29/4/14

El soñador 

 

Lo que hemos hecho en estos días no es despedir a un hombre sino saludar a un mito.

Por: William Ospina


Cuando García Márquez empezaba a perder la memoria, un diario del continente tituló: “¿Y ahora quién recordará por nosotros?”. Gabo no sólo nos dio toda su memoria personal: la convirtió en un instrumento para nombrar y descifrar su mundo, y, a la cabeza de una generación admirable, cambió para el planeta la idea de América Latina.
En esa tarea lo habían precedido, entre otros, un nicaragüense: Rubén Darío; un mexicano: Alfonso Reyes; un chileno: Pablo Neruda; un argentino: Jorge Luis Borges, y otro mexicano: Juan Rulfo. Habían traído el ritmo, el rigor, el reconocimiento del territorio, la perplejidad creadora, el pensamiento mágico. García Márquez aportó la diablura, el colorido, la sensualidad, la exuberancia, la fiesta de las palabras, y un sentido realista de la fantasía que hizo que los sueños se parecieran a la vida y podría hacer que la vida se parezca a los sueños.
Toda felicidad verdadera es colectiva, y la obra de Gabriel García Márquez es el más feliz de los sueños que hayamos compartido. Pero no sólo nos hizo sentir a los latinoamericanos habitantes de la misma casa, sino que nos unió con el mundo.
Habíamos crecido como huéspedes tardíos de la historia, habíamos llegado tarde al diseño de la civilización, todas las metrópolis se creían con derecho a disponer de nuestro presente y a dictar nuestro futuro. Esa generación fue la primera que definitivamente les dijo a aquellos mandarines que ahora éramos los dueños de nuestro destino y los inventores de nuestros propios sueños.
Y si algo le añadió García Márquez a ese mosaico de ritmo, de rigor, de originalidad, de lucidez y de honda humanidad fue una alegría caribeña, una nitidez de las imágenes, una audacia de la imaginación, un dominio del canto y una fe en la vida tan elocuente que América Latina se sintió renacer en su voz, y el mundo entero la vio brotar como una flor desconocida entre las selvas de la historia, como un polen fecundo para las viejas culturas cansadas, y como una promesa.
Fue largo el camino para llegar a creer en nosotros: ahora comienza, ya ha comenzado, el camino, más largo aún, para reinventar la vida en este planeta en peligro. Después de Borges, después de Rulfo, después de Neruda, después de García Márquez, ya tendrán que contar con nosotros para el rediseño de la civilización.
García Márquez no quiso ya ser un hombre de perfil nacional; fue, como Bolívar, un luchador continental, un hombre del mundo, y un hombre de su época. Lo saludamos ante todo como un alto creador en el lenguaje, como lo que principalmente fue, como un poeta, pero nadie quiere olvidar al ser humano amistoso y mágico, al cantor de las fiestas, al amigo personal de quienes lo vieron así fuera una sola vez, al amigo personal de todos los que lo leen, al hombre comprometido con los cambios históricos, con la justicia y con la generosidad, a un maestro del buen vivir y del buen soñar, que no será jamás ceniza, porque está en el recuerdo vivo de miles de seres que le trasmitirán su memoria a las generaciones, y porque está siempre esperándonos en esas páginas que cambian corazones y que despiertan mundos.
El fervor que queremos en la tierra es el fervor que vive en sus páginas. También en ellas hay dolor y muerte, guerras y desastres, trenes que nos traían el progreso y que se alejaron cargados de muertos, pueblos errantes que llevan la cultura de un lado a otro, gitanos que polinizan el tiempo. También en ellas está ese coronel cuya carta no llega, el luchador que no tiene patria que le agradezca, el servidor al que los Estados y las sociedades olvidan, y barcos que se quedaron atrapados tierra adentro, que no tuvieron mar para el viaje, y seres que no pudieron escapar a la soledad, pero también gentes que no se mueren antes de alcanzar el amor, mujeres que centran el mundo, hombres atados para siempre a los árboles, y guerreros feroces que terminan sus días haciendo pescaditos de oro.
Rimbaud dijo que había que inventar el amor, y es cierto que al mundo hay que inventarlo continuamente. Hay quien dice que García Márquez inventó a América Latina, así como alguien dijo que Hokusai inventó al Japón. El mundo no es verbal, de modo que nombrarlo es de todas maneras inventarlo, pero una vez que se lo nombra ya es parte de la memoria de todos.
Él nos invitó a que propusiéramos desde la América Latina “una nueva y arrasadora utopía de la vida”. El nuestro es el continente donde se dio cita el mundo. Los humanos tenemos que aprender a respetar este planeta, pero para ello los poderes tienen que aprender a respetar a la humanidad. Porque no queremos un mundo en el que estorbe la humanidad.
Alguna vez le dije: “Gabo, a ti ya te leen más que al Espíritu Santo, y eso es pecado. Dime, ¿cuál es tu secreto?”. Y él me contestó: “La verdad es que sí tengo un secreto y te lo voy a revelar: todo consiste en impedir que el lector se despierte”.
Gabo: sigue impidiendo que nos despertemos, y nosotros nos encargaremos de que tú no dejes de soñar.

* William Ospina
- de EL ESPECTADOR - 28-4-2014 - Colombia 
 

26/4/14

Crónica de un desencuentro con García Márquez                             

 

JAIME CABRERA GONZÁLEZ [mediaisla] Me dediqué a la lectura de las obras de García Márquez sin proponerme acercarme a la persona como sí lo intentó un escritor de mi ciudad que acudió a quienes los podían relacionar hasta que alguien le dijo que para qué quería que le presentaran a alguien que nunca iba a ser su amigo…

Hay a la entrada de muchos establecimientos en Key West o Cayo Hueso, Florida, una placa que dice que ahí estuvo Ernest Hemingway aunque se sabe que asistía todos los días al Sloopy Joe’s Bar; sólo en un sitio leí un letrero que afirmaba, más bien advertía a sus clientes, que ahí nunca estuvo el autor de Por quién doblan las campanas. Ahora que proliferan los que mencionan por todos los medios que conocieron personalmente a Gabriel García Márquez; que muchos de mis amigos escritores recuerdan haber tenido algún encuentro con él; que tantos allegados me han mostrado una foto en que están con el autor de Cien años de soledad, yo tengo que anotar, que no lo conocí, ni lo vi nunca en mi vida (con excepción de las entrevistas en la tele o en fotografías). No tuve esa fortuna —tampoco lo intenté ni siquiera en mis días de fiebre macondiana— que en este momento me hubiera permitido titular estas líneas como “Mi encuentro con Gabito”. Así con esa confianza con que llaman a cualquier Gabriel en la Región Caribe colombiana y no con el Gabo de mis compatriotas del interior del país (que fue también el hipocorístico que caló en el resto del mundo) ni el GGM de la prensa.

