28/4/15

EL DISCRETO ENCANTO DE LOS SEUDÓNIMOS

            Por Reynaldo García Blanco

Dicen los que saben, que un concurso literario para que sea respetado de verdad, ha de convocar por el sistema de plica y seudónimo o lema.
Hace unos meses estuve de jurado en un concurso de carácter nacional en el que precisamente se participaba por el sistema de seudónimos. Allí pude encontrarme con algunos muy simpáticos, curiosos e intrigantes. Estaban los que evidentemente daban posibles pistas sobre la persona en concurso:
El bardo de calle K
Perezguemi
Bamel Peloz
Orjopi 

Es posible que alguno de los jurados pueda determinar de una primera instancia de quién se trata. Simple combinación de letras, descifrar el anagrama o una simple instuición y puede saber que el libro de marras es de la señora Melba López y que lleva como veinte años concursando en el mismo certámen.
Están los seudónimos con una clara referencia literario-cultural que abre un amplio abanico y de algún modo indica la filiación o perfíl del  autor en concurso:
Safo
Crono
John Donne
Trocadero
Heredia

Me place en lo sumo encontrarme con aquellos Seudónimos-Lemas:
Al polvo voy. Al fuego impuro (Octavio Paz)
Quien escoge a ciegas, será cegado por el humo del sacrificio (Kosptolk)
Tampoco estaba el mundo y estaba
Más que nunca (Pere Gimferrer)
En otro momento me gustaría ocuparme de las dedicatorias en los libros tanto en concurso como los ya publicados, que van desde esta muy campechana:
Este libro va dedicado a
Los que quieren
Para que me conozcan más
Y a los que no me conocen
Para que aprendan a  quererme

Pasando por esas dedicatorias que citan a todo el canon familiar incluyendo a las mascotas de la casa o las que tuvieron en su ya lejana infancia, pasando por aquella, bellísima, en que el gran Ángel Escobar escribió para su libro Viejas palabras de uso (1978):
A Marina Cultelli.
Por ser la otra mitad
De mi esperanza.

En una de las entradas de uno de los Cuadernos de apuntes, del brasileño Carlos Drummond de Andrade he leído:
Economía en las dedicatorias. Siempre habrá tiempo para enfatizarlas, y todo el tiempo será escaso para corregirlas.
Así discurre la vida en los corrillos de los concursos literarios.  Lo mismo nos podemos encontrar una Serpiente emplumada que un Plátano sonante. Aunque en realidad, más allá de todo seudónimo, lo que se ha de tener en cuenta es lo que está dentro.
En el año que acaba de pasar envié a dos concursos utilizando como lema sendos versos de Eugenio Montale. Ni mención me dieron. Así es el discreto encanto de los seudónimos.

Reynaldo García Blanco
© La Idea del Lunes - Santiago de Cuba 

13/4/15

Triste adiós a Eduardo Galeano, el más latinoamericano de los escritores latinoamericanos.


Eduardo Germán María Hughes Galeano, nació en Montevideo, Uruguay, el 3 de septiembre de 1940.
En 1960 inició su carrera periodística como editor de la que sería la mítica revista "Marcha".
Tras el golpe de Estado de 1973 fue encarcelado y tuvo que exiliarse a Argentina. Publicó "Las venas abiertas de América Latina", libro que marcaría a varias generaciones, y que fue censurado por las dictaduras militares de Uruguay, Argentina y Chile. Esta obra proponía una historia de América Latina en clave de descolonización, lo que en ese entonces era impensable en los discursos dominantes. En Argentina fundó la revista cultural "Crisis".

En 1976 fue añadido a la lista de los condenados del escuadrón de la muerte de Videla por lo que tuvo que marcharse de nuevo, esta vez a España, donde escribió la trilogía "Memoria del fuego" (un repaso por la historia de Latinoamérica).
Regresó a Montevideo en 1985. Con otros escritores, como Mario Benedetti, y periodistas de "Marcha", fundaron el semanario "Brecha".
En 2007 superó una operación para el tratamiento del cáncer de pulmón, que le ganaría la batalla en 2015.
Junto su obra como periodista desarrolló una obra más narrativa, siempre comprometida y llamada a la reflexión. Destacan la novela corta "Los días siguientes" (1963) a los relatos contenidos en "Vagamundo" (1973). "El libro de los abrazos" fue uno de los libros más exitosos y logrados de Galeano.
La obra de Eduardo Galeano nos llama a establecer un frente común contra la pobreza, la miseria moral y material.
Sus trabajos trascienden géneros ortodoxos, combinando documental, ficción, periodismo, análisis político e historia.
Fue investido Doctor Honoris Causa de la Universidad de La Habana, de El Salvador, la Universidad Veracruzana de México, la Universidad Nacional de Córdoba y la Universidad de Buenos Aires -Argentina-, y la Universidad de Guadalajara -México-.
Murió el 13 de abril de 2015, en Montevideo.

Qué mejor que recordarlo a través de sus propias palabras.


