidad hasta que Bin Laden, acordándose de los beneficios recibidos cuando lo ayudaban contra la Unión Soviética, tendió hacia Estados Unidos su mano misericordiosa y le proporcionó a Bush la ocasión de crear nuevos enemigos reforzando el sentimiento de identidad nacional y su poder.
Tener un enemigo es importante no solo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. Por lo tanto, cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo. Véase la generosa flexibilidad con la que los naziskins de Verona elegían como enemigo a quienquiera que no perteneciera a su grupo, con tal de reconocerse como tales. Pues bien, en esta ocasión no nos interesa tanto el fenómeno casi natural de identificar a un enemigo que nos amenaza como el proceso de producción y demonización del enemigo.
En las Catilinarias (II, 1-10), Cicerón no debería haber sentido la necesidad de bosquejar una imagen del enemigo, porque tenía las pruebas de la conjura de Catilina. Pero lo construye cuando, en la segunda oración, les presenta a los senadores la imagen de los amigos de Catilina, reverberando su halo de perversidad moral sobre el principal acusado:
Paréceme estarles viendo en sus orgías recostados lánguidamente, abrazando mujeres impúdicas, debilitados por la embriaguez, hartos de manjares, coronados de guirnaldas, inundados de perfumes, enervados por los placeres, eructando amenazas de matar a los buenos y de incendiar a Roma. […] Les reconoceréis en lo bien peinados, elegantes, unos sin barba, otros con la barba muy cuidada; con túnicas talares y con mangas, en que gastan togas tan finas como velos. […] Estos mozalbetes tan pulidos y delicados no solo saben enamorar y ser amados, cantar y bailar, sino también clavar un puñal y verter un veneno.
El moralismo de Cicerón, al final, será el mismo de Agustín, que estigmatizará a los paganos porque, a diferencia de los cristianos, frecuentan circos, teatros, anfiteatros y celebran fiestas orgiásticas.
Los enemigos son distintos de nosotros y siguen costumbres que no son las nuestras.
Uno diferente por excelencia es el extranjero. Ya en los bajorrelieves romanos los bárbaros aparecen barbudos y chatos, y el mismo apelativo de bárbaros, como es sabido, hace alusión a un defecto de lenguaje y, por lo tanto, de pensamiento.
Ahora bien, desde el principio se construyen como enemigos no tanto a los que son diferentes y que nos amenazan directamente (como sería el caso de los bárbaros), sino a aquellos que alguien tiene interés en representar como amenazadores aunque no nos amenacen directamente, de modo que lo que ponga de relieve su diversidad no sea su carácter de amenaza, sino que sea su diversidad misma la que se convierta en señal de amenaza.
Véase lo que dice Tácito de los judíos: «Consideran profano todo lo que nosotros tenemos por sagrado, y todo lo que nosotros aborrecemos por impuro es para ellos lícito» (y me viene a la cabeza el repudio anglosajón por los comedores de ranas franceses o el repudio alemán por los italianos que abusan del ajo). Los judíos son «raros» porque se abstienen de comer carne de cerdo, no ponen levadura en el pan, se entregan al ocio el séptimo día, se casan solo entre ellos, se circuncidan (fíjense) no porque se trate de una norma higiénica o religiosa sino «para marcar su diversidad», entierran a los muertos y no veneran a nuestros Césares. Una vez demostrado lo distintas que son algunas costumbres auténticas (circuncisión, descanso del sábado), se puede subrayar aún más la diversidad introduciendo en el retrato costumbres legendarias (consagran la efigie de un asno, desprecian a padres, hijos, hermanos, patria y dioses).
Plinio no encuentra cargos significativos contra los cristianos, puesto que ha de admitir que no se dedican a cometer delitos sino solo a llevar a cabo acciones virtuosas. Aun así, los condena a muerte porque no sacrifican al emperador y esa obstinación en rechazar algo tan obvio y natural establece su diversidad.
Una nueva forma de enemigo será, más tarde, con el desarrollo de los contactos entre los pueblos, no solo el que está fuera y exhibe su extrañeza desde lejos, sino el que está dentro, entre nosotros. Hoy lo llamaríamos el inmigrado extracomunitario, que, de alguna manera, actúa de forma distinta o habla mal nuestra lengua, y que en la sátira de Juvenal es el graeculo listo y timador, descarado, libidinoso, capaz de tender sobre el lecho a la abuela de un amigo.