Pero de tanto verlo (y leerlo) a veces creo haberlo conocido. Se volvió tan cercano como el tío Reynaldo, el único intelectual de mi familia. Me contaba Virginia Bennett, una amiga fotógrafa, que en la sala de su casa había tres imágenes debidamente enmarcadas: la del Sagrado Corazón de Jesús, la del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán y la del cantante de tangos Carlos Gardel. En mi casa, además del Sagrado Corazón y una Última Cena por lo menos en mi cuarto de adolescente había un enorme afiche con la cara de Gabriel García Márquez que me acostumbré a ver junto a los carteles de Marilyn Monroe y Brigitte Bardot y, más tarde, mucho más tarde, uno de Nastassja Kinski con una serpiente pitón enroscada en su cuerpo desnudo. Además, el haber crecido en pleno estallido del llamado Boom literario latinoamericano hizo que la figura del creador de Macondo estuviera todos los días en los periódicos y se convirtiera en parte de la conversación en la mesa o en las mecedoras de la terraza a la hora de las tertulias casi como un pariente más al que se le alaba o se le censura cualquier actuación.

Acudo al poeta Raúl Gómez Jattin y hago una paráfrasis de uno de sus poemas: los escritores son para leerlos y hay que dejar de hacerle caso a lo que hagan con sus vidas. Me dediqué a la lectura de las obras de García Márquez sin proponerme acercarme a la persona como sí lo intentó un escritor de mi ciudad que acudió a quienes los podían relacionar hasta que alguien le dijo al calor de unas cervezas frías que para qué quería que le presentaran a alguien que nunca iba a ser su amigo; quizás hoy al fallecimiento de García Márquez mi amigo escritor cuente mejor esa anécdota que cabe en la antología de los que no lo conocimos. En un correo electrónico me recuerda el profesor Livingston Crawford, un amigo que vive en Lima, que existe una praxis cultural en decir que hubo algún tipo de encuentro cercano cuando un personaje reconocido fallece y agrega en su email el caso del citado poeta cuando, por cierto, un trabajador de García Márquez dijo a la prensa que el día anterior a la muerte de Gómez Jattin éste le había regalado un hipocampo. Y Crawford termina diciendo que no sabe de dónde sacó esto, no el animalejo (que debe de haberlo extraído del mar cartagenero), sino la palabreja. Nadie en esas tierras ni sus alrededores se refería a un caballito de mar por otro nombre así labore en la casa de un Premio Nobel de Literatura. Todo para justificar que había conocido al poeta muerto.

Mi único  y verdadero encuentro

Existe una pregunta que a menudo se formula cuando pasa un hecho sin precedente que marca un hito, de esas del tipo de qué hacías cuando el apagón de Nueva York; en Colombia, en dónde estabas cuando mataron a Gaitán; o más recientemente, qué estabas haciendo cuando te enteraste que dos aviones acababan de impactar las Torres Gemelas y la TV empezó a trasmitir las incidencias de los ataques de aquel 11 de septiembre de 2001. Una de esas sería: cuándo o en qué circunstancia leíste la primera obra de García Márquez. Para algunos la respuesta será sencilla y quizás no haya detrás anécdota alguna. A mí, por diferentes razones, me cambió la manera de ver la realidad, marcó mi gusto y me motivó a contar.

Entré en la obra de Gabriel García Márquez por la puerta de Cien años de soledad cuando ya Macondo llevaba cuatro novelas y el libro más de dos años de publicado. Yo tenía 12 años y cursaba Primero de Bachillerato en el que sería el colegio de toda mi vida: el Colegio Americano de Barranquilla. Recuerdo que el profesor Rodrigo Ebrath, un hombre que estaba al día en materia literaria y bibliográfica, dijo un día en la clase a manera de información general —aunque lo escribió en el pizarrón— que existía una novela titulada Cien años de soledad, escrita por un escritor de Aracataca, Gabriel García Márquez; en su breve exposición del argumento citó la gota que llenaría el vaso de mi interés: la masacre llevada a cabo en Ciénaga y en la zona aledaña conocida como Matanza de las Bananeras. No sé si otros de los compañeros tuvieron en cuenta aquella invitación a la lectura, de lo que sí puedo dar fe es que para mí de inmediato la hubo y vencí mi timidez para hacer un par de preguntas. Yo debía leer ese libro simplemente porque entre esas páginas debería estar mi abuelo.

Desde pequeño escuché la historia de mi abuelo materno, Juan González, de qué manera se había salvado de morir el 6 de diciembre de 1928, día en que el gobierno de Miguel Abadía Méndez, con el general Carlos Cortés Vargas a la cabeza, reprimió con balas (muchas dum-dum) la huelga que llevaban a efecto los trabajadores de la United Fruit Company (también llamada Compañía Frutera de Sevilla) y en donde hubo mucho más muertos que los declarados de forma oficial. Ni mi hermana Beatriz ni yo nos cansábamos de oír aquel relato y esperábamos una nueva oportunidad para escucharlo aunque abuelo no agregara nada nuevo a la narración ni sobre las dos balas que recibió, una en la muñeca y otra en el abdomen, fuera de hacer que las tocáramos porque aún reposaban en su cuerpo y que fotografió Gaitán en su investigación para el debate que llevaría al Congreso. Por eso cuando supe que existía un libro que se refería al tema, me propuse leerlo y encontrar más sobre esa historia. Y como, además, conocía la palabra “Macondo”, no sólo por lo que abuelo decía de cierto árbol, sino porque se refería a una finca con ese nombre y no a un pueblo como había expresado el profesor.

Mi primera búsqueda fue en la biblioteca del colegio en donde no encontré el nombre del libro en el fichero; y cuando le pregunté a la señora que hacía las veces de bibliotecaria que si tenía Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, se quedó mirando como dicen los campesinos miran las gallinas a los sapos. Como en mi casa no había las condiciones económicas para pedirle a mi papá que, además de la ya costosa lista de libros de mi hermana y mía, sacara dinero para un nuevo libro (que nadie me había pedido leyera ni era obligatorio adquirir), ni siquiera lo mencioné. Mi papá que era un gran lector compraba los libros en Pica-Pica, un callejón del mercado en donde vendían libros de segunda mano o compraba y memorizaba cuadernillos de poesía que vendían a muy bajo precio que luego declamaba cuando se tomaba algunos tragos. Así que nuestra biblioteca estaba conformada por libros viejos y poemarios deshojados. Entonces se me ocurrió la idea de consultar a los amigos de mi papá, aquellos con los que no jugaba dominó sino que hablaba de Literatura.