¿Qué tal si deliramos por un ratito?
    -Extracto de "El derecho al delirio", de Eduardo Galeano-    
 
¿Qué tal si clavamos los ojos más allá de la infamia para adivinar otro mundo posible?

El aire estará limpio de todo veneno que no provenga de los miedos humanos y de las humanas pasiones.

En las calles los automóviles serán aplastados por los perros.

La gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por el ordenador, ni será comprada por el supermercado, ni será tampoco mirada por el televisor.

El televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia y será tratado como la plancha o el lavarropas.

Se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez que cometen quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir no más, como canta el pájaro sin saber que canta y como juega el niño sin saber que juega.

Nadie vivirá para trabajar pero todos trabajaremos para vivir.

Los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas.

Los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas.

Los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos.

Los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas.

La solemnidad se dejará de creer que es una virtud, y nadie nadie tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo.

La muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes y ni por defunción ni por fortuna se convertirá el canalla en virtuoso caballero.

La comida no será una mercancía ni la comunicación un negocio, porque la comida y la comunicación son derechos humanos.

Nadie morirá de hambre porque nadie morirá de indigestión.

Los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura porque no habrá niños de la calle.

Los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero porque no habrá niños ricos.

La educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla y la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla.

La justicia y la libertad, hermanas siamesas, condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda.

La Santa Madre Iglesia corregirá algunas erratas de las tablas de Moisés y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo.

La Iglesia también dictará otro mandamiento que se le había olvidado a Dios, “amarás a la Naturaleza de la que formas parte”.

Serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma.

Los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados porque ellos se desesperaron de tanto esperar y ellos se perdieron por tanto buscar.

Seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de belleza y voluntad de justicia, hayan nacido cuando hayan nacido y hayan vivido donde hayan vivido, sin que importe ni un poquito las fronteras del mapa ni del tiempo.

Seremos imperfectos porque la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses.

Pero en este mundo, en este mundo chambón y jodido seremos capaces de vivir cada día como si fuera el primero y cada noche como si fuera la última.-


EDUARDO GALEANO, escritor uruguayo.

-Extracto de “EL DERECHO AL DELIRIO”-

https://textosparalaindignacion.wordpress.com/2011/06/10/el-derecho-de-sonar-eduardo-galeano/

 

6/4/15

Fernando Pessoa (1888-1935): Una vida, tantas vidas
                                                                                  
                                                                  Por
Héctor J. Freire
Luca Signorelli, The Resurrection of the Flesh. Detail. 1499-1502. Fresco, Chapel of San Brizio, Duomo di Orvieto.
Luca Signorelli, The Resurrection of the Flesh. Detail. 1499-1502. Fresco, Chapel of San Brizio, Duomo di Orvieto. Imagen obtenida de: http://www.advocate.com/arts-entertainment/artistspotlight/2012/05/01/golden-age-denial-gay-bible-porn#slide-1


     
Por Héctor J. Freire
hectorfreire@elpsicoanalitico.com.ar






Dios no tiene unidad.
¿Cómo la tendré yo?


Pessoa, “ese desconocido de sí mismo” 

Desde su muerte, el 30 de noviembre de 1935, cada vez ha sido más celebrado su cumpleaños. Murió prácticamente inédito y desconocido, incluso en su patria. Pero hoy a 127 años de su nacimiento su obra poética llega mucho más allá de las fronteras de la lengua portuguesa.

Fernando Pessoa, como dijo Octavio Paz fue “un ser insignificante, y nada en su vida llamó la atención, salvo sus poemas. Su secreto, por lo demás, está escrito en su nombre: Pessoa quiere decir persona en portugués y viene de persona, máscara de los actores romanos, personaje de ficción, ninguno: Pessoa. Su historia podría reducirse al tránsito entre la irrealidad de su vida cotidiana y la realidad de sus ficciones. Estas ficciones son los poetas Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis y, sobre todo, el mismo Fernando Pessoa. Así, no es inútil recordar los hechos más salientes de su vida, a condición de saber que se trata de las huellas de una sombra. El verdadero Pessoa es otro”.

Sin embargo, esta “miniatura” de Pessoa, y su exceso de anonimato, ese “hombrecito gris” que inventó las biografías para sus obras, y no las obras para las biografías, se convirtió en lo que Antonio Tabucchi llamó metafóricamente un baúl lleno de gente, que supo almacenar grandeza. Y ésta desde la rutina más banal, y su mediocre cotidianidad de oficinista, se transformó en vasta a su modo, inmensa. Como quedó expresada en los primeros versos de su ya inmortal, y máximo poema, Tabaquería:  

                       No soy nada.
                       Nunca seré nada.
                       No puedo querer ser nada.
                       Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.

“Fernando Antonio Nogueira Pessoa, hijo de Joaquín e Madalena Pinheiro Nogueira, empleado a media jornada como traductor de cartas comerciales en empresas lisboetas de importación y exportación. En las horas libres, Poeta.”