Con-fabulación Nº 410 - Colombia

14/2/16

PREHISTORIA DEL AMOR                                                              

Un ballo in maschera, 1983. George Tooker.
Un ballo in maschera, 1983. George Tooker.
Imagen obtenida de: http://kemperartmuseum.wustl.edu/collection/explore/
artwork/1858
Prehistoria del amor (*)
Selección Héctor J. Freire
hectorfreire@elpsicoanalitico.com.ar
Al comenzar estas reflexiones señalé las afinidades entre erotismo y poesía: el primero es una metáfora de la sexualidad, la segunda una erotización del lenguaje.  La relación entre amor y poesía no es menos sino más íntima. Primero la poesía lírica y después la novela –que es poesía a su manera- han sido constantes vehículos del sentimiento amoroso. Lo que nos han dicho los poetas, los dramaturgos y los novelistas sobre el amor no es menos precioso y profundo que las meditaciones de los filósofos. Y con frecuencia es más cierto, más conforme a la realidad humana y psicológica.

Los amantes platónicos, tal como los describe El Banquete, son escasos; no lo son las emociones que, en unas cuantas líneas, traza Safo al contemplar una persona amada:

Igual parece a los eternos dioses
Quien logra verse frente a ti sentado:
¡Feliz si goza tu palabra suave,
Suave tu risa!
A mí en el pecho el corazón se oprime
Sólo en mirarte: ni la voz acierta
De mi garganta a prorrumpir; y rota
Calla la lengua.
Fuego sutil dentro mi cuerpo todo
Presto discurre: los inciertos ojos
Vagan sin rumbo, los oídos hacen
Ronco zumbido.
Cúbrome toda de sudor helado:
Pálida quedo cual marchita hierba
Parezco muerta.

No es fácil encontrar en la poesía griega poemas que posean ésta concentrada intensidad,  pero abundan composiciones con asuntos semejantes al de la poetisa, salvo que no son lésbicos. (En esto Safo también fue excepcional: el homosexualismo femenino, al contrario del masculino, apenas aparece en la literatura griega)
Las fronteras entre erotismo y amor son movedizas; sin embargo, no me parece arriesgado afirmar que la gran mayoría de los poemas griegos son más eróticos que amorosos. Esto también es aplicable a la Antología latina. Algunos de esos breves poemas son inolvidables: los de Meleagro, varios atribuidos a Platón, algunos a Filodemo y, ya en el período bizantino, los de Paulo el Silenciario. En todos ellos vemos – y sobre todo oímos – al amante en sus diversos estados de ánimo – el deseo, el goce, la decepción, los celos, la dicha efímera – pero nunca al otro o a la otra ni a sus sentimientos y emociones. Tampoco hay diálogos de amor – en el sentido de Shakespeare y de Lope de Vega – en el teatro griego. Egisto y Clitemnestra están unidos por el crimen, no por el amor: son cómplices, no amantes; la pasión solitaria devora a Fedra y los celos a Medea. Para encontrar prefiguraciones  y premoniciones de lo que sería el amor entre nosotros hay que ir a Alejandría y a Roma. El amor nace en la gran ciudad.