Tuve la suerte de que en mi primer intento de conseguir Cien años de soledad prestado sólo tuve que acudir a la puerta del vecino más cercano, don Aníbal Mendoza, un empleado de una línea aérea que estaba al tanto por la prensa de los nuevos títulos editoriales y que compraba libros cada semana, que estaba suscrito a Círculo de lectores y que recibía a los vendedores de enciclopedia que tocaban a su puerta. Cuando le pregunté si tenía el libro, me dijo que sí y que después de la siesta lo buscaría y me lo llevaría a casa. Aguardé el momento de tener el libro en mis manos para empezar a leerlo y llegar al capítulo que en realidad me interesaba; el de la Matanza. Resulta que un poco antes de la hora convenida apareció por casa una abogada entrada en años y solterona, una de esas vecinas que tiene una opinión para todo y se creen con un poder especial para censurar, criticar y ordenar con acento militar. Así que cuando don Aníbal apareció con Cien años de soledad, la mujer puso el grito en el cielo. Que cómo era posible que me fuera a dar a leer un libro lleno de vulgaridades, que esa no era lectura para un niño y ahí se explayó en términos y reproches como si la hubieran ofendido. Y hubiera convencido a todos, al vecino y a mi familia, si yo no hubiera mentido —aún a costa de que la mujer hubiera ido al colegio a censurar al profesor y a la actual enseñanza— y dije que se trataba de una tarea. Entonces supe que antes de que la vecina volviera de descruzarse de brazos y atacara tenía que leer la novela a toda prisa. Antes había leído a paso de tortuga El Quijote, María de Jorge Isaacs y La vorágine de José Eustasio Rivera, todas por recomendación de mi papá.

Leí Cien años de soledad en el baño de mi casa entre un viernes por la tarde y la noche del domingo en que mi mamá pensó en que tendría que llevarme a primera hora del lunes al consultorio de nuestro médico si no se me componía el estómago, que era mi excusa para entrar tantas veces al retrete. Me bastó la primera página para no querer detenerme, ya no me importaba la historia de mi abuelo, ni las que había oído en esos viajes por la zona bananera en que acompañaba a Inocenta Daza, mi abuela, en un tren de madera que iba de pueblo en pueblo entre plantaciones de banano y se detenía en estaciones como la de Aracataca. Ahí estaba todo junto que podía leer como si se tratara de un cuento infantil en que tenía la potestad de entrar y hacer parte. Era el mundo en que había crecido cada vez que llegaban las vacaciones e iba a Ciénaga y estaban los nombres, que como también en mi familia, se repetían; había cada aventura que ni siquiera muchos años después frente a los llamados libros clásicos juveniles habría de borrarse de mi memoria.

A partir de aquella lectura empezó mi búsqueda de qué más había publicado de García Márquez, indagación que coincidió con el libro que había recomendado el profesor y que yo no le había prestado atención obnubilado con lo que había contado de Cien años de soledad porque se había referido a esta obra sólo a guisa de referencia del libro que había programado para nuestra lectura: El coronel no tiene quien le escriba. Y ahí vino mi segundo gran encuentro. Cómo era posible mantener mi atención con una historia tan sencilla que creo leí en una tarde y que abría aún más mi apetito de lector. De ahí fui hacia atrás, hacía las primeras novelas: La hojarasca y La mala hora y los cuentos de Los funerales de la Mama Grande. Y ya casi al final del bachillerato, puesto al día, como una feliz coincidencia una joven pensionada que vivía en mi casa se ganó en una rifa que hicieron en la universidad en donde estudiaba biología el libro La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada y como ella veía que yo leía el tomito Ojos de perro azul me regaló su premio con una dedicatoria escrita con su letra de maestra de escuela enamorada.

El tercer gran sobresalto llegó con El Otoño del Patriarca. La estructura del libro, esa espiral poética me Cien años de soledad y siempre encontraba nuevas cosas como si el autor —en palabras del novelista Álvaro Cepeda Samudio— entrara por la noche a mi alcoba y pusiera más páginas, acción que según el creador de La casa grande, no sucede en las bibliotecas públicas porque están muy vigiladas. O escuchaba a mi tío Luis Lino Torregrosa hablar de Gabito y luego ser capaz de recitar varias páginas de Cien años de soledad como si se tratara de un poema, uno más de aquella colección de la poesía piedracielista que tanto le gustaba y que soltaba sin aviso y sin descanso.
arrastró por varios días en que no paré de leerlo sin medir las consecuencias por las clases a las que dejé de asistir en la Universidad y el riesgo de perder el semestre por estar próximo a los exámenes finales… La novela me abrió nuevos horizontes y aunque para entonces mi universo literario se había ido ampliando y enriqueciendo con otros autores, seguir a García Márquez me devolvía aquella sensación inicial de gozo. No sé cuántas veces leí Cien años de soledad y siempre encontraba nuevas cosas como si el autor —en palabras del novelista Álvaro Cepeda Samudio— entrara por la noche a mi alcoba y pusiera más páginas, acción que según el creador de La casa grande, no sucede en las bibliotecas públicas porque están muy vigiladas. O escuchaba a mi tío Luis Lino Torregrosa hablar de Gabito y luego ser capaz de recitar varias páginas de Cien años de soledad como si se tratara de un poema, uno más de aquella colección de la poesía piedracielista que tanto le gustaba y que soltaba sin aviso y sin descanso.

Y siguió Crónica de una muerte anunciada y el Premio Nobel y El amor en los tiempos del cólera y todos los títulos harto conocidos de sus novelas y su vasta obra periodística a la par que se escribían ensayos, estudios y biografías y anécdotas y aparecieron los gabólogos y de tanto verme reflejado en mi sobrino Richard (una nueva generación) que empezó a leerlo a la misma edad de mi descubrimiento de Cien años de soledad, de tanto tanto, Gabriel García Márquez se convirtió en alguien que ya creía conocer, que no necesitaba salir a buscar, que lo podía encontrar por ahí y saludar como se saluda uno con un viejo amigo de la familia, con un antiguo vecino: “Ajá y qué hay de nuevo en Macondo…” Por eso cuando me enteré que había muerto, en un principio me asaltó aquella frase suya de que no había que creer todo lo que aparecía en las noticias, luego se derrumbó la idea de que estaría toda la vida, que era inmortal y, finalmente, tuve la misma sensación de orfandad infinita del día que mi hermana menor, Margarita, me llamó a Miami Beach desde Barranquilla para decirme que se nos había ido mi papa. Sí, fue como si mi papá se hubiera muerto por segunda vez.