Pessoa mismo, en 1931, se definirá como una paradoja, como un oxímoron (figura retórica más que emblemática, que atraviesa toda su obra). ¿Fernando Pessoa, alter ego del propio Fernando Pessoa?: El poeta es un fingidor/ finge tan completamente/ que llega a fingir que es dolor/ el dolor que de verdad siente.

A propósito, conviene remarcar que Pessoa, no creaba personajes, sino poetas completos, incluso a uno de ellos se debe el demoledor y fragmentario Libro del desasosiego. Un dato increíble, “esotérico”: Se tardaron 47 años en publicar el libro, los mismos años que vivió el poeta.

Se calcula que en su corta vida Pessoa inventó 136 autores ficticios, algunos de estos heterónimos, aparte de los tres más conocidos son: Alexander Search, Charles J. Search, Chevalier de Pas, Charles Robert Anon, A.A. Crosse, Baron de Teive, Bernardo Soares, Vicente Guedes, Antonio Mora, Federico Reis, Abilio Quaresma, Thomas Cross, Raphael Baldaya, C. Pacheco, Mr. Dave, Jean Seul de Méleuret, F. Summan, Pêro Botelho, Erasmus, y sigue la lista de esta
Galaxia heteronómica.

Es imprescindible pues, incluir definitivamente el nombre de Pessoa, en la lista de los grandes artistas del siglo XX junto a: Picasso, Joyce, Le Corbusier, Stravinski, Eliot, Vallejo, entre otros.

En sus Ensayos de Poética, Roman Jakobson incluye a Pessoa entre los grandes poetas de la estructuración, y comenta: “la obra del poeta portugués es un arte esencialmente dramático, cuya complejidad se halla sometida a una estructuración integral. Y las pretendidas incoherencias y contradicciones en los escritos de Pessoa reflejan en realidad el diálogo interno del autor, que éste trata incluso de transformar en una complementariedad de los tres poetas imaginarios (heterónimos): Caeiro, Reis y Álvaro de Campos, que transforman a Pessoa en un verdadero “desconocido de sí mismo”. Incluso el tema de la enajenación y de la búsqueda, es algo más que un tema: es la esencia de su obra. Durante su corta vida y a lo largo de toda su inmensa producción poética, Pessoa se buscará y tratará dramáticamente de inventarse. Una labor que desarrolló con intensidad, especialmente en sus últimos seis años, en los que escribió muchas páginas del Libro del desasosiego, de su Fausto, y de Mensaje.

Durante este período escribió también variados poemas inolvidables, tanto atribuidos a los heterónimos de su Drama en gente, como poesías ortónimas. Estos poemas ortónimos han sido agrupados y traducidos por Ángel Crespo en el libro Noventa poemas últimos (1930-1935), publicados en Madrid en 1993, y de escasa difusión en Argentina. Al decir de Crespo, se trata, en efecto de un diario escrito en verso, llenos de espontaneidad,  incluso en rima. Estos noventa poemas, son paralelos al representado por el Libro del desasosiego, y constituyen verdaderos documentos poéticos, imprescindibles para la exégesis de la obra total de Fernando Pessoa. A los temas ya clásicos del desasosiego, del tedio, de la creación de los heterónimos, vienen a sumarse el del rompimiento con Ofelia Queirós, y el del presentimiento de la muerte que llegará muy pronto. Vayan como muestra de su profundidad, estos tres sintéticos textos:

Más triste que lo que acontece
Es lo que nunca aconteció.
Mi corazón ¿quién lo entristece?
¿Quién me lo dio?

La nube trae lo que oscurece
Al campo que el cielo alumbró.
¿Memorias? Ninguna aparece.
La vida es cuanto se perdió
¡Y hay gente que nunca enloquece!
¡Ay de lo que en mí llamo yo!

                 *

El río que pasa dura
En las olas al pasar,
Y cada ola figura
El instante de un lugar.

Puede ser que el río siga,
Mas la ola que pasó
Es otra cuando prosiga.
No continúa: duró.

¿Cuál es el ser que subsiste
Bajo estas formas de estar?
¿La ola que ya no existe
O el río que es un pasar?

                 *

Basta pensar al sentir
Para sentir al pensar.
Mi alma es la que hace reír
A mi misma alma al llorar.
Después de parar y andar,
Después de quedarse e ir,
He de ser quien va a llegar
Por ser quien quiere partir.

Vivir es no conseguir.


Es preciso remediar la contradicción entre el yo (Pessoa) y el mundo. El camino lo señaló Spinoza, hace cuatro siglos, en su Ética concebida en forma geométrica. El filósofo estableció, en su panteísmo acósmico, que de los infinitos modos de Dios sólo podemos conocer dos: el pensamiento y la extensión; la res cogitans y la res extensa, dos formas de una misma realidad. La extensión en la cual se inserta el pensamiento y el pensamiento capaz de pensar esa extensión.