El primer gran poema del amor es obra de Teócrito: La hechicera.  Fue escrito en el primer cuarto del siglo III a.C. y hoy, más de dos mil años después, leído en traducciones que por buenas que sean no dejan de ser traducciones, conserva intacta su carga pasional. El poema es un largo monólogo de Simetha, amante abandonada de Delfis. Comienza con una invocación a la luna en sus tres manifestaciones: Artemisa, Selene y Hécate, la Terrible. Sigue la entrecortada relación de Simetha, que da órdenes a su sirvienta para que ejecute esta o aquella parte del rito negro al que ambas se entregan. Cada uno de esos sortilegios está marcado por un punzante estribillo: pájaro mágico, devuélveme a mi amante, tráela a mi casa. Mientras la criada esparce en el suelo un poco de harina quemada, Simetha dice: “son los huesos de Delfis”. Al quemar una rama de laurel, que chisporrotea y se disipa sin dejar apenas ceniza, condena al infiel: “que así se incendie su carne…”. Después de ofrecer tres libaciones a  Hécate, arroja al fuego una franja del manto que ha olvidado Delfis en su casa y prorrumpe: “¿por qué, Eros cruel, te has pegado a mi carne como una sanguijuela?, ¿por qué chupas mi sangre negra?”.

Al terminar su conjuro, Simetha le pide a su acólita que esparza unas yerbas en el umbral de Delfis y escupa sobre ellas diciendo: machaco sus huesos”.  Mientras Simetha recita sus sortilegios, se le escapan confesiones y quejas: está poseída  por el deseo, y el fuego que enciende para quemar a su amante es el fuego en que ella misma se quema. Rencor y amor, todo junto: Delfis la desfloró y la abandonó, pero ella no puede vivir sin ese hombre deseado y aborrecido. Es la primera vez que en la literatura aparece –y descrito con tal violencia y energía- uno de los grandes misterios humanos: la mezcla inextricable de odio y amor, despecho y deseo. El furor amoroso de Simetha parece inspirado por Pan, el dios sexual de pezuñas de macho cabrío, cuya carrera hace temblar al bosque y cuyo hálito sacude los follajes y provoca el delirio de las hembras. Sexualidad pura. Pero  una vez cumplido el rito, Simetha se calma como, bajo la influencia de la luna, se calma el oleaje y se aquieta el viento en la arboleda. Entonces se confía a Selene como a una madre. Su historia es simple… Pasan días y días de fiebre e insomnio. Simetha consulta con magos y brujas, como ahora consultamos a los psiquiatras y, como nosotros, sin resultado alguno. Sufre

                                            …la dolencia
                                             de amor, que no se cura
                                             sino con la presencia y la figura.


[*] Fragmento del libro La llama doble (Amor y erotismo) de Octavio Paz. Ed. Galaxia Gutenberg, Barcelona 1997.

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1/2/16

Recordando a Wislawa Szymborska
                                             

Kornik, Oeste de Polonia (1923-2012). La poeta y crítica literaria Wislawa Szymborska, falleció a los 88 años  en Cracovia. Le fue otorgado el Premio Nobel de literatura 1996. Es considerada como una de las voces más originales de la poesía contemporánea de su país. Desde 1931 residió en Cracovia, lugar al que siempre ha estado ligada. Su primer libro: Busco la palabra (1945), obtuvo una secreta acogida, pero fue a partir de 1952, con la aparición de: Por eso vivimos, que comenzó a alcanzar gran reconocimiento en el universo de la poesía. Le siguieron luego: Preguntas planteadas a una misma (1954), Llamada a Yeti (1957), Sal (1962), Cien consuelos (1967), Gran número (1976), Gente en el puente (1986) y Fin y principio (1993), obras todas ellas en las que sobresale un profundo rechazo a los horrores de la ocupación nazi en Polonia.