____________________________
JAIME CABRERA GONZÁLEZ (Barranquilla, Colombia, 1957). Estudió en el Colegio Americano; obtuvo el título de arquitecto en la Universidad del Atlántico, profesión que abandonó para vivir del cuento. Desde 1993 viven en los Estados Unidos en donde ha ejercido el periodismo; ha ganado varios concursos de cuento en Colombia y otros países. Ha publicado Como si nada pasara (1996) y Miss Blues 104°F (mediaIsla, 2014).

Fuente:  http://mediaisla.net/revista/2014/04/cronica-de-un-desencuentro-con-garcia-marquez/

21/4/14


Los dos Gabos

(1927-2014)

Gabriel García Márquez, retrato de la autoría de Fernando Maldonado

Por Gustavo Adolfo Quesada Vanegas*
Ahora es la hora de recostar un taburete a la puerta de la calle y empezar a contar desde el principio los pormenores de esta conmoción nacional, antes de que tengan tiempo de llegar los historiadores.  Gabriel García Márquez. Los funerales de la mama grande.

La generación de colombianos que en los años sesenta y los setenta del siglo XX abrió los ojos políticos, estéticos y científicos en este país flagelado por toda clase de despropósitos, se encontró con un pacto político, el Frente Nacional, que a través de componendas de los partidos tradicionales aplazaba todas las reformas y autorizaba la expresión política solo a los liberales y a los conservadores. El perdón y el olvido fueron las consignas para ocultar y acallar la culpa de 300.000 campesinos asesinados en menos de 15 años. Mientras tanto en el horizonte despuntaban la Revolución Cubana y la Revolución China, la Guerra Fría, el conflicto ruso-chino, la insurgencia por toda América del Sur y el Caribe, los movimientos por los derechos civiles en Estados Unidos, el hipismo, el rock y la contracultura, la Guerra de Vietnam y Mayo del 68 en Francia. La modernización imperialista de nuestro país campeaba a sus anchas y el FMI imponía, sin resistencias, sus dictados. Era obvia la inconformidad y diaria la protesta. La música, la pintura, la poesía, el teatro buscaban nuevos caminos de expresión. En el fondo, dando tonos y visos al lenguaje y sentido a la sensibilidad, con Cortázar, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Lezama Lima, José Donoso, Augusto Roa Bastos, Fernando del Paso, Gabriel García Márquez y otros, emergía una generación de escritores que desarticulando las formas tradicionales del lenguaje y experimentado con los tiempos y los espacios, el sueño y la vigilia y la lucidez y el delirio,  afirmaba con la narrativa su profundo compromiso social. Por supuesto no eran unánimes ni uniformes y algunos no persistieron en su compromiso, pero con independencia de los ciclos personales, bautizaron otra vez nuestro continente, poniendo nombre a las cosas y redescubriendo la historia, lo que quiere decir contándola de nuevo. Nosotros devorábamos,  La hojarasca, Los funerales de la mamá grande, La mala hora, El coronel no tiene quien le escriba, Cien años de soledad y El otoño del patriarca para no mencionar sino algunas de las obras de García Márquez que más circularon en su momento, y las convertíamos en artillería pesada de nuestra visión de América Latina y Colombia, de nuestro humor y nuestra ironía.
Ahora mientras todos los medios y las personalidades de la farándula política publican su foto al lado de nuestro Nobel y todos juran haber sido sus confidentes y amigos, ocultando que auparon la persecución o la suscitaron, sobre un escritor comprometido con las causas sociales, es bueno recordar que García Márquez mantuvo una irreconciliable posición antiimperialista y radicalmente crítica frente a las oligarquías colombianas y latinoamericanas que no han vacilado ni siquiera en pagar la deuda externa con el mar como en El otoño del patriarca:

Salga a la calle y mírele la cara a la verdad, excelencia, estamos en la curva final, o vienen los infantes o nos llevamos el mar, no hay otra, excelencia, no había otra, madre, de modo que se llevaron el Caribe en abril, se lo llevaron en piezas numeradas los ingenieros náuticos del embajador Ewing para sembrarlo lejos de los huracanes en las auroras rojas de sangre de Arizona, se lo llevaron con todo lo que tenía dentro, mi general, con el reflejo de nuestras ciudades, nuestros ahogados tímidos, nuestros dragones dementes (…) sólo dejaron la llanura desierta de áspero polvo lunar que él veía pasar por las ventanas con el corazón oprimido.

Más allá de la validez de los innumerables estudios producidos y por producir sobre la obra de García Márquez, todos válidos por la profundidad de su obra, resaltamos en este momento su poética de la historia. Esta poética permitió el paso a la literatura de nuestras guerras civiles, épicas del fracaso, le dio verdad a la Matanza de las Bananeras, hizo de todos los dictadores un solo dictador y a los “amores contrariados” una disculpa para penetrar en nuestra cultura y nuestra sensibilidad, en las que la imaginería popular construye realidades más reales que la propia realidad y por lo tanto más actuantes y definitivas. ¿Cuál mejor Bolívar que el general navegando aguas arriba por el Magdalena llevando sobre los hombros todo el fracaso de una guerra de quince años? Esta poética denuncia, además, página tras página y en medio de los exabruptos de la naturaleza y las locuras de los hombres, la tragedia de un país asolado por señores de la tierra, embajadores, curas que levitan y marcan con ceniza a quienes se debe ajusticiar, abogados y militares que no vacilan en ordenar la muerte de cientos de trabajadores para defender los intereses de las multinacionales. Bastaría con releer la enumeración de los “bienes morales” de la Mamá Grande para encontrar de cuerpo entero a nuestras elites, así ahora se disfracen de modernas e informáticas y asistan a sus homenajes, callando que hasta hace poco movían los servicios de inteligencia para “demostrar” su complicidad con los insurgentes, al igual que lo hicieron con Feliza Bursztyn y Luis Vidales. Este es el García Márquez que pertenece a los colombianos y a las aguas profundas de nuestra historia. La desmesura del asesinato de los hijos de Aureliano Buendía es la desmesura de los paramilitares coludidos con curas, políticos y dueños de la tierra que siguen devastando nuestra patria. En García Márquez los desafueros de la imaginación son metáforas de las atrocidades de la realidad.