Pessoa en su poética nos propone una sustancia única, la única sustancia del Uno, cuyos infinitos modos componen las múltiples formas donde el Uno se refracta: el uno y lo múltiple. En otras palabras Martín Buber nos dice: el uno y el todo, no indica dos términos unidos copulativamente, sino una equivalencia y, también una dialéctica. La cópula más que unir, marca confrontaciones que alcanzan su ápice, en el violento ejercicio que hace Pessoa del lenguaje, y que además alcanza su más alta temperatura, o grado de intensificación dramática en el uso casi excesivo del oxímoron dialéctico. En estos oxímoron se cumpliría y condensaría la idea de Hegel:
El das ganze (“¡la verdad está en el todo!”).

El ascético monismo de Spinoza reaparece en las poesías de Pessoa revestido por el inesperado esplendor elocutivo, el uno y el todo, el yo y el universo. Es como dijéramos, lo uno y lo múltiple: variaciones en torno a un mismo tema, o un mismo tema y sus distintos modos. Lo que varía es el enfrentamiento, la contradicción, la inter-locución. En Pessoa, nada es más impreciso que los límites. En el momento de llegar, se constatan nuevos límites o nuevas lejanías. Como la línea del horizonte, cuanto más nos acercamos a ella, más se aleja.

La obra de Pessoa es una estructura dinámica y en plena acción. Pues en el mundo de la acción es donde el alma se halla realmente a sí misma. (Hegel)
Por consiguiente, los textos de Pessoa, resultan ser un lugar, un espacio de ideas: un laberinto repleto de encrucijadas.

Pero, como expresara Octavio Paz, en su libro Cuadrivio: “el mundo poético de Pessoa, es un mundo de pocos seres y muchas sombras. Falta la mujer, el sol central. Sin mujer, el universo sensible se desvanece, no hay tierra firme, ni agua ni encarnación de lo impalpable. Faltan los placeres terribles. Falta la pasión, ese amor que es deseo de un ser único, cualquiera que sea. Hay en el poeta, sin embargo, un sentimiento de fraternidad con la naturaleza: árboles, el mar, las nubes y las piedras, máquinas, todo fugitivo, todo suspendido en un vacío temporal. Irrealidad de las cosas y realidad del sueño, reflejo de nuestra irrealidad”.

También hay en Pessoa, negación, cansancio y desconsuelo. En el Libro del desasosiego, el poeta describe su “paisaje moral”:
“Pertenezco a una generación que nació sin fe en el cristianismo y que dejó de tenerla en todas las otras creencias, no fuimos entusiastas de la igualdad social, de la belleza o del progreso, no buscamos en orientes y occidentes otras formas religiosas (“cada civilización tiene una filiación con la religión que la representa: al perder la nuestra, perdimos todas”).

Algunos de nosotros, se dedicaron a la conquista de lo cotidiano, otros de mejor estirpe, nos abstuvimos de la cosa pública, nada queriendo y nada deseando, otros se entregaron al culto de la confusión y el ruido: creían vivir cuando se oían, creían amar cuando chocaban contra las exterioridades del amor, y otros RAZA DEL FIN, LÍMITE ESPIRITUAL DE LA HORA MUERTA, vivimos en negación, descontento y desconsuelo”.

Este retrato no es el de Pessoa pero sí es el fondo sobre el que se destaca su figura y con el que a veces se confunde. Límite espiritual de “La Hora Muerta”: el poeta es un hombre vacío que, en su desamparo, en su desasosiego, crea un mundo para descubrir su verdadera identidad perdida.

   - El amor no realiza al yo mismo: abre una posibilidad al yo para que cambie y
   se convierta. En el amor no se cumple el yo sino la persona, el deseo de ser otro.
   El deseo de ser.-

El deseo de ser Fernando Pessoa.

 Fuente: el psicoanalítico - Boletín Nº 21 - Buenos Aires, Argentina
 http://www.elpsicoanalitico.com.ar/num21/autores-freire-fernando-pessoa-vida.php

24/3/15

Pedro Páramo, 60 años

Debido a que esta semana se cumple el sexagésimo aniversario de la publicación de Pedro Páramo, reproducimos a continuación un fragmento del libro Pedro Páramo - Murmullos, susurros y silencios, de la autoría de Fabio Jurado Valencia, donde este destacado profesor aborda la iniciación crítica de la paradigmática novela de Juan Rulfo. 



Pedro Páramo: Un apunte sobre la recepción de la novela

Es notable la angustia de Rulfo cuando exponía frente a los demás becarios los avances de la novela. Angustia más por sus propias dudas que por los juicios que pudiera recibir. Entre los becarios estaba el poeta Alí Chumacero, quien inicialmente elogia los fragmentos que Rulfo presenta. Parece que cuando Chumacero lee la novela ya publicada no tiene la misma impresión que cuando leyera los fragmentos. Chumacero es el primero que escribe una nota crítica sobre Pedro Páramo. La nota se publica en la Revista de la Universidad, el Nº 8, del volumen IX, de abril de 1955. La novela comenzó a distribuirse en el mes de marzo del mismo año. Es decir, un mes después de publicada, Pedro Páramo iniciaba su vida crítica, la que hoy todavía continúa.
La nota de Alí Chumacero es ambivalente: es prevenida y es elogiosa; habla del autor y habla de los textos:

Su inmediato prestigio nació de unos cuantos cuentos –sencillos algunos, complicados los menos– sobresalientes por la cualidad que ha de ser imprescindible en todo cuentista: la de «saber contar». Frases llanas, provistas de un poder afín a lo terrible y vibrando al transcurrir de argumentos desagradables, siembran esas páginas de premeditadas sorpresas aptas para asombrar incautos pero firmemente estructuradas con la tranquila desesperación de un ávido cálculo literario. Hechos insólitos, recogidos en monótonas maneras monologales, se incorporan a la literatura joven de México por medio de esa manía evocadora de Juan Rulfo. Su libro contiene el balance de varios años de aprendizaje y, con no pocas muestras, se sitúa entre los mejor logrados de nuestras últimas generaciones. (1987: 282).
«Unos cuantos cuentos», «argumentos desagradables», «(páginas) aptas para asombrar incautos», «monótonas maneras monologales», «manía evocadora», son calificativos más resonantes y más incisivos que cuando reconoce que Rulfo sabe contar y que «se sitúa entre los mejor logrados» de las últimas generaciones. No estaba muy convencido Chumacero de los alcances universales de la obra narrativa de Rulfo. Frente a la novela es demoledor. Luego de exaltar la fina construcción de personajes como Pedro Páramo, Susana San Juan y el padre Rentería, al finalizar la nota, Chumacero nos dice:

En el esquema sobre que Rulfo se basó para escribir esta novela se contiene la falla principal. Primordialmente, Pedro Páramo intenta ser una obra fantástica, pero la fantasía empieza donde lo real aún no termina. Desde el comienzo, ya el personaje que nos lleva a la relación se topa con un arriero que no existe y que le habla de personas que murieron hace mucho tiempo. Después, la llegada del muchacho al pueblo de Comala, desaparecido también, y las subsiguientes peripecias –concebidas sin delimitar los planos de los varios tiempos en que transcurren– tornan en confusión lo que debió haberse estructurado previamente cuidando de no caer en el adverso encuentro entre un estilo preponderantemente realista y una imaginación dada a lo irreal. Se advierte, entonces, una desordenada composición que no ayuda a hacer de la novela la unidad que, ante tantos ejemplos que la novelística moderna nos proporciona, se ha de exigir de una obra de esta naturaleza. Sin núcleo, sin un pasaje central en que concurran los demás, su lectura nos deja a la postre una serie de escenas hiladas solamente por el valor aislado de cada una. Mas no olvidemos, en cambio, que se trata de la primera novela de nuestro joven escritor y, dicho sea en su desquite, esos diversos elementos reafirman, con tantos momentos impresionantes, las calidades únicas de su prosa. (1987: 285).
En México ha existido la idea de que un escritor no puede serlo de una obra o de dos sino de muchos libros. Pedro Páramo es, para Chumacero, la novela de un principiante, de la cual sólo se puede rescatar el «valor aislado» de cada una de las escenas, es decir, de los fragmentos que él había conocido en el Centro Mexicano de Escritores. El crítico espera una novela que se ajuste a la estructura canónica del género: con una ordenada composición, con «núcleo» y «pasaje central». ¿Qué tanto influyó esta nota crítica para que Rulfo desistiera de «entregar» una nueva novela y que destruyera algunos borradores?. Para bien o para mal; no lo sabemos. Lo interesante es que en el mismo año, unos meses después de que Chumacero publicara su artículo, otro mexicano, Carlos Fuentes, en París, escribe una nota muy elogiosa sobre la novela de Rulfo, la que será reimpresa en el Nº 8 (1956) de la revista Mito, en Colombia.
Así, dice Fuentes, también en 1955:
Con Pedro Páramo, publicada recientemente por el Fondo de Cultura Económica en su serie «Letras Mexicanas», el joven escritor Juan Rulfo renueva y fertiliza el campo de la novelística mexicana. Esta, después de los grandes testimonios de Martín Luis Guzmán (El águila y la serpiente) y Mariano Azuela (Los de abajo), verdaderos reportajes, que alcanzan la emoción en virtud de la brutalidad y sencillez dramática de los hechos narrados, no había podido superar el carácter naturalista, exterior, de tesis, a que esas dos obras parecían condenarla. Ahora, Rulfo ha comprendido que toda gran visión de la realidad es obra, no de la copia fiel, sino de la imaginación, y, como Orozco y Tamayo en la pintura, como Octavio Paz en la poesía, ha captado los tonos de la naturaleza interna de México. (1956: 32).
Le apostó Fuentes, sin ambages, a esta novela por entonces extraña, y ganó con la apuesta; notas posteriores suyas reconfirmarán sus intuiciones al ver en Pedro Páramo la novela culminante, de ruptura, de la literatura mexicana. Y Fuentes parece responder a las observaciones agudas de Chumacero:
Esta recreación es expuesta por Rulfo mediante una alteración del tiempo que no es fortuita: ella obedece a la acumulación desordenada de la memoria mexicana, al sentido de las superviviencias, de las pugnas jamás canceladas, de las sangres derrotadas y victoriosas que se agitan en el ser de México. Y dentro de este plan de reflexivo desorden, Rulfo nos habla, en primer término, de una naturaleza que retrata un conflicto. La capacidad de recreación poética de Rulfo frente a la naturaleza es muy semejante a la de D. H. Lawrence. Como en el autor de La serpiente emplumada, en Rulfo la descripción natural no es nunca algo aparte, un descanso, sino un todo ubicuo que se integra, desde las primeras páginas en la conciencia del lector y de los personajes: «Mi pueblo, levantado sobre una llanura. Lleno de árboles y hojas, como una alcancía donde hemos guardado nuestros recuerdos». (1956: 33).