POSIBILIDADES
Por Wislawa Szymborska

Prefiero el cine.
Prefiero los gatos.
Prefiero los robles a orillas del Warta.
Prefiero a Dickens antes que a Dostoievski.
Prefiero que me agrade la gente
a amar a la humanidad.
Prefiero tener a la mano hilo y aguja.
Prefiero no afirmar
que la razón es la culpable de todo.
Prefiero las excepciones.
Prefiero salir más temprano.
Prefiero hablar de otra cosa con los médicos.
Prefiero las viejas ilustraciones a rayas.
Prefiero lo ridículo de escribir poemas
a lo ridículo de no escribirlos.
Prefiero en el amor los aniversarios no exactos
que se celebran todos los días.
Prefiero a los moralistas
que no me prometen nada.
Prefiero la bondad astuta que la demasiado crédula.
Prefiero la tierra vestida de civil.
Prefiero los países conquistados a los conquistadores.
Prefiero tener reservas.
Prefiero el infierno del caos al infierno del orden.
Prefiero los cuentos de los hermanos Grimm
a las primeras planas del periódico.
Prefiero las hojas sin flores a la flor sin hojas.
Prefiero los perros con la cola sin cortar.
Prefiero los ojos claros porque los tengo oscuros.
Prefiero los cajones.
Prefiero muchas cosas que aquí no he mencionado
a muchas otras tampoco mencionadas.
Prefiero el cero solo
al que hace fila en una cifra.
Prefiero el tiempo de los insectos al estelar.
Prefiero tocar madera.
Prefiero no preguntar cuánto me queda y cuándo.
Prefiero tomar en cuenta la posibilidad
de que el ser tiene su razón.

Adaptación nota de
Con-fabulación Nº 408 - Colombia

25/1/16

ESA COSA INÚTIL QUE ES LA POESÍA.         
 
por Elidio La Torre Lagares (Puerto Rico)