* Escritor y catedrático colombiano
- Con-fabulación Nº 324 - Colombia 

28/3/14

Hotel La Fonda



por Arístides Vega Chapú,
(Santa Clara, Cuba)


Parecería levantado con la arena del río Bravo
o una simulación de cenizas de un fuego muy antiguo
apagado por sí solo.
El hotel La Fonda, en Taos,
semeja esa forma que adquiere la arena amasada por
un niño
que por su edad no supone pueda su obra despeñarse
en cualquier momento.
Instante para amasar de nuevo la arena y volverlo a intentar,
tantas veces como el sol le permita.
Lo sucedido de este lado está por contarse
mientras el imperceptible viento levanta con sutileza
un polvo arenoso que se restriega con fruición
contra las paredes del hotel y contra mis ojos.
Nadie duda han sido levantadas con arenas de un río
cuyo nombre se asocia a sucesivas crucifixiones.
Nadie me dijo lo que  pareció obvio.
A pesar de que la arena sigue compacta
como si el edificio hubiese sido sembrado en la aridez
de una tierra en la que se sostienen algunos arbusto.
Protegido quizás por los cerros distantes,
ocultos tras nubes muy bajas,
extendidos con aparente ingravidez hasta donde la vista alcanza.
Pese al calor no se deshacen de la nieve,
caída meses atrás, cuando todos abandonaron sus casas
para dar fe de su bonanza y traer sobre sus hombros
los animales desvanecidos,  ya sin sangre,
con el tufo de las resinas de los legendarios árboles
crecidos a esa distancia del cielo.
Siempre he visto la nieve desde muy lejos,
en lo más alto de los cerros a los que no he podido llegar.
Nunca caer sobre mí, como ha sido mi deseo.
Los cazadores llegan de sitios distantes y ocupan cualquier lugar,
sin que nadie precise saludarse.
Sin levantar la vista
como si no existiese nada posible de identificar
entre ellos y el cielo donde Dios suele ocultarse.
Alguien pregunta por la reserva india
y con parquedad se le hace saber
que hoy no admiten la entrada de turistas.
Celebran una fecha sagrada, esgrime como rotundo argumento,
palabras que muy pronto pierden su sonido
en tan desolado paisaje.
En las noches frías de Taos sólo se escucha el aullido de los lobos.
Pelambre gris, ojos blancos y una expresión de tristeza
de la que me he compadecido.
Algunos han sido domesticados y se muestran junto a sus amos
sujetos del arreo,
con el que han doblegado su ancestral fiereza.
Alzo la lámpara y lo que escasamente queda expuesto parpadea,
como si todo fuese efímero y nada estuviese
al alcance de mi mano.
Como si Taos fuese otra de mis invenciones.


8/3/14

Que la tierra te sea leve

Por Amparo Osorio



El siguiente texto, poético homenaje al epitafio, pertenece al libro Cronistas bogotanos
publicado por La Colección Los Conjurados y ya distribuido en las más importantes librerías de Colombia.