Carlos Fuentes se adelanta a las hipótesis interpretativas que la mayoría de los críticos señalarán en torno a la novela: detrás de la supuesta ilogicidad hay una coherencia que tiene que ser reconstruida por el lector; la «des-estructuración» de la novela se corresponde con la des-estructuración cultural del mundo de los mexicanos, lo que permite comprender su carácter altamente sincrético.

Con-fabulación Nº 367
- Colombia

11/3/15

Cuánto cuesta ponerle el punto final a una historia


La literatura universal está llena de obras maestras que los lectores consideran perfectas, pero sus autores nunca dan por terminadas; casos que ilustran la máxima.




En el célebre arranque de su novela El final del romance, Graham Greene escribió: "Una historia no tiene ni principio ni final: uno escoge arbitrariamente el momento de la experiencia desde el que mira adelante o hacia atrás". Tal vez los novelistas puedan elegir el momento narrativo desde el que comienzan su relato, incluso aquel con el que lo acaban. Pero otra cosa muy diferente es cuándo terminan de escribir una obra, porque muchos autores sienten que no lo hacen nunca. "Borges decía que el concepto de «obra definitiva» es sólo fruto de la teología o del cansancio", recuerda Alberto Manguel, autor de Una historia de la lectura y lector del autor argentino cuando perdió la vista.

La relación de los escritores con sus obras es tan intensa como la relación con sus propias vidas: algunos prefieren no mirar atrás, otros no paran de hacerlo, algunos son perfeccionistas hasta el infinito, otros prefieren que las obras se queden como están. La mayoría de los autores, lo confiesen o no, no puede evitar observar por la cerradura su vida y, por lo tanto, de su escritura. Desde Marguerite Yourcenar hasta Juan Ramón Jiménez, Milan Kundera, Ludwig Wittgenstein, que rechazó las tesis de la obra que lo convirtió en un autor mundialmente famoso, El Tractacus lógico-philosophicus, o Kafka, que pidió la destrucción de todos sus libros, la literatura universal está llena de obras maestras, que los lectores consideran perfectas, pero cuyos autores nunca dieron por terminadas.

"La reescritura siempre ha sido para mí una norma de trabajo, un texto artístico se puede corregir interminablemente", explica el poeta y narrador José Manuel Caballero Bonald, premio Cervantes en 2012, cuyas poesías completas están reunidas en Somos el tiempo que nos queda. El novelista Juan Goytisolo, que el próximo recibirá el máximo galardón de las letras españolas, también es un inagotable corrector: "He suprimido páginas enteras de Juan sin Tierra y en otras obras no he tocado nada, más allá de alguna errata. Toco cuando encuentro que lo que escribo no se corresponde con lo que espero del libro. La obra que cuenta es la que decide el autor. El que tenga una edición antigua de Juan sin Tierra o de La saga de los Marx debe saber que existe una edición posterior. La última es la que cuenta". "En todos he cambiado cosas", confiesa, por su parte, Javier Cercas, que publicó a finales de 2014 El impostor y una reedición de El vientre de la ballena, su tercera novela, en la que introdujo notables cambios. "Le hice una auténtica liposucción, porque tenía la intuición de que la novela era celulítica y que dentro de ella había un buen libro; creo que la intuición era exacta", afirma el escritor, que antes había convertido su primera obra, el libro con cinco relatos El móvil, en una novela corta con uno de ellos. 

"Ahora estoy releyendo Soldados de Salamina porque se va a publicar en mayo una edición revisada. He corregido adjetivos, más de una frase de sintaxis pedregosa, incluso algún anacronismo. Los poemas no se acaban, decía Valéry, sólo se abandonan; con los libros pasa lo mismo."

Los ejemplos son infinitos. La narradora Marta Sanz reescribió su novela La lección de anatomía, publicada en 2008 y reeditada en 2014. "No sentí que traicionase a los lectores de la primera versión, al contrario, estoy muy agradecida de que me dieran la oportunidad de reescribir mi libro", explica. "Si el autor tiene sentido de la autocrítica, tiende a mejorar las cosas. Desengrasé el estilo. Es en realidad un libro nuevo porque incluí dos capítulos y parcelé de otra forma toda la narrativa. El bueno es el último porque reflejamos lo que aprendemos."