Me perdonan la franqueza, pero la poesía no sirve para nada. Es verdad. Así lo han consignado en diversas ocasiones y seguro tienen razón. La poesía, después de todo, no tiene tiempo, vive en un eterno tiempo presente que se desplaza en las formas de los verbos, sí, pero siempre es un aquí, un ahora. Una condición de la utilidad es el tiempo —pregúntese la última vez que compró un producto lácteo y no miró la fecha de expiración.
La poesía es leche eterna.
Eso, definitivamente, no sirve de nada. Como la inmortalidad. (El único beneficio de la inmortalidad es político: si existiera, no habría guerras, ni desigualdad, ni habría países ni nacionalismos. Pero como no existe, entonces creamos la poesía, ese apego a permanecer continuos en el tiempo, como más o menos decía Lezama).
La poesía, me dijeron hace poco, no deja.
Por las virtudes de ese positivismo utilitarista decimonónico, hemos eliminado cualquier fundamento de las verdades y principios universales que no sea empírico. Tengo hambre es empírico. No tengo dinero también. Pero, ¿me hace falta la poesía? Para comenzar, habría que comenzar a definir la poesía y ya eso es una complicación —que de paso, es empírica. O whatever.
No culpo a los que tienen en buena estima a la inutilidad de la poesía.
De aquel proyecto positivista que germina a finales del siglo XIX en el mundo, heredamos la fascinación con lo servible, con lo práctico, con lo inmediato. Como decir una botella que luego arrojamos a la basura sin darle la oportunidad de ser florero. Así.  La sociedad desechable es una maravilla y mi cinismo también.
El punto es que un Poeta —así, con letra mayúscula— como Pablo Neruda admite que si le preguntan qué es poesía, no tendría palabras para contestar, “pero si le preguntan a mi poesía, ella, les dirá quién soy yo”. Que la poesía persiga y encuentre a uno podría constituir un tipo de conducta impropia. Stalking le llaman.
A mí, la poesía me trollea. Es una cosa que yo no busco, sino que me llega, me abusa y se burla de mí. Como la mala suerte, o, a veces, como las mejores alegrías.
En tiempos de la Cibernia —como llamo a ese plano virtual en el cual confluimos con “amigos” y “seguidores”; esa plaza infinita llamada red social—, la poesía aparenta estar de moda. En Twitter, nos hace ver “tuit chic”. Tuit chic —en pasarela de 140 caracteres por los segundos que dure en el TL. TL—  time line, o línea de tiempo. La poesía es sonido disperso en el tiempo, dijo Lezama. La poesía es todo, dijo Luis Lloréns Torres cuando inventó el panedismo (guglealo).
En Facebook, adorna nuestros muros, grafita nuestras páginas personales, flora en nuestras actualizaciones de estado. Actualizaciones de estado —pura ciencia física, como decir uno es agua y luego vapor. Como decir: “Jey, antes era Gregorio y ahora soy escarabajo”. En fin, es un plano cartesiano revertido, si se me permite el disparate: en los status updates, uno no piensa y luego existe; uno existe cuando nos dan me gusta. Si no, eres, por tomar las palabras de Ray Loriga, tan útil como un pez en un gimnasio.
Oh. ¿Acaso dije útil?
Hace poco leí: “Creo que una de mis medias está embarazada”. ¿Qué tan útil es eso? No es un poema, ciertamente, pero se comporta como uno. Qué le vamos a hacer —la poesía es impostura. Luego escribí un poema sobre el acontecimiento de “casar las medias”, como le llamaba mi abuela al acto de hacer que las medias rimaran del mismo color, diseño y textura. ¿Quién dijo que la poesía es fácil? Ciertamente, no fue mi abuela, que tejía palabras como flores de hilo y cargaba la paciencia de una tortuga.
Al poema de la media, le senté en mis rodillas. Le encontré amargo. Y le injurié. Me creí Rimbaud hasta que el verano me trajo la risa espantable del idiota. Pensé: “¿Es esto poesía o infertilidad?” Ante la falta de una respuesta, le sacrifiqué a los dioses binarios del ordenador. Delete. Delete. Delete. Etc.
George Steiner atribuía la determinación de las estructuras de pensamiento a “la materia oscura de la poesía” (véase el ejemplo de la media embarazada).  Materia oscura— como la mayor parte de nuestro universo, y hasta eso permanece en el reino de lo especulativo. Claro, no hay idea sin palabras. Cada palabra es una obra poética, dice Borges, pues “el lenguaje es una creación estética”.
Seguro. Hay palabras lindas. Feas. Buenas. Malas. Pero llenas de ideología. Žižek opina —y yo le creo— que hay ideología en todo, hasta en los toilettes.
Para Octavio Paz, la actividad poética es “conocimiento, salvación, poder, abandono”. Suena a una visita al toilette, ¿no? (¿Ya mencioné mi cinismo?). Pero es más un proceso por el cual cambiar al mundo. Cualquiera que se diga poeta aspira a transformar al menos una persona, aunque sea a sí mismo (que rima con cinismo). Así comienzan los grandes cambios en los pueblos, los países y en la humanidad.
Los poemas nadan entre las verdades del tiempo –decir vida y muerte-, los pescamos como una mentira. Sus palabras no son fijas.  No son inamovibles. Tampoco son, como argumentaba Lyotard, significados despegados de sus significantes, porque si fuera así, este escrito no tendría sentido (¿lo tiene?). Las palabras son esos intentos fútiles de explicarnos a nosotros mismos, la más bella mentira de todas.
Algunos “amantes de la poesía” son culpables de perpetuar el buen nombre de la inutilidad de este arte. Aunque no se percatan de ello —creo yo; es más, espero yo— tratan la poesía como un bien de consumo, una comodidad (mi mala traducción del vocablo commodity, pero me gusta la noción que encierra la palabra inglesa) que atenta, paradójicamente, contra su naturaleza (la poesía no sirve para nada, ¿recuerdan?). La poesía constituye ese género de mercado del libro que no es mercadeable, en el sentido capitalista de la palabra cuando nos referimos al más burgués de todos los géneros, que es la novela.
Así que es verdad: bajo estos términos, la poesía es una cosa inútil. Solo sirve para inventar sueños, texturas, posibilidades —ese otro estado de la materia del cual se compone nuestra experiencia de vida— hasta que llega Gabriel Celaya a la velocidad del instinto y nos apunta un poema al pecho como si quisiera detonar un rifle de asalto. A fin de cuentas, un acto.