Al pasear por sarcófagos, sepulturas, sepulcros, tumbas, mausoleos, lápidas, panteones o criptas... nombres que al pronunciarlos en cualquier idioma traen un viento frío y parecen inventados por la terrible imaginación de Edgar Allan Poe o por H.P. Lovecraft, es posible encontrar sentencias consagratorias, alegóricas o irónicas, esculpidas para resumir los pasos del difunto.
Esta voz de piedra de la muerte que existe en las más diversas culturas es conocida como Epitafio, del latín tardío Epitaphium (que se hace sobre una tumba), y es tan antigua que no se tiene una cronológica adopción de su uso, presumiéndose que fue asimilada por la mayor parte de los pueblos del mundo como último eslabón con sus seres desaparecidos.
Y así como los dioses también mueren y de algunos se conservan sus tumbas, en la del dios Osiris, ubicada en Sais en el Bajo Egipto, existen signos del período ptolomeico, que a manera de epitafio cuentan la vida del imponente personaje mítico: Esta es la forma de aquel que no puede ser nombrado, Osiris el de los Misterios, que brota de las aguas que retornan.
La Antigua Grecia y la reciente Italia, a pesar de la costumbre de incinerar a sus muertos, son culturas en las que el epitafio es imprescindible, extendiéndose a galerías, claustros, obeliscos y medallones que no necesariamente contienen las cenizas del viajero. Así, sobre la tumba vacía construida por el pueblo de Florencia en honor a su más digno hijo: Dante Alighieri (1265-1321) y que está ubicada en la Basílica de Santa Cruz, se lee la inscripción: Onorate l'altissimo poeta («Honrad al más alto poeta»). Sin embargo el cuerpo de Dante permanece en su tumba en Rávena, provincia de la Emilia-Romaña al nororiente de Italia, donde sucedieron sus últimos días.
Los romanos que incluían casi siempre una deprecación en favor del muerto comenzaban así su temible adiós: Sit tibi terra levis (Que la tierra te sea leve) o Siste, viator (Deténte, caminante) inscripción ésta última que fue durante siglos una de las más usadas, debido a que los entierros se efectuaban en la orilla de los caminos. Luego de alguna de estas frases, se procedía a la exaltación del fallecido.
El cuerpo de Dionisos (o Baco el Perfecto), enterrado en Delfos junto a la estatua de Apolo, contenía sobre la tumba la leyenda: Aquí yace muerto Dionisos, hijo de Semele, frase comprobatoria de que estas exaltaciones no sólo eran propias de hombres sino que frecuentaban las esferas inmortales.
En Esparta se concedía el honor del epitafio sólo a los guerreros que morían luchando por la patria. Sobre la tumba de Leonidas, caído en la batalla de las Termópilas, reza la siguiente inscripción: Pasajero, ve y di a Esparta que sus hijos han muerto por obedecer sus leyes.
Recaen sin embargo dentro de los epitafios toda suerte de adjetivos, desde íntimos, amorosos, despreciativos, poéticos, altruistas, metafóricos, etc., y cuyo memorable inventario podría hacerse infinito por esos lazos de eternidad que se tejen con la muerte, sin distingo de credo, profesión o raza.
Así, uno de los más evocados que no realza los atributos del difunto, es el escrito sobre la tumba de Richelieu: Aquí yace el Cardenal Richelieu que hizo mucho bien y poco mal, pero el mucho bien lo hizo mal y el poco mal lo hizo bien...
La Enciclopedia Británica para ejemplificar lo que era un epitafio epigramático y satírico, refiere estas líneas sobre el rey Carlos II: Él nunca dijo una cosa tonta, pero tampoco dijo una cosa sabia.
Como culto al amor podríamos citar la sentencia que reposa sobre la tumba de Antínoo, amante favorito del emperador romano Adriano, en cuya lápida los embalsamadores egipcios esculpieron: Obedeció a la orden del cielo. O aquel perteneciente al inmortal verso de Quevedo que a lo largo del mundo ha sido adoptado para innumerables tumbas: Polvo serás, más polvo enamorado.
El mismo Adriano, fallecido en el año 139, cuyos restos reposan en el célebre castillo de Sant Angelo, ubicado en la orilla derecha del Tíber en la ciudad de Roma y construido bajo su reinado, escribiría para ser grabada en su tumba la siguiente irónica frase: Turba medicorum perit (He muerto a manos de una turba de médicos).
El epitafio de William Shakespeare cuyos restos se encuentran en la Iglesia de la Santísima Trinidad en su natal Stratford-upon-Avon surgió de su propia pluma y contiene una advertencia: Bendito sea el que respete estas piedras y maldito el que mueva mis huesos. Hubiera sido sin embargo más preciso al autor retomar las últimas palabras del príncipe Hamlet en su agonía: Lo demás es silencio
De una admirable elementalidad podemos decir que es la inscripción sobre la lápida del genio alemán Goethe: Era un hombre; o aquella de letras azules que surge emotiva sobre la tumba de Miguel Hernández, ubicada en el cementerio de Nuestra Señora del Remedio, en Alicante: Aunque bajo tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra que yo te escribiré.
El escritor francés Stendhal autor de Rojo y Negro aseguró su memoria en la piedra con las siguientes palabras: Vio, escribió, amó. Y el poeta chileno Vicente Huidobro, cuyo deseo fue ser enterrado en una colina frente al mar de Cartagena (Chile), escribiría también su propio recuerdo: Aquí yace el poeta Vicente Huidobro/ Abrid la tumba/ Al fondo de esta tumba se ve el mar.
Ejercitado también por los sajones, nórdicos y escandinavos, se han encontrado diseminados por el mundo innumerables epitafios tallados por los vikingos en sus piedras rúnicas.
Extrañamente tomado de la Völsunga Saga (Cantos de la Edda Mayor) que relata los rasgos de las culturas germánicas medievales, María Kodama decidió para la tumba del oracular Borges que reposa en el Cimetière des Rois en Ginebra, la casta frase: Empuña su espada y la pone entre sus desnudeces.
Sobre la lápida de Copérnico encontramos una de las más poéticas y escalofriantes inscripciones: Sta, Sol, ne moveare (Deténte, Sol, no te muevas) y sobre la de Alejandro Magno impresa por sus contemporáneos: Esta tumba debe bastar a aquel a quien no podía bastar el mundo.
Recorriendo el Cementerio de Rarogne Churchyard, de Canton Valais en Suiza hallamos la más romántica de las tumbas para uno de los mayores poetas alemanes. En la piedra esculpida bajo la que reposan los restos de Rainer Maria Rilke se lee: Sublevación o pura contradicción/ amaría ser el sueño de nadie/ bajo tantos párpados cerrados.
En el cementerio de Swan Point en Rhode Island, cualquier visitante puede leer con perplejidad la inscripción funesta, escrita por uno de los mayores maestros del terror: H.P. Lovecraft, verdadero deleite para los seguidores de Los Mitos de Cthulhu: No muere lo que puede eternamente descansar aunque muera mi muerte.
No menos impactante podríamos decir que es el epitafio que acompaña al francés André Breton, el Papa del Surrealismo (1896-1966), cuyos despojos reposan en el cementerio de Batignolles en París: Yo busqué el oro del tiempo.
El pintor y fotógrafo surrealista Man Ray fue definido con la siguiente inscripción sobre el mármol: Despreocupado pero no indiferente, y William Butler Yeats, premio Nobel de Literatura, versificó su propio epitafio al escribir: Mira fríamente en vida a la muerte, mientras pasa su jinete...
Bajo una luna blanca al lado de la tumba de su última esposa (Carol Dunlop) en el Cementerio de Montparnasse en París, los restos del escritor argentino Julio Cortázar (1914-1984) permanecen acompañados de leyendas, piedritas para jugar a la Rayuela, dibujos infantiles y flores que los lúdicos adoradores depositan, al lado de una temblorosa frase seguramente escrita por alguno de sus lectores latinoamericanos para señalarnos lo que hubiera sido su mejor epitafio: Aquí yace el Cronopio Mayor.
En el Zentralfriedhof (Cementerio central de Viena, Austria), se encuentra la imponente tumba de uno de los inmortales genios de la música: Ludwing van Beethoven, cuya inscripción recogió las últimas palabras del genio alemán: Que los amigos aplaudan. La comedia ha terminado.
El caminante que recorra el Lincoln Cemetery en Kansas City, puede observar el simbolismo impreso sobre la lápida del jazzista Charlie Parker que a manera de epitafio imaginario representa un pájaro sobrevolando un saxofón, con la única y modesta inscripción: Bird.
No obstante la importancia de un lugar físico para el reposo del ausente, las frases del adiós nos conmueven porque sintetizan el alma de inmortales o anónimos seres cuyas obras y vidas fueron una leyenda. De esta forma podemos deducir que algún día es posible leer sobre una ola el ruego del poeta inglés John Keats, cuyo último deseo fue: Pido que mi epitafio sea escrito sobre el agua.
Por su parte Juan Rulfo el incomparable narrador mexicano que escribió una de las más totalizantes novelas sobre la muerte titulada Pedro Páramo, definida por algunos críticos como un epitafio de 120 páginas, donde los muertos más antiguos hablan con voz más queda y más lejana que los recientes, termina su novela con lo que quizá pudo haber sido su epitafio mayor: Y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras.
En la Quinta de San Pedro Alejandrino, ubicada en Santa Marta (Colombia), monumento histórico donde falleció Simón Bolívar, el 17 de diciembre de 1830, se lee a manera de epitafio la célebre y triste frase: Aré en el mar y edifiqué en el viento, palabras pronunciadas en su agonía, por este romántico Libertador de América
El escritor norteamericano Edgar Lee Masters (1869-1950) en Los Poemas de Spoonriver, recrea la historia de los moradores de un pueblo, sus costumbres, sus amores y sus oficios a través de epitafios escritos en primera persona, oscuro oficio que no le impidió crear su propio recuerdo pétreo: Yo soy un soñador de la muerte bendita. Caminemos y escuchemos la alondra.
La lápida funeraria de Ray Douglas Bradbury (1920-2012) uno de los mayores escritores de ciencia ficción de todos los tiempos, ubicada en el Westwood Village Memorial Park de California, lleva como epitafio y a petición del propio Bradbury, la frase: Autor de Fahrenheit 451
Malcolm Lowry, el novelista inglés, eterno ebrio, autor de la magistral novela Bajo el volcán, dejó escrito en verso igualmente su epitafio: Difunto del Bowery/ su prosa era florida/ a veces brillante/ vivió de noche y bebió de día/ y murió tocando el ukelele.
También el gran ensayista y poeta mexicano Octavio Paz imaginó en uno de sus primeros libros su bello epitafio: Quiso cantar, cantar/ para olvidar/ su vida verdadera de mentiras/ y recordar/ su mentirosa vida de verdades.
Otros sin embargo, desposeídos de la tragedia de la muerte, continúan recibiendo la celebración póstuma a su vida. Así, sobre la tumba de la superestrella del rock Jim Douglas Morrison (1943-1971) ubicada en Le Père Lachaise en París, se congregan frecuentemente fanáticos de todas las latitudes, para entonarle sus propias canciones y beber en su memoria, mientras escriben infinidad de grafitis como el siguiente: Eres la reencarnación de un gato, lectura que es rápidamente sustituida cuando se lee su lapidaria sentencia: Cancelo mi pasaporte a la resurrección.
Y después de esta suma de frases del adiós, no es necesario agregar que el epitafio, la voz de la piedra, la tentativa de inmortalizar un gesto, un oficio, un amor, una victoria, una religión o una utopía, es una constelación que nos evoca, un signo que fija el rostro, el sueño inmóvil de alguien que un día fue de carne y hueso, y que hoy apenas habita en el viento.