También están los escritores que, una vez terminado el libro, cuando éste ha empezado su vida propia, se dan cuenta de que existen historias que, como ramas, surgen de sus páginas. El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince -con su libro La Oculta de próxima aparición- explica cómo surgió una nueva obra de su novela más célebre, El olvido que seremos. Sin embargo, Abad Faciolince no es partidario de volver sobre lo escrito. "Creo que un libro es una especie de espejo de lo que uno era en el momento que lo escribió. Como uno deja de ser el que era, ya hay muchas cosas de los viejos libros que te suenan extrañas, ajenas, incluso malas, entonces uno tiene la tentación luciferina de cambiarlas. Pero al cambiarlas, el libro se vuelve un híbrido que ya no funciona, pues el escritor de hoy es distinto al de hace 20 años, y los libros corregidos por el mismo autor quedan raros, como si hubieran sido escritos a dos manos", explica.

http://www.lanacion.com.ar/1775051-cuanto-cuesta-ponerle-el-punto-final-a-una-historia

24/2/15

Safo, aristócrata y mujer de letras   


por
 
Lina Caffarello - Argentina


Emprendedora, brillante y discutida, Safo ha llegado hasta nuestro siglo para señalar un claro precedente de la participación de la mujer en los comienzos de la creación  poética. 

El nacimiento de Safo se sitúa entre los siglos VII y VI a.C. en Mitilene, ciudad de la isla de Lesbos.   Como todos los poetas de esa isla, escribió sus versos en dialecto eólico.

En la Hélade (el antiguo mundo griego), la mujer carecía de derechos ciudadanos y vivía recluida en su casa, presa de la ignorancia.   Se trataba de una sociedad con un concepto muy arraigado acerca de que el amor como tal sólo se entendía entre hombres, por lo tanto, el trato que mantenían con su mujer se limitaba al contacto imprescindible para procrear hijos varones, que luego serían educados como futuros  guerreros.

Safo, de espíritu indomable, amante de la libertad, se enfrentó con Pitaco, el tirano que gobernaba en Lesbos, quien no dudó en desterrarla y enviarla a Siracusa (Sicilia).

Al volver, Safo congregó a un grupo de jóvenes mujeres y formó una escuela cuyos cantos líricos consagró a Afrodita, divinidad protectora del amor y de la belleza. 

Apoyada por su pertenencia a la más rancia aristocracia, Safo opuso el mundo femenino como reto a la represión de una sociedad eminentemente machista, lo que le valió el rechazo y la ridiculización de los críticos y sátiros de la época, que no vacilaron en transformar su gentilicio de pertenencia geográfica, lesbiana, en otro tipo de adjetivo.

Si bien sus textos fueron estructurados desde la percepción femenina, Safo no asumió una actitud de desprecio hacia el varón, sino que expuso su concepto sobre el “hombre ideal”, que era justamente lo opuesto al ideal de hombre (brusco, hostil y combativo) que imperaba en la antigua Grecia.

Apenas se han podido reunir cerca de doscientos fragmentos de sus versos líricos y de epitalamios o cantos nupciales  (luego denominados versos sáficos).

Platón, dos siglos después, la señaló como la “décima musa”.  Su obra tuvo una influencia decisiva sobre muchos poetas griegos y otros más cercanos, como Byron y Rilke. 

Hoy Safo está considerada como el máximo exponente de la escuela de Lesbos, conformando una de las expresiones más sorprendentes de la Grecia preclásica.
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Algunos fragmentos:


Me parece que  es igual a los dioses
aquel hombre
que se sienta frente a ti
y escucha de cerca
mientras hablas dulcemente



Pues sólo para verlo es bello el bello,
en cambio el bueno enseguida será bello


Ay, dulce madre,
no puedo ya tejer esta tela,
muero de amor por un muchacho
por culpa de la grácil Afrodita


¿Con qué, novio, podría yo bien compararte?
A un sarmiento frondoso de vid te comparo


Amor me ha sacudido el alma,
como el viento desde el monte
embiste a las encinas


Se ha ocultado la luna,
las Pléyades también, está en su medio
la noche, la ocasión se va pasando,
y yo acostada, sola

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Extractado de la ponencia de Lina Caffarello -Buenos Aires, Argentina-, presentada en la VIII Convención Internacional de Escritores en Lenguas Europeas -Málaga, España-.

11/2/15

Eduardo Galeano                                                           

Me caí del mundo y no sé cómo se entra

 




Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.

No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar.

Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales.

Se entregaron inescrupulosamente a los desechables. Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó botar. Ni los desechos nos resultaron muy desechables. Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el pañuelo de tela del bolsillo.

¡No, yo no digo que eso era mejor! Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.
Guardo los vasos desechables.

Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez.
Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos.

Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida. Es más, se compraban para la vida de los que venían después.
La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, vajillas y hasta palanganas de loza.
Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de refrigerador tres veces.
Nos están fastidiando. Yo los descubrí, lo hacen adrede. Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica.
¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de los tenis Nike?
¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando colchones casa por casa?
¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista?
¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?
Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y más y más basura.
El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad.
El que tenga menos de 30 años no va a creer esto: Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el que recogía la basura. ¡Lo juro! Y tengo menos de… años
Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII).
No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en la Fiesta de San Juan.
Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De ‘por ahí’ vengo yo. Y no es que haya sido mejor.. Es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el ‘guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo’, pasarse al ‘compre y bote que ya se viene el modelo nuevo’.Hay que cambiar el auto cada 3 años como máximo, porque si no,  eres un arruinado. Así el coche que tenés esté en buen estado. Y hay que vivir endeudado eternamente para pagar el nuevo. 

¡Pero, por Dios! ¡Mi cabeza no resiste tanto!
Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real.
Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombrecomo para cambiarlo) Me educaron para guardar todo. ¡Toooodo! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo.
Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema; nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?
¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron?
En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos.. . ¡Cómo guardábamos! ¡Todo lo guardábamos! Guardábamos las tapas de los refrescos. ¿Cómo para qué?  Hacíamos limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. Todo lo guardábamos.
Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned-beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.
Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡Los diarios! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para pone r en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!
Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los goteros de las medicinas por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía ‘éste es un 4 de bastos’.
Los cajones guardaban pedazos izquierdos de pinzas de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en una pinza completa.
Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden ‘matarlos’ apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada: ¡ni a Walt Disney!

Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: ‘Cómase el helado y después tire la copita’, nosotros dijimos que sí, ¡pero  minga que la íbamos a tirar! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.

Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. ¡Ah, no lo voy a hacer! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables, que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables.

Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo,pegatina en el cabello y glamour.

Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la ‘bruja’ como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la ‘bruja’ me gane de mano y sea yo el entregado.

Eduardo Galeano, periodista y escritor uruguayo.

31/1/15

Los estribos de Gengis Kan



Por Rubén Darío Flórez*

En las estepas de Asia Central vivió Gengis Kan.  Su dominio se extendía hasta Mongolia y el Cáucaso.  Sus tropas a caballo fueron por el sur de Rusia y llegaron a Viena. Vivían en hordas, palabra que se transformó en sonido de guerra, aunque significa casa. La palabra existe en castellano, evidencia del poder de la leyenda.  Gengis Kan adoraba los caballos.  Entonces un hombre era sobre todo un jinete.  Vivían, hacían asambleas, conversaban, dormían a caballo.

La unidad con el caballo se debió a un invento genial. Permitía al jinete seguir galopando con las manos libres para arrojar flechas silbantes. ¿Cómo era posible esta amalgama con el caballo? Por el estribo. La palabra está en todas las lenguas occidentales: Stirrup en inglés, stremia en ruso, etrier en francés. El estribo fue una revolución en las comunicaciones y en el arte de la guerra, como el celular.  Un hombre a caballo y estribo era un ser fantástico, invencible.

El caballo fue símbolo de poder.  Cuenta la leyenda que Gengis Kan el fundador del Estado de Mongolia, había llegado a las montañas del Cáucaso.  Esto lo escuché en un trancón en Moscú.  Sin poder movernos -en medio de la avenida a las ocho de la noche- el taxista del Cáucaso me habló de caballos en un Mercedes Benz inservible en el trancón.  Iusub contó que estando Gengis Kan de paso en el Cáucaso, con sus imparables jinetes llevaba un caballo, el más hermoso que existía en el Asia Central, de crines largas. Era negro como la noche, infatigable, veloz.

Gengis Kan cabalgaba por horas con los dedos de los pies sostenidos en equilibro sobre los estribos.  La leyenda cuenta que su mirada se quedaba detenida, inmutable mientras miraba al interlocutor.  Era signo de su majestad.  La noche cuando llegó a las montañas, con sus campamentos, caballos y guerreros, su potro quedó en la caballeriza. En la madrugada el Gengis Kan quiso el caballo, fueron por él y no estaba.  Había sido robado. 

Enviaron emisarios por la región. Ninguno habló de venganza o retaliación. Las palabras sobraban si eran los emisarios del Kan quienes exigían el caballo. Al medio día llegó un muchacho del Cáucaso al campamento. –Sé dónde está el caballo- dijo. Llevaron al muchacho a donde el Kan. 
 - Me enamoré del caballo, quise probar que nadie se daría cuenta cuando lo tomara. Tenía un sueño montar el caballo de Gengis Kan. Y miró fijamente a los ojos del príncipe mongol. Todos estaban en vilo. Había robado el caballo del Gengis Kan, lo había montado, le decía en su cara lo que había hecho y miraba de frente. 

El Gengis Kan, que había derrotado imperios, que estremecía a pueblos en oriente y occidente, estaba frente a un desconocido muchacho que robó su caballo favorito. No le dijo nada y se acercó. Con un gesto tomó del caballo los estribos y se los dio al joven. 

Dice la leyenda -que contó Iusup en el taxi inmovilizado en medio del trancón- que el muchacho fue soldado de la guardia del Gengis Kan. La leyenda tiene siglos en el Cáucaso.

* Escritor, Ministro Consejero de la Embajada de Colombia en Moscú


Con-fabulación Nº 353 - Colombia