© All rights reserved Elidio La Torre Lagares
Elidio La Torre Lagares es poeta, ensayista y narrador. Ha publicado un libro de cuentos, Septiembre (Editorial Cultural, 2000), premiada por el Pen Club de Puerto Rico como uno de los mejores libros de ese año, y dos novelas también premiadas por la misma organización: Historia de un dios pequeño (Plaza Mayor, 2001) y Gracia (Oveja Negra, 2004). Además, ha publicado los siguientes poemarios: Embudo: poemas de fin de siglo (1994), Cuerpos sin sombras (Isla Negra Editores, 1998), Cáliz (2004). El éxito de su poesía se consolida con la publicación de Vicios de construcción (2008), libro que ha gozado del favor crítico y comercial.

En el 2007 recibió el galardón Gran Premio Nuevas Letras, otorgado por la Feria Internacional del Libro de Puerto Rico, y en marzo de 2008 recibió el Primer Premio de Poesía Julia de Burgos, auspiciado por la Fundación Nilita Vientós Gastón, por el libro Ensayo del vuelo.

En la actualidad es profesor de Literatura y Creación Literaria en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Ha colaborado con el periódico El Nuevo Día, La Jornada de México y es columnista de la revista de cultura hispanoamericana Otro Lunes.

11/1/16

YO ESPERO LA NOCHE PARA SOÑARTE, NIVARIA TEJERA
                                                                                             
Por Reynaldo García Blanco (Cuba)


Murió en enero.  Apenas fue nombrada en nuestros medios.  Me enteré por Lourdes Gil.  Entonces mi memoria voló a la otrora patria de Sancti Spíritus.  La voz de Fayad Jamís o la fugaz presencia de su hija Rauda volvieron a llevarme a El Barranco.  Eran los días de leer a escondidas a Heberto Padilla, a Borges, a Octavio Paz.  Miedo ingenuo.
Murió Nivaria. Nivaria Tejera.  Murió en París.  Tal vez con aguacero.  Murió el 6 de enero del año en curso.
Intento otear mi biblioteca viajera.  Luz de lágrima (1950), La gruta (1953) y Alba en el niño hidrópico (1954).  Libros que una vez fueron donados a una biblioteca de provincia pero que dormían el sueño eterno en el área de libros por clasificar. Aunque la primera lectura cierta fue El barranco (1959), nunca he podido leer su poesía en totalidad: Innumerables voces (1964) y París escarabajo (1976). Sospecho que hay otros libros.  Pero París y Canarias quedan muy lejos.  Era tanto el silencio que la imaginaba muerta.
Ahora me veo recitando El ahorcado del Café Bonaparte de Fayad Jamís o aquello de quien fuera su compañera: Yo espero la noche para soñarte, revolución.//En cada espacio de sombra más allá de los ojos,/ en la que estos se extienden a no dormir, tu sueño reaparece./Y esta sombra proyecta la sombra de la cámara refringente a un abismo mayor/ en el que los sentidos apresados se despojan de sus relieves diseminándolo, tanteando así un reposo al planeo de tu persucusión.// Y la pesadilla de lo que fuera un sueño apunta con su discóbolo de Mirón y da de lleno en mi traza. Y una avalancha de ceniza se cierne sobre ella.
¿Qué oscuro temor nos llevaba a leer en secreto a Nivaria Tejera? ¿Acaso eran las palabras revolución, sombra, ceniza, pesadilla?
Tal vez los más cercanos a la mujer creadora que fue Nivaria Tejera se digan a dos voces: Porque sin respiración nos han ido dejando los hechos de la historia, ajena al hombre y a su mitología, a las infinitas variedades de los entes que la confabulan.
Murió Nivaria Tejera.  Murió en París.  Tal vez sin aguacero.  Yo espero la noche para soñarla.

*
Nivaria Tejera (Cienfuegos, Cuba, 1929 /  París, 2016).  En Francia fue descubierta como escritora por el crítico Maurice Nadeau y por Claude Couffon, que ha traducido al francés sus escritos.