Amparo Osorio nació en Bogotá. Poeta, narradora y ensayista. Ha publicado los libros: Huracanes de sueños (1983); Gota ebria (1987), Territorio de máscaras (1990); La casa leída (Antología de autores universales sobre el tema de la casa, 1996); Migración de la ceniza (1998); Omar Rayo, Geometría iluminada (entrevista 2001); Antología esencial (2001); Memoria absuelta (2004), Estación profética (2010) y Grandes entrevistas de Común Presencia (coautora, Premio Literaturas del Bicentenario del Ministerio de Cultura, 2010). Es Editora General de la Revista Literaria Común Presencia, y codirectora de la colección Internacional de literatura Los Conjurados. Varios de sus poemas han sido traducidos al inglés, árabe, francés, italiano, portugués, húngaro, alemán, rumano, ruso y sueco. Obtuvo la primera Mención del concurso Plural de México (1989) y la beca nacional de poesía del Ministerio de Cultura (1994). Es co editora del periódico virtual Con-Fabulación. 

Con-fabulación Nº 315  - Colombia
E-mail: confabulacion33@gmail.com

12/2/14

Centenario Cortázar




  Tal vez nos mire burlón desde el otro lado, investigando aún qué sitio es ese en el que está, sintiéndose extraño y muy despierto, alegre porque la búsqueda no termina, porque las certezas no son absolutas tampoco allí, donde canta un pájaro de cabeza albina que anda sobre dos patas con una forma que ninguno de nosotros ha visto nunca, que ninguno de nosotros jamás verá. 

3/2/14

La Idea del Lunes / 3 de febrero de 2014



LA BONDAD ES SIMPLE; LA MALDAD, MÚLTIPLE


                                                                                   Por Reynaldo García Blanco


Quiero hablar de un acto íntimo. Muchos ya saben que se puede hacer de pie, de rodillas, acostado en la cama de un tren en marcha o en un diván tibetano. Cuando se descubre se convierte en un verdadero vicio, en pecado perdonable, en lujuria que se lleva a lo largo de la vida como un estigma. Cuando se aprende bien y se comparte, tiene la rara combinación de lo infame y maravilloso. Cuando entramos a este misterio estamos a un paso de convertirnos en unos malvados encantadores.
Los primeros designios del vicioso y depravado que llevamos dentro pasan por este acto y no hay autocensura. El adolescente descubre la magia de ser diferente, deja a un lado los juguetes de la reciente infancia y los amigos pasan a un segundo plano. Aquí comienzan a sospechar algunos padres.
Los que entran por estos caminos se vuelven corruptos, forman cultos y cofradías con su propio ángel o demonio. Hablo de un acto monstruoso y degenerado que sólo comulga con la entera libertad, que viola fronteras, derrumba las murallas de los castillos, las rejas de los cuarteles.
Entrar por estos caminos es descubrir el valor del silencio, regodearse en la sonrisa cómplice de Maquiavelo o ser el eterno niño, subversivo y sacrílego.
Son unos libertinos, dicen los más conservadores. Son unos siniestros, dicen los críticos más feroces, pero lo cierto es que estoy hablando de un acto salvador que tiene mucho de disoluto y amoral. Es un acto raro y portentoso que abre puertas secretas. La gente se vuelve admirable y famosa, domina varios prodigios. Para entonces todo puede percibirse de manera sobrenatural y fantástica.
Es quimérico, sobrehumano y por su carácter inusitado es dable al asombro, a la locura es el autoplacer, el orgasmo, el éxtasis. Es elevación, rapto y delirio.
El apóstol Pablo hablaba de que la Ley escrita da muerte, mientras que el Espíritu da vida. Aquí se pierden las fronteras y a cada instante otro mundo está por comenzar.
Se puede hacer a cualquier hora y en cualquier sitio. Se puede hacer antes o después del fragor de una batalla. Se puede hacer en la cárcel o el desierto minutos antes de morir de sed o de espanto. Se puede hacer a contra luz o con todo el sol de frente.
Se puede hacer de pie mientras el Pontífice hace su discurso. Se puede hacer de rodillas mientras a nuestro lado alguien se confiesa. Se puede hacer en la habitación más calida de nuestra casa mientras los mayores están de vacaciones o en el mercado.
Tal vez haya que buscar el misterio en Aristóteles cuando dijo que la bondad es simple, la maldad múltiple.
Demos loas a este maldito acto hereje, inconoclasta, terrible. Demos loas a este acto sugerente, liberador, tan lleno de matices y sobresaltos.
Yo los convido a ustedes, amantes de los libros a brindar por el inmenso placer que es la lectura.

 - La Idea del Lunes/ 3 de febrero de 2014 - Santiago de Cuba, Cuba 
- E-mail:  regabla@cultstgo.cult.cu
 

27/1/14

La Idea del Lunes / 27 de enero de 2014


LA PIANISTA Y EL CAPITÁN DE NAVÍO

                                                                       Por Reynaldo García Blanco


Acabo de recibir una carta. Digo carta con cierta nostalgia y el cartero que no ha tenido que llamar tres veces, lo sabe. De una docena que solía traerme a la semana, ahora acaso me deja con cierto desgano y tristeza, una o dos. La misiva es del poeta y narrador Otilio Carvajal Marrero. Este fraterno amigo sigue a la usanza de los viejos tiempos. Quiere venir a Santiago de Cuba tras el rastro de la pianista, pedagoga, crítica e investigadora musical Ñola Sahig y del capitán de navío de la Armada española Domingo Montes y Regüeiferos.
Otilio Carvajal pretende unir a estos personajes de verdad en una historia ficticia que comienza en Santiago de Cuba en enero de 1863, pasando por la Academia Teresiana y el Conservatorio Raffols, y termina a bordo del yate real Giralda, anclado en el puerto de Gijón, España. Acá le tengo programas de conciertos, fotos, cartas originales y otras minucias epocales que espero le sirvan para continuar dando cuerpo a su manuscrito que ya va por unas cuantas páginas.

Ñola Sahig por sí misma merece una novela. Nació hacia 1925. Tuvo su primera presentación de carácter profesional en la Sociedad de Música de Cámara de La Habana. Corría el año 1947. Comenzó sus estudios en dos ciudades del interior del país: Ciego de Ávila y Camagüey. Con ansias de mundo llegó a La Habana y se le puede encontrar en el mítico Conservatorio Orbón. Luego sería los Estados Unidos tanto en el Curlis Institute de Filadelfia o la Julliard School of Music de Nueva York donde perfeccionó sus estudios de piano, música de cámara, armonía y composición. Dicen, los que la conocieron personalmente, que tenía un ardor mágico. Tal vez su descendencia de árabes y libaneses ayudaba a esa energía. En septiembre de 1988 fallecía esta mujer que estuvo en Santiago de Cuba por tres ocasiones y que ahora comienza a ser tema en una novela.

Cuando en 1914 moría Domingo Montes y Regüeiferos, su entierro fue presidido por el rey don Alfonso XIII. Un santiaguero que a la par de una novela merece una biografía. Ayudante personal del príncipe de Mónaco. Estudió la carrera militar y pasó buena parte de su vida en el mar. Así lo testifican sus cartas y mensajes fechados en Santander, Islas Filipinas, Cádiz, Port-Saidz, Ismalia, Suez, Adem, Punta de Gales, Singapur, Manila. Sitios donde hizo escala, tuvo amores, besó y volvió a tomar el barco, como en el poema de Pablo Neruda. Se cuenta que al comenzar el bloqueo a Cuba por la Armada americana, Montes y Regüeiferos combatió contra el torpedero Winston. A propósito de ese combate ganó la placa de 1ra. Clase de la orden de María Cristina. Casado con doña María del Carmen Castañeda, este santiaguero olvidado, al morir dejaba dos hijos y en su pecho once condecoraciones donde no faltaba la de Legión de Honor.
Otilio Carvajal Marrero también es una novela. Por un buen tiempo vivió en un estadio de béisbol. En Caracas fue confundido con un malandro que el día anterior había asaltado un supermercado. Tres días después, el malandro de marras lo sacó bajo fianza de la penitenciaría municipal. Este trotamundos nació en Chambas, Ciego de Ávila el 13 de agosto de 1968. Ya decía que es Poeta, dramaturgo y narrador, ha obtenido varios premios nacionales y provinciales, tanto en teatro como en poesía. Ha publicado los poemarios, Thanks givins day (Premio América Bovia) en ediciones Vigía, 1998; y El libro del profanador (Premio de la Ciudad de Santa Clara, 1999) editado por Editorial Capiro; Oda al pan, Los navíos se alejan, Prohibido soñar en esta casa, entre otros que atesoro como joyas en mi biblioteca personal.

Ñola Sahig y Domingo Montes y Regüeiferos no coincidieron en espacio y tiempo. Pero vivieron, respiraron y sintieron geografías similares. En mis manos programas de conciertos, unas fotos tomadas en Bulgaria, dos cartas manuscritas fechadas a bordo del crucero Alfonso XIII y otras menudencias marcadas por el tiempo, los viajes y la permanencia.

Otilio Carvajal se sumerge en la historia y comienza a dar vida a una pianista llamada Ñola Sahig y a un capitán de navío que respondía al nombre de Domingo Montes y Regüeiferos. Dios le guarde en esta aventura.

- La Idea del Lunes/ 27 de enero de 2014 - Santiago de Cuba, Cuba
- E-mail:
regabla@cultstgo.cult.cu

20/1/14

La Idea del Lunes / 20 de enero de 2014

El ASESINATO DEL SIRIO NICOLÁS DAMIÁN

                                                                                          Por Reynaldo García Blanco

¿Qué sucedía en Santiago de Cuba un día como hoy hace cien años? Hay que recurrir a los cronistas locales, un oficio que sospecho se ha perdido para siempre.

El irreverente, sustancial y amigo poeta Oscar Cruz tuvo a bien en regalarme hace unos días un ejemplar de Crónicas de Santiago de Cuba (II), del periodista e historiador Carlos E. Forment Rovira. Este volúmen estuvo inédito hasta que en el 2006 salió a la luz por Ediciones Alqueza, de la Oficina del Conservador de la Ciudad de Santiago de Cuba. Forment dividió sus crónicas en dos tomos. El primero de ellos abarcó desde 1902 hasta 1911 y se publicó hacia 1953. El segundo tomo, éste que tengo en mis manos, incluye lo acontecido entre 1912 y 1920. 

Por pura curiosidad, este lunes levemente nublado, tomando té verde de Ceilán traido de Italia, por la historiadora de arte Carmen Lorenzetti y con música de José Aquiles de fondo, me asomo a lo que pasó por estos lares el martes 20 de enero de 1914, es decir, hace cien años.

Ese día comienza con una nota mortuoria. Fallece la Sra. Teófila Garcés, esposa del coronel Alfredo Lora, presidente del Consejo Provincial.

Otro suceso que marcó a los santiagueros un día como hoy hace un centenar de años fue el esclarecimiento del crimen cometido en la persona del Sr. Nicolás Damián, honrado comerciante, natural de Siria. Tema interesante para una novela de Leonardo Padura. El autor resultó ser el campesino Nicolás Revilla aunque había establecido acusación en contra de su enemigo Nicolás Silva, alias El Ñato. Forment nos hace saber que el descubrimiento de este crimen se debió al abogado, licenciado Gonzalez Manet y al capitán de la Guardia Rural Arsenio Ortíz quienes atendiendo a varias confidencias y acompañados ambos por un juez, un fiscal, dos médicos forenses y un grupo de comerciantes sirios, paisanos de la víctima, partieron a través del monte firme y por caminos accidentados y peligrosos, llegaron hasta la finca Santa Bárbara, propiedad del Sr. Revilla, donde en la falda de una montaña advirtieron un pie enterrado, cuyo zapato estaba a flor de tierra, por lo que excavaron el lugar y descubrieron el cadáver en estado de putrefacción.

Así lo ha contado Carlos E. Forment Rovira. Agrega además que la sociedad santiaguera aplaudió el feliz éxito del empeño en que se distinguió el celo del entonces capitán Arsenio Ortíz quien años después fuera el tema de los cintillos de primera plana de todos los periódicos cubanos por su sangrienta actuación en el gobierno del presidente Gerardo Machado.

¿Fue un crimen pasional? ¿Un crimen político? Tal vez sea el tema para una novela de Leonardo Padura. Novela que bien pudiera titularse El asesinato del sirio Nicolás Damián

- La Idea del Lunes / 20 de enero de 2014 - Santiago de Cuba, Cuba
- E-mail:  regabla@cultstgo.cult.cu